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“Te doy mis ojos y mis anhelos y tú me traerás las sensaciones” Tinogasta…Una pequeña ciudad de Catamarca, provincia Argentina que permite la conexión con el hermano estado de Chile a través del transcordillerano Paso de San Francisco. Las tardes, las mañanas, las noches están quietas. A la tardecita luego de haberme desprendido de mi cuerpo físico…estoy sentado frente a la casa junto con los notables del pueblo…Juez…hotelero…jefe de correos, comisario son mis anfitriones. A través de mi bilocación y dualidad astral puedo intervenir en las conversaciones como un pájaro atado a un cordel luminoso que no tiene límite. Como en la dimensión desconocida, conozco las serranías, la caza, los caminos, el pasto, la cosecha. Aprendí casi todos los idiomas. Tan simpático oír a esta gente. No se machacan con obscenidades…cuántos huracanes han vivido estos hombres y aún viven apegados a su ancestral humilde silencio…Así conocí al doctor Wálter Penck, que en ese entonces rondada sus mozos 25 años. Desde Europa en donde el fulgor de la ciencia lo coqueteaba se vino con sus valijas a cuestas a estas tierras remotas quizás las más desoladas del planeta. Con el pude compartir el increíble viaje por la cordillera, de Tinogasta a Copiapó. Advierto…que es Geógrafo…por cuenta del gobierno argentino y observo como levanta a plancheta una topografía expeditiva, suficientemente precisa de los pasos cordilleranos. Además de su trabajo técnico pude advertir el entusiasmo casi llevado a la exaltación con que describe en un cuaderno forrado de cuero sus impresiones, los paisajes, la gente, las soledades. Antes de iniciar la expedición, en un momento de descanso ya más tranquilo me cuenta que su padre fue Alberto Penck el célebre geógrafo y erudito de Leipzig, doctor en filosofía y en ciencias por las universidades del Cabo, Oxford y Nueva York y con trabajos de investigación en todo el mundo. Es maravilloso observar desde mi nido áureo y en primera persona las instancias previas al viaje y ver en detalle como mi amigo se apega a describir detalladamente sus memorias de las que soy parte. El 25 de Febrero de 1913, con Penck, salimos con dos peones y un mozo de mano y once animales, entre mulas cargueras y silloneros para mudar. El 10 de Marzo cruzamos el paso de las Tres Quebradas a 4.870 metros de altura y el 13 alcanzamos otra vez la civilización, comiendo en mesa con hule en la Puerta de Paipote. El 14 del mismo mes llegamos a Copiapó y el 9 montamos otra vez para volver. Lo que impresiona es el ambiente…Como vencer alturas entre 4.000 y 6.000 metros, montado a caballo y básica indumentaria tocando el imponente Inca Huasi, el San Francisco y las cimas secundarias del Bonete. Este gran Señor Teutón, exploró, cartografió y detalló miles de kilómetros cuadrados de la Puna argentina, incluyendo la ascensión de más de una treintena de nuestros picos andinos con sus peones de confianza…Siguiendo, en plena travesía concentrados en la pisada de la mula carguera mirábamos de reojo los picos nevados percibiendo impávidos el descomunal ascender del amarillo disco lunar sobre un obscuro fondo violeta que proyectaba enormes reflejos verdosos sobre las nubes fugitivas. La noche es fresca, grandiosa, alumbrada por las luciérnagas y el Orión que mira desde el firmamento. El pedregullo cruje bajo mis pies y la de mi compañero. Suavísima la noche, clarísima, blandísima a la luz, pero de pronto no se pueden separar las mandíbulas tiesas de frío. ¡Esa es la Puna!”. Permanecer o descansar en ese frío sin agua…Se apela a todas las energías y se sigue cabalgando o hasta morir congelado. Pocos espectáculos pueden ser más maravillosos y sublimes que una noche en la Puna…sobre todo en los días diáfanos en que la atmósfera se encuentra limpia y transparente. Durante el día las escasas nubes se disipan y por la noche el contraste entre la negritud del espacio y el cielo fulgurante de estrellas marcan una dialéctica de fenómenos lumínicos en un cuadro digno de contemplar eternamente. Las noches en la Puna, con cielos estrellados, y a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, es parte de un anfiteatro universal que no tiene valor humano. Es un espectáculo cósmico sideral que tengo el privilegio de observar desde mi óptica astral, como un Don y regalo extraordinario dado por Tata Dios sabiendo que nada es imposible. Las estrellas lucen con un brillo inusitado. La Vía Láctea es un verdadero “río de ungüento” que cruza el firmamento. El contraste del fondo negro del espacio vacío magnifica los fenómenos ópticos. Cada estrella rutila y el conjunto de luces representa miles de millones de luciérnagas en ese universo estático que sabemos se desplaza a velocidades vertiginosas. Me basta aguzar los sentidos para ver cómo esas luminarias se descuelgan dejando una delicada estela luminosa en su caída convirtiéndose en estrellas fugaces. El universo aparece vacío. Salvo la belleza del espacio misterioso, profundamente estrellado, en los días limpios y calmos. Solo el sonido del viento perturba el silencio total. Mudez que asusta ante la soledad del desierto y su cerrazón que nos envuelve. Es como el mutismo de la inmensidad de los salares que aparecen como espejos de las hadas a la luz de la luna. El viento que zarandea las escasas malezas o silba entre las hendiduras de las rocas da chiflidos afónicos e ininteligibles que deben encerrar algún lenguaje oculto como los menhires de mi Tafí del Valle. Hoy desde mi cuerpo físico, y sentado en la computadora añoro a mi amigo Wálter Penck y extraño las noches en que mi ser espiritual se trasladada como un pez volador con temperaturas que tocaban el fondo bajo cero del termómetro y congelaban el aire logrando que la escarcha se convirtiera en cuchillos de hielo plateados a la luz de la luna. Es que la vista al cielo es la contemplación del cuadro más sublime que haya pintado pintor alguno. Visitar la Puna desde mi lugar de privilegio es embriagarse del cielo rutilante. De la luz radiante de millones de estrellas activas que titilan incesantemente antes nuestros ojos en una experiencia surrealista de los cuentos de hadas. Mi compañero de andanzas y enorme amigo con quien todavía me comunico desde el más allá. Desde, El Paraíso Eterno, me confiesa resplandeciente que ha cumplido con la promesa a su Padre… “Te doy mis ojos y mis anhelos y tú me traerás las sensaciones…” Dime, pues, amigo que las almas marchan pero no desaparecen; dímelo, amigo, dímelo, tú lo sabes.

Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón

jorgeloboaragón@gmail.com

 


PrisioneroEnArgentina.com

Julio 29, 2020


 

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