En Uruguay, como en otros países, existen historias criminales que estremecen especialmente por el lugar donde ocurrieron y por la confianza que las víctimas depositaban en sus protagonistas. Entre ellas se encuentran los casos conocidos como los de los “ángeles de la muerte”, una expresión utilizada para describir a trabajadores de la salud que asesinan o provocan deliberadamente la muerte de pacientes bajo su cuidado.
Uno de los episodios más impactantes de la historia criminal reciente de Uruguay ocurrió en 2012 y tuvo como protagonistas a dos enfermeros: Ariel Acevedo y Marcelo Pereira. Ambos fueron acusados de provocar la muerte de numerosos pacientes internados en instituciones de salud de Montevideo.
La investigación comenzó después de que las autoridades detectaran circunstancias sospechosas alrededor de varias muertes. Los pacientes, en general personas enfermas y vulnerables, fallecían en circunstancias que llamaron la atención de investigadores y profesionales médicos.
La Justicia uruguaya terminó estableciendo que los enfermeros habían provocado intencionalmente la muerte de pacientes mediante la administración de medicamentos. El caso adquirió una enorme repercusión porque las víctimas se encontraban precisamente en el lugar donde esperaban recibir protección y tratamiento.
El número exacto de víctimas atribuidas judicialmente a cada uno fue objeto de investigación y discusión durante el proceso. En 2012, ambos fueron procesados y posteriormente condenados por múltiples homicidios. Las autoridades investigaron decenas de fallecimientos ocurridos en centros asistenciales y analizaron la posibilidad de que existieran más víctimas.
El caso produjo una pregunta difícil de responder: ¿por qué alguien que eligió una profesión dedicada a cuidar enfermos podría convertirse en su verdugo?
Durante las investigaciones aparecieron distintas explicaciones y declaraciones, pero el móvil exacto no quedó reducido a una única respuesta. En uno de los casos se habló de pacientes que, según el acusado, sufrían intensamente y cuya muerte habría sido presentada como una forma de poner fin al sufrimiento. Esa explicación, sin embargo, no eliminó la responsabilidad penal ni transformó las muertes en actos médicos legítimos.
La expresión “ángel de la muerte” puede resultar engañosa. No se trata de una denominación médica ni jurídica, sino de una etiqueta periodística utilizada en diferentes países para referirse a personas que, aprovechando una posición de confianza dentro del sistema sanitario, causan deliberadamente la muerte de pacientes.
El caso uruguayo también abrió un debate sobre los mecanismos de control dentro de hospitales y centros de salud. Los pacientes internados se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad: dependen de médicos, enfermeros y otros profesionales para recibir medicamentos, tratamientos y cuidados. Esa relación de confianza hace que detectar un delito pueda resultar particularmente difícil.
La conmoción fue aún mayor porque las víctimas no fueron seleccionadas en un escenario de violencia callejera. Las muertes ocurrieron en instituciones sanitarias, rodeadas de personas cuyo trabajo consistía precisamente en preservar la vida.
El caso de los enfermeros uruguayos quedó así incorporado a la historia criminal del país como uno de los episodios más perturbadores relacionados con el sistema de salud. También dejó una advertencia que trasciende las fronteras de Uruguay: cuando una persona obtiene la confianza necesaria para cuidar a los más vulnerables y utiliza esa confianza para matar, el crimen adquiere una dimensión especialmente inquietante.
Los “ángeles de la muerte” representan precisamente esa contradicción: personas vestidas para cuidar, trabajando junto a médicos y pacientes, que terminan utilizando sus conocimientos y su posición para provocar la muerte. En Uruguay, aquel caso de 2012 transformó para siempre la percepción de muchas personas sobre la seguridad y la confianza dentro de los centros de salud.
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Uno de los episodios más impactantes de la historia criminal reciente de Uruguay ocurrió en 2012 y tuvo como protagonistas a dos enfermeros: Ariel Acevedo y Marcelo Pereira. Ambos fueron acusados de provocar la muerte de numerosos pacientes internados en instituciones de salud de Montevideo.
La investigación comenzó después de que las autoridades detectaran circunstancias sospechosas alrededor de varias muertes. Los pacientes, en general personas enfermas y vulnerables, fallecían en circunstancias que llamaron la atención de investigadores y profesionales médicos.
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El caso uruguayo también abrió un debate sobre los mecanismos de control dentro de hospitales y centros de salud. Los pacientes internados se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad: dependen de médicos, enfermeros y otros profesionales para recibir medicamentos, tratamientos y cuidados. Esa relación de confianza hace que detectar un delito pueda resultar particularmente difícil.
La conmoción fue aún mayor porque las víctimas no fueron seleccionadas en un escenario de violencia callejera. Las muertes ocurrieron en instituciones sanitarias, rodeadas de personas cuyo trabajo consistía precisamente en preservar la vida.
El caso de los enfermeros uruguayos quedó así incorporado a la historia criminal del país como uno de los episodios más perturbadores relacionados con el sistema de salud. También dejó una advertencia que trasciende las fronteras de Uruguay: cuando una persona obtiene la confianza necesaria para cuidar a los más vulnerables y utiliza esa confianza para matar, el crimen adquiere una dimensión especialmente inquietante.
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4 thoughts on “Los ángeles de la muerte”
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- Novah Leal
- posted on October 18, 2026
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- Issac Acosta
- posted on October 18, 2026
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- Nona Scarlett
- posted on October 18, 2026
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- Layla Dodson
- posted on October 17, 2026
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