En Tafí del Valle el mundo no se termina: se demora. La tarde se acomoda en las piedras, el viento repite su antigua gramática y los cerros -que han visto pasar siglos como quien ve pasar nubes – guardan un silencio que no es vacío, sino memoria.
A esa hora, un taxista espera. No espera solamente pasajeros: espera historias.
Hay quienes creen que un taxista es un hombre que conduce.
Yo he aprendido otra cosa: conduce, sí, pero también recoge fragmentos.
Una bolsa con remedios.
Un nieto dormido en el hombro de su abuela.
Una mujer que mira por la ventanilla como si en el vidrio se le proyectara la vida entera. Un hombre que no habla porque, a veces, el dolor prefiere viajar sin palabras.
El taxista escucha con la discreción de los oficios nobles.
No interroga: acompaña.
Y cuando habla, lo hace como quien ofrece una manta en el frío: sin exhibirse.
Es un profesional del trayecto, pero también de esa virtud antigua que ya casi no se nombra: el cariño.
Porque el cariño no siempre se declara; a menudo se practica.
Está en el gesto de bajar el volumen de la radio para que otro piense.
En esperar un minuto más, aunque el reloj proteste.
En mirar el espejo y entender, sin preguntar, que ese pasajero necesita llegar rápido… o necesita llegar con alguien.
He visto al taxista cobrar menos cuando la vergüenza del bolsillo se asoma primero que el pasajero.
He visto al taxista inventar una frase sencilla – “tranquilo, ya estamos” – para salvar a alguien del derrumbe invisible.
He visto al taxista ser puente, no por heroísmo, sino por costumbre: como si en su volante llevara, además de rutas, una ética.
Tal vez el cariño sea eso: un modo de no dejar caer al otro, aunque uno también venga cansado.
Y pienso – con la obstinación de los que creen en ciertas cosas – que el mundo se sostiene por actos que no hacen ruido: un mate compartido, una puerta sostenida, un asiento ofrecido, y un taxista que, en medio del valle, en medio de la vida, elige cada día ser más humano que apurado.
Al final, el cariño no es un sentimiento: es un oficio.
Y en Tafí, a veces, ese oficio lleva taxímetro… pero su verdadera tarifa es invisible: se cobra en el alma, y se paga con gratitud.
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En Tafí del Valle el mundo no se termina: se demora. La tarde se acomoda en las piedras, el viento repite su antigua gramática y los cerros -que han visto pasar siglos como quien ve pasar nubes – guardan un silencio que no es vacío, sino memoria.
A esa hora, un taxista espera.
No espera solamente pasajeros: espera historias.
Hay quienes creen que un taxista es un hombre que conduce.
Yo he aprendido otra cosa: conduce, sí, pero también recoge fragmentos.
Una bolsa con remedios.
Un nieto dormido en el hombro de su abuela.
Una mujer que mira por la ventanilla como si en el vidrio se le proyectara la vida entera.
Un hombre que no habla porque, a veces, el dolor prefiere viajar sin palabras.
El taxista escucha con la discreción de los oficios nobles.
No interroga: acompaña.
Y cuando habla, lo hace como quien ofrece una manta en el frío: sin exhibirse.
Es un profesional del trayecto, pero también de esa virtud antigua que ya casi no se nombra: el cariño.
Porque el cariño no siempre se declara; a menudo se practica.
Está en el gesto de bajar el volumen de la radio para que otro piense.
En esperar un minuto más, aunque el reloj proteste.
En mirar el espejo y entender, sin preguntar, que ese pasajero necesita llegar rápido… o necesita llegar con alguien.
He visto al taxista cobrar menos cuando la vergüenza del bolsillo se asoma primero que el pasajero.
He visto al taxista inventar una frase sencilla – “tranquilo, ya estamos” – para salvar a alguien del derrumbe invisible.
He visto al taxista ser puente, no por heroísmo, sino por costumbre: como si en su volante llevara, además de rutas, una ética.
Tal vez el cariño sea eso: un modo de no dejar caer al otro, aunque uno también venga cansado.
Y pienso – con la obstinación de los que creen en ciertas cosas – que el mundo se sostiene por actos que no hacen ruido: un mate compartido, una puerta sostenida, un asiento ofrecido, y un taxista que, en medio del valle, en medio de la vida, elige cada día ser más humano que apurado.
Al final, el cariño no es un sentimiento: es un oficio.
Y en Tafí, a veces, ese oficio lleva taxímetro… pero su verdadera tarifa es invisible: se cobra en el alma, y se paga con gratitud.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
jorgeloboaragon@gmail.com
PrisioneroEnArgentina.com
Enero 26, 2026