CUANDO LA CULTURA Y LA PAZ SE DAN LA MANO

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Hay nombramientos que honran.

Y hay otros, más raros y profundos, que obligan.

Ser reconocido como Embajador Cultural Internacional y ser designado también Embajador de la Paz no me lleva a la celebración vacía, sino al recogimiento.

Porque no siento que se me haya concedido un privilegio: siento que se me ha recordado un deber. Cuya generosidad confirma que todavía existen almas consagradas.

Agradezco con emoción las palabras de Gabrielle Simond, presidenta del Cercle Universel des Ambassadeurs de la Paix, a sostener, en medio del ruido del mundo, la antigua y difícil bandera de la concordia.

Recibo estas distinciones desde Tafí del Valle, con humildad, con gratitud con la íntima convicción de que toda verdadera misión nace en silencio.

La cultura, cuando es auténtica, no es ornamento ni exhibición.

Es memoria, conciencia, dignidad.

Es la voz de los pueblos cuando se niegan a caer en la barbarie.

la paz, cuando es verdadera, no es una palabra decorativa ni una consigna diplomática.
Es una conquista interior.

Una disciplina del alma.

Una forma de mirar al otro sin odio, sin soberbia, sin deseo de humillarlo.

Por eso siento que estos dos nombramientos, lejos de ser distintos, se tocan en un mismo centro.

Porque no hay paz duradera sin cultura.

Y no hay cultura verdadera si no está al servicio de la condición humana.

Si mis palabras, mis escritos o mis gestos han servido alguna vez para sembrar reflexión, consuelo, memoria o esperanza, entonces agradezco a Dios la posibilidad de seguir haciéndolo.

Y si el mundo, fatigado por la violencia, la indiferencia y el desencuentro,
todavía reserva un lugar para quienes creen en la fuerza moral de la palabra,
entonces vale la pena perseverar.

Gracias a quienes me honran con su confianza.

Gracias a quienes leen, acompañan y sostienen este camino.

Gracias a quienes todavía creen que la cultura puede elevar al hombre
y que la paz puede dejar de ser una utopía para convertirse en tarea.

Hoy recibo estas designaciones con emoción.

Pero sobre todo las recibo con responsabilidad.

Porque los títulos pasan.

Los aplausos cesan.

Las ceremonias concluyen.

Lo único que verdaderamente permanece es aquello que hacemos, con nuestra palabra y con nuestra vida, para que el mundo sea un poco menos cruel un poco más humano.

Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón

jorgeloboaragon@gmail.com

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