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DEMOCRATIZAR NUESTROS CORAZONES

 Por Norma Morandini

Todo lo que negamos nos esclaviza, en cambio, lo que se acepta nos transforma. La sabia sentencia de alguien que observó profundamente los pliegues del alma humana, Carl Jung, y confirió que la gran prueba existencial consiste en aprender de lo doloroso de nuestras vidas, lo que nos desagrada o lastima.
Si no lo hacemos, corremos el riesgo de que esas situaciones de pesar se repitan tantas veces sea necesario para aprender de esos dolores. Como si existiera una fuerza cósmica que nos pone a prueba todo el tiempo. Tal cual parecen estas dos tragedias que, sin embargo, comparten una misma razón, la Marina argentina.
Como una aleccionadora coincidencia del calendario, en el mismo momento en el que se dieron por desaparecidos los 44 tripulantes del submarino ARA San Juan, se conocieron las sentencias del mega juicio de la ESMA que condena a 29 oficiales de la marina a pasar el resto de sus días en la cárcel por haber arrojado al agua desde los vuelos de la muerte a los presos desaparecidos en ese tenebroso campo de detención clandestina de la marina que fue la ESMA. Entre ellos mis dos hermanos, Nestor y Cristina, Igualmente sumidos en la insondable profundidad del mar.
Una simbología perturbadora, como si una corriente subterránea, invisible, encadenara sus destinos con estos 44 marinos desaparecidos en las profundidades del mar. No se trata de una comparación forzada.
Los que no vimos morir a nuestros seres queridos debimos sí forzar la razón para entender esas muertes sin los rituales ni la liturgia de la despedida final. Todo lo que revivimos ahora en la condena del juicio de la ESMA y en el reconocido dolor de los familiares de los tripulantes del San Juan.
Si Jung tiene razón, los argentinos parecemos obstinados en ignorar las causas profundas de nuestros males y repetir periódicamente las muertes jóvenes, las que cada tanto nos golpean y nos advierten sobre lo que no queremos ver, deslindamos responsabilidades, postergamos las soluciones, disfrazadas bajo falsedades o prejuicios ideológicos. Nunca la humanidad que estalla toda vez que el dolor se enseñorea entre nosotros y nos impone su enseñanza.
Han pasado ya cuarenta años entre la marina de Eduardo Massera, el arrogante almirante que ante los jueces que juzgaron las juntas militares admitió, “yo soy responsable, pero no me siento culpable”, y esta otra marina, como todas las fuerzas armadas, subordinada a las leyes de la democracia.
Sin embargo, no se democratizaron ni nuestras actitudes ni nuestros corazones. Los uniformes cargan con la desconfianza, la oscuridad y el ocultamiento que fueron la marca de la dictadura sobreviven en la democracia.
En lugar de vivir con responsabilidad ciudadana los males de nuestro tiempo,desde la corrupción a la violencia, desde la pobreza al autoritarismo, seguimos poniendo las culpas afuera, incapaces del pacto democrático para construir una nueva sociedad, libre de las lacras del pasado.
A la par, la simulación ideológica irresponsablemente encadena a los”pibes de la liberación” a ese oscuro pasado de violencia y no a una educación auténticamente democrática que los torne ciudadanos responsables con los destinos de su país.
Fue en la ESMA donde se comieron asados para celebrar el fin de año, es en la ESMA donde se recuerdan los vuelos de la muerte, a metros tan solo del Museo de Las Malvinas, donde se glorifican los aviones que antes arrojaron los presos al agua. Semejante frivolidad nos ancla al pasado y nos impide una relación verdadera con nuestros dolores. No hay superioridad moral en el sufrimiento. El terror de la dictadura militar no fue absuelto por la guerra de Las Malvinas, cuando otros jóvenes, los del ARA General Belgrano, se inmolaron en las frías aguas del Atlántico sur.
El sacrificio de la generación del ‘70 no exime de la derrotada concepción de que el fin justifica los medios. Menos aun de la violencia política de los tiempos en los que una muerte se vengaba con otro cadáver. Ahora que se hizo justicia ¿No habrá llegado la hora de que aprendamos de la verdad de nuestro pasado para transformarnos como sociedad, liberados del odio, las desconfianzas y el ocultamiento que fueron nuestras odiosas marcas de identidad autoritaria. Porque la justicia cancela la venganza podemos restituir humanidad a nuestra vida de convivencia. Y entonces habremos aprendido de las enseñanzas de Jung para quien el conocimiento surge también de los errores pero siempre anida en el corazón .

DEMOCRATIZAR LOS CORAZONES

Por Eugenio B. Vilardo
Leí atentamente su artículo “Democratizar nuestros corazones” publicado en el diario Clarín el 5/12y reconozco lo doloroso de su tragedia, porque tuve cerca a familiares que perdieron a sus seres queridos  asesinados de un disparo por la espalda por el solo hecho de portarel uniforme de una institución de la República.
También tuve la triste tarea de contener a la familia del Almirante Guzzeti, condenado a vivir postrado en una silla de ruedas, casi ciego y con un proyectil en la cabeza hasta el fin de sus días, después de recibir 11 fierrazos en el cráneo de manos de un terrorista que quiso luego rematarlo con un tiro de gracia a través de una almohada en la cara. Esta fué  también una de las tantas tragedias que ocurrieron en esta doliente Patria. Como puede ver señora, las tragedias fueron cosa corriente en las familias argentinas en aquellos años, pero el objeto de este articulo no tiene por objeto polemizar sobre tan ingrato tema.
 En su artículo usted señala que en el juicio por los vuelos de la muerte 29 marinos fueron condenados a pasar el resto de sus vidas en la cárcel. Su declaración da por sentado que el juicio fue ecuánime en su desarrollo y condena final: una premisa falsa pues se trató de un juicio arbitrario, plagado de irregularidades procesales, alejado de los principios del Tratado de Roma y de principios constitucionales fundamentales, que terminó condenando a personas inocentes.

 Es mi caso, señora, ya fui condenado a cadena perpetua, sin pruebas y sin que se hayan siquiera considerado los descargos presentados en mi alegato de defensa. En dicho alegato, demuestro con documentación fehaciente que nunca pertenecí a un Grupo de Tareas, que cumplí funciones en el MMRREE donde me desempeñaba como jefe de seguridad, que nunca estuve en la ESMA, que nunca estuve en contacto con detenidos terroristas, que no fui aviador (soy Infante de Marina) y que desconocía totalmente lo relacionado con los supuestos vuelos de la muerte.
 De 800 personas que pasaron por las audiencias durante siete años, ninguno me conocía y ninguno declaró haberme visto en la ESMA.
 Señora, quiero que Ud. sepa que entre las personas por las que me condenan están sus hermanos. Según el expediente, sus hermanos fueron detenidos el 18/9/77. En esa fecha, yo me encontraba cumpliendo una comisión en el extranjero por resolución ministerial Nº635/77, desde el 10/9 al 22/9. La documentación probatoria no fue tomada en cuenta.
Me encuentro en este momento condenado a cadena perpetua por crímenes que no cometí. Tengo 80 años, por lo que esta condena arbitraria es una sentencia de muerte.
 Reitero: soy inocente y ajeno a todos los hechos que se me imputan. Cargará usted en su conciencia el peso de mi injusta condena. Dice usted “porque la justicia cancela la venganza podemos restituir humanidad a nuestra vida de convivencia”. En la medida en que la justicia siga siendo venganza solapada, no hay transformación posible sino multiplicación del odio y marcas de un nuevo autoritarismo, el que surge de la inmoralidad de un relato sesgado y parcial.

Más que democratizar los corazones, deberíamos ser capaces de unirlos.
Como bien dijo Martin Luther King “la injusticia en cualquier parte es una amenaza a la justicia en todas partes”.
Dios guarde su alma

EUGENIO B VILARDO

Capitán de Navío IM (RE)

Preso político

 


Colaboración: Andrea Palomas Alarcón

PrisioneroEnArgentina.com

Diciembre 8, 2017