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 Por JORGE B. LOBO ARAGÓN

En ese Tafí del Valle eterno, perenne, inmemorial el que todavía mantiene viva sus tradiciones milenarias con el canto de sus aguas, el claro sol que ilumina sus cumbres, y el apretado aspapuyo que cubre sus vestigios ancestrales, florece una nueva devoción en tiempos de pandemia. Nuestra Señora de la eucaristía. El cielo radiante de la quebrada ilumina las sombras aterciopeladas de los contornos del cerro. Al mediodía los rayos del sol caen en picada sobre centenares de siluetas que se esfuerzan en llegar a la cumbre.  A días de la entrada del invierno el valle se encuentra cubierto de nieve ensalzando su imprevisible agitación misteriosa y milenaria. Comienza la lenta subida desde la capilla de San Andrés, en la zona de “Las Carreras”, hacia la cima de la Mesadita. El ascenso por el cerro pelao, sembrado de piedras, pircas y de cactus en flor se hace imperceptible. Se siente vivo en el aire y en cada roca el canto del viento. Cada paso es un arrojo que se recompensa con el viento fresco de la montaña. Adelante van los violinistas y bombistos anunciado con su música alegre el paso de la Virgen. Sube la virgencita entre los pajonales, enlazados por aybales en un enigmático silencio. Un mensaje de paz y unión se encumbra sigiloso para los pueblos de la región, bajo el signo de la Cruz. Se siente el  indestructible murmullo de aquellos Quilmes y Diaguitas cuya estirpe ha encontrado en sus devotos nuevas venas para seguir manteniéndose en el tiempo. En su ascenso por  la cuesta, el atuendo de la Virgen de la Eucaristía se mezcla con los distintos matices de verde de las montañas que la rodean. En sus brazos, junto con el Niño Jesús, sostiene un racimo de uvas. Aunque el sol se esforzaba por entibiar la mañana los charcos seguían congelados. La marcha continuaba lentamente, despreocupada, risueña al compás de bombos, violines y guitarra. Todo el entorno coronado por elevaciones blancas deslumbradas por la luz del sol, exaltaba aún más la figura esplendorosa. La imagen de la Virgen se deslizaba  por el camino de la fe rodeado por cuatro banderas. La bandera Argentina y los estandartes papal, la de Macha y de los pueblos originarios se movían como acariciando la suave brisa que las envolvía. A cada paso los lugareños y peregrinos  ataviados con sus mejores trajes veneraban a la novia que subía a su altar. La figura de nuestra Señora engalanada con vivos colores llegaba  la piedra escogida. Arribaba a su apacheta. El altar de piedra y jarilla se elevaba apuntando al  cielo para honrar a la madre de todos los tiempos.  La madre tierra  y la  Pachamama, daban la señal para que el tiempo pasado estallara sobre el presente. El polvillo de las flores,  que adornaban el rustico tabernáculo convertían a la imagen en  el más perfecto cuadro de la libertad y liberación de la humanidad. El paisaje verde de la quebrada, salpicada por los copos de nieve que caían mansamente, se mezclaban milagrosamente con verdoso como el manto de la Señora de la Eucaristía. El Lugar elegido se convirtió en una colosal Iglesia a cielo abierto, en donde se cavaron los cimientos en donde florecerá la gruta circular con techo de paja. Así lo pidió María respetando el diseño de los pueblos originarios. Al atardecer, el silencio volvió a adueñarse de la Mesadita. Pero la montaña no se quedó sola. Una pequeña imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía le hace compañía desde ese día.

Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón

 


PrisioneroEnArgentina.com

Junio 25, 2020


 

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