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– Suyos, sin lugar a dudas-

 (Malvinas)

 

Llegó a Malvinas en el ventoso otoño de mil novecientos ochenta y dos. Contaba con dieciocho años de edad y ya era un hombre con ropa de soldado y una ametralladora en mano lista para disparar, defender su patria y su vida. No iba sólo  llevaba dos amigos en su mochila de combate,  compañeros de sus días adolescentes, terminados inesperadamente, entre las nubes pintadas de sol. Para sorpresa tampoco estaría solo allá en las islas, alguien lo esperaba para protegerlo. Era una imagen morena con fecha de mil ochocientos cincuenta y seis que encontró milagrosamente sobre la turba. Después de ciento veintiséis años, de cara al cielo, cubierta de nieve en los inviernos, aromada de flores en setiembre,  acariciada por los vientos de mayo y quemada por el sol de febrero, ¿justo  a él le salió al encuentro? ¿Qué jugada del destino la puso en sus manos? ¿Debían encontrarse por causalidad o casualidad? Lo importante es que no volvieron a separarse ni siquiera el día en que la bomba enemiga los sepultó bajo la roca que les hacía de techo. Ambos imagen y soldado pudieron sobrevivir. Lo que desconocía él era el destino de sus otros compañeros, los que desde su  arribo al regimiento, viajaron en su mochila con alguna lata de alimento. Una bala inglesa se incrustó en su pierna, el dolor era tanto que ni siquiera se acordaba de rogarle a la virgencita negra que lo aliviara. Caminó herido, con una infección que aceleradamente avanzaba desde sus congelados pies a la cintura, terminó como las serpientes, arrastrándose en busca de ayuda, casi inconsciente, lo encontró una ambulancia y fue llevado un hospital. Volvió al continente, salvó su vida por milagro, –¿O ella estaba esperándolo en Malvinas para cuidarlo?-. Pasaron  treinta años, cuando regresó a las islas vestido de civil. Lo primero que quiso, fue ir al lugar donde había perdido a sus otros amigos, intentando recuperar algo de ellos. Al llegar vio a uno y gritó a sus compañeros de viaje: – ¡Aquí está, aquí hay uno -,¡Buscá, buscá che amigo que debe estar el otro!-. Lo alentaba su acompañante. Escarbó en la húmeda tierra con las manos y volvió a gritar: – ¡Aquí, aquí está el otro!- ¿Viste, es toda una historia?- ¡Alucinante, alucinante!, comentó entre carcajadas. Los sacó del pozo, los colocó sobre la piedra. Viejos, arqueados, descoloridos. Mirándolos entre nostalgia, lástima y amor, los sacudió como para limpiarlos de malos tiempos y con dulzura en su voz susurró como contándole solamente al viento: Mis zapatos, los que me compró mamá  vendiendo gallinas y algodón para que vaya al servicio militar. Ella se había ido con Dios hacía un tiempo, por eso, los levantó hacia el cielo y con llanto de hombre de tierra adentro, ese que deja correr sus lágrimas en silencio, dijo: – ¡Mira mis zapatos, no los perdí vieja, no los perdí!-. Con ellos en el bolsillo de su campera, volvió a la posada, los guardó en su valija y el día del regreso cuando pasó por la aduana, sin que le hicieran ninguna pregunta, aseveró: Estos me los llevo porque son míos, me los compró mi mamáEl aduanero lo miró, le sonrió sin pronunciar palabra, los acomodó cuidadosamente  y le respondió: Seguro, si son tuyos, te los podes llevar y tomando un paquete pequeño  le preguntó ¿y esto también es tuyo? ¡Seguro, también es mío!, le respondió enérgicamente. Meneando la cabeza, como diciendo “no se resignan”, el empleado isleño acomodó el pequeño paquete entre los viejos zapatos y dio por terminado el trámite. Ascendió al avión, ya de regreso a su casa en Rio Gallegos, entre fotos y recuerdos de la guerra acomodó sus trofeos. Una imagen negra de la virgen, un par de zapatos y una pequeña bolsa transparente con un cartel que decía: “Tierra de Malvinas”. Sin lugar a dudas-¡Todos eran suyos!-. Los zapatos ya gastados y sus suelas carcomidas abrazados fueron por la Virgen de lujan. Sobre las Hermanas perdidas soplan vientos de paz, los zapatos olvidados quieren volverla a encontrar. Zapatos soñadores testimonios de lucha, amor y paz. Zapatos viejos, mojados por el viento del recuerdo ya cansados de andar, solamente te pido que sobre las Islas Malvinas soplen vientos de paz.    

Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón

María Isabel Clausen (Marisa) – MIC – Escritora

 


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Junio 10, 2021


 

4 thoughts on “La Virgencita y los Zapatos”

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    • posted on June 10, 2021

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