Hay un punto del mundo donde la luz aprende a rezar. Ese punto es Tafí.
Al amanecer, cuando el valle todavía guarda el silencio de las piedras antiguas, uno comprende que la Cuaresma no empieza en el calendario sino en el aire: es un tiempo que se posa sobre los cerros, baja por las pircas, entra en los patios y se queda a vivir en el pecho. Aquí, donde el viento sabe los nombres de los cardones, la Pasión no es un relato lejano: es una respiración compartida.
La Cuaresma – nos enseñaron – es desierto, es espera, es despojo. Pero Tafí agrega otra palabra: gratitud. Porque el mismo camino que conduce a la cruz regresa convertido en pan, en abrazo, en promesa.
He pensado muchas veces que el valle es un libro circular. Sus páginas son los cerros; su tinta, la sombra que corre; su prólogo, la niebla. Y en ese libro, como en un laberinto borgiano, la Pasión se repite sin repetirse: cada año es la misma, y cada año es otra.
Diría Jorge Luis Borges – si estuviera aquí- que el sacrificio es una forma del tiempo y que la redención es una biblioteca invisible donde todas las penas encuentran su traducción.
Diría Gabriela Mistral que el dolor también educa la ternura.
Diría Atahualpa Yupanqui que Dios camina con alpargatas y se queda a matear en las casas humildes.
Y yo agrego – desde este nido tafinista – que la cruz no fue un final, sino una puerta.
Porque Jesucristo, en el rigor del madero, nos dejó la más alta de las herencias: la posibilidad de volver a empezar. Su Pasión fue un acto de amor radical; su muerte, una siembra; su Resurrección, la prueba de que el cielo aprendió el idioma de la tierra.
La Cuaresma es, entonces, una pedagogía del alma.
Nos enseña a ayunar de soberbia, a orar con los pies, a dar limosna de tiempo y de escucha. Nos invita a mirar de frente nuestras sombras – esas que cada uno carga – y a descubrir que incluso allí, en el sitio más oscuro, hay una chispa que espera.
En Tafí, esa chispa se ve mejor.
Está en la ronda de los niños.
En la mano de la Mujer acomodando flores.
En el caballo que avanza pese al barro.
En las muletas de los que tienen problema que no son signo de falta sino de coraje: alas invisibles que te empujan valle arriba.
Hay quienes creen que la Cuaresma es tristeza. Yo prefiero decir que es lucidez. Que es una felicidad seria, adulta, agradecida. La alegría de saber que no estamos solos en el dolor; que alguien ya caminó este sendero y dejó migas de luz para que no nos perdamos.
Así, entre cerros y silencios, aprendemos que la Pasión no termina en la cruz.
Termina en el abrazo.
Que la fe no es huida del mundo, sino regreso al corazón del mundo.
Y que el verdadero milagro es este: despertar cada día con la certeza de haber sido amados primero.
Desde Tafí del Valle – donde el cielo baja a conversar con las piedras -, dejo esta plegaria laica y literaria:
Que esta Cuaresma nos vuelva más humanos.
Que nos enseñe a agradecer incluso las cicatrices.
Que nos encuentre de pie, mirando el horizonte, sabiendo – como sabe el valle – que después del viernes siempre llega el domingo.
Siempre se puede.
Siempre se vuelve.
Siempre hay redención.
♣
Hay un punto del mundo donde la luz aprende a rezar.
Ese punto es Tafí.
Al amanecer, cuando el valle todavía guarda el silencio de las piedras antiguas, uno comprende que la Cuaresma no empieza en el calendario sino en el aire: es un tiempo que se posa sobre los cerros, baja por las pircas, entra en los patios y se queda a vivir en el pecho. Aquí, donde el viento sabe los nombres de los cardones, la Pasión no es un relato lejano: es una respiración compartida.
La Cuaresma – nos enseñaron – es desierto, es espera, es despojo. Pero Tafí agrega otra palabra: gratitud. Porque el mismo camino que conduce a la cruz regresa convertido en pan, en abrazo, en promesa.
He pensado muchas veces que el valle es un libro circular. Sus páginas son los cerros; su tinta, la sombra que corre; su prólogo, la niebla. Y en ese libro, como en un laberinto borgiano, la Pasión se repite sin repetirse: cada año es la misma, y cada año es otra.
Diría Jorge Luis Borges – si estuviera aquí- que el sacrificio es una forma del tiempo y que la redención es una biblioteca invisible donde todas las penas encuentran su traducción.
Diría Gabriela Mistral que el dolor también educa la ternura.
Diría Atahualpa Yupanqui que Dios camina con alpargatas y se queda a matear en las casas humildes.
Y yo agrego – desde este nido tafinista – que la cruz no fue un final, sino una puerta.
Porque Jesucristo, en el rigor del madero, nos dejó la más alta de las herencias: la posibilidad de volver a empezar. Su Pasión fue un acto de amor radical; su muerte, una siembra; su Resurrección, la prueba de que el cielo aprendió el idioma de la tierra.
Nos enseña a ayunar de soberbia, a orar con los pies, a dar limosna de tiempo y de escucha. Nos invita a mirar de frente nuestras sombras – esas que cada uno carga – y a descubrir que incluso allí, en el sitio más oscuro, hay una chispa que espera.
En Tafí, esa chispa se ve mejor.
Está en la ronda de los niños.
En la mano de la Mujer acomodando flores.
En el caballo que avanza pese al barro.
En las muletas de los que tienen problema que no son signo de falta sino de coraje: alas invisibles que te empujan valle arriba.
Hay quienes creen que la Cuaresma es tristeza. Yo prefiero decir que es lucidez. Que es una felicidad seria, adulta, agradecida. La alegría de saber que no estamos solos en el dolor; que alguien ya caminó este sendero y dejó migas de luz para que no nos perdamos.
Así, entre cerros y silencios, aprendemos que la Pasión no termina en la cruz.
Termina en el abrazo.
Que la fe no es huida del mundo, sino regreso al corazón del mundo.
Y que el verdadero milagro es este: despertar cada día con la certeza de haber sido amados primero.
Desde Tafí del Valle – donde el cielo baja a conversar con las piedras -, dejo esta plegaria laica y literaria:
Que esta Cuaresma nos vuelva más humanos.
Que nos enseñe a agradecer incluso las cicatrices.
Que nos encuentre de pie, mirando el horizonte, sabiendo – como sabe el valle – que después del viernes siempre llega el domingo.
Siempre se puede.
Siempre se vuelve.
Siempre hay redención.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
jorgeloboaragon@gmail.com
PrisioneroEnArgentina.com
Marzo 3 , 2026