“En todas las guerras, la primera víctima es siempre la verdad”.
Esquilo
Decir que todos estamos consternados por la guerra de Israel y EEUU contra Irán es tan superfluo como preguntar si, en la medida en que ya hay quince países comprometidos en ella, no estamos ante una nueva conflagración mundial de totalmente incierto pronóstico. Está claro, a esta altura, que la estrategia de los ayatollahs (persas chiítas) de responder atacando a todos sus vecinos (árabes sunitas) tiene lógica, al menos como forma de presionar al mundo para que la ofensiva en su contra se detenga.
Porque lo cierto es que los países del Golfo (Arabia Saudita, Kuwait, Qatar, Bahrein, Emiratos Arabes Unidos) dependen totalmente del agua potable que producen en plantas de desalinización y del 80% de su consumo de alimentos, que importan a través del estrecho de Ormuz, el mismo paso por el cual envían su petróleo y gas a China (el 20% de su consumo), India, Japón y Europa. Además de los ataques a esas infraestructuras vitales, la reciente conversión de muchas de sus ciudades (en especial, Dubai y Abu Dhabi) en núcleos financieros internacionales seguros, hoy está en alto riesgo por los misiles iranés que llueven ininterrumpidamente.
Las dudas que se generan están casi todas vinculadas a los múltiples objetivos, muchos de ellos contradictorios, que declama Washington para explicar esta guerra: el peligroso programa nuclear iraní (¿fue tan exitoso el bombardeo de 2025 sobre sus instalaciones como se anunció?), la criminal represión – con 25.000 víctimas, entre muertos y heridos – de las protestas civiles, el desplazamiento de los ayatollahs del Gobierno, la interrupción definitiva del sostén a organizaciones terroristas como Hamás, Hezbollah y las milicias hutíes de Yemen, y la determinación de destruir a Israel, fuerte aliado de los EEUU. Tampoco el futuro propuesto ofrece certezas, pues la vocación por decapitar al sistema sin ocupación, como en Venezuela, no parece ser factible en el caso, ya que ahora enfrentan a fanáticos suicidas.
Esas dudas son razonables porque, por ejemplo, el exitoso operativo que concluyó con la muerte de Alí Khamenei y de los grandes popes de las fuerzas armadas y de la Guardia Revolucionaria en Teheran parece haber tenido, entre la población civil, exactamente el efecto contrario al buscado, toda vez que ha vulcanizado el apoyo al régimen. No hay que olvidar que el clérigo en cuestión, convertido en mártir por la bomba, era el equivalente al Papa católico para los 200 millones de chiítas del mundo.
La Casa Blanca y el Pentágono, a la luz de las dolorosísimas experiencias de Irak, Afganistán y Vietnam, están ante un duro dilema para cumplir sus objetivos: ocupar con tropas (1 a 2 millones de soldados) el territorio o, con la colaboración de milicias (como los kurdos), provocar una guerra civil, al igual que las del Líbano y Libia, que culminaron en Estados fallidos. Y el primer escenario está condicionado por la opinión pública estadounidense, convocada a las elecciones de medio término, que se celebrarán (si Trump, que hoy tiene mayoría en ambas cámaras, no cambia el calendario y sus reglas) el 3 de noviembre, y en las cuales se renovarán los 435 representantes (diputados) y 34 senadores, sobre los 100 actuales, más varios gobernadores estaduales; el regreso de las tétricas bolsas negras puede resultar también letal para el Presidente.
La geografía también influye en esta guerra: mientras Irán tiene, ante el Golfo, una cadena montañosa susceptible de albergar depósitos secretos de misiles y drones, los Estados vecinos sólo tienen desiertos de arena, apenas interrumpidos por instalaciones petroleras y acuíferas, altas ciudades y bases militares, es decir, resultan sumamente vulnerables a los ataques iraníes. Y nadie (salvo los propios ayatollahs) sabe, a pesar de las declaraciones triunfalistas de Washington y Tel Aviv, cuántas armas aún tiene disponibles el régimen terrorista. Una inquietud más se refiere a por qué Benjamin Netanyahu, Primer Ministro de Israel, tiene tal influencia sobre Trump como para haberlo empujado a tantas aventuras bélicas.
Lo único tranquilizador en este dantesco panorama es la actitud de Vladimir Putin y de Xi Jinping, que han limitado su apoyo a sus aliados persas a meras declaraciones retóricas, imitando la que asumieran ante la detención de Nicolás Maduro y la complicada situación de Cuba; el primero, porque su propia guerra contra Ucrania lo tiene tan ocupado que le impide actuar en otras latitudes; y el segundo, por la milenaria tradición china de optar por la diplomacia comercial y de inversiones, que ha hecho que nunca invadiera militarmente a sus vecinos.
Pero es hora de volver a la Argentina y centrar nuestras dudas, no en el reemplazo de Mariano Cúneo Libarona por Juan Bautista Mahiques como Ministro de Justicia, sino en la inmediata renuncia que éste pidió de Daniel Vítolo a la jefatura de la Inspección General de Justicia, un hombre que tenía notoriamente a mal traer a Claudio Chiqui Tapia, Pablo Toviggino, sus cómplices y testaferros en los robos cometidos desde la AFA. La celeridad del despido, y la amistad que une al nuevo funcionario y su familia con los denunciados, da mucho que pensar y sería bueno que el Gobierno despejara con igual velocidad tales negros nubarrones.
Aunque, contemplando la sospechosa inactividad – casi un poderoso manto de impunidad – con que Javier Milei y su entorno parecen proteger a Sergio Aceitoso Massa, el tenebroso personaje al que conducen todos los caminos de ese nauseabundo episodio y de otros mucho más graves, parece ilusorio esperar prontos resultados.
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Decir que todos estamos consternados por la guerra de Israel y EEUU contra Irán es tan superfluo como preguntar si, en la medida en que ya hay quince países comprometidos en ella, no estamos ante una nueva conflagración mundial de totalmente incierto pronóstico. Está claro, a esta altura, que la estrategia de los ayatollahs (persas chiítas) de responder atacando a todos sus vecinos (árabes sunitas) tiene lógica, al menos como forma de presionar al mundo para que la ofensiva en su contra se detenga.
Porque lo cierto es que los países del Golfo (Arabia Saudita, Kuwait, Qatar, Bahrein, Emiratos Arabes Unidos) dependen totalmente del agua potable que producen en plantas de desalinización y del 80% de su consumo de alimentos, que importan a través del estrecho de Ormuz, el mismo paso por el cual envían su petróleo y gas a China (el 20% de su consumo), India, Japón y Europa. Además de los ataques a esas infraestructuras vitales, la reciente conversión de muchas de sus ciudades (en especial, Dubai y Abu Dhabi) en núcleos financieros internacionales seguros, hoy está en alto riesgo por los misiles iranés que llueven ininterrumpidamente.
Las dudas que se generan están casi todas vinculadas a los múltiples objetivos, muchos de ellos contradictorios, que declama Washington para explicar esta guerra: el peligroso programa nuclear iraní (¿fue tan exitoso el bombardeo de 2025 sobre sus instalaciones como se anunció?), la criminal represión – con 25.000 víctimas, entre muertos y heridos – de las protestas civiles, el desplazamiento de los ayatollahs del Gobierno, la interrupción definitiva del sostén a organizaciones terroristas como Hamás, Hezbollah y las milicias hutíes de Yemen, y la determinación de destruir a Israel, fuerte aliado de los EEUU. Tampoco el futuro propuesto ofrece certezas, pues la vocación por decapitar al sistema sin ocupación, como en Venezuela, no parece ser factible en el caso, ya que ahora enfrentan a fanáticos suicidas.
Esas dudas son razonables porque, por ejemplo, el exitoso operativo que concluyó con la muerte de Alí Khamenei y de los grandes popes de las fuerzas armadas y de la Guardia Revolucionaria en Teheran parece haber tenido, entre la población civil, exactamente el efecto contrario al buscado, toda vez que ha vulcanizado el apoyo al régimen. No hay que olvidar que el clérigo en cuestión, convertido en mártir por la bomba, era el equivalente al Papa católico para los 200 millones de chiítas del mundo.
La geografía también influye en esta guerra: mientras Irán tiene, ante el Golfo, una cadena montañosa susceptible de albergar depósitos secretos de misiles y drones, los Estados vecinos sólo tienen desiertos de arena, apenas interrumpidos por instalaciones petroleras y acuíferas, altas ciudades y bases militares, es decir, resultan sumamente vulnerables a los ataques iraníes. Y nadie (salvo los propios ayatollahs) sabe, a pesar de las declaraciones triunfalistas de Washington y Tel Aviv, cuántas armas aún tiene disponibles el régimen terrorista. Una inquietud más se refiere a por qué Benjamin Netanyahu, Primer Ministro de Israel, tiene tal influencia sobre Trump como para haberlo empujado a tantas aventuras bélicas.
Lo único tranquilizador en este dantesco panorama es la actitud de Vladimir Putin y de Xi Jinping, que han limitado su apoyo a sus aliados persas a meras declaraciones retóricas, imitando la que asumieran ante la detención de Nicolás Maduro y la complicada situación de Cuba; el primero, porque su propia guerra contra Ucrania lo tiene tan ocupado que le impide actuar en otras latitudes; y el segundo, por la milenaria tradición china de optar por la diplomacia comercial y de inversiones, que ha hecho que nunca invadiera militarmente a sus vecinos.
Pero es hora de volver a la Argentina y centrar nuestras dudas, no en el reemplazo de Mariano Cúneo Libarona por Juan Bautista Mahiques como Ministro de Justicia, sino en la inmediata renuncia que éste pidió de Daniel Vítolo a la jefatura de la Inspección General de Justicia, un hombre que tenía notoriamente a mal traer a Claudio Chiqui Tapia, Pablo Toviggino, sus cómplices y testaferros en los robos cometidos desde la AFA. La celeridad del despido, y la amistad que une al nuevo funcionario y su familia con los denunciados, da mucho que pensar y sería bueno que el Gobierno despejara con igual velocidad tales negros nubarrones.
Aunque, contemplando la sospechosa inactividad – casi un poderoso manto de impunidad – con que Javier Milei y su entorno parecen proteger a Sergio Aceitoso Massa, el tenebroso personaje al que conducen todos los caminos de ese nauseabundo episodio y de otros mucho más graves, parece ilusorio esperar prontos resultados.
Bs.As., 7 Mar 2026
Enrique Guillermo Avogadro
Abogado
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Marzo 6, 2026