Nadie supo jamás su nombre completo, porque en el barrio los nombres largos no sirven: estorban como un saco mojado.
Le decían Don Lito, o el Barrendero, o simplemente “buen día”, que fue su manera de existir.
Aparecía temprano, cuando el sol todavía era una sospecha y las veredas tenían ese silencio de templo pobre. Traía una escoba humilde y una sonrisa que no pedía permiso. Barría hojas, polvo, papeles ajenos, y también -sin que nadie lo notara – barría tristezas. Había gente que salía apurada, con la vida hecha un manojo de llaves, y él los desarmaba con una frase simple:
No se me apure, patrón… hoy también es un día.
Eso decía. Y era como si lo hubiera escrito Borges en una esquina del tiempo: una línea breve, exacta, que cambia el destino sin alzar la voz.
Vivía en una casita mínima, de esas donde la pobreza no es escándalo sino costumbre. Tenía un perro flaco que se creía león y una radio vieja que hablaba sola. En la radio, a veces, un locutor anunciaba noticias terribles del mundo -guerras, rencores, economías con dientes – y Don Lito asentía como quien escucha un rumor lejano y, al mismo tiempo, como quien sabe una verdad más antigua: que la tragedia del planeta se cura con gestos pequeños.
Una mañana lo vi detenerse frente a una plaza. Un niño lloraba porque se le había roto un globo. Lloraba como se llora cuando uno todavía cree que el universo tiene forma de globo rojo.
Don Lito no hizo discursos. Los héroes de verdad no hacen discursos.
Se agachó, juntó el pedacito de goma triste, y con una solemnidad de mago pobre dijo:
Mire, campeón… el globo no se murió. Se fue al cielo a avisar que usted existe.
El niño lo miró como se mira una revelación. Y en ese instante ocurrió lo imposible: el niño se rió con la misma cara con la que lloraba. Risa y llanto – esa mezcla que solo la vida sabe preparar -. Y Don Lito siguió barriendo como si nada, como si acabara de ordenar el cosmos con una frase.
Los vecinos lo querían, pero a su modo distraído: con esa ternura que se posterga. Le daban pan, alguna fruta, un mate. A veces le decían “gracias” como quien deja una moneda en el bolsillo del destino. Pero casi nadie preguntaba por sus noches.
Y, sin embargo, él tenía noches.
Una vez, en una helada que parecía inventada por un escritor melancólico, lo encontré sentado en el cordón de la vereda mirando el cielo, quieto como un árbol. Me acerqué. No lloraba; pero tenía esa mirada donde las lágrimas ya hicieron su trabajo y se fueron.
¿Todo bien, Don Lito?
Tardó en responder. Y cuando respondió, lo hizo como se habla desde un lugar donde la vida duele, pero no vence:
Se me fue la vieja… hace años. Y se me fue un hijo… hace más.
Pero mire, patrón… el dolor no me ganó. Solo me enseñó a caminar distinto.
Dijo “caminar distinto” con una serenidad que daba miedo y consuelo a la vez. Después agregó:
Si uno se queda sin alguien… tiene que volverse alguien para los otros.
Ahí comprendí. Don Lito no barría hojas: barría la intemperie. Barría ese frío invisible que se nos mete cuando nadie nos nombra. Era un hombre común, sí, pero hecho de una materia rara: la materia de los que perdieron y aun así eligieron ser buenos.
Pasaron los meses. Luego los años. Y un día ya no apareció.
En el barrio hubo un silencio distinto, como si faltara una campana.
La vereda se llenó de hojas, pero eso era lo de menos. Lo grave era que faltaba esa frase de la mañana, ese “hoy también es un día” que nos sostenía el techo del alma.
Alguien dijo: “se enfermó”.
Otro: “se fue con una sobrina”.
Otro: “murió”.
Y en los pueblos – vos sabes – la muerte y el rumor suelen ser el mismo pájaro.
Esa tarde, sin que nadie lo propusiera, los vecinos barrieron. Uno con una escoba prestada, otra con un trapo, un chico con una rama, una señora con una paciencia antigua. No lo hicieron por limpieza: lo hicieron como se reza.
Y entonces ocurrió algo profundamente humano: mientras barrían, contaban historias de Don Lito y se reían, y al mismo tiempo se les humedecían los ojos. El barrio, por primera vez, lo estaba llorando como correspondía.
En algún momento, una mujer dijo:
Qué cosa… yo nunca le pregunté si necesitaba algo.
Y un hombre contestó:
Nos dejó algo, señora. Nos dejó vergüenza… de la buena.
Esa es la herencia de los invisibles: nos dejan una vergüenza luminosa, una forma nueva de mirarnos.
Hoy, cuando paso por esa vereda, a veces me parece verlo. No sé si es memoria o milagro. Una escoba que roza el suelo, una sonrisa de nadie, un “buen día” que se queda flotando.
Y pienso – con ese tono borgiano que ama los símbolos – que Don Lito sigue barriendo, pero ahora barre en otro barrio: el del cielo. Y quizá, cuando termine, se sentará a mirar las estrellas como quien mira un patio familiar.
Porque hay personas que no hacen historia, pero hacen algo más difícil: hacen humanidad.
Y si esta semblanza te hizo reír apenas y lagrimear un poco, entonces Don Lito no pasó desapercibido.
Como no pasó desapercibido nunca. Aunque casi nadie lo notara.
Dicen que hay gente que muere y deja una ausencia.
Y hay gente que muere y deja una tarea.
Desde que Don Lito no está, cada hoja en la vereda parece una pregunta: ¿a quién estamos dejando solo sin darnos cuenta? ¿A quién saludamos por costumbre y no por amor?
Porque tal vez el verdadero milagro no fue que él barriera la calle.
El verdadero milagro es que – por un rato – nos hizo barrer el alma.
“Hay gente que se va… y nos deja el mundo un poco más sucio y el corazón un poco más despierto.”
♣
Nadie supo jamás su nombre completo, porque en el barrio los nombres largos no sirven: estorban como un saco mojado.
Le decían Don Lito, o el Barrendero, o simplemente “buen día”, que fue su manera de existir.
Aparecía temprano, cuando el sol todavía era una sospecha y las veredas tenían ese silencio de templo pobre. Traía una escoba humilde y una sonrisa que no pedía permiso. Barría hojas, polvo, papeles ajenos, y también -sin que nadie lo notara – barría tristezas. Había gente que salía apurada, con la vida hecha un manojo de llaves, y él los desarmaba con una frase simple:
No se me apure, patrón… hoy también es un día.
Eso decía. Y era como si lo hubiera escrito Borges en una esquina del tiempo: una línea breve, exacta, que cambia el destino sin alzar la voz.
Vivía en una casita mínima, de esas donde la pobreza no es escándalo sino costumbre. Tenía un perro flaco que se creía león y una radio vieja que hablaba sola. En la radio, a veces, un locutor anunciaba noticias terribles del mundo -guerras, rencores, economías con dientes – y Don Lito asentía como quien escucha un rumor lejano y, al mismo tiempo, como quien sabe una verdad más antigua: que la tragedia del planeta se cura con gestos pequeños.
Una mañana lo vi detenerse frente a una plaza. Un niño lloraba porque se le había roto un globo. Lloraba como se llora cuando uno todavía cree que el universo tiene forma de globo rojo.
Don Lito no hizo discursos. Los héroes de verdad no hacen discursos.
Se agachó, juntó el pedacito de goma triste, y con una solemnidad de mago pobre dijo:
Mire, campeón… el globo no se murió. Se fue al cielo a avisar que usted existe.
El niño lo miró como se mira una revelación. Y en ese instante ocurrió lo imposible: el niño se rió con la misma cara con la que lloraba. Risa y llanto – esa mezcla que solo la vida sabe preparar -. Y Don Lito siguió barriendo como si nada, como si acabara de ordenar el cosmos con una frase.
Los vecinos lo querían, pero a su modo distraído: con esa ternura que se posterga. Le daban pan, alguna fruta, un mate. A veces le decían “gracias” como quien deja una moneda en el bolsillo del destino. Pero casi nadie preguntaba por sus noches.
Y, sin embargo, él tenía noches.
Una vez, en una helada que parecía inventada por un escritor melancólico, lo encontré sentado en el cordón de la vereda mirando el cielo, quieto como un árbol. Me acerqué. No lloraba; pero tenía esa mirada donde las lágrimas ya hicieron su trabajo y se fueron.
¿Todo bien, Don Lito?
Tardó en responder. Y cuando respondió, lo hizo como se habla desde un lugar donde la vida duele, pero no vence:
Se me fue la vieja… hace años. Y se me fue un hijo… hace más.
Pero mire, patrón… el dolor no me ganó. Solo me enseñó a caminar distinto.
Dijo “caminar distinto” con una serenidad que daba miedo y consuelo a la vez. Después agregó:
Si uno se queda sin alguien… tiene que volverse alguien para los otros.
Ahí comprendí. Don Lito no barría hojas: barría la intemperie. Barría ese frío invisible que se nos mete cuando nadie nos nombra. Era un hombre común, sí, pero hecho de una materia rara: la materia de los que perdieron y aun así eligieron ser buenos.
Pasaron los meses. Luego los años. Y un día ya no apareció.
En el barrio hubo un silencio distinto, como si faltara una campana.
La vereda se llenó de hojas, pero eso era lo de menos. Lo grave era que faltaba esa frase de la mañana, ese “hoy también es un día” que nos sostenía el techo del alma.
Alguien dijo: “se enfermó”.
Otro: “se fue con una sobrina”.
Otro: “murió”.
Y en los pueblos – vos sabes – la muerte y el rumor suelen ser el mismo pájaro.
Esa tarde, sin que nadie lo propusiera, los vecinos barrieron. Uno con una escoba prestada, otra con un trapo, un chico con una rama, una señora con una paciencia antigua. No lo hicieron por limpieza: lo hicieron como se reza.
Y entonces ocurrió algo profundamente humano: mientras barrían, contaban historias de Don Lito y se reían, y al mismo tiempo se les humedecían los ojos. El barrio, por primera vez, lo estaba llorando como correspondía.
En algún momento, una mujer dijo:
Qué cosa… yo nunca le pregunté si necesitaba algo.
Y un hombre contestó:
Nos dejó algo, señora. Nos dejó vergüenza… de la buena.
Esa es la herencia de los invisibles: nos dejan una vergüenza luminosa, una forma nueva de mirarnos.
Hoy, cuando paso por esa vereda, a veces me parece verlo. No sé si es memoria o milagro. Una escoba que roza el suelo, una sonrisa de nadie, un “buen día” que se queda flotando.
Y pienso – con ese tono borgiano que ama los símbolos – que Don Lito sigue barriendo, pero ahora barre en otro barrio: el del cielo. Y quizá, cuando termine, se sentará a mirar las estrellas como quien mira un patio familiar.
Porque hay personas que no hacen historia, pero hacen algo más difícil: hacen humanidad.
Y si esta semblanza te hizo reír apenas y lagrimear un poco, entonces Don Lito no pasó desapercibido.
Como no pasó desapercibido nunca. Aunque casi nadie lo notara.
Dicen que hay gente que muere y deja una ausencia.
Y hay gente que muere y deja una tarea.
Desde que Don Lito no está, cada hoja en la vereda parece una pregunta:
¿a quién estamos dejando solo sin darnos cuenta?
¿A quién saludamos por costumbre y no por amor?
Porque tal vez el verdadero milagro no fue que él barriera la calle.
El verdadero milagro es que – por un rato – nos hizo barrer el alma.
“Hay gente que se va… y nos deja el mundo un poco más sucio y el corazón un poco más despierto.”
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
jorgeloboaragon@gmail.com
PrisioneroEnArgentina.com
Enero 17, 2026