En Tafí del Valle, donde el tiempo parece escrito por un dios distraído – o por Jorge Luis Borges en uno de sus sueños más silenciosos- hay caminos que no llevan a ningún lugar…y otros que conducen, sin anunciarlo, hacia uno mismo.
Yo caminé muchos de esos caminos.
No siempre con pasos.
A veces con voluntad.
A veces con orgullo.
Y muchas veces… con dolor.
Durante años -quizá demasiados – aprendí a sostener el mundo sobre mis hombros.
No por heroísmo…sino por amor.
Porque hay batallas que uno no elige.
Y hay familias que uno elige sostener…aunque el cuerpo empiece a pedir tregua.
Entonces vinieron las muletas.
Compañeras fieles.
Testigos mudos de cada jornada.
De cada sonrisa ofrecida… aun cuando dolía.
Y, sin embargo, nunca me sentí incompleto.
Porque descubrí – con una certeza que no necesita pruebas- que un hombre no se mide por lo que le falta…sino por lo que es capaz de sostener.
A mis nietos les conté otra historia.
Una más luminosa.
Una donde un tiburón, en un mar imaginario, se llevaba mi pierna como quien roba un tesoro.
Ellos rieron.
Creyeron. Y en esa risa…yo también me salvé.
Pero hay noches – usted lo sabe – en que la verdad no se disfraza.
En que los hombros duelen.
En que el cuerpo habla.
Y en que uno, por primera vez en mucho tiempo, se pregunta en silencio.
“¿Y si ahora me tocara a mí… ser cuidado?”
No es fácil esa pregunta.
Porque implica soltar la vieja costumbre de resistir.
Y aceptar – con una humildad que también es coraje- que la vida no es solo dar…sino también recibir.
Y fue entonces -no en un consultorio, ni en un expediente- sino en un instante invisible del alma, cuando comprendí algo que había postergado demasiado tiempo.
Que aquella pierna que creí perdida…no se la llevó ningún tiburón.
La dejé yo, sin darme cuenta, en el lugar exacto donde uno deja lo propio cuando se olvida de sí mismo.
Siempre hubo prioridades antes que yo.
Pero las cosas verdaderas – como los afectos, como la dignidad- no desaparecen.
Esperan.
Y un día – como hoy -empiezan a volver.
No como antes.
No iguales.
Sino mejores.
Más conscientes.
Más justas.
Más humanas.
Quizá pronto vuelva a caminar distinto.
No para demostrar nada.
Ni para vencer a nadie.
Sino para algo mucho más simple…y mucho más profundo.
Para descansar.
Para caminar sin cargar el mundo.
Para que mis hombros – esos viejos guerreros-puedan, al fin, aprender el lenguaje olvidado de la calma.
Para que mis nietos…puedan verme con el cuerpo entero.
Y entonces, cuando me pregunten qué pasó con la pierna…tal vez les diga la verdad.
O tal vez – porque algunas historias merecen seguir siendo mágicas-
les sonría y les diga:
“La fui a buscar, estas son las que tengo puestas, y cuando pueda caminar con ellas…ya no serán solo mías, serán de ustedes, de todos ustedes.”
♣
En Tafí del Valle, donde el tiempo parece escrito por un dios distraído – o por Jorge Luis Borges en uno de sus sueños más silenciosos- hay caminos que no llevan a ningún lugar…y otros que conducen, sin anunciarlo, hacia uno mismo.
Yo caminé muchos de esos caminos.
No siempre con pasos.
A veces con voluntad.
A veces con orgullo.
Y muchas veces… con dolor.
Durante años -quizá demasiados – aprendí a sostener el mundo sobre mis hombros.
No por heroísmo…sino por amor.
Porque hay batallas que uno no elige.
Y hay familias que uno elige sostener…aunque el cuerpo empiece a pedir tregua.
Entonces vinieron las muletas.
Compañeras fieles.
Testigos mudos de cada jornada.
De cada sonrisa ofrecida… aun cuando dolía.
Y, sin embargo, nunca me sentí incompleto.
Porque descubrí – con una certeza que no necesita pruebas- que un hombre no se mide por lo que le falta…sino por lo que es capaz de sostener.
A mis nietos les conté otra historia.
Una más luminosa.
Una donde un tiburón, en un mar imaginario, se llevaba mi pierna
como quien roba un tesoro.
Ellos rieron.
Creyeron.
Y en esa risa…yo también me salvé.
Pero hay noches – usted lo sabe – en que la verdad no se disfraza.
En que los hombros duelen.
En que el cuerpo habla.
Y en que uno, por primera vez en mucho tiempo, se pregunta en silencio.
“¿Y si ahora me tocara a mí… ser cuidado?”
No es fácil esa pregunta.
Porque implica soltar la vieja costumbre de resistir.
Y aceptar – con una humildad que también es coraje- que la vida no es solo dar…sino también recibir.
Y fue entonces -no en un consultorio, ni en un expediente- sino en un instante invisible del alma, cuando comprendí algo que había postergado demasiado tiempo.
Que aquella pierna que creí perdida…no se la llevó ningún tiburón.
La dejé yo, sin darme cuenta, en el lugar exacto donde uno deja lo propio
cuando se olvida de sí mismo.
Siempre hubo prioridades antes que yo.
Pero las cosas verdaderas – como los afectos, como la dignidad- no desaparecen.
Esperan.
Y un día – como hoy -empiezan a volver.
No como antes.
No iguales.
Sino mejores.
Más conscientes.
Más justas.
Más humanas.
Quizá pronto vuelva a caminar distinto.
No para demostrar nada.
Ni para vencer a nadie.
Sino para algo mucho más simple…y mucho más profundo.
Para descansar.
Para caminar sin cargar el mundo.
Para que mis hombros – esos viejos guerreros-puedan, al fin, aprender el lenguaje olvidado de la calma.
Para que mis nietos…puedan verme con el cuerpo entero.
Y entonces, cuando me pregunten qué pasó con la pierna…tal vez les diga la verdad.
O tal vez – porque algunas historias merecen seguir siendo mágicas-
les sonría y les diga:
“La fui a buscar, estas son las que tengo puestas, y cuando pueda caminar con ellas…ya no serán solo mías, serán de ustedes, de todos ustedes.”
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
jorgeloboaragon@gmail.com