Para Isabel – mi mujer – y para sus amigas de cabalgata: las que salen dos o tres días a la semana, aunque Tafí se vuelva impredecible.
En Tafí, el clima no es una noticia: es un laberinto.
La lluvia ensaya su sigilo sobre los cerros y, sin aviso, el sol irrumpe como un juez benévolo que absuelve a la sombra. Uno aprende – tarde o temprano – que aquí el cielo no se deja domesticar: se deja leer, como se leen los signos de una antigua biblioteca de nubes.
Isabel y sus amigas lo saben.
Hay una forma de valentía que no hace ruido: la de quien, aun con el horizonte incierto, se calza las botas, ajusta el abrigo y elige la salida como quien elige la vida. No discuten con el viento: lo saludan. No se ofenden por la lluvia: la aceptan como una bendición que limpia el mundo.
Las imagino partir desde los ranchos de adobe, donde el humo de la leña hace su propia oración y el mate humea como una brújula doméstica. En esas casas del Valle – con perros que escoltan, gallinas que comentan el amanecer y un silencio que parece antiguo – la hospitalidad no se anuncia: ocurre.
Alguien acerca pan casero; alguien presta un poncho; alguien dice “vayan nomás” como si estuviera entregando un talismán.
Van por calles de piedra y senderos donde el agua dibuja espejos, y las tuscas, lavadas por la lluvia, relucen como si el mundo acabara de ser creado. Saludan a los lugareños – arrieros, paisanos, mujeres de manos firmes – que saben del tiempo lo que sabe un árbol: cuándo callar y cuándo abrirse. En Tafí la gente no pregunta “¿cómo está el clima?”; pregunta “¿cómo está el ánimo?”, que es una forma más exacta de preguntar por el destino.
A veces el cielo se cierra y parece que el Valle quisiera volverse oscuro; pero ellas avanzan como quien conoce una certeza íntima: que la belleza no depende del sol, sino del corazón que mira.
Borges escribió que el tiempo es una sustancia de la que estamos hechos. Aquí, en este rincón del mundo, uno sospecha algo más: que el tiempo también tiene temperamento. Isabel y sus amigas lo han entendido mejor que muchos sabios: no se vive aguardando el día perfecto; se vive haciendo perfecto el día, aunque sea impredecible.
Y si alguna vez el camino se complica, Tafí guarda otro signo de su nobleza: su hospital, humilde y verdadero, donde la hospitalidad se vuelve cuidado. Allí también hay gente que cabalga – sin caballo – contra la intemperie: manos que sostienen, voces que serenan, miradas que no se rinden. El Valle, al final, siempre ofrece un refugio.
Cuando ellas regresan – con el pelo oliendo a lluvia, con la cara encendida por el aire, con ese cansancio alegre que deja la libertad – todo queda distinto, como si el paisaje hubiese sido tocado por una ceremonia antigua. Porque en Tafí hay milagros discretos: ocurren cuando alguien se anima a salir aun sin garantías.
El cielo cambia; ellas no.
Si el cielo es un laberinto, ustedes son el hilo: y por eso cada cabalgata no es un paseo… es una forma de eternidad.
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Para Isabel – mi mujer – y para sus amigas de cabalgata: las que salen dos o tres días a la semana, aunque Tafí se vuelva impredecible.
En Tafí, el clima no es una noticia: es un laberinto.
La lluvia ensaya su sigilo sobre los cerros y, sin aviso, el sol irrumpe como un juez benévolo que absuelve a la sombra. Uno aprende – tarde o temprano – que aquí el cielo no se deja domesticar: se deja leer, como se leen los signos de una antigua biblioteca de nubes.
Isabel y sus amigas lo saben.
Hay una forma de valentía que no hace ruido: la de quien, aun con el horizonte incierto, se calza las botas, ajusta el abrigo y elige la salida como quien elige la vida. No discuten con el viento: lo saludan. No se ofenden por la lluvia: la aceptan como una bendición que limpia el mundo.
Las imagino partir desde los ranchos de adobe, donde el humo de la leña hace su propia oración y el mate humea como una brújula doméstica. En esas casas del Valle – con perros que escoltan, gallinas que comentan el amanecer y un silencio que parece antiguo – la hospitalidad no se anuncia: ocurre.
Alguien acerca pan casero; alguien presta un poncho; alguien dice “vayan nomás” como si estuviera entregando un talismán.
Van por calles de piedra y senderos donde el agua dibuja espejos, y las tuscas, lavadas por la lluvia, relucen como si el mundo acabara de ser creado. Saludan a los lugareños – arrieros, paisanos, mujeres de manos firmes – que saben del tiempo lo que sabe un árbol: cuándo callar y cuándo abrirse. En Tafí la gente no pregunta “¿cómo está el clima?”; pregunta “¿cómo está el ánimo?”, que es una forma más exacta de preguntar por el destino.
A veces el cielo se cierra y parece que el Valle quisiera volverse oscuro; pero ellas avanzan como quien conoce una certeza íntima: que la belleza no depende del sol, sino del corazón que mira.
Borges escribió que el tiempo es una sustancia de la que estamos hechos. Aquí, en este rincón del mundo, uno sospecha algo más: que el tiempo también tiene temperamento. Isabel y sus amigas lo han entendido mejor que muchos sabios: no se vive aguardando el día perfecto; se vive haciendo perfecto el día, aunque sea impredecible.
Y si alguna vez el camino se complica, Tafí guarda otro signo de su nobleza: su hospital, humilde y verdadero, donde la hospitalidad se vuelve cuidado. Allí también hay gente que cabalga – sin caballo – contra la intemperie: manos que sostienen, voces que serenan, miradas que no se rinden. El Valle, al final, siempre ofrece un refugio.
Cuando ellas regresan – con el pelo oliendo a lluvia, con la cara encendida por el aire, con ese cansancio alegre que deja la libertad – todo queda distinto, como si el paisaje hubiese sido tocado por una ceremonia antigua. Porque en Tafí hay milagros discretos: ocurren cuando alguien se anima a salir aun sin garantías.
El cielo cambia; ellas no.
Si el cielo es un laberinto, ustedes son el hilo: y por eso cada cabalgata no es un paseo… es una forma de eternidad.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
jorgeloboaragon@gmail.com
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PrisioneroEnArgentiacom
Febrero 4, 2026