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 Por JORGE B. LOBO ARAGÓN

             Imposible es solamente una figura retórica. Existen dificultades con las que uno tropieza en la vida, pero a los sesenta años, ante las contrariedades uno va naturalmente en búsqueda de las cosas altas, elevadas, espirituales. Así…Sentado en la computadora  y sin ganas de escribir sobre temas de mi profesión me  vienen a mi mente  recuerdos imborrables. No estaba soñando, sino recordando una mañana en el campito. En el milagroso Templo de San Nicolás de los Arroyos a orillas del Río Paraná. Después de viajar más de mil kilómetros desde el Jardín de la Republica hacia la ciudad de María y de escuchar silenciosamente a la vidente Gladys Quiroga Motta me sumergí en la catedral. Imponente y resplandeciente  estaba hacia un costado del atrio envuelta en una caja de cristal “María del Rosario”. La Virgen vestida de azul, tenía el Niño en brazos y un rosario en la mano. Nunca había visto una imagen tan cálida y natural. Sus ojos negros me miraban y a su vez contemplaban al mundo y abrazaban a la humanidad. Solamente pude tocarla detrás del vidrio que la cubría. Su mirada eterna ya evocaba los recuerdos de cuando mi madre me alzo y me  consagro a la Señora de los Cielos. Azorado y cansado por el viaje con mis muletas a cuestas, me senté en un  madero que atravesaba la basílica. Mire silencioso hacia el circulo superior del templo y un imponente diseño de arquitectura y deslumbrantes figuras en vidrio serpenteaban elegantemente. Junte mis manos agradeciendo el privilegio y la oportunidad de ser uno de los primeros peregrinos al santuario. En un en un santiamén, después de una mañana soleada y refulgente, un ruido de viento y tormenta abrieron cada uno de los ventanales superiores de la basílica. Esa vidriera de colores se movía y sacudían al unísono proyectando una luz que parecía venir de otro mundo. Un apabullante espectáculo de luz y furor entraban por cada una de las escotillas, sumiéndome a un estado de gracia que me impulsó  a exclamar “Madre mía… Señora mía”. La sinergia de los paños de cristales parecía ceder ante la fuerza de la naturaleza. El ruido de la tormenta no cesaba y los ventanales multicolores parecían salirse de su  círculo pronto a desprenderse.  Los vitrales en su conjunto esparcían un rayo  de luz palpitante y viva. Era una tormenta de verano que solamente duro unos minutos. El interior del templo estaba animado con una atmosfera rutilante de piedras preciosas de distintos e intensos colores que daban lugar sagrado un tinte mágico. El increíble suceso casi sobrenatural de este maravilloso despliegue de luz, agua, viento,  color y geometría parecían celebrar  la vida del eterno y su Madre en el Sagrario. Me sentí arrollado de la Ecuación “Dios es luz” como imagen de lo etéreo e  inaccesible. Con dificultad me pare con mis muletas buscando la salida. Salí al Campito de la Virgen que rodea el templo. Mire otra vez a lo alto y nubes bajas y grises cubrían la mañana recordando al  aguacero del minuto. Era un día de semana, sin muchos peregrinos. Había leído sobre las manifestaciones extraordinarias de la presencia de Dios y de la Virgen, como la danza del sol, que nos recuerda el milagro de Fátima; el perfume a rosas; el ver brillar el rosario sobre las paredes en varios hogares; las bombitas de luz que al quemarse dejan impresa la letra “M” de María del lado de adentro. Me senté sobre una piedra a descansar. De pronto una tenue neblina me arropó. Me cubrió de naturalmente, como si fuera el “alpapuyo” de mi Tafi del Valle que con sus espesas capas de nubes bajas parece recorrer el valle sin rumbo fijo. Me sentí trasportado y lanzado a otra dimensión. El mundo real se había alejado. Solamente sentí la presencia de mi ser trasportado a un plano distinto. Como si no tuviera movimiento, atine a tocarme la cara y lágrimas brotaban de mis ojos sin que pudiera controlarlas.  De pronto el tenue sol que apenas apareciera en la mañana gris empezó a acercarse con movimientos circulares y armoniosos como tratando de atraparme. Nunca había pensado que  estuviera frente al  fenómeno reconocido. Tampoco fue una ilusión ya que podía ver  al astro sin que me encegueciera. Al mismo tiempo, casi al instante, se rasgó  la tupida neblina  y sobre el cielo se formó nítido y abierto un triángulo. Un marco perfecto con los colores blanco, celeste y rosa del manto de la virgen. Era sin duda la forma triangular plasmada en el reverso de la medalla que la Santísima Virgen le pidió a la vidente. Un triángulo con estrellas en sus vértices y con tres más rodeando cada lado. Fueron unos minutos. Un instante. Un tiempo. No lo sé. Es y será uno de los recuerdos imborrables de mi vida como lo que sentí cuando niño en el accidente que me costó mi pierna. Otro acontecimiento imborrable que en la segunda parte de mis recuerdos alguna vez le trasmitiré. Hasta mañana si Tata Dios quiere mi  querido lector.

Dr. Jorge B. Lobo Aragon

jorgeloboaragon@gmail.com

 


PrisioneroEnArgentina.com

Septiembre 1, 2018


 

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5 thoughts on “Recuerdos imborrables (I)”

    • Nuna Quilla
    • posted on September 1, 2018

    Gracias por escribir tan bello, mas sobre su niñez. Usted siempre estará guiado, muy sostenido espiritualmente y fisicamente por su madre, y nuestra Panaia. Agradesco al sublime conocerlo personalmente, ver su sonrisa sincera, dejando luz en cada palabra. Así lo vi y veo desde que me conto su accidente cuando niño. Nuna Quilla

  1. ¡Excelente!, son los instantes maravillosos que cada tanto nos regala la vida. Cordialmente CLAUDIO KUSSMAN

  2. sobresaliente recuerdo

  3. sobresaliente recuerdo

    • L.L. Menken
    • posted on September 1, 2018

    Hermoso . . .

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