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  Por JORGE B. LOBO ARAGÓN
La impunidad vuelve valientes a los cobardes y osados a los pusilánimes, y el día en que cobardes y pusilánimes alcanzan el poder sus sucias babas lo aniquilan todo” Serví como empleado, funcionario y magistrado en la Justicia por más de 20 años. Tuve que renunciar por impotencia y cansancio moral ante las amenazas de muerte a mi familia por mi lucha contra una mafia todavía reinante. La lentitud de la justicia en el caso de los Dr. Leiva y Pedicone, revela y advierte a la sociedad de una indemnidad sin límites. Es que existe una enorme falta de confianza en los tres poderes del estado y en especial en el Judicial. A la justicia ordinaria no se la teme, se la supone inocua (todo el mundo “confía en la justicia”; muchos, en realidad, confían en su torpeza). El tiempo pasa y florece la indemnidad. Nuevamente el silencio de muchos. Es que cuando las inmoralidades o presuntos delitos se denuncian, se verifican y el Estado da vuelta la cara como que “nada tengo que ver con esto” es, en la práctica, lo mismo que patrocinar, promover, apadrinar la inmoralidad, que queda expuesta ante la ciudadanía sin que nada la evite, la corrija ni, menos aún, la castigue. Una convención interamericana, aprobada por ley nacional, impone a los gobiernos su deber de adoptar las medidas para detectar, sancionar y erradicar la corrupción. No se dice que se deba combatir el delito, pues cae de maduro que los países aceptan la obligación de po-ner en vigencia su legislación, y todos tienen sus códigos penales para que se cumplan, no para adorno de bibliotecas. Conviene, sin embargo, distinguir qué es la ética y qué es la moral para analizar mejor sus alcances, sus implicancias. La ética es una parte de la filosofía. fundamental, puesto que trata de las obligaciones del hombre, de su conducta, acorde a la razón y con el objeto de convivir en una sociedad armónica, en la que todos puedan cumplir con sus deberes naturales. La moral, en cambio, no es ciencia sino su ejercicio, el empleo de las buenas costumbres, de las prácticas de quienes son considerados virtuosos en una sociedad. Los principios de la ética son obligatorios para todos y en todas las circunstancias. Pero hay quienes están más comprometidos. Debido a su oficio, están más expuestos que los demás a cumplir las normas. Es el caso de los políticos, magistrados están obligados a ser veraces, honestos, fieles cumplidores. El político está mucho más obligado que otros, ya que atiende los asuntos de toda la sociedad. Por eso los políticos y los Magistrados deben ser juzgados con muchísima mayor severidad que los que se dedican a otras actividades. Está en boca de todos, el concepto de que nadie es culpable mientras el juez no lo condene. Está bien, así debe ser, pero sólo en materia criminal, cuando se acusa de delitos. Las inmoralidades, como la mentira, el engaño, el aprovechar la ignorancia, la buena fe o el descuido de los demás, no son delitos tipificados por el código, por lo tanto, nunca un juez va a condenar esas faltas. Sostener que alguien es inocente porque la justicia no lo condene conduce a un error que desgraciadamente se generaliza: los inmorales, los que transgreden las normas de corrección, son culpables, muy culpables, nada más que la sociedad ha establecido penas para los que cometen delitos y no para los inmorales, ni menos para quienes apliquen preceptos de una ética ajena a la sana doctrina. El que se siente inclinado a largarse por un mal camino puede razonar: ¿por qué no voy a hacer esto yo, si legisladores, gobernadores, presidentes, ministros, hacen cosas peores? y más aún: si la moral se funda en las conductas que son bien vistas, aceptadas, valoradas por un medio social, ¿ese medio no se expone a que su moral decline, se corrompa, se pervierta, por culpa de los malos ejemplos que desde arriba dan los políticos indecorosos. La ética, por ser sabiduría, tiene su ámbito adecuado en universidades y academias. El pueblo desea una sociedad austera, decente, limpia, honesta. En la lucha por ella no debe declinar la vigilancia en órganos burocráticos que se muestren como vigilantes de la ética. Sería fatal. Lo único que podría dar resultados es que ese mismo pueblo vigile la moral de sus políticos y los condene con energía y severidad. Por los delitos, si los hubiere, sí, que intervengan los jueces y que actúen como sea su deber; pero por las inmoralidades, sobre las que la justicia no tiene jurisdicción, debe ser el pueblo, la opinión pública, la que se pronuncie cada vez que haga falta y con todo el rigor correspondiente. Todavía recuerdo el “panorama tucumano” de hace muchísimos años en el diario “la Gaceta” en donde el periodista Federico Van Mameren, publicaba en un editorial bajo el Titulo “A puro Verso” y recordaba a Enrique Santos Discépolo que murió en 1951. Sus versos o aquellas reflexiones bajo el seudónimo de “Mordisquito” encajan perfectamente en ese Tucumán contemporáneo que alguna vez recibió el mote de “Macondo” y todavía le cuesta sacárselo. Es que da lo mismo que sea cura/colchonero, Rey de basto/ caradura o polizón. Señora de ojos vendados/ que estás en los tribunales/Sin ver a los abogados/ baja de tu pedestal/Quítate la venda y mira/, cantó alguna vez María Elena Walsh. Alguna vez hay que ver los contrastes. Qué paradoja estamos en septiembre del 2020 y nada ha cambiado en la seguridad ni en la Justicia provincial.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
jorgeloboaragon@gmail.com

PrisioneroEnArgentina.com

Setiembre 16, 2020

3 thoughts on “Impunidad angustiosa”

    • silvestre.gatuno
    • posted on September 16, 2020

    MUY BUENA NOTA DE LA REALIDAD ARGENTA

    • FRANCISCO BENARD
    • posted on September 16, 2020

    Buena nota del Dr. Lobo Aragon distinguido abogado del foro tucumano y de toda la Argentina.

    • Nadia Valenzuela
    • posted on September 15, 2020

    argentina es argentina y seguira siendolo con la vivezza criolla a cuestas

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