El asesino serial argentino que eludió al FBI durante más de veinte años

Share

♣

Nació en Mendoza, emigró a Estados Unidos y terminó convertido en uno de los fugitivos más conocidos de la crónica policial estadounidense. Bajo el apodo de “Lady Killer”, Ricardo Silvio Caputo sedujo a sus víctimas, las asesinó y logró ocultarse durante décadas utilizando identidades falsas. En 1994 decidió entregarse. Tres años después murió en prisión.

De Mendoza a Nueva York: el comienzo de una historia criminal

Ricardo Silvio Caputo nació en Mendoza, Argentina, en 1949. A comienzos de la década de 1970 viajó a Estados Unidos, donde buscó construir una vida lejos de su país de origen. Sin embargo, detrás de la imagen de un hombre sociable y seductor comenzaría a desarrollarse una trayectoria criminal que lo llevaría a ser perseguido por las autoridades estadounidenses.

Su historia familiar fue reconstruida posteriormente a través de testimonios periodísticos. Según relató su hermano Alberto, Caputo habría sufrido abandono y abusos durante la infancia. Esos antecedentes fueron mencionados por el propio entorno familiar al intentar explicar su conducta, aunque no permiten establecer por sí solos una relación causal entre las experiencias infantiles y los asesinatos que cometió.

En Estados Unidos, Caputo trabajó en distintos empleos y aprendió a desenvolverse en ambientes sociales muy diferentes. Su capacidad para entablar relaciones sentimentales se convertiría en un elemento central de sus crímenes. No era el estereotipo del delincuente que atacaba a desconocidas en la calle: en varios casos, las mujeres asesinadas habían mantenido con él una relación afectiva.

La prensa estadounidense terminó bautizándolo “The Lady Killer”, expresión que puede traducirse como “el asesino de mujeres”. El apodo resumía la combinación de seducción, engaño y violencia que caracterizó su trayectoria.

Las investigaciones y reconstrucciones posteriores le atribuyeron cuatro asesinatos confirmados, cometidos entre 1971 y 1977 en Estados Unidos y México. También fue investigado como posible responsable de otras muertes, pero esas sospechas no deben confundirse con homicidios probados judicialmente.

Nathalie Brown: la primera víctima conocida

La primera víctima conocida de Caputo fue Nathalie Brown, una joven de 19 años, asesinada en 1971 en el estado de Nueva York. Según las reconstrucciones del caso, ambos habían mantenido una relación sentimental que terminó deteriorándose.

El crimen marcó el inicio de una historia que durante años desconcertaría a los investigadores. Caputo fue detenido, pero su situación judicial quedó atravesada por evaluaciones sobre su estado mental. En una primera instancia fue considerado incapaz de afrontar un juicio; posteriormente, las actuaciones cambiaron y fue internado en una institución psiquiátrica.

La internación, que debía permitir el tratamiento y la supervisión del acusado, no impidió que la historia continuara de manera trágica. Caputo consiguió salir de la institución y, según los relatos publicados sobre el caso, aprovechó una salida no autorizada para desaparecer.

La fuga tuvo consecuencias decisivas. En lugar de permanecer bajo control de las autoridades, volvió a circular por distintos lugares, mientras los investigadores intentaban reconstruir sus movimientos. El sistema había tenido contacto directo con un hombre sospechado de un homicidio, pero no consiguió mantenerlo bajo supervisión.

Brown quedó como la primera víctima conocida de una serie que se extendería durante varios años. Para su familia, el crimen significó una pérdida irreparable. Para los investigadores, sería el comienzo de una búsqueda que se prolongaría mucho más de lo esperado.

Judith Becker: otra relación que terminó en muerte

En 1974, Caputo conoció a Judith Becker, de 26 años, una psicóloga que trabajaba en Nueva York. Los relatos sobre el caso indican que el argentino logró establecer una relación con ella mientras se encontraba vinculado al sistema de atención psiquiátrica.

Becker fue encontrada muerta en su departamento de Yonkers, en octubre de 1974. Había sido golpeada y estrangulada. La investigación terminó relacionando a Caputo con el asesinato, que posteriormente admitió y por el cual se declaró culpable.

El homicidio volvió a mostrar una característica inquietante: la relación personal con la víctima no parecía representar para él un límite. El vínculo afectivo, que normalmente supone confianza y cercanía, se convertía en una circunstancia que podía facilitar el acceso a la mujer.

Tras el crimen, Caputo desapareció. Viajó hacia la costa oeste y comenzó a utilizar otra identidad. La policía tuvo que enfrentarse a un sospechoso que podía abandonar una ciudad, modificar su apariencia y presentarse ante otras personas con un nombre diferente.

Mientras los familiares de Becker intentaban obtener respuestas, el hombre buscado seguía desplazándose. La distancia geográfica entre las escenas del crimen complicaba la investigación, y la ausencia de una identidad estable dificultaba el seguimiento.

La muerte de Becker fue uno de los hechos que terminaron consolidando la búsqueda de Caputo a escala nacional. Sin embargo, aún faltaban otros asesinatos antes de que su nombre se convirtiera en una referencia internacional de la crónica policial.

Barbara Ann Taylor: el crimen en San Francisco

Después de abandonar Nueva York, Caputo se instaló en San Francisco, California. Para mantenerse, realizó diferentes trabajos y llegó a ganarse la vida haciendo retratos. Su nueva identidad y su capacidad para relacionarse con otras personas le permitían comenzar de nuevo sin revelar su pasado.

En ese ambiente conoció a Barbara Ann Taylor, de 28 años, una mujer independiente que trabajaba como documentalista. Según las reconstrucciones periodísticas, el encuentro se produjo en un bar y estuvo acompañado por un gesto de aparente amabilidad: Caputo le hizo un retrato y se lo regaló. La relación se desarrolló con rapidez.

Pero la historia terminó de manera violenta. Taylor fue asesinada en 1975. Los investigadores encontraron su cuerpo en su departamento y las lesiones revelaron la brutalidad del ataque. La investigación vinculó posteriormente a Caputo con el homicidio.

Después de este crimen, el argentino volvió a escapar. Su rostro y sus antecedentes empezaban a circular en los medios de comunicación, mientras las autoridades intentaban localizarlo. Pero Caputo ya había desarrollado una estrategia que le permitía dificultar su identificación: cambiar de nombre, trasladarse a otra región y reconstruir su vida desde cero.

El caso demostraba una de las dificultades de perseguir a un fugitivo que no permanecía en una misma ciudad. Cada desplazamiento podía obligar a los investigadores a coordinar información entre distintas jurisdicciones, mientras las pistas se volvían menos claras con el paso del tiempo.

Laura Gómez: el último asesinato confirmado

La siguiente víctima confirmada fue Laura Gómez, una joven vinculada a una familia acomodada de México. Caputo había llegado a Ciudad de México después de abandonar Estados Unidos y utilizaba otra identidad: Ricardo Martínez.

Según las reconstrucciones periodísticas, Gómez tenía 23 años y estudiaba en la universidad. La relación sentimental avanzó hasta convertirse en un noviazgo formal. Caputo consiguió acercarse a su entorno y obtuvo oportunidades laborales gracias a los contactos de la joven.

Una vez más, la relación terminó en asesinato. En 1977, Gómez fue asesinada y Caputo huyó. Su muerte se convirtió en el cuarto homicidio confirmado que posteriormente se le atribuyó.

El crimen mexicano amplió la dimensión internacional de la búsqueda. Ya no se trataba solamente de un sospechoso que se desplazaba entre ciudades estadounidenses: también había cruzado fronteras y había conseguido establecer relaciones bajo una identidad falsa.

El caso de Gómez muestra, además, la importancia de distinguir entre los hechos comprobados y las explicaciones que el propio criminal ofreció después. Caputo llegó a hablar de sus asesinatos en una entrevista televisiva, pero sus declaraciones no deben aceptarse automáticamente como una descripción completa de sus motivaciones.

Lo que sí quedó claro fue la reiteración de un patrón: establecía vínculos personales, ocultaba aspectos fundamentales de su identidad y terminaba recurriendo a la violencia. La confianza de las víctimas no fue una garantía de seguridad frente a un hombre que ocultaba su historial criminal.

Diecisiete identidades y una búsqueda que parecía interminable

Durante los años siguientes, Caputo consiguió permanecer fuera del alcance de las autoridades. Diversas reconstrucciones del caso señalan que utilizó hasta diecisiete identidades diferentes. Los nombres falsos le permitían presentarse ante nuevas personas sin revelar que era buscado por homicidios.

Trabajó en distintos lugares, se trasladó entre ciudades y continuó formando relaciones personales. También tuvo hijos y contrajo matrimonio. Su vida cotidiana podía parecer la de cualquier otro hombre que buscaba estabilidad, pero su pasado criminal seguía sin resolverse.

El FBI llegó a considerarlo uno de los fugitivos más importantes de su época. Algunas publicaciones lo describieron como uno de los criminales más buscados de Estados Unidos e incluso señalaron que llegó a ocupar un lugar destacado en las listas de búsqueda. Sin embargo, conviene evitar una afirmación más específica —como asegurar que encabezó de manera permanente la lista oficial de los diez más buscados— sin una documentación histórica concluyente.

La prolongada fuga convirtió a Caputo en un caso especialmente llamativo. La policía no solamente debía localizarlo: tenía que establecer cuál de las identidades que había utilizado correspondía realmente al hombre buscado.

El tiempo jugaba a su favor. Las personas que lo habían conocido bajo nombres distintos no necesariamente sabían que estaban tratando con el mismo individuo. Las pistas podían quedar dispersas entre registros policiales, testimonios y expedientes de distintas ciudades.

A pesar de las sospechas que surgieron posteriormente sobre otros homicidios, no todos esos casos pudieron serle atribuidos judicialmente. Entre ellos figuraron las muertes de Devon Green, en Los Ángeles, y Jacqueline Bernard, en Nueva York. Caputo fue señalado como posible responsable, pero no fue condenado por esos hechos. La diferencia es esencial: las sospechas pueden orientar una investigación, pero no equivalen a una sentencia.

El regreso a Mendoza y la confesión

En 1994, después de más de veinte años de fuga, Caputo regresó a Mendoza. Según las crónicas periodísticas, buscó a su madre y le confesó que había cometido asesinatos. También habría expresado temor a continuar matando y la decisión de entregarse a las autoridades.

El regreso tuvo un significado particular. El hombre que había pasado años ocultándose bajo identidades falsas volvió al lugar donde había nacido. No lo hizo para comenzar una nueva vida en libertad, sino para poner fin a una persecución que parecía no terminar nunca.

El 9 de marzo de 1994 se entregó a las autoridades estadounidenses, acompañado por un abogado. La noticia sorprendió por la manera en que se produjo la captura: no fue el resultado de una detención tras una larga persecución policial, sino de la decisión del propio fugitivo de presentarse ante la Justicia.

La entrega permitió reabrir y cerrar judicialmente los casos relacionados con los homicidios de Nathalie Brown y Judith Becker. Caputo también reconoció su responsabilidad en las muertes de Barbara Ann Taylor y Laura Gómez.

En junio de 1995 se declaró culpable del asesinato de Becker. Las actuaciones judiciales estadounidenses culminaron con una condena que las fuentes describen como prisión perpetua; algunas crónicas también mencionan una pena de veinticinco años en relación con los procedimientos y cargos. Por eso, no conviene reducir todo el proceso a una única cifra sin especificar la resolución correspondiente.

La muerte en la prisión de Attica

Caputo fue enviado a la prisión estatal de Attica, en Nueva York. Allí permaneció hasta el 1 de octubre de 1997, cuando murió a causa de un infarto. Tenía 48 años.

Su muerte cerró la vida de un hombre que había pasado buena parte de su existencia adulta escapando de las consecuencias de sus crímenes. También puso fin a cualquier posibilidad de que fuera interrogado nuevamente por los homicidios que seguían bajo sospecha.

La desaparición de Caputo de la escena pública no resolvió, sin embargo, todas las preguntas. Los asesinatos confirmados fueron cuatro, pero las sospechas sobre otros casos mantuvieron abierta una discusión histórica acerca del verdadero alcance de su trayectoria criminal. Sin pruebas concluyentes, no es posible afirmar que todas esas muertes le correspondieran.

Su historia dejó una marca en la crónica policial de Argentina y Estados Unidos. Para el público argentino, resultaba difícil imaginar que un hombre nacido en Mendoza hubiera protagonizado una persecución internacional de semejante duración. En Estados Unidos, su caso quedó asociado a los problemas que pueden surgir cuando un sospechoso logra escapar de una institución, cambiar de identidad y trasladarse entre distintas jurisdicciones.

Un caso que sigue planteando preguntas

La historia de Ricardo Silvio Caputo contiene varios elementos que explican el interés que continúa despertando: cuatro asesinatos confirmados, una fuga de más de dos décadas, múltiples identidades falsas y una entrega voluntaria que sorprendió a los investigadores.

Pero el relato también exige una mirada cuidadosa. Los antecedentes de una infancia difícil no justifican los homicidios; las declaraciones de un acusado no demuestran automáticamente todos los delitos que se le atribuyen; y una sospecha policial no equivale a una condena.

Las víctimas deben ocupar el centro de esta historia. Nathalie Brown, Judith Becker, Barbara Ann Taylor y Laura Gómez eran mujeres con proyectos, relaciones y vidas propias. Sus asesinatos no fueron simplemente episodios de una persecución internacional: fueron tragedias que destruyeron familias y dejaron consecuencias duraderas.

Caputo murió en 1997, pero el interés por su caso continúa porque plantea interrogantes sobre la prevención de la violencia, la supervisión institucional y las dificultades de perseguir a una persona que logra borrar sus rastros.

Durante años, el apodo de “Lady Killer” convirtió al argentino en una figura reconocible de la crónica criminal. Detrás de ese sobrenombre, sin embargo, hubo hechos concretos y víctimas reales. La historia merece ser recordada no por la supuesta fascinación de un asesino por el engaño, sino por la necesidad de investigar con rigor, preservar las pruebas y evitar que otras familias tengan que atravesar una búsqueda tan prolongada de justicia.

 

PrisioneroEnArgentina.com

Octubre 23, 2026

5 thoughts on “El asesino serial argentino que eludió al FBI durante más de veinte años”

    • Kailey Horne
    • posted on October 24, 2026

    ❤️“Fun,charming women are waiting for you—join the conversation!” ………………..> https://da.gd/girls66

    • Judith
    • posted on October 23, 2026

    I just got paid $22k working off my laptop this month!** And if you think that’s cool, my divorced friend has twin toddlers and made over $22620 her first month.details on this website**Want the secret?** Copy this Website and choose HOME TECH OR MEDIA……..
    .

    Here is I started_______ https://Www.NetPay1.Com

    • Josh Fitzgerald
    • posted on October 23, 2026

    His lawyer said psychiatrists in Argentina had diagnosed him with multiple personalities, one of them psychotic, and that it was this one that had killed. In 1995, under a plea bargain, he dropped his plea of not guilty by reason of insanity and pleaded guilty in Nassau County to manslaughter in Nathalie Brown’s death, twenty-four years after it, and was sentenced to eight and a half to twenty-five years. He was then sent to Westchester County, where in June he pleaded guilty to the murder of Judith Becker and was given twenty-five years to life. He served his sentences at Attica. On October 1, 1997, playing basketball in the prison yard, he had a heart attack and died. He was forty-eight.

    • Carlos Ruiz
    • posted on October 23, 2026

    He was born in 1949 in Mendoza, Argentina.

    • Juan Carlos Tenillo
    • posted on October 23, 2026

    terrible tipo

Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *