(En respuesta a Juan Manuel Aragón, hijo de esta tierra)
He leído la columna firmada por Juan Manuel Aragón, quien – desde una esquina cualquiera y en una espera cualquiera – decidió describir a Tafí del Valle como un “destino inflado”, donde el paisaje se vende caro y el visitante paga por una experiencia que, según él, ya no existe.
Para quien no haya leído su texto, conviene decirlo con claridad: se nos presenta un Tafí degradado, reducido a un negocio oportunista, habitado por comerciantes calculadores, turistas incautos y una clase media que “intenta parecer algo más”. Se ironiza sobre sus calles, sobre su gente, sobre sus costumbres.
Se caricaturiza al visitante.
Se descree del valor del lugar.
Y se sugiere – con cierta nostalgia impostada – que todo tiempo pasado fue mejor.
Hasta allí… la crítica.
Pero lo que subyace – y es imposible no advertir- no es una mirada objetiva. Sino una carga emocional que desborda el análisis.
Porque hay algo que conviene recordar:
no toda crítica es lucidez.
A veces… es resentimiento.
Y cuando el resentimiento escribe, no observa: deforma.
Tafí del Valle no es perfecto.
No lo fue antes ni lo es ahora.
Ha crecido, se ha transformado, ha cambiado – como cambian todos los lugares que siguen vivos-.
Y en ese proceso conviven lo valioso y lo discutible.
Pero reducirlo a una postal cínica de oportunismo turístico es no solo injusto…
es superficial.
Porque Tafí no es un decorado.
Es historia.
Es cultura.
Es trabajo.
Es familia.
Es la memoria de quienes lo habitan todo el año, no solo de quienes lo visitan o lo juzgan desde la distancia.
Se puede – y se debe – criticar.
Pero hay una diferencia esencial entre quien critica para mejorar… y quien lo hace para descalificar.
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(En respuesta a Juan Manuel Aragón, hijo de esta tierra)
He leído la columna firmada por Juan Manuel Aragón, quien – desde una esquina cualquiera y en una espera cualquiera – decidió describir a Tafí del Valle como un “destino inflado”, donde el paisaje se vende caro y el visitante paga por una experiencia que, según él, ya no existe.
Para quien no haya leído su texto, conviene decirlo con claridad: se nos presenta un Tafí degradado, reducido a un negocio oportunista, habitado por comerciantes calculadores, turistas incautos y una clase media que “intenta parecer algo más”. Se ironiza sobre sus calles, sobre su gente, sobre sus costumbres.
Se caricaturiza al visitante.
Se descree del valor del lugar.
Y se sugiere – con cierta nostalgia impostada – que todo tiempo pasado fue mejor.
Hasta allí… la crítica.
Pero lo que subyace – y es imposible no advertir- no es una mirada objetiva. Sino una carga emocional que desborda el análisis.
Porque hay algo que conviene recordar:
no toda crítica es lucidez.
A veces… es resentimiento.
Y cuando el resentimiento escribe, no observa: deforma.
Tafí del Valle no es perfecto.
No lo fue antes ni lo es ahora.
Ha crecido, se ha transformado, ha cambiado – como cambian todos los lugares que siguen vivos-.
Y en ese proceso conviven lo valioso y lo discutible.
Pero reducirlo a una postal cínica de oportunismo turístico es no solo injusto…
es superficial.
Porque Tafí no es un decorado.
Es historia.
Es cultura.
Es trabajo.
Es familia.
Es la memoria de quienes lo habitan todo el año, no solo de quienes lo visitan o lo juzgan desde la distancia.
Se puede – y se debe – criticar.
Pero hay una diferencia esencial entre quien critica para mejorar… y quien lo hace para descalificar.
En el primer caso, hay compromiso.
En el segundo… hay distancia.
Y quizá allí esté la clave.
Porque Tafí del Valle no necesita ser defendido.
Pero sí merece ser comprendido.
Y para comprender… no alcanza con mirar.
Hace falta pertenecer.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
jorgeloboaragon@gmail.com