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 Por Fabian Kussman.

 

El 11 de setiembre del año 2001 dejó una herida sangrante en el pueblo norteamericano. Además de las pérdidas de vidas y las imborrables imágenes de edificios derrumbándose con personas en su interior mientras lo observábamos en noticieros como si fuera una película catástrofe, cambió allí mismo la historia personal de quienes se vieron afectados indirectamente. Varias industrias sufrieron embates económicos y en orden de conseguir que mis responsabilidades lograran ser contestadas, conseguí un trabajo nocturno en una empacadora de naranjas.

Si bien nuestros problemas siempre parecen peores que los del resto de los mortales, me encontré con un retorno al pasado semejante a lo que consideraba podría haber sido la crisis de los años 30 y su gran depresión.

Estaba preparado para ver un grupo de inmigrantes ilegales -a los que injustamente siempre categorizamos como estibadores, recolectores de cosechas o en labores manuales- pero mi espejismo se tornó más crudo. Matrimonios locales arribaban en autos modernos y caros para acarrear cajones desde los tinglados hacia los camiones o pesaban y contaban las unidades de fruta que partían a diferentes destinos.

Pese al semblante de tristeza por un gran estilo de vida que ya no era tal, el trabajo era realizado a conciencia. “Este camión tiene que salir antes de la medianoche” era la frase más repetida de quien acomodaba los frutos destinados a convertirse en jugo en una empresa de North Lake Wales.

Hispanos y norteamericanos juntos, pese a ser un trabajo temporario, mostraban su empeño por hacer las cosas bien. Un orgullo de fuego para lograr que los envíos cumplieran los horarios indicados, para asegurarse que la mercadería no sufriera accidentes, para que lo misma luciera limpia y brillante. Creer o reventar, en esos pocos días viví la experiencia de no te des por vencido ni aún vencido (además de conocer las chalupas, los poblanos con queso, los tacos de verdad, claro)

Al terminar los cinco días de trabajo, y mientras muchos masajeábamos los surcos que los pesados cajones habían dejado en nuestros hombros, tuve un diálogo con un joven que había vendido su departamento en Manhattan y sobrevivía recogiendo y vendiendo pelotas usadas de golf. El intercambio de palabras concluyó con una promesa innegociable.

-La próxima vez, lo juro, esto no me va a encontrar tan descuidado -aseguró subiéndose a un convertible blanco, la última prueba de un buen pasar que no había sabido valorar.

Y hubo una próxima vez. La crisis de las hipotecas de alto riesgo llegó allá por el 2007 y pese a golpear bajo a un gran número de ciudadanos, no me afectó demasiado ya que para entonces -para bien o para mal- ya era propietario de una casa en la escueta línea de Ocoee-Windermere, zona cercana a Orlando.

Es mi parecer que los afectados en esta última desventura era gente nueva. Los que habíamos sufrido el temporal post setiembre 11 -se puede decir- habíamos aprendido la lección. Activamos el modo hormiga, nos cuidamos, guardamos para tiempos difíciles.

El estadounidense promedio es consumidor compulsivo. Debe tener los últimos juguetes, los modernos vehículos, la nueva generación de teléfonos. En contrapartida, rige su futuro por lo que flota en su cuenta bancaria. Es interesante saber sobre estas precauciones, mínimas claro. No hay excusas. Uno es dueño de sus actos, sus riegos, sus consecuencias y sus logros. La búsqueda de la felicidad es un derecho y las leyes -no lo justo, lo cual es otro tema- no cambian para nadie.

Las claves del porqué América es grande ya, son los pequeños grandes detalles. El 80% de las transacciones financieras en el mundo se realizan en dólares. Su ejército es poderoso. Vive con sus ojos puestos en la innovación: nueve de las diez compañías tecnológicas más importantes del mundo son americanas. Sorpresivo en descubrir que -cuando se trata de ayudar a otros- los Estados Unidos posee en número 1 del ranking mundial en entidades de caridad (Si, esos Yankees fríos). Pero lo más importante es la distinción de respirar en un mundo real. Estados Unidos es el gran regulador de influencias mundiales. Somos criaturas caminando en un mundo cínico. Los comunistas odian a los americanos malditos y su estilo de vida, pero China es potencia gracias a ese cliente. Los dueños de Cuba, Corea del Norte o Laos desprecian las razones del Tío Sam, mientras hunden a sus pueblos en la pobreza. Los Estados Unidos tienen la Constitución Nacional más antigua en el mundo, así como instituciones fuertes y el estado de derecho para acompañarla. Aunque lejos de ser perfecto, el documento creado por los padres fundadores de Estados Unidos ha evolucionado junto con su gente. Los números muestran la permanente atracción de este sistema: más de cincuenta millones de personas que viven en los Estados Unidos hoy nacieron en un país extranjero. Eso es más de cuatro veces que el siguiente país en la lista. Para muchas personas alrededor del mundo, América sigue siendo el lugar ideal para comenzar una nueva vida.

¿Qué tiene Argentina que Estados Unidos no tenga? El café con los amigos, los domingos de fútbol, los recitales musicales en vez de una caja de ahorro para nuestros hijos, un celoso cuidado de la estética,

Vivimos pensando en el país que pudo haber sido. El General Heriberto Auel afirma que Argentina no tiene un plan. Y nunca lo tuvo, lo que lleva a conjeturar que sus victorias fueron accidentes.

Para Domingo Faustino Sarmiento el modelo era Estados Unidos. Los grandes Populistas (Radicales o Peronistas) se empeñaron en buscar un modelo propio, sin influencias extranjeras, con nuestras tradiciones y mañas. Un verso que aún sigue funcionando.

¿Es tan malo copiar? Lo hacemos a conveniencia. Los jueces argentinos han hecho un arte del sistema de copiar y pegar en expedientes de casos con muy diferentes complejidades. Los políticos de nuestro país imitan y convencen con las mismas promesas de sus predecesores, que finalmente no cumplirán. Los sindicalistas gritan con la misma energía de sus mentores en busca de la gloria personal. Sin embargo. hay emprendimientos que tienen ideas y esas ideas son basadas en otras experiencias. Juan Ignacio Sánchez -uno de los más extraordinarios armadores de juego que ofreció el baloncesto argentino- absorbió sus vivencias tras sus pasos en la liga universitaria de Estados Unidos (Formación, educación, organización); de la Asociación Nacional de Basquetbol del mismo país (desarrollo, competitividad, apego al profesionalismo); y de su paso por la ACB española para volcarla en Bahía Basquet. Con firmeza (Sin resultados al comienzo) se preocupó por los espectadores, por los guías y por los jugadores. Hoy en día, este ejemplo sobrevuela la cresta del continente como empresa y como equipo deportivo.

No hablo de potencia, sino de alcanzar el nivel de estado normal. Si los norteamericanos poseen esa enjundia de reinventarse, de resurgir de las cenizas, nosotros poseemos una increíble fuerza interna de adaptarnos a vivir en la anormalidad.

 

 


Fabian Kussman

email@PrisioneroEnArgentina.com

www.PrisioneroEnArgentina.com

Marzo 22, 2017