Share

 

 

 

 Por María Ferreyra

 

 

Rex no se adaptaba a las personas y con su mirada adusta se los dejaba saber. Más de una vez pensaron que tenía ciertos toques de deficiencia de atención y reacciones a las que cualquier persona con sentido común preocuparían.

Megan no encontraba su lugar en el mundo. Enojada consigo misma, se daba cuenta que no había nada para ella en ese mundo pequeño en un pueblo cercano a New York. Estas sensaciones se incrementaron cuando su mejor amigo murió de una sobredosis de narcóticos.

Rex era un pastor alemán perteneciente a los Marines de Estados Unidos de América. Megan una joven inquieta por su futuro que vio una doble oportunidad cuando se enlistó en ese cuerpo de guerra: Servir a su patria y hacer de su vida, un hecho productivo. Esta historia real de guerra es una oda al heroísmo y amistad inquebrantable entre dos seres en un mundo cínico y violento.

No fue amor a primera vista. Rex -como a todos y a cada uno de los soldados de la base de entrenamiento para perros detectores de explosivos- le mostraba sus poco amigables dientes. Megan, sospechando que algo bueno saldría de todo esto -sobre todo para encauzar su vida-, fue (a pesar de grandes reservas) paciente tratando de lograr cierta conexión. Eran dos inadaptados. El can, pese a su comportamiento altamente agresivo, solo permanecía allí debido a su gran potencial en su especialidad. La mujer, porque ya no tenía a donde ir.

Un accidente hizo que la pareja dispareja tuviera su primer viaje a Irak, en el año 2005. El alojamiento precario hacía que el animal humano y el animal no humano compartieran la cama y el lugar por largas horas, creando un ambiente cada vez más amistoso.

Rex y Megan partieron en su primera misión, donde el cuadrúpedo encontró más de treinta rifles automáticos envueltos en pilas de alfombras persas dentro de una casa en las cercanías de Ar Ramádi. En su segunda intervención, Megan y Rex encontraron más de veinte minas instalados en el subsuelo del infernal desierto iraquí. Luego le sucedieron más de 100 misiones Claro, no todo es color de rosas e improvistos se suceden. Una mina activada por alambres que fueron levantados a su paso estallo a la vera de la huella que oficiaba como ruta provocando heridas tanto a la soldado como al animal. Pese a esto, ambos continuaron con su tarea. Rex salvó al pelotón en más de una oportunidad, y cuando este emprendió una forzada retirada, Megan cayó de uno de los vehículos. Rex, su valentía, hizo que no abandonara a su amiga caída.

Mientras Megan se recuperaba de sus heridas en un hospital central, Rex lo hacía en uno de atención veterinaria, pero debía soportar una estrella negra en su currículo. Su agresividad le p0nía una cruz a la posibilidad de ser adoptado.

Estos animales viven y sufren las mismas experiencias de un combatiente. Su readaptación a la sociedad no siempre es tranquila. Uno de los mayores temores que los especialistas palpan es la de la posibilidad de sus reacciones ante un movimiento sospechoso o simplemente ante un niño esgrimiendo un arma de juguete.

Megan no se dio por vencida ni aún vencida. Recurrió a la prensa, a la opinión pública y hasta logró el apoyo del senador Chuck Schumer, quien sentenció que semejante dupla, debía disfrutar del uno al otro luego de su retiro.

Fue imposible decir no. Las autoridades accedieron a que Megan adoptara a Rex y la presentación oficial se hizo en el estadio de los New York Yankees, donde se tributó honores a la Infante de Marina Megan Leavey y al heroico Sargento Rex.

 


Más de 300 perros al año son adoptados por el público en general después de que se haya considerado que están listos para la jubilación por parte de su respectivo servicio militar.
Antes de que los perros puedan someterse al proceso de adopción, los servicios militares deben cumplir estrictos procedimientos de detección para garantizar que los perros con tendencias agresivas no estén disponibles para su adopción a través del programa.
Si bien la gran mayoría de los perros se consideran adoptables, menos de 10 al año deben ser sacrificados debido a lo que se considera como “comportamiento agresivo intratable”.

Rex pasó los últimos ocho meses de su vida nadando, jugando con otros perros, deambulando por el patio, ladrando a los ciervos y durmiendo junto a ella en una cómoda cama. Rex y su amiga recuperaron y disfrutaron de la paz y la alegría de vivir. Para él, intensa pero corta. Se le detectó cáncer, muriendo en ese corto, pero feliz tiempo después de su retorno del frente de guerra. El Sargento Rex dejó de existir a los once años, demostrando su conocimiento de amor, amistad y servicio a los demás.

“Sabía que yo estaba con él todo el tiempo y me acosté junto a él, lo abracé y le dije que estaba en paz al final. Ahora es mi ángel guardián … aunque ya lo era”, escribió la Marine Megan Leavey. Quizás algún día se vuelvan a reencontrar.

 


María Ferreyra

PrisioneroEnArgentina.com

Octubre 29, 2017