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 Por Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón.

Hay noches en que el mundo se viste de ceremonia como si quisiera convencernos de que todo está en orden: la música pulida, el brillo exacto de los vasos, la alegría ensayada que se reparte como pan caliente.

Y, sin embargo, yo sé – desde Tafí y desde mis propios inviernos – que el verdadero orden no está en la perfección, sino en el coraje de presentarse.

Alguien me invitó a un casamiento.
No me invitó a una fiesta: me invitó a creer.

Porque en toda boda hay un secreto antiguo: dos personas se prometen el futuro y, al hacerlo, le exigen al resto que no sea espectador, sino testigo.

Yo me miré en el espejo con esa lucidez que no perdona: el traje, la camisa, el pañuelo como una bandera mínima; y también el cuerpo – mi cuerpo- con su historia escrita sin tinta.

No hay forma elegante de negar lo que uno ha atravesado.

La elegancia, aprendí, no consiste en esconder, sino en convertir la cicatriz en estilo.

Entonces pensé algo simple y peligroso:
¿y si esta noche no voy solo?

No hablo de ir con alguien del brazo.

Hablo de ir acompañado por quienes, del otro lado de una pantalla, han sentido alguna vez el peso del “no se puede”.

Porque hay una diferencia entre la pena y la belleza: la pena encierra, la belleza abre.
Y yo no quería encerrarme.

Quería abrir una puerta.

Me puse de pie – con mis apoyos, con mis silencios, con mi edad exacta y mi sonrisa posible- y entendí que el verdadero baile no empieza con la música:  empieza cuando uno se anima a entrar al salón sin pedir permiso a la mirada ajena.

Afuera, el valle de Tafí guarda sus propias bodas: el sol se casa con la nube, la lluvia con el polvo, la montaña con el viento. Nadie le exige al cerro que sea perfecto para ser majestuoso. Nadie le pregunta al río cuántas veces se quebró antes de aprender su camino. Solo le creen.

Y así fui: no para demostrar nada, sino para agradecer.

Porque también hay una forma de rezar que no se hace en iglesias: se hace caminando hacia la luz, aunque se camine distinto.

Si quieres, acompáñame.
No para mirarme: para mirarte.
No para aplaudir mi historia: para recordar la tuya.

Y cuando suene el primer brindis, que se entienda lo esencial:

Que la vida no se mide por lo que falta, sino por la valentía con la que uno se presenta completo.

Y si alguna vez dudas, recuerda esto – como un axioma secreto aprendido en los cerros-: No hay invitación más alta que atreverse a existir sin pedir disculpas.

Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón

jorgeloboaragon@gmail.com

 


PrisioneroEnArgentina.com

Setiembre 28, 2026


 

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