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lobo-aragon-ups Por Jorge Lobo Aragón.

 

Mis queridos lectores, antes de entrar en trance y relatar otro de mis vuelos, déjeme, primero, que le precise el significado de bilocación sin querer impartir una clase o lección magistral. Mis facultades por la cual puedo describir ciertamente sobre hechos del pasado, del presente y futuro, ya fue acuñado hace tiempo en el ámbito de la literatura eclesiástica y tiene una clara orientación mística. Hoy se lo llama “desdoblamiento corporal”. Así, es que mi peculiaridad es la de una simultánea presencia en dos lugares a la vez. Lo mío es una bilocación corpórea y además subjetiva. Percibida desde mi interior. Pero también debo aclarar que he visto directamente a numerosos personajes históricos manteniendo íntimas conversaciones con cada uno de ellos. Así he volado a través del universo explorando. He visitado astros, planetas y constelaciones de las más variadas particulares, manteniendo en mis vuelos contacto directo con seres que pertenecen a otra galaxia y cuyas características son muy parecidas a las nuestras. En suma, ya en la literatura mística se explica que este caso que me sucede muchas veces obedece a una intervención directa de Dios. Seguramente a un hecho sobrenatural que pocas veces irrumpe en nuestro mundo por lo que he sido tocado deliciosamente por la varita del “Creador”. De este modo es como visualizo el año 632 cuando muere “Mahoma”. Sus fieles emprenden la tarea de edificar el “Islam” y de esparcirlo por toda la tierra conocida. Es impresionante cómo ese grupo inicial se agranda, se fortalece, abarca países enteros. Sin los actuales medios de difusión y de comunicación ha sido una tremenda hazaña la del fundador del Islam de convertir, además del Oriente Medio, todos los pueblos del norte de África y otros del Oriente. Es el año 711 y observo al general MusulmánTarik cruzar el estrecho de Gibraltar e inmediatamente conquistar toda España. (Sólo queda Pelayo con treinta hombres y diez mujeres en la cueva de Covadonga para iniciar la larguísima Reconquista). Admirado por la osadía del bereberer, me preguntaba si los árabes se darían por satisfechos. ¡Qué esperanza! Al otro lado de los Pirineos se extienden los verdes prados de la dulce Francia: sería una delicia ver retozar en sus pastizales los magníficos potros que vienen desde La Meca, cruzando desiertos entre batalla y batalla. Abderrahmán ben Abdallah Al Gafaki, emir de España, se dispone a la conquista. (Al mismo tiempo los sirios avanzan sobre Grecia). Del otro lado está Eudo, duque de Aquitania y de Vasconia, que teme el ataque de los que son el primer mundo de ese tiempo, buscando la gracia de los poderosos. Eudo le da en matrimonio su hermosa hija Lampegia al general Otmán ben Abu Neza. Pero a Abderrahmán no le gustan los contubernios y lo manda a arreglar las cosas al sirio Gedhi ben Zeyán: este en un periquete lo mata a Abu Neza y su cabeza se la envía a Abderrahmán, junto con la viuda Lampegia para poblar su harén. Nada detiene la ola Musulmana. Sus victoriosos ejércitos se imponen y están apoyados por los hombres de ciencia, por los poetas más exquisitos, por revolucionarios arquitectos, por los matemáticos que conocen el álgebra y manejan el cero. Se han adueñado de Narbona, se instalan en Carcasona, sitian Tolosa, saquean Burdeos, y en un formidable avance toman Poitiers e incendian la iglesia de San Hilario. Son invencibles. Pero en las afueras de “Poitiers” lo espera Carlos, para pelearlos. Carlos, hijo natural de Pepino de Héristal, a la muerte de su padre había sido perseguido por su madrastra, la reina; pero en las luchas internas de los francos entre los neustrios y los austrasianos, los austrasianos lo eligen de jefe. Había derrotado a los frisones y a los neustrios y los hizo retroceder hasta París. En la ciudad de Colonia lo coronó rey de los francos a Clotario IV. Muerto Clotario lo sienta en el trono a Thierry IV. (Aunque otros cargaran la corona era él quien mandaba porque le sobraba natural autoridad). Los Neustrios vuelven a sublevarse aliados al duque de Aquitania. Pero el poderoso Carlos los derrota otra vez. Hace varias expediciones y domina la Germania. Es este Caudillo Franco el que sale a pelearlo al ejército de la civilización más potente del mundo el 25 de octubre del 732. Avanzan resueltos los veloces caballeros árabes haciendo flamear sus blancos albornoces, pero Carlos los aguanta sin retroceder ni un tranco de pollo. Al final de la batalla queda un desparramo de los miles de árabes muertos – incluso su jefe, Abderrahmán-.A Carlos se lo apellida “Martel”, por parecer un martillo destrozando al ejército enemigo. “Ese día se salvó la Cristiandad”. Y se mostró que es lícita la esperanza, pues no hay potencia mundial libre de que se la haga morder el freno. Que Hazaña fantástica. Extraordinaria. Lentamente despierto de mí ensueño sideral casi con miedo después de observar tanta bravura e intrepidez. Al abrir los ojos me acuerdo de mi madre. Sí; pareciera como una trivialidad nostálgica después de una gesta sin parangón. Pero lo que recuerdo es como recitaba una poesía de Rubén Darío “Oda a Roosevelt” que habla de la esperanza ante los grandes del mundo y de la enseñanza de esta epopeya. ¡Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman, que habría que llegar hasta ti, Cazador! Primitivo y moderno, sencillo y complicado, con un algo de Washington y cuatro de Nemrod. Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor de la América ingenua que tiene sangre indígena, que aún reza a Jesucristo y aún habla en español. Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza; eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoy. Y domando caballos, o asesinando tigres, eres un Alejandro-Nabucodonosor. (Eres un profesor de energía, como dicen los locos de hoy.) Crees que la vida es incendio, que el progreso es erupción; en donde pones la bala el porvenir pones. No. Los Estados Unidos son potentes y grandes. Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor que pasa por las vértebras enormes de los Andes. Si clamáis, se oye como el rugir del león.
Ya Hugo a Grant le dijo: “Las estrellas son vuestras”. Apenas brilla, alzándose, el argentino sol y la estrella chilena se levantan. Sois ricos. Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón; y alumbrando el camino de la fácil conquista, la Libertad levanta su antorcha en Nueva York. Más la América nuestra, que tenía poetas desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl, que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco, que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió; que consultó los astros, que conoció la Atlántida, cuyo nombre nos llega resonando en Platón, que desde los remotos momentos de su vida vive de luz, de fuego, de perfume, de amor, la América del gran Moctezuma, del Inca, la América fragante de Cristóbal Colón, la América católica, la América española, la América en que dijo el noble Guatemoc: “Yo no estoy en un lecho de rosas”; esa América que tiembla de huracanes y que vive de Amor, hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive. Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol. Tened cuidado. ¡Vive la América española! Hay mil cachorros sueltos del León Español. Se necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo, el Riflero terrible y el fuerte Cazador, para poder tenernos en vuestras férreas garras. Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!

Dr. Jorge B. Lobo Aragón

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