Hay países que caen con estruendo y otros que se deshilachan en silencio, como un poncho viejo al que nadie se atreve a coserle la última puntada. El síntoma más discreto – y acaso más letal – de esa erosión es la cultura del atajo.
Nos hemos acostumbrado a una pedagogía oscura: el trámite “arreglado”, la fila “salteada”, el papel “firmado sin leer”, la norma “interpretada” para que entre en la conveniencia del día. Y así, lentamente, lo público deja de ser una casa común para convertirse en un botín discutible. No hace falta un gran escándalo para que una República pierda su alma: basta la repetición diaria de pequeñas deslealtades.
La justicia no se enferma solo por falta de leyes; se enferma cuando falta coraje moral en lo mínimo. El ciudadano lo percibe con una claridad dolorosa: lo que lo humilla no es la adversidad, sino la impunidad cotidiana; no es el esfuerzo, sino el mensaje persistente de que el esfuerzo es ingenuo y la rectitud, un pasatiempo de perdedores.
Desde Tafí del Valle – donde la naturaleza no negocia y el silencio enseña – recuerdo una verdad simple: los países no se recomponen con discursos, sino con ejemplos. No hace falta que todos seamos héroes; hace falta que dejemos de ser cómplices de lo fácil. La República no se sostiene con grandilocuencia, sino con la humilde disciplina de cumplir lo correcto aun cuando nadie mira.
Porque una nación no se hunde el día que pierde una elección: se hunde el día que se acostumbra a mentirse sin vergüenza.
Vivimos tentados por el atajo: lo “arreglado”, lo “salteado”, lo “total da lo mismo”. Pero una República no cae de golpe: se gasta cuando deja de avergonzarse.
Lo escribo desde Tafí, donde el aire es limpio y por eso mismo duele más el humo moral de la viveza. Lo que falta no es brillo: falta decencia.
Esta noche comprendí que los atajos también son laberintos: prometen salida rápida, pero siempre cobran peaje en el alma.
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Hay países que caen con estruendo y otros que se deshilachan en silencio, como un poncho viejo al que nadie se atreve a coserle la última puntada. El síntoma más discreto – y acaso más letal – de esa erosión es la cultura del atajo.
Nos hemos acostumbrado a una pedagogía oscura: el trámite “arreglado”, la fila “salteada”, el papel “firmado sin leer”, la norma “interpretada” para que entre en la conveniencia del día. Y así, lentamente, lo público deja de ser una casa común para convertirse en un botín discutible. No hace falta un gran escándalo para que una República pierda su alma: basta la repetición diaria de pequeñas deslealtades.
La justicia no se enferma solo por falta de leyes; se enferma cuando falta coraje moral en lo mínimo. El ciudadano lo percibe con una claridad dolorosa: lo que lo humilla no es la adversidad, sino la impunidad cotidiana; no es el esfuerzo, sino el mensaje persistente de que el esfuerzo es ingenuo y la rectitud, un pasatiempo de perdedores.
Desde Tafí del Valle – donde la naturaleza no negocia y el silencio enseña – recuerdo una verdad simple: los países no se recomponen con discursos, sino con ejemplos. No hace falta que todos seamos héroes; hace falta que dejemos de ser cómplices de lo fácil. La República no se sostiene con grandilocuencia, sino con la humilde disciplina de cumplir lo correcto aun cuando nadie mira.
Porque una nación no se hunde el día que pierde una elección: se hunde el día que se acostumbra a mentirse sin vergüenza.
Vivimos tentados por el atajo: lo “arreglado”, lo “salteado”, lo “total da lo mismo”.
Pero una República no cae de golpe: se gasta cuando deja de avergonzarse.
Lo escribo desde Tafí, donde el aire es limpio y por eso mismo duele más el humo moral de la viveza. Lo que falta no es brillo: falta decencia.
Esta noche comprendí que los atajos también son laberintos: prometen salida rápida, pero siempre cobran peaje en el alma.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
jorgeloboaragon@gmail.com
San Miguel de Tucumán – Rep. Argentina
PrisioneroEnArgentina.com
Enero 31, 2026