EL DÍA EN QUE EL HOMBRE MEREZCA DE NUEVO EL CIELO

-Tercer y último diálogo entre el Pez Volador y el Abogado-
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En Tafí del Valle la tarde descendía con una lentitud sagrada. La neblina subía desde el fondo de los cerros como si la tierra, cansada de tanto estruendo humano, quisiera cubrirse otra vez con un manto de pureza. Las piedras antiguas guardaban su silencio de siglos. Los cardones parecían centinelas de otra edad. Y el cielo, abierto sobre las montañas con una inmensidad casi misericordiosa, daba la impresión de estar esperando algo del hombre.

No una conquista.
No una hazaña.
No una victoria.

Algo más difícil.

Que mereciera de nuevo mirarlo.

El Abogado estaba de pie al borde del sendero, con la gravedad de quien ha visto demasiado dolor para permitirse la inocencia, pero todavía conserva la decencia de no resignarse. A su lado, suspendido en esa región donde la fábula toca la verdad, el Pez Volador desplegaba sus alas leves, como si en ellas trajera una memoria anterior a las guerras y a los imperios.

Abajo, lejos, el mundo seguía ardiendo en sus viejas costumbres.

Las naciones hablaban de equilibrio, de represalias, de seguridad, de historia, de petróleo, de fronteras, de fe, de amenaza. Pero debajo de esa hojarasca verbal persistía la única realidad que importaba: la de los inocentes. Niños aprendiendo el idioma del miedo antes que el del alfabeto. Ancianos expulsados de sus casas con una fotografía en la mano. Jóvenes convertidos en cifra. Mujeres levantando del suelo la mitad rota de una vida.

El Abogado alzó la vista hacia la altura, como si le pidiera al cielo una explicación que el mundo no estaba sabiendo redactar.

He defendido hombres – dijo -, causas, derechos, esperanzas. Pero nunca he podido comprender del todo esta obstinación de la humanidad por envilecer sus dones. Se le dio la inteligencia, y fabricó sistemas de exterminio. Se le dio la palabra, y la convirtió en coartada. Se le dio la tierra, y la partió en codicias. Se le dio el cielo, y prefirió el incendio.

El Pez Volador giró lentamente sobre sí, mirando la neblina que abrazaba el valle.

Tal vez – respondió – porque al hombre le resulta más fácil conquistar el mundo que conquistarse a sí mismo.

La frase cayó sobre la tarde con el peso de una verdad largamente demorada.

Tafí, mientras tanto, seguía allí: intacto en su belleza y herido en su compasión. Porque hay paisajes que, cuando son verdaderos, no se limitan a ser hermosos: toman partido. El valle no era indiferente al dolor de los hombres. Sus montañas parecían acusar en silencio a todos los dirigentes que, desde escritorios remotos, seguían disponiendo de vidas ajenas como si la sangre fuera un dato y no un sacramento.

¿Y qué tendría que ocurrir – preguntó el Abogado- para que el hombre merezca de nuevo el cielo?

El Pez Volador no respondió enseguida. Miró primero las estrellas, que comenzaban a insinuarse con una timidez antigua, como si incluso ellas dudaran todavía del corazón humano.

Luego dijo: El hombre merecerá de nuevo el cielo el día en que sienta vergüenza de toda victoria obtenida sobre cadáveres. El día en que comprenda que ningún mapa vale lo que vale el sueño intacto de un niño. El día en que un anciano con frío le importe más que una reserva estratégica. El día en que la fuerza deje de ser admirada cuando no está al servicio de la protección sino del abuso. El día en que la compasión no sea tratada como debilidad, sino como la forma más alta de la inteligencia moral.

El Abogado guardó silencio.

Sabía, por su experiencia entre tribunales y sombras humanas, que aquella enumeración no era un ideal abstracto, sino un programa de salvación. Porque toda civilización, si quiere ser digna de ese nombre, empieza por reconocer un límite sagrado: hay vidas que no pueden ser sacrificadas al altar de ninguna ambición.

Entonces – dijo al fin – el problema no es político solamente. Es espiritual.

Lo es – contestó el Pez Volador-. Toda guerra prolongada revela una derrota previa del alma. Antes del bombardeo hubo una ceguera. Antes de la invasión hubo una deshumanización. Antes de la matanza hubo alguien que consiguió mirar a otro hombre y no verlo ya como hermano, sino como obstáculo.

Una campana sonó a lo lejos, pequeña y persistente. Tal vez una capilla perdida entre la bruma. Tal vez la conciencia. Tal vez el resto de Dios que todavía sobrevive en el pecho de los hombres.

La noche descendía lentamente sobre Tafí, pero no era una noche de tiniebla: era una noche de revelación. La neblina rodeaba los cerros con una dulzura de manos maternas. Las piedras reflejaban una luz tenue, casi bíblica. Y el cielo, cada vez más profundo, parecía inclinarse sobre el valle como si quisiera escuchar aquella conversación hasta el final.

A veces temo – dijo el Abogado– que el hombre haya olvidado para qué fue creado.

El Pez Volador se acercó apenas, batiendo sus alas con esa gracia extraña de lo imposible que, sin embargo, se vuelve necesario.

Fue creado para algo más alto que sobrevivir – dijo- .

Fue creado para justificar la belleza que se le confió. Para merecer el pan que comparte, la tierra que cultiva, el hijo que protege, el anciano que honra, la palabra que empeña.

Fue creado para que el mundo, al pasar por sus manos, no saliera más humillado de lo que entró.

El Abogado sintió entonces que todo el valle estaba contenido en esa frase.

No era sólo Tafí.

Era la humanidad entera contemplada desde un sitio donde la altura obliga a la verdad.

Abajo podrían seguir los discursos, las amenazas, los cálculos, las doctrinas y las armas.

Pero arriba, entre la niebla y las estrellas, quedaba claro que el juicio decisivo no lo dictaría la historia de los vencedores, sino la memoria de los inocentes.

Porque al final de los siglos no se preguntará qué imperio acumuló más poder,ni qué potencia impuso su voluntad, ni qué ejército avanzó más lejos.

Se preguntará otra cosa.

Quién protegió la vida.
Quién evitó el sufrimiento que podía evitarse.
Quién se negó a llamar destino a lo que era simplemente crueldad.

El Abogado bajó la cabeza con humildad, como si acabara de escuchar la parte más severa y luminosa de una sentencia.

¿Y si no aprendemos? – preguntó.

El Pez Volador miró el cielo.

Entonces el cielo seguirá siendo digno de nosotros, pero nosotros no seremos dignos de él.

Hubo un silencio grande.

Uno de esos silencios que no vacían el mundo, sino que lo llenan de gravedad.

La bruma siguió avanzando por los faldeos. Una luz amarilla tembló en una casita lejana. El valle entero parecía respirar con la paciencia de la creación, como si supiera que incluso la especie más torpe puede, en algún momento, recordar su verdadera estatura.

Y fue allí, en el corazón mismo de Tafí, donde el Pez Volador y el Abogado comprendieron que no bastaba con denunciar la barbarie ni con añorar la paz.

Había que exigir algo mayor: una humanidad que volviera a ser moralmente habitable.

Una humanidad capaz de mirar a los niños sin robarles el porvenir.

Capaz de honrar a los viejos sin abandonarlos al escombro.

Capaz de ejercer el poder sin convertirlo en crueldad.

Capaz de levantar la vista y entender que el cielo no está para ser conquistado, sino para ser merecido.

Entonces el valle – ese viejo santuario de piedra, neblina y altura- pareció pronunciar su última lección: no será verdaderamente grande el hombre cuando domine la tierra, sino cuando aprenda a no profanarla con odio. Y mientras las primeras estrellas se afirmaban sobre la noche, el Abogado y el Pez Volador permanecieron inmóviles, mirando el mundo desde aquella altura donde todavía era posible creer en una redención.

No una redención milagrosa.

No una redención retórica.

Sino una más ardua y humana: la de volver a elegir la compasión, la justicia, el límite, la ternura, la dignidad.

Porque sólo entonces, y no antes, sólo cuando el hombre comprenda que ninguna causa es más sagrada que la vida, sólo cuando prefiera el abrazo al exterminio, la protección al dominio, la misericordia a la soberbia, merecerá de nuevo el cielo.

Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragon

jorgeloboaragon@gmail.com

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