En Tafí, cuando cae la tarde, el valle no se apaga: baja el ruido. Y en ese silencio, hay un oficio secreto que no figura en los registros ni se paga con moneda: el del Lector. No hablo del que hojea por costumbre, sino del que lee como quien enciende un fogón para otros.
Es ese hombre – o esa mujer – que encuentra nuestras publicaciones como quien encuentra una piedra tibia en el río: la levanta, la mira, y adivina que allí hay historia. Lee con una paciencia antigua, de las que ya casi no se ven. No corre; se queda. Subraya con la mirada. Vuelve. Comparte. Y cuando comenta, no busca brillar: busca acompañar.
Dicen que el periodista escribe para no olvidar. Pero el lector es el que cumple la parte más dura: recordar.
Porque en tiempos de prisa, leer es un acto de resistencia; y leer con el corazón es un acto de justicia. Cada vez que alguien abre una semblanza y la termina, salva una porción de humanidad del naufragio cotidiano.
El Lector reconoce el temblor detrás de la frase. Nota el mate en la mano, la piedra del camino, la lluvia fina, el caballo que espera, la dignidad del oficio humilde.
Y entiende – sin necesidad de explicaciones – que lo que se escribe desde el Valle no es una “publicación”: es una forma de decirle al mundo que todavía existe bondad, todavía existe coraje, todavía existe belleza.
Por eso, cuando un lector fiel aparece, el autor no se siente leído: se siente acompañado. Porque el lector verdadero no consume palabras: las adopta. Las lleva a su casa. Las pone al lado de su propia vida. Y entonces sucede lo milagroso: la escritura deja de ser tinta y se vuelve puente.
El periodista puede narrar el día; pero es el lector quien decide si ese día merece quedar en la eternidad.
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En Tafí, cuando cae la tarde, el valle no se apaga: baja el ruido. Y en ese silencio, hay un oficio secreto que no figura en los registros ni se paga con moneda: el del Lector. No hablo del que hojea por costumbre, sino del que lee como quien enciende un fogón para otros.
Es ese hombre – o esa mujer – que encuentra nuestras publicaciones como quien encuentra una piedra tibia en el río: la levanta, la mira, y adivina que allí hay historia. Lee con una paciencia antigua, de las que ya casi no se ven. No corre; se queda. Subraya con la mirada. Vuelve. Comparte. Y cuando comenta, no busca brillar: busca acompañar.
Dicen que el periodista escribe para no olvidar. Pero el lector es el que cumple la parte más dura: recordar.
Porque en tiempos de prisa, leer es un acto de resistencia; y leer con el corazón es un acto de justicia. Cada vez que alguien abre una semblanza y la termina, salva una porción de humanidad del naufragio cotidiano.
El Lector reconoce el temblor detrás de la frase. Nota el mate en la mano, la piedra del camino, la lluvia fina, el caballo que espera, la dignidad del oficio humilde.
Y entiende – sin necesidad de explicaciones – que lo que se escribe desde el Valle no es una “publicación”: es una forma de decirle al mundo que todavía existe bondad, todavía existe coraje, todavía existe belleza.
Por eso, cuando un lector fiel aparece, el autor no se siente leído: se siente acompañado. Porque el lector verdadero no consume palabras: las adopta. Las lleva a su casa. Las pone al lado de su propia vida. Y entonces sucede lo milagroso: la escritura deja de ser tinta y se vuelve puente.
El periodista puede narrar el día; pero es el lector quien decide si ese día merece quedar en la eternidad.
Dr Jorge bernabé Lobo Aragón
jorgeloboatagon@gmail.com
PrisioneroEnArgentina.com
febrero 7, 2026