Hay una dignidad silenciosa en quien ya no corre detrás del reloj. No porque haya vencido al tiempo, sino porque aprendió – a fuerza de días – a mirarlo de frente.
En Tafí del Valle, cuando la mañana abre su luz como si descorriera una cortina antigua, suele verse al jubilado: una silla sencilla al sol, el mate humeando como una pequeña lámpara, y los ojos puestos en los cerros, que no responden, pero escuchan. No está “haciendo nada”, diría el apurado. Y sin embargo está haciendo lo más difícil: estar.
He pensado, con la inevitable sombra de Borges rondando las cosas humildes, que la jubilación no es un retiro del mundo sino un ingreso a otra biblioteca: la de la memoria. Allí los días se ordenan de un modo extraño. Un nombre pronunciado hace cuarenta años regresa intacto; una calle olvidada se vuelve más nítida que la de ayer; una ausencia se sienta, sin permiso, en la misma silla.
A veces el jubilado mira el camino como si esperara a alguien. Tal vez espera. Tal vez se espera a sí mismo: el hombre que fue, el joven que creyó que la vida era infinita, el padre que no se daba tiempo, el trabajador que confundía urgencia con destino. Y en ese acto simple de mirar, realiza una justicia secreta: devuelve a cada recuerdo su lugar, como quien acomoda libros en un estante para que el alma no se desordene.
Dicen que los jubilados “ya cumplieron”. Yo sospecho lo contrario: recién ahora empiezan a entender qué era cumplir. Porque el mundo los llamó por décadas con su ruido, y ellos respondieron. Y hoy, en el silencio del valle, cuando el sol les calienta las manos, el tiempo parece susurrarles una verdad última: que vivir no era llegar, sino haber amado en el trayecto, aun con cansancio, aun con miedo, aun sin aplausos.
Desde mi nido en Tafí del Valle, me gusta creer que cada jubilado es un guardián invisible: cuida la historia de los que fuimos y le enseña a los que vienen que la vida, al final, no se mide en horas trabajadas, sino en los instantes en que el corazón estuvo despierto. Quizás el jubilado no mira el paisaje: lo recuerda. Y el paisaje, por un instante, lo recuerda a él.
Muy buena esa recordación de lo que FUE un JUBILADO, antes era la biblioteca de consulta sobre temas referidos a sus experiencias en la vida y áreas de conocimiento de su profesión u oficio. Hoy solamente un deshecho de la sociedad que privilegia a la juventud como fuente de “toda razón y justicia” pero que en los hechos nada sabe y nada hará justamente…. porque no sabe. Lo vemos a diario en los imberbes que gobiernan desde puestos de suma importancia para una nación y sus asesores, justamente, no son jubilados de esa áreas que pueden aportar el conocimiento por la experiencia pasada. Nos conformaremos con seguir sentados en la silla, algunos mate en mano, otros un té de tilo hasta que la dama de negro nos lleve quizás, a mundos mejores.
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Hay una dignidad silenciosa en quien ya no corre detrás del reloj. No porque haya vencido al tiempo, sino porque aprendió – a fuerza de días – a mirarlo de frente.
En Tafí del Valle, cuando la mañana abre su luz como si descorriera una cortina antigua, suele verse al jubilado: una silla sencilla al sol, el mate humeando como una pequeña lámpara, y los ojos puestos en los cerros, que no responden, pero escuchan. No está “haciendo nada”, diría el apurado. Y sin embargo está haciendo lo más difícil: estar.
He pensado, con la inevitable sombra de Borges rondando las cosas humildes, que la jubilación no es un retiro del mundo sino un ingreso a otra biblioteca: la de la memoria. Allí los días se ordenan de un modo extraño. Un nombre pronunciado hace cuarenta años regresa intacto; una calle olvidada se vuelve más nítida que la de ayer; una ausencia se sienta, sin permiso, en la misma silla.
A veces el jubilado mira el camino como si esperara a alguien. Tal vez espera. Tal vez se espera a sí mismo: el hombre que fue, el joven que creyó que la vida era infinita, el padre que no se daba tiempo, el trabajador que confundía urgencia con destino. Y en ese acto simple de mirar, realiza una justicia secreta: devuelve a cada recuerdo su lugar, como quien acomoda libros en un estante para que el alma no se desordene.
Dicen que los jubilados “ya cumplieron”. Yo sospecho lo contrario: recién ahora empiezan a entender qué era cumplir. Porque el mundo los llamó por décadas con su ruido, y ellos respondieron. Y hoy, en el silencio del valle, cuando el sol les calienta las manos, el tiempo parece susurrarles una verdad última: que vivir no era llegar, sino haber amado en el trayecto, aun con cansancio, aun con miedo, aun sin aplausos.
Desde mi nido en Tafí del Valle, me gusta creer que cada jubilado es un guardián invisible: cuida la historia de los que fuimos y le enseña a los que vienen que la vida, al final, no se mide en horas trabajadas, sino en los instantes en que el corazón estuvo despierto. Quizás el jubilado no mira el paisaje: lo recuerda. Y el paisaje, por un instante, lo recuerda a él.
Jorge Bernabé Lobo Aragón
jorgeloboaragon@gmail.com
PrisioneroEnArgentina.com
Enero 27 , 2026
1 thought on “EL JUBILADO Y LA SILLA AL SOL”
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- Patricio
- posted on February 3, 2026
CommentMuy buena esa recordación de lo que FUE un JUBILADO, antes era la biblioteca de consulta sobre temas referidos a sus experiencias en la vida y áreas de conocimiento de su profesión u oficio. Hoy solamente un deshecho de la sociedad que privilegia a la juventud como fuente de “toda razón y justicia” pero que en los hechos nada sabe y nada hará justamente…. porque no sabe. Lo vemos a diario en los imberbes que gobiernan desde puestos de suma importancia para una nación y sus asesores, justamente, no son jubilados de esa áreas que pueden aportar el conocimiento por la experiencia pasada. Nos conformaremos con seguir sentados en la silla, algunos mate en mano, otros un té de tilo hasta que la dama de negro nos lleve quizás, a mundos mejores.