San Pablo Apostol, el gran orador…

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Por Jorge B. Lobo Aragón.

 

 

Opinión

El 29 de junio celebramos el l Día de San Pedro y San Pablo, fecha que guarda un enorme significado en la tradición católica. De sus epístolas auténticas surge que Pablo de Tarso reunió en su personalidad sus raíces judías, la gran influencia que sobre él tuvo la cultura helénica y su reconocida interacción con el Imperio romano. Merced a su talento, a su convicción y a su carácter indiscutiblemente misionero, se constituyó en un enorme orador. Es que la personalidad humana exige amor y respeto. Todo ser humano tiene un profundo sentimiento de su propio valer, de su importancia, de su dignidad. Si herimos estas emociones en alguna persona, la habremos perdido para siempre. Es que el orgullo es una característica fundamental de la naturaleza humana. Siempre que hablemos en público tratemos de que ese amor propio trabaje para nosotros, y no en contra. ¿Cómo? Mostrando que lo que nosotros afirmamos tiene mucha similitud con algo en lo que ya cree nuestro oyente. Esto lo inclina más a la aceptación que al rechazo de nuestras afirmaciones. La mayoría de los hombres, sin embargo, descuida esta habilidad y pretende penetrar en la ciudadela de las creencias individuales luchando a brazo partido con su defensor. Imaginan erróneamente que para conquistar la fortaleza corresponde asediarla, derrumbarla mediante un ataque frontal. ¿Qué sucede? Comienzan las hostilidades, es izado el puente levadizo, se cierran y se trancan las grandes puertas de la fortificación, los arqueros preparan sus largos arcos. La batalla de las palabras y de las injurias ha comenzado. Es que el método que apela más a la sensibilidad, no es nuevo. Fue empleado por San Pablo en su famosa “arenga a los atenienses”, y lo empleaba con tal habilidad y delicadeza que aún despierta nuestra admiración tras más de diecinueve centurias. San Pablo había recibido una fina educación, y luego de convertirse al cristianismo su elocuencia hizo de él principal abogado de la nueva religión. Cierto día llegó a Atenas, la Atenas posterior a Pericles, una Atenas que había pasado ya por la cúspide de su gloria y se hallaba en decadencia. El Evangelio se refiere a este período: “Entonces todos los atenienses y los huéspedes extranjeros en ninguna otra cosa entendían, sino en decir o en oír alguna cosa nueva”. No había radio ni telégrafo; sería difícil hallar alguna noticia fresca cada tarde. Fue entonces cuando llegó San Pablo. Algo nuevo. Se amontonaron a su alrededor entretenidos, curiosos, interesados. Lo llevaron al Areópago y le dijeron: ¿Podemos saber qué es esta nueva doctrina que dices? ¿Porque pones en nuestros oídos unas cosas nuevas? ¿Queremos saber qué quiere decir esto? En otras palabras, lo invitaban a hablar, y Pablo accedió. En realidad, para eso había ido. Probablemente se puso de pie sobre algo, aclararía la garganta y, un poco nervioso, se preguntaría cómo empezar. “Nuevas doctrinas… cosas nuevas…”, eso le habían pedido. Pero no. Aquello era veneno. Debía hacer desaparecer esas ideas. Eran campo fértil para la propagación de opiniones contradictorias. No deseaba presentar su fe como algo extraño y remoto. Quería ligarla, compararla con algo en lo que ellos creyeran. Suprimir así las ideas contradictorias. ¿Cómo hacer? Pensó un momento y comenzó su alocución inmortal: “Varones atenienses, en todo os veo como muy religiosos”. Los atenienses adoraban a numerosos dioses, eran muy religiosos y estaban orgullosos de serlo. Las palabras del apóstol les complacían. Una de las reglas del arte de hablar con eficacia consiste en apoyarse en ejemplos. Así hizo Pablo: “Porque pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar con esta inscripción: “al Dios desconocido”. Esto es prueba de la religiosidad ateniense. Tenían tanto miedo de desairar a alguna de las deidades que habían levantado un altar al dios desconocido, una especie de política preventiva contra negligencias o desatenciones involuntarias. La mención de ese altar indica que Pablo no estaba usando la lisonja sino la observación. “Aquel, pues, que vosotros honráis sin conocerle, a este os anuncio yo”. Nueva doctrina… cosas nuevas…? Ni una palabra. Él se encontraba allí tan sólo para explicar algunas verdades acerca de un Dios al que ellos ya adoraban sin conocerlo. La inigualable técnica de Pablo consistía en hacer las cosas en las que no creían semejantes a otras que ya habían aceptado y a las que estaban ligados emocionalmente. Presentó su doctrina de la salvación y de la resurrección, citó algunas palabras de los propios poetas griegos, y eso fue todo. Algunos de los que lo escucharon se burlaban, pero otros decían “te oiremos acerca de esto otra vez”. Nuestro problema actual al hablar o realizar un discurso destinado a convencer o a impresionar a los demás consiste precisamente en esto: asentar la idea en las mentes y evitar que surjan ideas opuestas y contradictorias. Casi todos los días hablamos con personas que difieren de nuestro punto de vista en los temas que discutimos. Si usted se acerca a mí y me dice: “sentémonos juntos y cambiemos ideas, y si no estamos de acuerdo tratemos de entender por qué no lo estamos, cuáles son, precisamente, los puntos en discusión”, encontraremos pronto que no estamos tan alejados, después de todo. Esperemos que en estas nuevas elecciones no tengamos que presenciar durante meses una batalla de palabras sin sentido y de injurias descalificantes. Oremos al Apóstol Pablo.

 


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Junio 29, 2017


 

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