El Abogado se había acostumbrado a caminar con el mundo en la espalda. Caminaba – a veces rengueando, a veces volando por dentro – entre expedientes, urgencias, llamadas, y esa música áspera que se instala cuando la empatía se vuelve escasa. Pero diciembre tiene una manera extraña de tocar la puerta: no golpea; suspira.
Esa noche, sin avisar, se abrió el cordel luminoso: el hilo elástico que lo unía a la tierra y, a la vez, lo soltaba. Y allí apareció el Pez Volador, como aparece lo verdadero cuando ya no alcanza la máscara: sin ruido, sin aplausos, sin excusas.
Hoy no vengo a pedirte que escribas – dijo el Pez -. Hoy vengo a mostrarte cómo se prepara la Navidad… en la tierra y en el universo.
El Abogado lo miró como quien mira una lámpara encendida en un cuarto oscuro.
¿Navidad… en el universo?
Sí. Porque la Navidad no es solo un arbolito en un cuarto de estar. Es una estación del alma. Y el universo… también tiene alma cuando miras de verdad.
Entonces subieron.
Primero atravesaron el techo del ruido, esa bóveda de ciudad que, con luces y apuros, impide ver las órbitas celestiales.
Luego cruzaron una capa más espesa: la del cansancio. Y por fin llegaron al espacio azul: ese lugar donde los sueños respiran sin pedir permiso.
Allí arriba, el Abogado volvió a ser “el privilegiado”. Volvió a reconocer constelaciones como quien reconoce rostros queridos. Y en el centro de esa inmensidad, como un faro antiguo, estaba su estrella favorita, la ballena luminosa de Cetus, esa presencia que le devolvía descanso con solo mirarla.
Antes de mirar la tierra – susurró el Pez -, mira lo que cargas hoy en el pecho.
Y el universo, obediente, desplegó dos constelaciones nuevas, hechas con tinta dorada y letras solemnes: dos premios, dos pergaminos convertidos en luz.
Uno llevaba un nombre enorme, de esos que pesan como campanas: Premio Mundial Nelson Mandela -a la libertad y dignidad humana – . El otro brillaba como un trofeo de estrellas: International Poetry Prize / Premio Internacional de Literatura América Latina.
El Abogado tragó saliva.
No son medallas – dijo el Pez -. Son recordatorios. Cuando el mundo se rompe, la palabra puede ser sutura. Y cuando la dignidad se mancha, la justicia vuelve a ser pan si alguien la defiende con firmeza.
El Abogado bajó la mirada, como quien teme que el orgullo le arruine lo sagrado.
¿Y cómo se prepara la Navidad aquí arriba?
El Pez chasqueó la aleta, divertido, y el cielo se abrió como un telón.
En los bordes de la galaxia, había “obradores” invisibles: lugares donde no se martillaba madera, sino esperanza. Las estrellas eran adornos recién pulidos; los cometas, cintas en movimiento; las nebulosas, algodones de colores. Nadie gritaba. Nadie empujaba. Todo se hacía en silencio, como se hace una oración.
¿Ves esa brisa? – preguntó el Pez – Parece nada… pero es el comienzo.
Y el Abogado recordó, como si lo leyera escrito en el aire, esa sensación de viento que deja de ser salvaje y se vuelve caricia sobre el ramaje.
Abajo también empieza así -dijo el Abogado – Con un gesto pequeño.
Y el Pez señaló una escena: una paloma cruzaba el firmamento sin saber todavía adónde iba, como si el destino fuese una pregunta blanca batiendo alas.
Esa es tu Paloma de la Paz -dijo el Pez -. Tu poema la soltó… y ahora anda buscando dónde posarse.
Luego, como si el universo se desplegara, la tierra apareció: un planeta precioso y herido, girando con su alegría y su pena mezcladas. Y allí estaba Tucumán; allí estaban los valles; allí estaba el Aconquija respirando como pecho abierto.
El Abogado se vio a sí mismo en un caballo zaino, en el nido ancestral, con esa brisa espesa bajando, con el verdor de las montañas y la música del aire entre las rocas.
¿Te acordás? -dijo el Pez -. Vos pediste una cosa simple, de esas que sostienen el mundo: un beso en víspera de Navidad.
El Abogado sonrió apenas.
Lo pedí porque quería sentir que estaba vivo.
Y porque sabías -aunque no lo dijeras – que el beso no es romance: es confirmación. Es “todavía estamos”. Es “seguimos”.
En la escena, el Abogado apretaba el muérdago de la paz, y el muérdago se esparcía entre abetos como una serpiente buena que no muerde: abraza.
La Navidad verdadera -murmuró el Pez – no se compra. Se recuerda.
Pero el Pez no evitó lo duro. Señaló otra mesa en el mundo, una mesa sin mantel. Y sobre ella, en vez de pan compartido, había un mapa frío con puntos rojos y negros: sangre y cruces creciendo como hongos.
El Abogado apretó la mandíbula.
Ahí está el dolor.
Sí – dijo el Pez -. Y ahí también está tu escritura. Porque vos dijiste lo que muchos callan: que en vez de juguetes llegan bombas, y que nadie gana en una guerra.
En el cielo, la estrella de Belén temblaba.
Mirála -dijo el Pez -: sufre porque no puede guiar a los hombres hacia el sendero del amor y la paz.
El Abogado se quedó quieto. Y en esa quietud, la Navidad dejó de ser postal y se volvió juicio moral.
Entonces… ¿cómo se prepara la Navidad en el universo, si en la tierra hay guerra?
El Pez Volador lo miró con una ternura sin retórica.
Justamente por eso. Cuando la tierra se desordena, el universo insiste: paz, solidaridad, perdón, amor… como una letanía que no se rinde.
El cielo giró otra vez, y apareció el último día de diciembre: nubes levantándose sobre Tucumán, el aviso grave antes del aguacero, la pedrea sonando como una cortina de cristal.
El Abogado se vio “sin mojarse”, en meditación incorpórea, percibiendo con claridad los movimientos de la naturaleza.
Ahí está tu secreto -dijo el Pez -: vos entendés que el cielito necesita llorar de vez en cuando.
Y que después de la tormenta llega la calma.
Y que hay palabras que caen como la lluvia -sonrió el Pez – . Las tuyas.
Entonces el universo encendió una estructura imposible: un portal sostenido por 365 vigas.
El año nuevo -dijo el Pez- no es un cambio de número. Es una puerta.
Y vos pediste algo claro: que la paz de Navidad no se apague con el cañón de la violencia.
El Abogado asintió, como quien firma una promesa.
Pero falta algo -dijo el Pez.
¿Qué?
La parte que nadie quiere mirar: el lado oscuro.
Y, como ya había ocurrido otras veces, fueron. No encontraron monstruos. Encontraron un cuarto sin lámparas: palabras apiladas que a veces no salen, injusticias que no se corrigen, gestos que uno da y no vuelven.
Allí, el Pez no explicó nada. Se quedó.
Hasta acá te traje para que entiendas esto: tu sombra también merece respeto.
El que da amor no deja de necesitar amor. El que sostiene, también necesita ser sostenido.
El Abogado cerró los ojos.
Quiero una caricia para el alma… no para rendirme. Para seguir sin romperme.
Entonces el Pez sacó de la brisa dos besos invisibles: uno en la mejilla y otro sobre el corazón. Y el Abogado, por primera vez en mucho tiempo, se permitió recibirlos.
Bajaron lento, con los sueños intactos.
Y antes de tocar tierra, el Pez volvió a señalar aquellos dos pergaminos luminosos -Mandela, Poesía-.
¿sabes qué son, en verdad? -preguntó.
¿Qué?
Dos maneras de decirte lo mismo: “seguí”.
Seguí escribiendo para que la paz no sea un adorno.
Seguí defendiendo la dignidad para que la justicia no sea una palabra hueca.
El Abogado respiró hondo. Sintió que, aunque el mundo tenga mapas fríos, todavía existen manos que comparten agua y pan, palabras y abrazos.
Y ya en la tierra, con los pies otra vez en lo real, entendió que la Navidad se prepara así:
Con una paloma buscando destino.
Con un beso que confirma la vida.
Con un ruego para que el cañón no apague la paz.
Con el coraje de mirar el lado oscuro sin quedarse a vivir allí.
Y con esa terquedad santa de volver a escribir… no por obligación de héroe, sino por permiso de humano.
El Pez Volador ya se estaba yendo, como se van las cosas sagradas: sin despedida ruidosa.
Y cuando se hundió apenas en el río de la noche, dejó una pregunta flotando -para el mundo, para el universo, para el Abogado y sus lectores-
¿Qué pasa cuando la Navidad también renguea… y aun así decide caminar hacia la paz?
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El Abogado se había acostumbrado a caminar con el mundo en la espalda. Caminaba – a veces rengueando, a veces volando por dentro – entre expedientes, urgencias, llamadas, y esa música áspera que se instala cuando la empatía se vuelve escasa. Pero diciembre tiene una manera extraña de tocar la puerta: no golpea; suspira.
Esa noche, sin avisar, se abrió el cordel luminoso: el hilo elástico que lo unía a la tierra y, a la vez, lo soltaba. Y allí apareció el Pez Volador, como aparece lo verdadero cuando ya no alcanza la máscara: sin ruido, sin aplausos, sin excusas.
Hoy no vengo a pedirte que escribas – dijo el Pez -. Hoy vengo a mostrarte cómo se prepara la Navidad… en la tierra y en el universo.
El Abogado lo miró como quien mira una lámpara encendida en un cuarto oscuro.
¿Navidad… en el universo?
Sí. Porque la Navidad no es solo un arbolito en un cuarto de estar. Es una estación del alma. Y el universo… también tiene alma cuando miras de verdad.
Entonces subieron.
Primero atravesaron el techo del ruido, esa bóveda de ciudad que, con luces y apuros, impide ver las órbitas celestiales.
Luego cruzaron una capa más espesa: la del cansancio. Y por fin llegaron al espacio azul: ese lugar donde los sueños respiran sin pedir permiso.
Allí arriba, el Abogado volvió a ser “el privilegiado”. Volvió a reconocer constelaciones como quien reconoce rostros queridos. Y en el centro de esa inmensidad, como un faro antiguo, estaba su estrella favorita, la ballena luminosa de Cetus, esa presencia que le devolvía descanso con solo mirarla.
Antes de mirar la tierra – susurró el Pez -, mira lo que cargas hoy en el pecho.
Y el universo, obediente, desplegó dos constelaciones nuevas, hechas con tinta dorada y letras solemnes: dos premios, dos pergaminos convertidos en luz.
Uno llevaba un nombre enorme, de esos que pesan como campanas: Premio Mundial Nelson Mandela -a la libertad y dignidad humana – . El otro brillaba como un trofeo de estrellas: International Poetry Prize / Premio Internacional de Literatura América Latina.
El Abogado tragó saliva.
No son medallas – dijo el Pez -. Son recordatorios. Cuando el mundo se rompe, la palabra puede ser sutura. Y cuando la dignidad se mancha, la justicia vuelve a ser pan si alguien la defiende con firmeza.
El Abogado bajó la mirada, como quien teme que el orgullo le arruine lo sagrado.
¿Y cómo se prepara la Navidad aquí arriba?
El Pez chasqueó la aleta, divertido, y el cielo se abrió como un telón.
En los bordes de la galaxia, había “obradores” invisibles: lugares donde no se martillaba madera, sino esperanza. Las estrellas eran adornos recién pulidos; los cometas, cintas en movimiento; las nebulosas, algodones de colores. Nadie gritaba. Nadie empujaba. Todo se hacía en silencio, como se hace una oración.
¿Ves esa brisa? – preguntó el Pez – Parece nada… pero es el comienzo.
Y el Abogado recordó, como si lo leyera escrito en el aire, esa sensación de viento que deja de ser salvaje y se vuelve caricia sobre el ramaje.
Abajo también empieza así -dijo el Abogado – Con un gesto pequeño.
Y el Pez señaló una escena: una paloma cruzaba el firmamento sin saber todavía adónde iba, como si el destino fuese una pregunta blanca batiendo alas.
Esa es tu Paloma de la Paz -dijo el Pez -. Tu poema la soltó… y ahora anda buscando dónde posarse.
Luego, como si el universo se desplegara, la tierra apareció: un planeta precioso y herido, girando con su alegría y su pena mezcladas. Y allí estaba Tucumán; allí estaban los valles; allí estaba el Aconquija respirando como pecho abierto.
El Abogado se vio a sí mismo en un caballo zaino, en el nido ancestral, con esa brisa espesa bajando, con el verdor de las montañas y la música del aire entre las rocas.
¿Te acordás? -dijo el Pez -. Vos pediste una cosa simple, de esas que sostienen el mundo: un beso en víspera de Navidad.
El Abogado sonrió apenas.
Lo pedí porque quería sentir que estaba vivo.
Y porque sabías -aunque no lo dijeras – que el beso no es romance: es confirmación. Es “todavía estamos”. Es “seguimos”.
En la escena, el Abogado apretaba el muérdago de la paz, y el muérdago se esparcía entre abetos como una serpiente buena que no muerde: abraza.
La Navidad verdadera -murmuró el Pez – no se compra. Se recuerda.
Pero el Pez no evitó lo duro. Señaló otra mesa en el mundo, una mesa sin mantel. Y sobre ella, en vez de pan compartido, había un mapa frío con puntos rojos y negros: sangre y cruces creciendo como hongos.
El Abogado apretó la mandíbula.
Ahí está el dolor.
Sí – dijo el Pez -. Y ahí también está tu escritura. Porque vos dijiste lo que muchos callan: que en vez de juguetes llegan bombas, y que nadie gana en una guerra.
En el cielo, la estrella de Belén temblaba.
Mirála -dijo el Pez -: sufre porque no puede guiar a los hombres hacia el sendero del amor y la paz.
El Abogado se quedó quieto. Y en esa quietud, la Navidad dejó de ser postal y se volvió juicio moral.
Entonces… ¿cómo se prepara la Navidad en el universo, si en la tierra hay guerra?
El Pez Volador lo miró con una ternura sin retórica.
Justamente por eso. Cuando la tierra se desordena, el universo insiste: paz, solidaridad, perdón, amor… como una letanía que no se rinde.
El cielo giró otra vez, y apareció el último día de diciembre: nubes levantándose sobre Tucumán, el aviso grave antes del aguacero, la pedrea sonando como una cortina de cristal.
El Abogado se vio “sin mojarse”, en meditación incorpórea, percibiendo con claridad los movimientos de la naturaleza.
Ahí está tu secreto -dijo el Pez -: vos entendés que el cielito necesita llorar de vez en cuando.
Y que después de la tormenta llega la calma.
Y que hay palabras que caen como la lluvia -sonrió el Pez – . Las tuyas.
Entonces el universo encendió una estructura imposible: un portal sostenido por 365 vigas.
El año nuevo -dijo el Pez- no es un cambio de número. Es una puerta.
Y vos pediste algo claro: que la paz de Navidad no se apague con el cañón de la violencia.
El Abogado asintió, como quien firma una promesa.
Pero falta algo -dijo el Pez.
¿Qué?
La parte que nadie quiere mirar: el lado oscuro.
Y, como ya había ocurrido otras veces, fueron. No encontraron monstruos. Encontraron un cuarto sin lámparas: palabras apiladas que a veces no salen, injusticias que no se corrigen, gestos que uno da y no vuelven.
Allí, el Pez no explicó nada. Se quedó.
Hasta acá te traje para que entiendas esto: tu sombra también merece respeto.
El que da amor no deja de necesitar amor. El que sostiene, también necesita ser sostenido.
El Abogado cerró los ojos.
Quiero una caricia para el alma… no para rendirme. Para seguir sin romperme.
Entonces el Pez sacó de la brisa dos besos invisibles: uno en la mejilla y otro sobre el corazón. Y el Abogado, por primera vez en mucho tiempo, se permitió recibirlos.
Bajaron lento, con los sueños intactos.
Y antes de tocar tierra, el Pez volvió a señalar aquellos dos pergaminos luminosos -Mandela, Poesía-.
¿sabes qué son, en verdad? -preguntó.
¿Qué?
Dos maneras de decirte lo mismo: “seguí”.
Seguí escribiendo para que la paz no sea un adorno.
Seguí defendiendo la dignidad para que la justicia no sea una palabra hueca.
El Abogado respiró hondo. Sintió que, aunque el mundo tenga mapas fríos, todavía existen manos que comparten agua y pan, palabras y abrazos.
Y ya en la tierra, con los pies otra vez en lo real, entendió que la Navidad se prepara así:
Con una paloma buscando destino.
Con un beso que confirma la vida.
Con un ruego para que el cañón no apague la paz.
Con el coraje de mirar el lado oscuro sin quedarse a vivir allí.
Y con esa terquedad santa de volver a escribir… no por obligación de héroe, sino por permiso de humano.
El Pez Volador ya se estaba yendo, como se van las cosas sagradas: sin despedida ruidosa.
Y cuando se hundió apenas en el río de la noche, dejó una pregunta flotando -para el mundo, para el universo, para el Abogado y sus lectores-
¿Qué pasa cuando la Navidad también renguea… y aun así decide caminar hacia la paz?
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
jorgeloboaragon@gmail.com
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Dic 23, 2025