Y el viento —ese viejo archivero de lo humano— anota cada risa, cada polvo de harina, cada abrazo improvisado.
Aquí el carnaval no es un festejo.
Es un ritual.
No se trata de máscaras, sino de revelaciones.
Durante unos días, los hombres dejan caer sus solemnidades como quien se quita un saco demasiado pesado. Las mujeres recuperan la risa ancestral. Los niños gobiernan el mundo con un puñado de espuma. Y hasta los más serios descubren que también tienen derecho al desorden.
He comprendido que el carnaval es una forma discreta de la filosofía.
Suspende jerarquías.
Desarma biografías.
Confunde apellidos.
El juez recibe harina del vendedor ambulante.
El abogado abraza al albañil.
El silencio aprende a bailar.
Hay algo profundamente metafísico en esa escena:
por unas horas, todos somos iguales frente al polvo blanco que nos devuelve a la infancia.
Como si el valle dijera:
recuerden quiénes fueron antes de aprender a defenderse.
Porque el carnaval no celebra el exceso.
Celebra la fragilidad compartida.
Es el único momento del año en que el hombre acepta ser apenas hombre, sin títulos, sin cargos, sin armaduras.
Una criatura vulnerable jugando con otras criaturas vulnerables bajo un cielo inmenso.
He visto cuerpos cansados rejuvenecer con una sonrisa.
He visto heridas antiguas cerrarse con una canción.
He visto muletas transformarse en ritmo.
Y pensé: tal vez la verdadera justicia sea esto —
una alegría repartida sin expediente.
El carnaval enseña lo que ningún tratado logra explicar:
que la dignidad también sabe reír,
que el dolor puede maquillarse de colores,
y que incluso quienes caminan despacio tienen derecho al baile.
Luego, cuando cae la tarde y el eco de los bombos se pierde entre los cerros, queda flotando una certeza silenciosa:
no celebramos para olvidar quiénes somos,
celebramos para recordarlo.
Y así, cubiertos de harina, de música y de humanidad, regresamos a casa con una enseñanza mínima y eterna:
♣
En Tafí del Valle el tiempo no corre: respira.
Los cerros no rodean al hombre: lo contemplan.
Y el viento —ese viejo archivero de lo humano— anota cada risa, cada polvo de harina, cada abrazo improvisado.
Aquí el carnaval no es un festejo.
Es un ritual.
No se trata de máscaras, sino de revelaciones.
Durante unos días, los hombres dejan caer sus solemnidades como quien se quita un saco demasiado pesado. Las mujeres recuperan la risa ancestral. Los niños gobiernan el mundo con un puñado de espuma. Y hasta los más serios descubren que también tienen derecho al desorden.
He comprendido que el carnaval es una forma discreta de la filosofía.
Suspende jerarquías.
Desarma biografías.
Confunde apellidos.
El juez recibe harina del vendedor ambulante.
El abogado abraza al albañil.
El silencio aprende a bailar.
Hay algo profundamente metafísico en esa escena:
por unas horas, todos somos iguales frente al polvo blanco que nos devuelve a la infancia.
Como si el valle dijera:
recuerden quiénes fueron antes de aprender a defenderse.
Porque el carnaval no celebra el exceso.
Celebra la fragilidad compartida.
Es el único momento del año en que el hombre acepta ser apenas hombre, sin títulos, sin cargos, sin armaduras.
Una criatura vulnerable jugando con otras criaturas vulnerables bajo un cielo inmenso.
He visto cuerpos cansados rejuvenecer con una sonrisa.
He visto heridas antiguas cerrarse con una canción.
He visto muletas transformarse en ritmo.
Y pensé: tal vez la verdadera justicia sea esto —
una alegría repartida sin expediente.
El carnaval enseña lo que ningún tratado logra explicar:
que la dignidad también sabe reír,
que el dolor puede maquillarse de colores,
y que incluso quienes caminan despacio tienen derecho al baile.
Luego, cuando cae la tarde y el eco de los bombos se pierde entre los cerros, queda flotando una certeza silenciosa:
no celebramos para olvidar quiénes somos,
celebramos para recordarlo.
Y así, cubiertos de harina, de música y de humanidad, regresamos a casa con una enseñanza mínima y eterna:
el hombre que sabe jugar todavía no está vencido.
Jorge Bernabé Lobo Aragón
jorgeloboaragon@gmail.com