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Por Dr. Jorge B. Lobo Aragón.

En estos tiempos aciagos y en la historia, los síntomas de locuras parecen no tener barreras ni límites de tiempo ni espacio. Tampoco el hecho de utilizar a un muerto, o a un animal para fines político parece ser de una insensatez absoluta y sin precedente. La maldad y la crueldad son inagotables como la desfachatez que nos permite imponer por la fuerza hasta el más salvaje de nuestros deseos. Un dieciséis de marzo del año 37 un personaje apareció en la historia del mundo. Lo pude observar gracias a mi fenómeno de bilocación por todos ustedes conocido. Se llamaba Cayo Julio César Germánico y era el menor de los hijos de Germánico, general que dirigió las legiones romanas en Europa y en Siria. De chiquito vivió en los cuarteles y se hizo querer por los soldados que le dijeron Calígula. Calígula es diminutivo de caliga, que era el calzado militar. El sobrenombre equivaldría ahora al de Botita. A hombres rudos que peleaban por la patria lejos de sus hogares, el chiquilín les avivaría los afectos vacantes. También se hizo querer del emperador Tiberio, su tío abuelo. Supo adularlo de tal manera que Tiberio en su testamento lo nombró heredero. Pero, – como los testamentos suelen tardar en surtir efecto – ayudó a asesinarlo, para que demorara menos en cumplirse su augusta voluntad. Así llegó Calígula a ceñir la corona imperial a los 24 de su edad, aclamado por el Senado y el pueblo. Venía a continuar la dinastía iniciada por Augusto, aquel que a Roma le diera gloria y una larga paz. Claro que el entusiasmo general no se debía sólo a los antecedentes políticos que Calígula representaba sino a las promesas y el dinero que había hecho distribuir entre el pueblo. Ya en el gobierno, por supuesto que se olvidó de la esperanza que había significado. Alegremente se dedicó a satisfacer sus gustos, sus pasiones, a practicar sus deportes y a dilapidar la plata del Estado. En sus extravagancias gastó 270 millones de sestercios, pues no había dólares en su época, y no compró un suntuoso avión ni un helicóptero porque todavía no se había inventado. Una de las locuras que hasta ahora se recuerdan y lo pude observar, es que a un caballo suyo lo hizo nombrar procónsul. Le levantó un palacio de mármol con pesebre de marfil. Tenía cabestros con perlas y mantas de púrpura, y a su servicio estaba todo un ministerio de pajes y secretarios. Lo invitaba a comer junto con sus altos funcionarios y le servía avena dorada. No lo nombraba por su color, como es común con los caballos, sino que lo llamaba con nombre propio: “Incitatus”.  Vale decir que tenía un carácter incitado, que se excitaba con ardor y vehemencia. No sería un caballo cualquiera, para merecer ese nombre. El despreocupado y frívolo emperador dio rienda suelta a sus impulsos homicidas y se caracterizó por los crímenes que cometió. ¿El pueblo se le sublevaría? ¡Qué esperanza! Era un tipo popular, y el año 40 se le tributaron los honores de la ovación. Se hizo adorar como dios. En el año 41 lo asesinaron dos pretorianos, que a no ser por la incorrección el muchacho hubiera gozado del aplauso y del fervor de la multitud. Estimo, y acaso muchos coincidan conmigo, que el buen equino hizo menos daño que muchas testas coronadas sentadas en los escaños y sillones de los tres poderes del estado.

Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón

jorgeloboaragon@gmail.com

 


PrisioneroEnArgentina.com

Enero20, 2022


 

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3 thoughts on “LAS LOCURAS DE CALÍGULA”

    • Natale Juan Jose
    • posted on January 20, 2022

    buen escrito y cada uno es como puede ser

    • Solis Anibal
    • posted on January 20, 2022

    Argentina esta definitivamente como vulgarmente se dice en el horno

    • mandy123
    • posted on January 20, 2022

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