Durante la primavera de 1997, cinco mujeres fueron atacadas en Orlando, Florida. Tres murieron y dos sobrevivieron para ayudar a la policía a identificar al responsable. El acusado, Frederick “Pete” Cox, terminaría condenado a cadena perpetua por los asesinatos.
Una vida aparentemente común
Frederick Pete Cox nació el 27 de agosto de 1953 en Tallahassee, Florida, y se trasladó a Orlando cuando era joven. Estudió en la escuela secundaria Jones High School y posteriormente sirvió en el Ejército de Estados Unidos y en la reserva militar.
Con el paso de los años trabajó en distintos empleos, entre ellos como operador telefónico de ventas. Vivía en el barrio de Pine Hills con su familia y, según los testimonios recogidos por la prensa local, algunos vecinos lo describían como un hombre reservado que solía mantenerse apartado.
Su vida cotidiana no parecía anticipar la serie de ataques que cometería años después. Precisamente por eso, el caso causó conmoción entre quienes conocían al sospechoso y no podían imaginar que terminaría acusado de homicidios múltiples.
La investigación posterior reconstruyó una secuencia de ataques que se extendió entre marzo y abril de 1997.
Los primeros ataques
Cox
El 12 de marzo de 1997, Tracey Adams, de 34 años, se encontraba intentando resolver un problema con un neumático cuando Cox se acercó a ella. Según las reconstrucciones del caso, él creyó equivocadamente que era una trabajadora sexual y le propuso mantener relaciones sexuales.
Cuando Adams se negó, Cox le disparó en un brazo y escapó. La mujer sobrevivió, aunque quedó con dificultades físicas.
Ocho días después, Patricia Ann Logan, de 40 años, fue asesinada. Su cuerpo fue encontrado varios días más tarde en un terreno cercano a West Colonial Drive.
Los investigadores comenzaron a reconstruir los movimientos del atacante y a buscar conexiones entre los hechos. Sin embargo, todavía debían identificar al responsable y establecer qué relación existía entre las distintas víctimas.
La violencia de los ataques generó preocupación en la comunidad. La posibilidad de que una misma persona estuviera detrás de varias agresiones convirtió la investigación en una prioridad policial.
Dos mujeres lograron sobrevivir
El 16 de abril, Cox atacó a Yolanda Neals, de 28 años. La mujer sobrevivió a los disparos y consiguió escapar, pese a las graves heridas sufridas.
Su testimonio se convertiría en una pieza importante de la investigación. Neals pudo aportar información sobre el atacante y el vehículo que utilizaba.
El 29 de abril, otras dos mujeres, Stephanie Singleton, de 26 años, y Mary Ann Voepel, de 22, fueron asesinadas en Orlando. Sus cuerpos aparecieron en una zona boscosa próxima a Americana Boulevard y Shingle Creek, cerca de la Interestatal 4.
Las dos mujeres habían vivido situaciones de vulnerabilidad social. Sus muertes recordaron un problema que frecuentemente dificulta las investigaciones criminales: las personas sin vivienda estable o expuestas a la explotación pueden quedar más desprotegidas y sus desapariciones no siempre reciben atención inmediata.
Cada víctima tenía una historia propia, una familia y personas que esperaban volver a verla. El caso no puede reducirse únicamente a la figura del asesino.
La investigación y la captura
La supervivencia de Adams y Neals permitió que los detectives reunieran información decisiva. Las mujeres colaboraron con la policía y ayudaron a describir al atacante y el automóvil que utilizaba.
El 21 de mayo de 1997, Cox fue arrestado. Durante la investigación se encontraron elementos que los fiscales presentaron como pruebas, entre ellos un arma de fuego y rastros de sangre en su vehículo.
El caso llegó a juicio varios años después. En febrero de 2001, el primer proceso terminó sin un veredicto unánime del jurado. Fue necesario celebrar un nuevo juicio.
En abril de ese año, Cox fue declarado culpable de los asesinatos de Singleton y Voepel. La investigación y los procesos judiciales también establecieron su responsabilidad por el homicidio de Logan y los ataques contra Adams y Neals.
En enero de 2003, el juez lo condenó a tres penas de prisión perpetua por asesinato, además de 30 años de prisión por los intentos de homicidio. La fiscalía había considerado la pena de muerte, pero finalmente se acordó no solicitarla.
Un caso que dejó preguntas
La historia de Pete Cox quedó vinculada a una de las series de ataques más inquietantes registradas en Orlando durante la década de 1990.
Su caso mostró la importancia de escuchar a las sobrevivientes, preservar las pruebas y conectar rápidamente los ataques que comparten características. También puso de relieve la vulnerabilidad de las mujeres que viven en los márgenes de la sociedad y que pueden convertirse en objetivos de violencia.
No todos los detalles de una investigación criminal pueden conocerse públicamente, y tampoco es posible explicar con certeza las motivaciones personales de un condenado a partir de su conducta delictiva.
Lo que sí quedó establecido judicialmente es la responsabilidad de Cox por tres asesinatos y dos intentos de homicidio.
La memoria de las víctimas
Orlando es conocida internacionalmente por sus parques temáticos, su turismo y su crecimiento urbano. Pero, como cualquier gran ciudad, también conserva historias dolorosas que no deben olvidarse.
La de Pete Cox es una de ellas. Su condena puso fin al proceso judicial, pero no borró el sufrimiento de las familias de Logan, Singleton y Voepel, ni las consecuencias físicas y emocionales que afrontaron las sobrevivientes.
La lección más importante de esta historia no es la notoriedad del criminal, sino la necesidad de proteger a las personas vulnerables, investigar cada denuncia con seriedad y garantizar que las víctimas reciban atención y justicia.
En definitiva, el caso de Orlando demuestra que detrás de cada expediente hay vidas humanas. Recordarlas es una manera de impedir que el nombre del asesino termine ocupando todo el espacio de la historia.
Mohammed Adam Omar, nacido en Sudán y conocido internacionalmente como el «Destripador de Saná», protagonizó uno de los casos criminales más inquietantes de Yemen a finales de la década de 1990. Su historia está rodeada de confesiones contradictorias, sospechas y preguntas que todavía generan controversia.
Omar trabajaba en la morgue de la Facultad de Medicina de la Universidad de Saná, la capital yemení. Su empleo le permitía acceder a instalaciones donde se conservaban cadáveres, un detalle que adquirió importancia cuando las autoridades comenzaron a investigar la desaparición y muerte de varias estudiantes.
En mayo de 2000, la policía encontró restos humanos relacionados con el caso en dependencias de la universidad. La investigación condujo hasta Omar, quien fue detenido y acusado de violación y asesinato. El descubrimiento provocó conmoción entre estudiantes, familiares de las víctimas y la sociedad yemení.
Confesiones que multiplicaron el misterio
Durante los interrogatorios y las actuaciones judiciales, Omar llegó a atribuirse numerosos asesinatos. Algunas informaciones de la época señalaron que había mencionado víctimas en distintos países, incluido Sudán. Los números difundidos variaron considerablemente, y las versiones sobre sus supuestos crímenes internacionales nunca quedaron confirmadas de manera uniforme.
La investigación se volvió todavía más compleja cuando algunas personas mencionadas como posibles víctimas aparecieron con vida. Este hecho puso en duda partes de sus declaraciones y provocó críticas sobre la forma en que se había desarrollado el caso. El periódico The Guardian informó en junio de 2000 sobre las contradicciones y los problemas que surgieron durante el proceso.
Por eso, no es correcto atribuirle decenas de asesinatos como si todos hubieran sido demostrados. Las autoridades yemeníes lo condenaron por dos homicidios de estudiantes de medicina, entre ellos los de Hosn Ahmad Attiya y Zainab Saud Aziz. La cifra de víctimas que confesó o que se le atribuyó fue muy superior, pero las acusaciones adicionales quedaron rodeadas de incertidumbre.
El juicio y la ejecución
El proceso judicial despertó una intensa atención pública. La gravedad de los crímenes probados, las declaraciones del acusado y las dudas sobre otras muertes alimentaron un debate sobre la investigación policial y la responsabilidad de las instituciones universitarias.
En junio de 2001, las autoridades yemeníes anunciaron que Omar había sido ejecutado por un pelotón de fusilamiento. Sin embargo, familiares de una de las víctimas expresaron dudas porque no se les permitió presenciar la ejecución ni verificar directamente el cuerpo, según informaciones periodísticas posteriores.
Un caso que exige cautela
La historia de Mohammed Adam Omar no permite afirmar con seguridad que haya sido el mayor asesino serial de Sudán. Sus crímenes documentados ocurrieron principalmente en Yemen, y el número de víctimas adicionales que se le atribuyó sigue siendo controvertido.
Su caso quedó en la historia criminal por la combinación de asesinatos de estudiantes, restos humanos hallados en instalaciones universitarias y confesiones que se modificaron durante la investigación. También sirve como advertencia periodística: una confesión espectacular no equivale automáticamente a una lista de crímenes demostrados.
En definitiva, Omar fue un sudanés condenado por dos asesinatos en Yemen, mientras que la dimensión real de los demás crímenes que se le atribuyeron continúa siendo objeto de dudas históricas.
Durante el siglo XIX, un sacerdote católico fue señalado por una cadena de homicidios que conmocionó a una comunidad bajo dominio español. Su historia, rodeada de interrogantes históricos, lo convirtió en uno de los nombres más inquietantes de la criminología filipina.
En la historia criminal de Filipinas existe un nombre que parece salido de una novela policial: Juan Severino Mallari. Sacerdote católico durante la época colonial española, es considerado habitualmente el primer asesino serial documentado del país. Se le atribuyen decenas de muertes, aunque las cifras que circulan sobre sus víctimas deben tratarse con cautela porque los registros históricos disponibles son limitados.
Su historia combina violencia, superstición, autoridad religiosa y las dificultades de investigar crímenes en una sociedad del siglo XIX, cuando las comunicaciones eran lentas y las herramientas policiales resultaban rudimentarias.
Una comunidad bajo el miedo
Mallari ejerció como sacerdote en Magalang, localidad de la provincia de Pampanga, en la isla de Luzón. Según los relatos históricos más difundidos, desempeñó allí sus funciones entre 1816 y 1826.
En aquellos años, la Iglesia católica tenía una enorme influencia sobre la vida cotidiana. El sacerdote no era solamente una figura religiosa: también ocupaba un lugar central en la comunidad y gozaba de la confianza de numerosos vecinos.
Sin embargo, durante ese período comenzaron a relacionarse una serie de muertes violentas que generaron temor entre los habitantes. Las víctimas aparecían en circunstancias que inicialmente no permitían establecer con claridad quién era el responsable ni qué motivaba los ataques.
La investigación no contaba con los recursos de la criminología moderna. No existían análisis de ADN, bases de datos policiales ni métodos científicos capaces de relacionar rápidamente escenas del crimen. La distancia entre las autoridades y las comunidades rurales también complicaba la búsqueda de respuestas.
El sacerdote bajo sospecha
Con el tiempo, Mallari quedó asociado a los homicidios. Las versiones más conocidas sostienen que confesó haber matado a 57 personas, aunque esa cantidad se repite principalmente en fuentes secundarias y no debe interpretarse como una cifra confirmada de manera independiente para cada víctima.
Una de las explicaciones atribuidas al sacerdote señala que creía que su madre estaba afectada por una maldición. Según esa versión, habría llegado a pensar que matar personas podía romper el supuesto hechizo y aliviar el sufrimiento de ella.
La historia resulta estremecedora, pero también plantea una dificultad para los investigadores actuales: no es sencillo separar los hechos documentados de las interpretaciones posteriores, especialmente cuando se trata de sucesos ocurridos hace más de dos siglos.
Tampoco sería correcto utilizar esta explicación para formular un diagnóstico psicológico retrospectivo. Los testimonios disponibles no permiten establecer con seguridad qué condiciones mentales, creencias o circunstancias personales influyeron en los crímenes.
El final de una historia oscura
Los relatos históricos señalan que Mallari fue detenido, juzgado y condenado a muerte. Finalmente, habría sido ejecutado en Manila en 1840, mediante ahorcamiento.
Su caso quedó como una referencia temprana de los asesinatos múltiples en Filipinas. Sin embargo, la falta de documentación accesible y las discrepancias entre las versiones posteriores obligan a evitar afirmaciones demasiado categóricas sobre el número exacto de víctimas y todos los detalles de la investigación.
El contexto colonial también es importante. Filipinas se encontraba entonces bajo el dominio de España, y la administración de justicia estaba marcada por las instituciones y jerarquías de aquella época. La posición social de un sacerdote hacía especialmente perturbadora la posibilidad de que alguien considerado guía espiritual estuviera involucrado en crímenes violentos.
Una historia que sigue despertando preguntas
La figura de Mallari volvió a captar la atención del público contemporáneo gracias a artículos históricos, investigaciones divulgativas y producciones audiovisuales inspiradas en su vida. Su historia ofrece material para el género policial, pero también exige distinguir entre reconstrucción histórica y dramatización.
¿Qué ocurrió exactamente en Magalang? ¿Cuántas personas fueron asesinadas? ¿Qué pruebas condujeron a la condena? Algunas respuestas continúan dependiendo de fuentes históricas cuya interpretación no siempre coincide.
Lo que sí explica la permanencia de su nombre es la extraordinaria contradicción entre su condición de sacerdote y las acusaciones que pesaron sobre él. En una comunidad donde la religión ocupaba un lugar central, la sospecha de que una figura de confianza pudiera estar vinculada a una serie de homicidios representaba una ruptura profunda.
Juan Severino Mallari permanece así como uno de los personajes más sombríos de la historia criminal filipina. Su caso recuerda que incluso las historias más conocidas necesitan una lectura crítica: detrás de las cifras impactantes y las leyendas populares existen víctimas reales, documentos incompletos y preguntas que la historia todavía debe examinar.
Fuentes de consulta:Esquire Philippines, en su investigación sobre la vida y el caso de Mallari, y el historiador filipino Ambeth R. Ocampo, quien ha advertido sobre la necesidad de distinguir entre los registros históricos y las versiones populares del sacerdote.
Tres mujeres asesinadas, una investigación que sacudió al país y una condena de 30 años de prisión. Más de tres décadas después de los crímenes, el nombre de Pablo Goncálvez continúa asociado a uno de los capítulos más oscuros de la historia policial uruguaya.
Uruguay no estaba preparado para un caso como el de Pablo José Goncálvez Gallarreta. A comienzos de la década de 1990, la aparición de mujeres asesinadas en distintos puntos de la costa y de Montevideo provocó temor, desconcierto y una investigación que terminaría convirtiéndose en un acontecimiento nacional.
Goncálvez, nacido en Bilbao, España, el 6 de marzo de 1970, había crecido en Uruguay dentro de una familia acomodada. Su padre, Hamlet Goncálvez, era diplomático uruguayo. El joven frecuentaba ambientes nocturnos de Carrasco, un barrio residencial de Montevideo, y tenía un taller de reparación y venta de motocicletas. Nada de aquella imagen pública anticipaba la notoriedad criminal que alcanzaría poco después.
Tres víctimas en poco más de un año
La primera víctima fue Ana Luisa Miller Sichero, de 26 años. Su cuerpo apareció el 1 de enero de 1992 en una playa de Solymar, en el departamento de Canelones. La joven había participado de los festejos de Año Nuevo. Su muerte abrió un expediente que inicialmente no permitió establecer con claridad quién había cometido el crimen.
Meses después, el 20 de septiembre de 1992, desapareció Andrea Gabriela Castro Pena, una estudiante de apenas 15 años. La adolescente había salido a bailar a la discoteca England, en Montevideo, donde se encontró con Goncálvez, a quien conocía muy poco. Según las reconstrucciones periodísticas, él la invitó a dar una vuelta en su automóvil. Su cuerpo fue encontrado semanas después en la playa Mansa de Punta del Este. La investigación determinó que había muerto por asfixia.
La tercera víctima fue María Victoria Williams Sanz, de 22 años. El 8 de febrero de 1993, la joven fue asesinada después de entrar en la vivienda de Goncálvez. Según las crónicas del caso, él le habría pedido ayuda con el argumento de que su abuela necesitaba asistencia. La investigación estableció que Williams murió por asfixia. Su desaparición y posterior hallazgo incrementaron la presión sobre los investigadores.
Los tres homicidios presentaban elementos que permitieron relacionarlos y orientar las sospechas hacia un mismo responsable. La posibilidad de que Uruguay estuviera ante un asesino serial adquirió entonces una dimensión aterradora para la opinión pública.
La captura y el juicio
La investigación policial terminó con la detención de Goncálvez el 22 de febrero de 1993, cuando fue localizado en un ómnibus en la zona del Chuy, mientras intentaba viajar hacia Brasil. El caso tuvo una repercusión extraordinaria: el sospechoso pertenecía a un entorno social privilegiado y las víctimas eran mujeres jóvenes cuyas historias habían conmovido al país.
La Justicia lo condenó a 30 años de prisión por los homicidios de Andrea Castro y María Victoria Williams. Posteriormente, también recibió condena por el asesinato de Ana Luisa Miller. De esta manera, quedaron judicialmente acreditados los tres homicidios que lo convirtieron en el primer asesino serial ampliamente reconocido de Uruguay.
Goncálvez siempre sostuvo su inocencia y cuestionó aspectos de la investigación. En particular, afirmó que su confesión había sido obtenida mediante torturas, una denuncia que las autoridades policiales negaron. Esa controversia forma parte de la historia judicial del caso, aunque no modificó las condenas impuestas.
Más de dos décadas tras las rejas
La pena original fue de 30 años, pero Goncálvez recuperó la libertad en junio de 2016, después de permanecer encarcelado aproximadamente 23 años y cuatro meses. La reducción del tiempo efectivo de prisión estuvo vinculada a mecanismos legales de redención de pena. Su liberación generó debate público sobre la rehabilitación, el cumplimiento de las condenas y el derecho de la sociedad a conocer las condiciones bajo las cuales una persona vuelve a la vida en libertad.
Su historia volvió a los titulares en Paraguay. En 2017 fue detenido allí por una causa relacionada con tenencia de drogas y porte de armas. Permaneció encarcelado hasta recuperar la libertad en agosto de 2019. En noviembre de 2023 regresó a Uruguay.
En febrero de 2026, medios uruguayos informaron que residía en Punta del Este. El jefe de Policía de Maldonado señaló que no existían restricciones judiciales que le impidieran circular, puesto que había cumplido la condena correspondiente. Su presencia reavivó la atención mediática sobre un caso que nunca desapareció de la memoria colectiva.
Una historia que sigue interpelando
El caso Goncálvez no debe reducirse a la figura de su protagonista. Detrás de los titulares estaban Ana Luisa Miller, Andrea Castro y María Victoria Williams, tres mujeres cuyas vidas fueron interrumpidas violentamente.
Sus asesinatos dejaron preguntas sobre la investigación criminal, la prevención de la violencia y la manera en que los medios construyen la imagen de los delincuentes. También recordaron que la posición social, el apellido o los contactos no deberían determinar la intensidad con que se investigan los delitos.
Más de treinta años después, Pablo Goncálvez continúa siendo uno de los nombres más conocidos de la crónica policial uruguaya. Su historia permanece como un recordatorio de tres vidas perdidas y de un episodio que transformó para siempre la memoria criminal del país.
Fue considerado por el FBI el asesino serial más prolífico de la historia criminal de Estados Unidos. Confesó 93 homicidios cometidos durante décadas y las autoridades confirmaron decenas de ellos. Miami fue uno de los lugares donde dejó víctimas cuyas historias permanecieron sin resolver durante años.
Un criminal que pasó inadvertido
Samuel Little nació el 7 de junio de 1940 en Georgia y creció en Ohio. Durante buena parte de su vida llevó una existencia itinerante, desplazándose entre distintos estados y acumulando antecedentes penales. Su trayectoria criminal incluyó agresiones y delitos violentos, pero durante años no fue identificado como responsable de la cantidad de asesinatos que posteriormente se le atribuyeron.
Little atacaba principalmente a mujeres vulnerables, algunas de ellas afectadas por la pobreza, la adicción o la falta de vivienda estable. Esa situación contribuyó a que determinadas muertes recibieran menos atención y permanecieran sin esclarecer durante largos períodos.
El asesino aprovechó esa invisibilidad social. Mientras las familias buscaban respuestas, numerosas investigaciones quedaron estancadas y algunos homicidios no pudieron relacionarse entre sí.
Miami, escenario de crímenes olvidados
Durante las décadas de 1970 y 1980, Little estuvo activo en Florida y cometió homicidios en el sur del estado. Entre las víctimas identificadas en Miami-Dade se encontraba Dorothy Gibson, asesinada en 1977.
Las autoridades también vincularon a Little con los asesinatos de Angela Chapman, en 1971, y Mary Brosley, en 1976. Ambos casos permanecieron sin resolver durante décadas, hasta que sus confesiones y los trabajos posteriores de los investigadores permitieron reconstruir lo ocurrido.
Los detectives tuvieron que revisar archivos antiguos, comparar testimonios y comprobar detalles que Little proporcionaba sobre sus víctimas. Algunas de esas mujeres habían quedado reducidas a expedientes olvidados, pese a que detrás de cada nombre existían familias y personas que esperaban conocer la verdad.
Una confesión extraordinaria
El caso comenzó a adquirir una dimensión nacional en 2012, cuando pruebas de ADN conectaron a Little con tres asesinatos cometidos en California. Fue condenado por esos crímenes y sentenciado a prisión perpetua.
Ya encarcelado, empezó a confesar homicidios ocurridos en diferentes partes del país. En 2018 afirmó haber asesinado a 93 personas. El FBI trabajó con investigadores locales para verificar sus relatos y relacionarlos con casos sin resolver.
No todas sus confesiones pudieron confirmarse, por lo que resulta importante distinguir entre los asesinatos reconocidos por el propio Little y aquellos respaldados por pruebas suficientes. Aun así, las autoridades lograron verificar cerca de 60 homicidios, convirtiéndolo en uno de los criminales seriales más prolíficos documentados en Estados Unidos.
Las fallas que permitieron tantos crímenes
La historia de Little plantea preguntas inquietantes sobre la manera en que se investigaban las muertes de mujeres socialmente marginadas. Algunos homicidios fueron considerados casos aislados; otros carecían de testigos o de pruebas forenses capaces de identificar al responsable.
La movilidad del asesino también complicó la investigación. Al actuar en distintos estados, podía escapar de la atención de una sola jurisdicción y aprovechar la falta de comunicación entre departamentos policiales.
La revisión de sus confesiones demostró la importancia de compartir información, conservar pruebas y reabrir expedientes cuando aparecen nuevos elementos.
Una muerte sin respuestas para todos
Samuel Little murió en prisión el 30 de diciembre de 2020, a los 80 años. Su fallecimiento no terminó con el trabajo de los investigadores, que continuaron intentando identificar a sus víctimas y proporcionar respuestas a sus familiares.
El caso dejó una marca profunda en Miami y en otras comunidades estadounidenses. También recordó que las víctimas de los asesinos seriales no son simples cifras: son personas cuyas vidas merecen ser reconocidas.
La historia de Little demuestra que un criminal puede permanecer oculto durante décadas cuando sus víctimas no reciben la atención que merecen. Su legado no debería ser la fascinación por la violencia, sino la obligación de investigar cada muerte con seriedad, sin importar la situación económica o social de quien la sufrió.
Durante los primeros meses de 1959, la ciudad griega de Tesalónica vivió bajo el miedo. En el bosque de Seich Sou, un atacante desconocido agredía a parejas y personas que se encontraban aisladas. Los periódicos comenzaron a hablar de un misterioso criminal al que bautizaron como “el Dragón de Seich Sou”.
Años después, un joven llamado Aristidis Pagratidis sería acusado de ser aquel hombre. Fue condenado a muerte y ejecutado. Pero su historia tiene un giro extraordinario: hasta hoy existen fuertes dudas sobre si realmente fue el responsable de aquellos crímenes.
El miedo llega a Tesalónica
Seich Sou era un área boscosa situada cerca de Tesalónica. Durante 1958 y 1959 se produjeron ataques contra personas que se encontraban allí. Algunos sobrevivieron, mientras otros fueron asesinados.
Uno de los homicidios investigados fue el de Konstantinos Raisis, ocurrido en marzo de 1959. Su acompañante sobrevivió al ataque. Poco después, una enfermera llamada Melpomeni Patrikio fue asesinada en el Hospital Municipal de Tesalónica.
La ciudad estaba aterrorizada. El desconocido atacante parecía aparecer de manera imprevisible y la prensa convirtió el caso en una auténtica obsesión nacional.
La captura de Pagratidis
Pagratidis nació en 1940 y creció en condiciones de extrema pobreza. Tenía antecedentes por delitos menores y había tenido problemas con la Policía.
El 7 de diciembre de 1963 fue detenido después de ingresar en un orfanato de Tesalónica y atacar a una niña de 12 años. Durante la investigación, las autoridades comenzaron a relacionarlo con los crímenes del “Dragón”.
Después de varios días de interrogatorios, Pagratidis confesó haber participado en algunos de los delitos. Sin embargo, posteriormente se retractó y afirmó que había sido sometido a presiones y malos tratos durante los interrogatorios.
El problema para la acusación era que varios elementos de la investigación no encajaban perfectamente.
Algunos sobrevivientes no pudieron identificarlo con seguridad. En el juicio, testigos relacionados con algunos de los ataques tampoco lo reconocieron como el atacante.
El juicio
En 1966, el tribunal de Tesalónica condenó a Pagratidis a varias penas de muerte por los asesinatos y otros delitos atribuidos al “Dragón de Seich Sou”.
Pagratidis continuó proclamando su inocencia.
El caso se convirtió en uno de los procesos criminales más controvertidos de la Grecia de la época. Para sus defensores posteriores, existían importantes dudas sobre la investigación y sobre la validez de las confesiones.
Otros investigadores, en cambio, han defendido que existían elementos suficientes para considerarlo responsable.
La controversia nunca desapareció.
El último día
Pagratidis pasó aproximadamente dos años esperando su ejecución en la prisión de Genti Koule, en Tesalónica.
El 16 de febrero de 1968 fue llevado al bosque de Seich Sou, precisamente el lugar que había quedado asociado con los crímenes.
Fue colocado frente al pelotón de fusilamiento.
Hasta el último momento sostuvo que era inocente. Sus últimas palabras quedaron grabadas en la memoria colectiva griega: “Mamá, soy inocente”. Después fue ejecutado.
Tenía apenas 27 años.
¿Fue realmente el asesino?
Esa es la pregunta que convirtió el caso en una leyenda criminal.
Con el paso de las décadas aparecieron investigaciones, libros y documentales que cuestionaron la versión oficial. Algunos autores sostuvieron que Pagratidis fue utilizado como un chivo expiatorio para cerrar un caso que había generado enorme presión pública.
Incluso publicaciones recientes continúan presentando el caso como una de las grandes incógnitas criminales de Grecia y preguntándose si el condenado fue realmente el responsable o una víctima de una investigación deficiente.
Por eso resulta más preciso llamarlo “el supuesto Dragón de Seich Sou” que afirmar categóricamente que fue un asesino serial.
Una condena que todavía genera preguntas
La historia de Aristidis Pagratidis tiene todos los elementos de una novela policial: asesinatos misteriosos, una ciudad aterrorizada, un sospechoso de origen humilde, confesiones contradictorias, un juicio polémico y una ejecución.
Pero la realidad puede ser mucho más inquietante que una novela.
Si Pagratidis era culpable, murió sin conseguir convencer a todos de su responsabilidad.
Si era inocente, entonces un hombre fue ejecutado por crímenes que no cometió y el verdadero responsable nunca recibió castigo.
Más de medio siglo después, el nombre de Pagratidis continúa ligado al bosque de Seich Sou. Pero no solamente como el del hombre condenado por aquellos crímenes.
También como símbolo de una pregunta que permanece abierta:
¿Grecia ejecutó al verdadero “Dragón de Seich Sou” o ejecutó a un inocente para cerrar una de las investigaciones más oscuras de su historia?
A comienzos de la década de 1990, Quito vivió una de las historias criminales más inquietantes de su historia. El protagonista era apenas un adolescente. Su nombre era Juan Fernando Hermosa Suárez, aunque algunas crónicas lo identificaron también como Juan Carlos Hermosa. Tenía solamente 15 años cuando comenzó a ser señalado como líder de una banda juvenil relacionada con una serie de asesinatos, robos y otros delitos.
La prensa ecuatoriana terminó bautizándolo con un sobrenombre que quedó grabado en la memoria del país: “El Niño del Terror”. Las fuentes difieren sobre el número exacto de víctimas que se le atribuyeron, pero las investigaciones y procesos judiciales llegaron a involucrarlo en alrededor de 22 homicidios.
Una adolescencia complicada
Hermosa nació el 28 de febrero de 1976 en la provincia de Sucumbíos, Ecuador. Poco después fue adoptado por Rafael Olivo Hermosa Fonseca y Zoila Amada Suárez Mejía y pasó buena parte de su infancia en Quito.
Su familia tenía una situación particular. Su madre padecía sordera y artritis y, según las crónicas del caso, quedaba frecuentemente a cargo del adolescente mientras su padre viajaba por cuestiones relacionadas con sus propiedades.
Durante su adolescencia comenzó a frecuentar las salas de videojuegos y otros lugares de reunión juvenil en Quito. Allí entró en contacto con otros jóvenes que posteriormente integrarían la denominada “Pandilla del Terror”.
El comienzo de los asesinatos
El 22 de noviembre de 1991 comenzó la serie de crímenes que transformaría su nombre en uno de los más temidos de Quito.
Un taxista fue asesinado durante un viaje. Posteriormente aparecieron otros homicidios que involucraban principalmente a taxistas, camioneros y hombres homosexuales. Las investigaciones terminaron apuntando hacia un grupo juvenil dirigido por Hermosa.
La violencia provocó miedo especialmente entre los taxistas. Muchos conductores comenzaron a modificar sus horarios y evitaban trabajar durante determinadas horas de la noche. La ciudad empezó a vivir con la sensación de que un grupo de jóvenes podía atacar en cualquier momento.
Las fuentes no coinciden completamente en las cifras. Algunas hablan de 22 víctimas atribuidas a Hermosa y su grupo, mientras otras investigaciones académicas presentan cantidades diferentes según la responsabilidad individual que se atribuya a cada integrante de la banda. Por eso, el número debe manejarse con cautela.
Un adolescente al frente de una banda
Lo más perturbador del caso era precisamente su edad.
Hermosa no era un hombre adulto con décadas de experiencia criminal. Era un adolescente que, según las investigaciones, había conseguido convertirse en líder de otros jóvenes.
El grupo obtenía dinero mediante robos y seleccionaba determinadas víctimas. Los taxistas eran especialmente vulnerables porque transportaban dinero y se encontraban solos con pasajeros desconocidos.
La violencia se convirtió en una característica central de la banda.
La captura
La Policía finalmente consiguió información que permitió localizar a Hermosa.
El operativo para detenerlo, realizado en enero de 1992, terminó en un enfrentamiento armado. Su madre murió durante la intervención policial y Hermosa fue detenido después de una intensa balacera.
Una de las sorpresas para las autoridades llegó después de la captura: el supuesto peligroso jefe criminal era todavía menor de edad.
Hermosa declaró que cumpliría 16 años el 28 de febrero de 1992. Esa condición tendría consecuencias enormes para el proceso judicial.
Una condena que sorprendió al país
El sistema de justicia juvenil ecuatoriano de aquella época establecía límites muy diferentes a los aplicables a los adultos.
Hermosa terminó condenado a cuatro años de prisión, la pena máxima que podía aplicarse a un menor bajo las normas entonces vigentes. La sentencia provocó controversia porque se le atribuían numerosos homicidios.
Durante su internamiento, Hermosa continuó ejerciendo influencia sobre otros jóvenes.
En junio de 1993 protagonizó una fuga del Instituto Virgilio Guerrero junto con otros menores. Durante aquella fuga murió el cabo de Policía Neptalí Sailema Hurtado, quien intentaba impedir la evasión. Las investigaciones posteriores atribuyeron a Hermosa los disparos que terminaron con la vida del agente.
También consiguió escapar hasta Colombia, donde finalmente fue localizado y posteriormente regresó a Ecuador.
La libertad
Después de cumplir la condena, Hermosa recuperó la libertad en enero de 1996.
Tenía apenas 19 años.
Regresó a la provincia de Sucumbíos para vivir con su padre. Pero su libertad duraría muy poco.
El 27 de febrero de 1996, un día antes de cumplir 20 años, fue encontrado muerto a orillas del río Aguarico. Su cuerpo presentaba múltiples heridas y disparos, además de signos de haber sido atado y golpeado. Las autoridades consideraron que podía tratarse de una venganza personal, aunque las circunstancias exactas de su asesinato quedaron rodeadas de interrogantes.
Una historia que terminó demasiado pronto
La vida de Juan Fernando Hermosa duró solamente 19 años.
En ese corto período pasó de ser un adolescente de Quito a convertirse en líder de una banda criminal, fue acusado de numerosos asesinatos, encarcelado, protagonizó fugas, estuvo en Colombia y finalmente murió violentamente.
Su historia también abrió un debate que continúa siendo relevante: ¿qué debe hacer una sociedad cuando un adolescente comete delitos extraordinariamente graves?
El caso mostró las dificultades de un sistema judicial diseñado para menores frente a una criminalidad que podía alcanzar niveles extremos de violencia.
Hermosa murió, pero el debate permaneció.
“El Niño del Terror” quedó convertido en uno de los nombres más inquietantes de la historia criminal ecuatoriana. Su historia no es solamente la de un joven asesino: también es la historia de una sociedad que tuvo que enfrentarse a una pregunta difícil de responder: ¿hasta dónde puede llegar la responsabilidad de un menor cuando sus actos tienen consecuencias irreparables?
Durante cuatro días de agosto de 1990, Gainesville quedó paralizada por una serie de asesinatos que convirtieron una tranquila ciudad universitaria de Florida en el escenario de una pesadilla. El responsable fue Danny Rolling, conocido posteriormente como “el Destripador de Gainesville”.
Gainesville era, y continúa siendo, una ciudad profundamente vinculada con la vida universitaria. La Universidad de Florida atrae cada año a miles de estudiantes, muchos de ellos jóvenes que viven lejos de sus familias. En agosto de 1990, cuando comenzaba un nuevo semestre, nadie imaginaba que cinco estudiantes serían asesinados en apenas unos días.
Daniel Harold Rolling había nacido en Luisiana en 1954 y llevaba una vida marcada por problemas personales, delitos y violencia. Cuando llegó a Gainesville, su presencia pasó inicialmente inadvertida. Vivía en condiciones precarias y tenía antecedentes criminales. Sin embargo, detrás de aquella apariencia había un hombre que estaba a punto de iniciar una de las secuencias criminales más estremecedoras de la historia de Florida.
Los primeros asesinatos
El 24 de agosto de 1990, Sonja Larson, de 18 años, y Christina Powell, de 17, fueron asesinadas en el apartamento que compartían. Ambas eran estudiantes. Los investigadores encontraron una escena que revelaba una violencia extraordinaria.
Dos días después apareció el cuerpo de Christa Hoyt, estudiante de Santa Fe College. La brutalidad de los crímenes hizo comprender a las autoridades que posiblemente estaban frente al mismo asesino.
Pero la pesadilla todavía no había terminado.
El 27 de agosto fueron encontrados muertos Manuel Taboada y Tracy Paules, dos estudiantes que compartían un apartamento. En apenas cuatro días, cinco jóvenes habían perdido la vida.
Las características de los asesinatos hicieron que los investigadores comenzaran a hablar de un asesino serial. La prensa comenzó a utilizar el nombre de “Gainesville Ripper”, una referencia al célebre Jack el Destripador, debido a la extrema violencia y a la forma en que fueron encontradas algunas de las víctimas.
Una ciudad aterrorizada
El miedo se apoderó rápidamente de Gainesville.
Los estudiantes comenzaron a abandonar la ciudad. Otros regresaron a sus casas antes de tiempo. Las familias llamaban constantemente para saber si sus hijos estaban seguros. Muchos jóvenes cambiaron sus rutinas y comenzaron a dormir acompañados.
La Universidad de Florida se convirtió prácticamente en una fortaleza. Puertas cerradas, mayor vigilancia y advertencias de seguridad pasaron a formar parte de la vida cotidiana.
El caso llegó rápidamente a los medios nacionales. Gainesville dejó de ser conocida solamente como una ciudad universitaria: durante aquellos días pasó a ocupar las primeras páginas de los periódicos de Estados Unidos.
La policía movilizó numerosos investigadores. El FBI y otras agencias participaron en la investigación.
La captura
Rolling fue detenido en septiembre de 1990 en Ocala por un asunto que inicialmente no estaba relacionado directamente con los asesinatos. La investigación posterior permitió vincularlo con la serie de crímenes de Gainesville.
La evidencia acumulada terminó cerrando el cerco.
Rolling fue acusado de cinco asesinatos y posteriormente condenado. Durante el proceso judicial, las autoridades también relacionaron al criminal con otros homicidios cometidos fuera de Florida.
El caso adquirió una dimensión todavía mayor cuando Rolling confesó su participación en el asesinato de tres integrantes de una familia en Shreveport, Luisiana. De esta manera, el número de víctimas que admitió haber asesinado llegó a ocho.
¿Por qué mataba?
Como ocurre con muchos asesinos seriales, buscar una explicación sencilla resulta imposible.
La investigación sobre Rolling reveló una historia personal marcada por violencia, conflictos familiares, delitos y dificultades psicológicas. Sin embargo, conocer esos antecedentes no significa justificar sus crímenes.
Los especialistas en criminología suelen advertir que una infancia problemática o los abusos sufridos no convierten automáticamente a una persona en asesina. Miles de personas sobreviven a experiencias terribles sin recurrir a la violencia.
En el caso Rolling, lo fundamental fueron sus propias decisiones y la escalada de sus conductas criminales.
La sombra de Ted Bundy
El caso produjo además un inquietante efecto psicológico en Florida.
Apenas dos años antes, Ted Bundy había sido ejecutado después de ser condenado por asesinatos cometidos en Florida. Entre ellos estaban los homicidios de dos jóvenes de la fraternidad Chi Omega de la Universidad Estatal de Florida y el asesinato de Kimberly Leach, una niña de 12 años.
Cuando comenzaron los asesinatos de Gainesville, muchos habitantes pensaron inmediatamente en Bundy. El recuerdo del asesino todavía estaba fresco.
La comparación tenía sentido desde el punto de vista del miedo público: nuevamente un asesino estaba atacando a jóvenes estudiantes en Florida.
El final
En 1994, Rolling fue condenado a muerte por los cinco asesinatos de Gainesville. Permaneció durante años en el corredor de la muerte.
El 25 de octubre de 2006, Danny Rolling fue ejecutado mediante inyección letal en Florida State Prison. Tenía 52 años.
Su muerte puso fin legalmente a uno de los capítulos criminales más oscuros de la historia moderna de Gainesville.
Pero la ejecución no borró el recuerdo.
Las cinco víctimas dejaron familias, amigos, compañeros de universidad y una comunidad que durante aquellos días descubrió hasta qué punto una ciudad aparentemente tranquila podía ser sacudida por una ola de violencia.
El caso Danny Rolling permanece como una advertencia sobre la dificultad de detectar a determinados delincuentes antes de que actúen. También demuestra cómo el miedo puede propagarse rápidamente cuando una comunidad desconoce quién está detrás de una serie de crímenes.
Gainesville recuperó su vida normal. Los estudiantes regresaron. Las aulas volvieron a llenarse. Los años pasaron.
Pero para quienes vivieron aquel agosto de 1990, la memoria de aquellos cuatro días nunca desapareció.
Danny Rolling murió en 2006. El terror que dejó detrás, sin embargo, permanece como uno de los episodios más recordados de la historia criminal de Florida.
Durante ocho meses, Javier Hernán Pino recorrió distintas ciudades argentinas mientras dejaba detrás una cadena de cadáveres. Buenos Aires, Salta y Rosario fueron los escenarios de una sucesión de homicidios que terminaría con cinco víctimas y tres condenas a prisión perpetua. Su método tenía un elemento especialmente inquietante: primero buscaba acercarse a sus víctimas, ganarse su confianza y, cuando encontraba el momento adecuado, las atacaba. Después venía el robo.
Todo comenzó el 16 de febrero de 2015, en el barrio porteño de Balvanera. Ni Qi Fu, un comerciante chino de 40 años, atendía su supermercado de la calle Matheu cuando fue asesinado. Recibió ocho disparos de una pistola calibre 9 milímetros. Aquella muerte parecía, inicialmente, un episodio criminal más dentro de una ciudad acostumbrada a los robos violentos. Nadie imaginaba todavía que formaba parte de una serie.
Dos meses después apareció otra víctima: Claudia Sosa, una masajista de 32 años. Pino había establecido contacto con ella y, según la investigación, existía entre ambos un trato de confianza. El 8 de abril, Sosa fue asesinada en el departamento que alquilaba en la calle Tucumán. Su cuerpo fue descubierto días después, cuando vecinos alertaron por el olor que provenía de la vivienda.
La escena aportó una prueba decisiva: investigadores encontraron ADN de Pino y una vaina calibre 9 milímetros. También habían desaparecido dinero, una computadora y un teléfono celular. Para la Fiscalía, el asesinato fue cometido para facilitar el robo y eliminar a quien pudiera convertirse en un obstáculo.
Pero Pino no había terminado.
El 13 de julio, en El Galpón, provincia de Salta, fue asesinado Ariel Fernando Ríos, empleado de una estación de servicio. El crimen ocurrió durante un robo y Ríos recibió un disparo en la cabeza. Por este homicidio, Pino sería condenado posteriormente a prisión perpetua.
Tres meses después llegó el episodio más sangriento de la serie.
El 16 de octubre de 2015, en Rosario, fueron asesinados los hermanos Javier y Agustina Ponisio. Pino conocía a Agustina y esa relación le habría permitido ingresar en un entorno donde la familia confiaba en él. Según la investigación, los hermanos fueron asesinados durante un robo. Javier recibió cinco disparos y Agustina tres. Después del doble homicidio, Pino abandonó Rosario.
La investigación comenzó entonces a cerrarse sobre él.
El 21 de octubre, apenas cinco días después del doble crimen, Pino fue detenido en Frías, Santiago del Estero. En su poder y en lugares vinculados con él aparecieron armas y una importante cantidad de municiones. Los investigadores empezaron a conectar los distintos expedientes y encontraron un elemento fundamental: la balística.
La misma pistola de 9 milímetros aparecía relacionada con diferentes escenas. Años después, el Sistema Nacional Automatizado de Identificación Balística permitió reforzar las conexiones entre los casos.
En mayo de 2019 llegó la tercera condena a prisión perpetua. El Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional Nº 3 de Buenos Aires lo condenó por los asesinatos de Ni Qi Fu y Claudia Sosa. Para entonces ya tenía condenas perpetuas por el homicidio de Ríos y por el doble asesinato de los hermanos Ponisio.
La prensa llegó a compararlo con Carlos Robledo Puch y algunos medios lo bautizaron como un nuevo “Ángel de la Muerte”. Sin embargo, desde una perspectiva criminológica, existe debate sobre la etiqueta de “asesino serial”: varias investigaciones periodísticas lo describen como asesino múltiple, ya que el móvil central atribuido a los crímenes fue el robo.
Cinco personas murieron en apenas ocho meses. Cinco historias quedaron truncadas. Y una investigación que comenzó con asesinatos aparentemente aislados terminó reconstruyendo una cadena criminal que atravesó tres provincias.
Pino recibió tres condenas a prisión perpetua y cumple su pena en la cárcel de Coronda, Santa Fe.
Cuando se habla de los asesinos seriales más conocidos de Australia, pocos nombres aparecen con tanta frecuencia como Ivan Milat, responsable de los llamados “Backpacker Murders”, una serie de asesinatos que conmocionó a Australia y tuvo repercusión internacional. Milat fue condenado por el asesinato de siete jóvenes entre 1989 y 1992.
Su caso comenzó a descubrirse en 1992, cuando fueron encontrados los cuerpos de dos jóvenes excursionistas en Belanglo State Forest, una zona boscosa ubicada al suroeste de Sídney, en Nueva Gales del Sur. Posteriormente aparecieron otros cadáveres en el mismo sector. En total, siete jóvenes fueron identificados como víctimas: cinco eran extranjeros y dos australianos.
Las víctimas tenían entre 19 y 22 años. Entre ellas estaban los británicos Caroline Clarke y Joanne Walters, los alemanes Simone Schmidl, Gabor Neugebauer y Anja Habschied, y los australianos Deborah Everist y James Gibson. Sus desapariciones habían ocurrido en diferentes momentos, pero la aparición de sus cuerpos en la misma zona llevó a los investigadores a buscar un vínculo común.
El superviviente que cambió la investigación
Una pieza fundamental de la investigación fue Paul Onions, un joven británico que había sido atacado en enero de 1990.
Onions había aceptado viajar con un hombre que le ofreció transporte. Durante el trayecto comenzó a sospechar que algo no estaba bien. Cuando el conductor se detuvo y regresó hacia el vehículo con un arma, Onions escapó y consiguió pedir ayuda. Posteriormente proporcionó una descripción del atacante.
Años después, cuando la policía investigaba los asesinatos de Belanglo, Onions reconoció a Milat entre fotografías que le mostraron los investigadores. Su testimonio resultó decisivo para conectar a Milat con los asesinatos.
La evidencia contra Milat
La policía comenzó a registrar la vivienda de Milat y encontró numerosos objetos relacionados con los mochileros asesinados. Entre ellos había pertenencias que habían desaparecido junto con las víctimas. La cantidad y variedad de objetos encontrados ayudó a construir el caso de la fiscalía.
Los investigadores también descubrieron que Milat tenía experiencia con armas, conocía zonas rurales y frecuentaba áreas boscosas. La investigación oficial describió posteriormente una combinación de evidencias físicas y testimoniales que relacionaban al acusado con los crímenes.
Milat fue arrestado en mayo de 1994 y acusado de los siete asesinatos. Durante todo el proceso sostuvo su inocencia.
El juicio
El juicio comenzó en 1996 y se convirtió en uno de los procesos criminales más importantes de Australia. La fiscalía presentó una extensa cantidad de pruebas y testimonios.
El 27 de julio de 1996, Milat fue declarado culpable de siete asesinatos y condenado a cadena perpetua por cada uno de ellos. También recibió una condena adicional por el delito relacionado con la privación de libertad de Onions.
Milat apeló sus condenas, pero la justicia australiana rechazó posteriormente sus recursos. En 2004, el Tribunal Superior de Australia rechazó una solicitud para recurrir sus siete condenas por asesinato.
¿Tuvo otras víctimas?
Esta es una de las grandes incógnitas del caso.
Aunque Milat fue condenado por siete asesinatos, investigadores y periodistas sospecharon durante años que podía haber estado relacionado con otras desapariciones y homicidios no resueltos.
En 2026, una investigación parlamentaria de Nueva Gales del Sur informó que la policía había revisado 11 casos de homicidios y personas desaparecidas por posibles vínculos con Milat, además de otras investigaciones consideradas durante los años anteriores. Sin embargo, estas investigaciones no significan que Milat haya sido judicialmente declarado responsable de esos casos.
La propia policía de Nueva Gales del Sur también lo incluyó como persona de interés en la desaparición de Deborah Balken y Gillian Jamieson, dos jóvenes desaparecidas en 1980 cuyo destino continúa sin resolverse.
El final
Ivan Milat permaneció encarcelado hasta su muerte. Murió el 27 de octubre de 2019, a los 74 años, después de padecer cáncer. Nunca realizó una confesión definitiva que aclarara si estuvo involucrado en otros asesinatos.
Su muerte dejó sin respuesta algunas de las preguntas que habían acompañado al caso durante décadas.
Los asesinatos de Belanglo tuvieron además un impacto enorme sobre la imagen internacional de Australia. La idea de que jóvenes viajeros pudieran desaparecer mientras recorrían el país produjo temor entre mochileros y viajeros extranjeros.
Hoy, Ivan Milat continúa siendo uno de los criminales más notorios de la historia australiana, pero su caso también representa una advertencia sobre la diferencia entre lo que fue demostrado ante un tribunal y aquello que solamente permanece como sospecha. Siete asesinatos fueron probados judicialmente. La posibilidad de otras víctimas, aunque investigada nuevamente, continúa siendo una cuestión abierta.
Mucho antes de que la Argentina conociera los nombres de Carlos Robledo Puch, Cayetano Santos Godino o Yiya Murano, Buenos Aires fue escenario de una serie de crímenes que estremecieron a la sociedad de finales del siglo XIX.
El protagonista fue Cayetano Domingo Grossi, un inmigrante italiano que pasó a la historia como uno de los primeros asesinos seriales identificados en la Argentina. Entre 1896 y 1898 asesinó a cinco de sus hijos recién nacidos, según la reconstrucción histórica del caso. Finalmente fue condenado a muerte y ejecutado por un pelotón de fusilamiento en 1900.
Su historia es particularmente siniestra porque los asesinatos ocurrieron dentro de su propio entorno familiar y permanecieron inicialmente ocultos.
Un inmigrante en Buenos Aires
Grossi había nacido en Italia en 1854 y emigró a la Argentina en 1878. Se instaló en Buenos Aires y trabajó inicialmente en distintos oficios hasta convertirse en carrero.
Con el tiempo formó una familia. Se casó con Rosa Ponce de Nicola, una viuda que tenía tres hijas. Posteriormente tuvo más hijos con ella.
Sin embargo, detrás de aquella estructura familiar se desarrollaba una historia de enorme violencia.
Las investigaciones posteriores determinaron que Grossi había mantenido relaciones sexuales con algunas de sus hijastras y que los bebés nacidos de esas relaciones fueron asesinados después de nacer.
El primer descubrimiento
El caso comenzó a salir a la luz en 1896, cuando se encontró en un basural de la zona de Retiro una bolsa que contenía partes del cuerpo de un recién nacido.
La policía investigó el hallazgo y descubrió restos adicionales. La autopsia estableció que el bebé había muerto como consecuencia de una fractura de cráneo.
Sin embargo, en aquel momento los investigadores no pudieron identificar al responsable.
El caso quedó prácticamente sin resolver.
Pero dos años después aparecería otro cadáver.
El patrón criminal
En 1898, nuevamente fueron encontrados restos de un recién nacido en una zona cercana.
Para los investigadores, la repetición de circunstancias comenzó a resultar sospechosa.
Ya no parecía tratarse de un episodio aislado.
La policía empezó a buscar conexiones entre los distintos hallazgos y terminó concentrando sus sospechas en Grossi.
El descubrimiento de otros restos permitió reconstruir una historia que había permanecido escondida durante años.
Según la acusación, Grossi había asesinado a varios bebés después de que nacieran de relaciones con sus hijastras.
La cifra finalmente establecida fue de cinco homicidios.
Un crimen diferente
El caso Grossi resulta particularmente importante para comprender la historia de la criminalidad argentina porque ocurrió en una época en la que el concepto moderno de “asesino serial” prácticamente no existía.
La policía todavía utilizaba métodos rudimentarios.
No existían huellas digitales como herramienta criminalística habitual, análisis de ADN, cámaras de seguridad ni modernas técnicas de perfilación criminal.
La investigación dependía principalmente de testimonios, documentos, inspecciones físicas y declaraciones de los sospechosos.
En ese contexto, reconstruir una serie de homicidios cometidos años atrás era extraordinariamente difícil.
La investigación
A medida que aparecieron nuevos elementos, las autoridades comenzaron a reconstruir el entorno familiar.
La esposa de Grossi y algunas de sus hijas fueron investigadas por su posible participación o encubrimiento.
Finalmente, la Justicia determinó que Grossi era responsable material de los asesinatos.
Su familia recibió penas mucho menores, al ser considerada responsable de encubrimiento según la reconstrucción histórica del proceso.
El caso produjo una enorme conmoción.
No se trataba de un delincuente que atacaba desconocidos en la calle. Las víctimas eran criaturas indefensas y el responsable pertenecía al mismo círculo familiar.
La condena a muerte
En una Argentina donde todavía estaba vigente la pena capital, Grossi fue condenado a muerte.
La sentencia estableció que debía ser ejecutado mediante fusilamiento.
El 6 de abril de 1900, en Buenos Aires, se llevó a cabo la ejecución.
Grossi fue colocado frente al pelotón y fusilado. Según las reconstrucciones históricas, recibió posteriormente el tiro de gracia.
Tenía aproximadamente 45 años.
Su ejecución convirtió el caso en uno de los episodios criminales más recordados de la Buenos Aires de comienzos del siglo XX.
El “primer asesino serial”
Grossi es frecuentemente presentado como el primer asesino serial de la historia argentina. Algunas fuentes históricas y recopilaciones criminológicas utilizan esa denominación porque fue responsable de múltiples homicidios separados en el tiempo y con un patrón común.
Sin embargo, existe una cuestión importante: las categorías criminológicas actuales no pueden aplicarse mecánicamente a todos los casos del siglo XIX.
El concepto contemporáneo de asesino serial se desarrolló mucho después. Por eso es más exacto decir que Grossi es considerado uno de los primeros asesinos seriales documentados de la Argentina, y no asumir que la clasificación moderna funciona exactamente igual para todos los casos históricos.
Un crimen que anticipó otros casos
Décadas después aparecerían otros asesinos seriales argentinos mucho más conocidos.
Cayetano Santos Godino, “El Petiso Orejudo”, asesinó a niños a comienzos del siglo XX y se convirtió en uno de los criminales más famosos del país. La Biblioteca Digital del Estado argentino conserva documentación sobre su caso y señala que confesó cuatro homicidios cometidos cuando todavía no había cumplido 15 años.
Mucho después, Carlos Robledo Puch sería condenado por 11 homicidios y se convertiría en el asesino múltiple más famoso de la Argentina.
Pero antes de todos ellos estuvo Grossi.
Una historia todavía inquietante
El caso de Cayetano Grossi permanece en la memoria criminal argentina por varias razones.
Primero, por la cantidad de víctimas.
Segundo, por el vínculo familiar entre el victimario y los niños.
Y tercero, porque demuestra que los crímenes seriales no son un fenómeno exclusivo de la sociedad moderna.
A finales del siglo XIX, cuando Buenos Aires todavía estaba transformándose en una gran ciudad, un hombre consiguió ocultar durante años una serie de asesinatos que finalmente fueron descubiertos por el hallazgo de restos humanos.
La historia también revela cuánto cambió la investigación criminal desde entonces. Lo que hoy podría analizarse mediante ADN, bases de datos y sofisticadas técnicas forenses dependía entonces de una investigación policial mucho más limitada.
Cayetano Grossi terminó frente a un pelotón de fusilamiento y su nombre quedó asociado para siempre con uno de los primeros grandes casos de homicidio serial de la Argentina.
Antes de Robledo Puch, antes de Godino y antes de Yiya Murano, ya había existido un asesino serial en Buenos Aires. Su nombre era Cayetano Domingo Grossi.
Y su historia comenzó con un hallazgo macabro en un basural y terminó con una ejecución que quedó registrada en la historia criminal argentina.
A comienzos del siglo XX, Buenos Aires era una ciudad en plena transformación. Millones de inmigrantes llegaban al país, los barrios crecían rápidamente y las diferencias sociales eran enormes. En ese contexto apareció uno de los personajes más perturbadores de la historia criminal argentina: Cayetano Santos Godino, conocido como “El Petiso Orejudo”.
Godino nació en Buenos Aires en 1896, en el seno de una familia de inmigrantes italianos. Desde muy pequeño mostró problemas de conducta y una marcada inclinación hacia la violencia. Su infancia estuvo atravesada por pobreza, abandono y conflictos familiares. También tuvo dificultades escolares y terminó convirtiéndose en un joven marginal.
Su apodo se originó en su baja estatura y en el tamaño particularmente grande de sus orejas. La prensa de la época explotó esa característica física y contribuyó a crear una imagen casi monstruosa del delincuente.
Una infancia marcada por la violencia
Los primeros episodios atribuidos a Godino ocurrieron cuando todavía era un niño. Tenía apenas siete años cuando comenzó a cometer actos de crueldad contra otros menores y animales.
La violencia contra los animales es uno de los comportamientos que posteriormente fueron considerados relevantes al estudiar su trayectoria criminal. Sin embargo, la criminología moderna advierte que este tipo de conducta, por sí sola, no permite predecir que una persona se convertirá en asesino.
Durante su adolescencia, Godino comenzó a acumular detenciones por robos, agresiones y otros delitos. Entraba y salía de instituciones correccionales sin que las medidas adoptadas consiguieran modificar su comportamiento.
En aquella época no existían los conocimientos actuales sobre salud mental infantil ni los sistemas modernos de evaluación del riesgo criminal. Muchos jóvenes problemáticos eran simplemente castigados o encerrados, sin recibir una intervención psicológica adecuada.
Los asesinatos
La historia criminal de Godino alcanzó su punto más oscuro entre 1912 y 1914.
Una de las víctimas fue Arturo Laurora, un niño de 13 años que murió después de ser atacado. El caso generó una enorme conmoción en Buenos Aires.
Otro episodio involucró a Jesualdo Giordano, un niño de tres años. Godino lo atacó y posteriormente intentó ocultar su crimen. La muerte de Giordano fue uno de los hechos que finalmente permitió a la Policía relacionarlo con otros delitos.
Godino también fue acusado de numerosos intentos de homicidio y ataques contra niños. Algunos episodios quedaron rodeados de incertidumbre histórica, por lo que es importante diferenciar los hechos por los que fue condenado de aquellos que posteriormente se le atribuyeron.
En 1912 fue detenido nuevamente y, después de la investigación correspondiente, comenzó a construirse el expediente que terminaría convirtiéndolo en uno de los criminales más conocidos del país.
¿Cuál era su perfil psicológico?
El caso de Godino es especialmente interesante porque fue estudiado utilizando conceptos criminológicos propios de comienzos del siglo XX.
Los especialistas de la época intentaron explicar su conducta mediante teorías que hoy están completamente superadas. Algunos llegaron a considerar que determinadas características físicas podían revelar tendencias criminales.
Actualmente sabemos que esas teorías carecen de fundamento científico.
Sin embargo, existen elementos conductuales que permiten analizar su trayectoria. Entre ellos aparecen impulsividad, agresividad, dificultad para controlar los impulsos, crueldad y una marcada incapacidad para adaptarse a las normas sociales.
También se observa una progresión de comportamientos problemáticos desde la infancia hacia delitos cada vez más graves.
Pero sería incorrecto diagnosticar retrospectivamente a Godino con un trastorno psicológico específico. No disponemos de una evaluación clínica moderna realizada durante su vida y los diagnósticos utilizados hace más de un siglo no pueden trasladarse directamente al lenguaje psiquiátrico actual.
El criminal convertido en mito
La prensa desempeñó un papel fundamental en la construcción del personaje.
“El Petiso Orejudo” era presentado como una figura siniestra y extraordinaria. Sus características físicas, su corta edad y la naturaleza de sus delitos lo convertían en un protagonista perfecto para los periódicos sensacionalistas.
La sociedad necesitaba una explicación para comprender cómo un joven podía convertirse en una amenaza para los niños. La respuesta de aquella época fue buscar señales físicas y psicológicas que supuestamente permitieran identificar al criminal.
Hoy la perspectiva es diferente.
El comportamiento criminal no puede explicarse simplemente por el aspecto físico, la pobreza o una determinada característica psicológica. Los delitos violentos surgen normalmente de una combinación compleja de factores individuales, familiares, sociales y ambientales.
La condena y el final
Godino fue declarado responsable de varios delitos graves y condenado a prisión.
Pasó gran parte del resto de su vida detenido. En prisión continuó siendo objeto de interés de médicos, criminólogos y periodistas.
Murió en 1944, en la prisión de Ushuaia, después de décadas de encarcelamiento.
Su figura, sin embargo, sobrevivió a su muerte.
“El Petiso Orejudo” quedó instalado en la cultura popular argentina como uno de los primeros grandes nombres de la criminología nacional. Su historia continúa generando interés porque reúne algunos de los elementos más inquietantes del crimen: una infancia problemática, violencia contra menores, repetición de conductas agresivas y una sociedad que intentaba comprender un fenómeno que todavía no sabía explicar.
Más de un siglo después, el caso también ofrece una lección importante. Comprender los factores que pueden favorecer una conducta criminal no significa justificar al criminal. La investigación criminológica moderna busca precisamente eso: comprender el origen y la evolución de la violencia para poder detectarla y prevenirla antes de que produzca nuevas víctimas.
El Petiso Orejudo pertenece a una época muy diferente de la Argentina actual. Pero su historia continúa siendo estudiada porque representa uno de los primeros casos de criminalidad serial que quedaron profundamente grabados en la memoria colectiva del país.
En la historia criminal de Bulgaria, pocos nombres producen tanta inquietud como Nedyalko Dimitrov, conocido por el apodo de “Momata”. Fue descrito por medios búlgaros como uno de los asesinos seriales más peligrosos y despiadados del país. Lo que hace especialmente perturbadora su historia no es solamente el número de homicidios por los que fue condenado, sino la sospecha de que pudo haber participado en muchos más.
Dimitrov nació en 1966 y desde muy joven entró en contacto con el mundo del delito. Su adolescencia estuvo marcada por conflictos familiares y problemas con la justicia. Según reconstrucciones de la prensa búlgara, comenzó con robos y otros delitos antes de convertirse en un delincuente profesional. Pasó largos períodos en prisión y llegó a desarrollar una trayectoria criminal que incluía robos, violencia y, posteriormente, asesinatos por encargo.
Su transformación en asesino profesional ocurrió dentro de ambientes criminales en los que la violencia era utilizada para resolver deudas, venganzas y disputas. Dimitrov no era presentado simplemente como un hombre que mataba durante un arrebato. Las investigaciones lo relacionaron con homicidios planificados y con trabajos realizados a cambio de dinero.
Uno de los episodios que permitió descubrir la dimensión de su actividad criminal ocurrió en diciembre de 2008, cuando fueron asesinados Beytula Mehmed y su esposa Nevrie, en Dimitrovgrad. Dimitrov fue relacionado con el doble homicidio y la investigación comenzó a conectar ese crimen con otros asesinatos. La evidencia balística también vinculó un arma con otro homicidio ocurrido anteriormente.
El caso comenzó entonces a adquirir una dimensión mucho mayor. Dimitrov fue relacionado con otros asesinatos y terminó enfrentando varias causas judiciales. En diferentes momentos afirmó haber cometido o participado en numerosos homicidios, aunque las cifras difundidas por los medios varían considerablemente. Algunas fuentes hablan de cinco asesinatos probados judicialmente, mientras otras publicaciones búlgaras llegaron a atribuirle ocho o incluso más víctimas. Por eso no es correcto presentar todas esas cifras como hechos judicialmente establecidos.
Una característica particularmente inquietante de Dimitrov era la frialdad con la que hablaba de sus crímenes. En entrevistas desde prisión no mostraba el arrepentimiento que normalmente se espera de una persona condenada por varios asesinatos. En una entrevista televisiva llegó a responder de manera extremadamente fría cuando le preguntaron qué sentía al matar.
También se hizo famoso por intentar explicar sus actos mediante una filosofía personal en la que el destino tenía un papel central. Según declaraciones atribuidas a él, consideraba que las personas que estaban destinadas a morir terminarían encontrándose con él. Esa manera de justificar sus acciones convirtió sus entrevistas en un elemento particularmente perturbador del caso.
Dimitrov recibió condenas de cadena perpetua, y la prensa búlgara lo presentó durante años como uno de los criminales más peligrosos del país. Llegó a estar recluido en la prisión de Stara Zagora.
Incluso en prisión protagonizó episodios extraordinarios. En 2009 intentó escapar del centro de detención de Svilengrad utilizando una cuchara para excavar una pared de su celda. Consiguió avanzar considerablemente, pero finalmente fue detenido antes de alcanzar la salida.
Nedyalko Dimitrov murió en 2016, a los 50 años, después de sufrir un infarto mientras estaba encarcelado. Murió sin que quedaran completamente despejadas todas las sospechas sobre la cantidad real de personas que pudo haber asesinado.
Ese es precisamente uno de los aspectos más oscuros de su historia. Judicialmente, existe una diferencia entre los asesinatos por los que fue condenado y aquellos que solamente fueron atribuidos a él mediante investigaciones, testimonios o declaraciones. Esa diferencia resulta fundamental cuando se habla de un personaje como Dimitrov.
Para la criminología y para la memoria criminal de Bulgaria, “Momata” quedó asociado a una época en la que los homicidios vinculados al crimen organizado, las venganzas y los sicarios representaban uno de los problemas más graves de la sociedad búlgara.
Su historia terminó en una celda, pero dejó una pregunta que probablemente nunca tendrá una respuesta definitiva: ¿cuántas personas murieron realmente a manos de Nedyalko Dimitrov? Los cinco homicidios judicialmente establecidos forman parte de la historia comprobada. El resto pertenece a una zona mucho más oscura, construida a partir de investigaciones, confesiones y sospechas.
Por eso “Momata” continúa siendo recordado como uno de los nombres más siniestros de la historia criminal moderna de Bulgaria.
Edward Theodore Gein, conocido como Ed Gein, ocupa un lugar particularmente oscuro en la historia criminal estadounidense. Su nombre quedó asociado a asesinatos, profanación de cadáveres y comportamientos macabros que posteriormente inspiraron personajes de ficción como Norman Bates de Psycho, Leatherface de The Texas Chain Saw Massacre y Buffalo Bill de The Silence of the Lambs.
Sin embargo, la realidad fue diferente de la ficción. Gein no fue un asesino en serie con decenas de víctimas conocidas. Fue condenado por dos asesinatos, aunque las autoridades sospecharon que pudo estar relacionado con otras desapariciones. Lo que hizo que su caso alcanzara una notoriedad extraordinaria fue lo que los investigadores encontraron en su granja de Plainfield, Wisconsin.
Una infancia marcada por el aislamiento
Ed Gein nació el 27 de agosto de 1906 en La Crosse, Wisconsin. Sus padres fueron George y Augusta Gein. Tenía un hermano mayor, Henry.
La familia terminó estableciéndose en una granja cerca de Plainfield, una pequeña comunidad rural.
Augusta era una mujer extremadamente religiosa y dominante. Según los relatos posteriores, transmitió a sus hijos una visión profundamente negativa del mundo exterior y especialmente de las mujeres. Consideraba la sexualidad como algo pecaminoso y trataba de mantener a sus hijos alejados de otras personas.
Ed creció prácticamente aislado.
No tuvo una vida social normal y desarrolló una relación de dependencia extraordinaria hacia su madre.
Su padre, por el contrario, era descrito como alcohólico y menos dominante.
La combinación de aislamiento, conflictos familiares y dependencia materna tendría una importancia enorme en la vida posterior de Gein.
La muerte de su familia
El padre de Gein murió en 1940.
Posteriormente murió su hermano Henry, en 1944, en circunstancias que durante mucho tiempo generaron sospechas.
Henry había comenzado a cuestionar la influencia de Augusta sobre Ed y, según algunos investigadores, planeaba alejarse de la familia.
Durante un incendio en una zona cercana a la granja, Henry desapareció.
Ed llevó a los investigadores hasta el cuerpo.
Oficialmente se consideró que había muerto accidentalmente, pero posteriormente algunos investigadores sospecharon que Ed podía haberlo asesinado.
Nunca fue condenado por la muerte de Henry, por lo que cualquier afirmación de que lo asesinó debe considerarse una hipótesis, no un hecho judicialmente demostrado.
La pérdida más importante para Ed fue, sin embargo, la muerte de su madre.
Augusta sufrió varios problemas de salud y murió en 1945.
Después de su muerte, Gein quedó prácticamente solo.
Conservó intactas varias habitaciones de la casa y se encerró cada vez más en sí mismo.
La granja comenzó a deteriorarse.
Los vecinos lo veían ocasionalmente, pero era considerado un hombre extraño, solitario y aparentemente inofensivo.
La desaparición de Mary Hogan
En diciembre de 1954 desapareció Mary Hogan, propietaria de una taberna local.
La desaparición quedó sin resolver.
Años después, cuando la policía investigó a Gein, encontró indicios que lo relacionaban con Hogan.
Gein terminó confesando su asesinato.
Sin embargo, durante muchos años el caso permaneció sin una resolución judicial completa.
La policía comenzó a sospechar que el hombre aparentemente inofensivo de Plainfield podía estar ocultando algo mucho más oscuro.
Bernice Worden
El crimen que finalmente condujo a su captura ocurrió el 16 de noviembre de 1957.
Bernice Worden, de 58 años, era propietaria de una ferretería en Plainfield.
Ese día desapareció.
Su hijo, el sheriff del condado Frank Worden, comenzó inmediatamente a investigar.
El registro de la caja de la tienda mostraba que la última venta había sido realizada a Gein.
Además, faltaba un recibo correspondiente a una transacción importante.
Gein se convirtió inmediatamente en sospechoso.
Los investigadores registraron su granja.
Lo que encontraron allí superó todo lo que esperaban.
El descubrimiento de la granja
Los agentes encontraron el cuerpo de Bernice Worden en una construcción de la propiedad.
La escena permitió establecer que había sido asesinada.
Pero la investigación no terminó allí.
La casa de Gein contenía restos humanos y objetos fabricados con partes de cadáveres.
Los investigadores descubrieron evidencia de que Gein había profanado tumbas y había llevado restos humanos a su propiedad.
Algunos restos habían sido transformados en objetos domésticos o utilizados de maneras extremadamente perturbadoras.
La noticia provocó una conmoción nacional.
Plainfield era una pequeña comunidad rural.
Muchos vecinos conocían a Gein.
Algunos incluso habían hablado con él sin sospechar lo que ocurría en su propiedad.
De repente, aquella granja aislada se convirtió en una de las escenas criminales más famosas de Estados Unidos.
¿Por qué lo hacía?
Esta es una de las preguntas más difíciles.
Gein tenía una obsesión extraordinaria con su madre.
Después de su muerte, intentó conservarla simbólicamente y mantener intacto el ambiente en el que ella había vivido.
Los investigadores también descubrieron que Gein tenía una fascinación por las mujeres fallecidas.
En declaraciones posteriores, explicó que había exhumado cadáveres y llevado partes de ellos a su casa.
Algunas de sus actividades parecían relacionadas con un intento de construir una identidad femenina.
Sin entrar en detalles gráficos, Gein había utilizado restos humanos para fabricar prendas y objetos.
Los investigadores consideraron que parte de su comportamiento podía estar relacionado con su deseo de convertirse simbólicamente en su madre o de mantener una conexión con ella.
Pero es importante señalar que no existe una explicación psicológica única y definitiva que permita comprender completamente su conducta.
¿Cuántas personas asesinó?
Esta cuestión ha generado enormes exageraciones.
La historia popular convirtió a Gein en un supuesto asesino responsable de numerosas muertes.
Pero judicialmente sólo se establecieron dos asesinatos:
Mary Hogan, desaparecida en 1954.
Bernice Worden, asesinada en 1957.
Gein confesó ambos crímenes.
Las autoridades investigaron otras desapariciones, pero nunca consiguieron demostrar que él fuera responsable de ellas.
Por eso, llamarlo “asesino en serie” puede resultar técnicamente discutible dependiendo de la definición utilizada, aunque popularmente se lo incluye entre los asesinos seriales estadounidenses.
Lo extraordinario de su caso no fue la cantidad de víctimas confirmadas.
Fue la naturaleza de sus actividades posteriores a las muertes.
El interrogatorio
Después de ser detenido, Gein fue interrogado por las autoridades.
Los investigadores descubrieron que su personalidad aparentemente tímida escondía una conducta extremadamente perturbadora.
Gein colaboró en determinados aspectos de la investigación y proporcionó información sobre las exhumaciones y los asesinatos.
También llevó a los agentes a diferentes lugares relacionados con sus actividades.
La policía quedó horrorizada por el material encontrado.
La noticia se extendió rápidamente por Estados Unidos.
Los periódicos comenzaron a publicar historias cada vez más sensacionalistas.
El nombre de Plainfield quedó asociado para siempre con uno de los casos criminales más extraños de la historia estadounidense.
El juicio y la enfermedad mental
Gein fue declarado inicialmente no apto para ser juzgado debido a su estado mental.
Fue internado en instituciones psiquiátricas.
En 1968 finalmente fue considerado apto para enfrentar un juicio.
Fue juzgado por el asesinato de Bernice Worden.
El tribunal lo declaró culpable pero legalmente insano.
Fue condenado a permanecer internado en una institución psiquiátrica por el resto de su vida.
Gein pasó sus últimos años bajo custodia estatal.
Nunca volvió a vivir en libertad.
Una figura convertida en mito
Con el tiempo, Ed Gein pasó de ser un criminal real a convertirse en una figura de la cultura popular.
El caso tuvo una influencia enorme sobre el cine de terror.
Norman Bates
Alfred Hitchcock dirigió Psycho en 1960, basada en la novela de Robert Bloch.
El personaje de Norman Bates no es una reproducción exacta de Gein, pero Bloch se inspiró parcialmente en el caso.
La obsesión de Bates con su madre recuerda ciertos aspectos de la relación entre Gein y Augusta.
Leatherface
The Texas Chain Saw Massacre presentó a Leatherface, un personaje que utiliza una máscara hecha de piel humana.
Aunque la película no representa literalmente los crímenes de Gein, tomó inspiración de los elementos macabros encontrados en su granja.
Buffalo Bill
En The Silence of the Lambs, Buffalo Bill tiene una obsesión con la piel humana y con construir una identidad diferente.
El personaje también incorpora elementos inspirados en varios criminales reales, entre ellos Gein.
Por eso, Gein tuvo una influencia indirecta enorme sobre el cine moderno de terror.
El verdadero horror
La historia de Ed Gein suele ser contada mediante los detalles más espantosos encontrados en su granja.
Pero el aspecto verdaderamente importante del caso es otro.
Gein vivió durante años prácticamente invisible.
No parecía un monstruo.
Era un hombre aislado de una pequeña comunidad rural.
Trabajaba ocasionalmente, hacía tareas agrícolas y conversaba con vecinos.
El horror estaba oculto detrás de una apariencia aparentemente insignificante.
Ese contraste convirtió su historia en una de las más perturbadoras de Estados Unidos.
Sus últimos años
Gein permaneció internado durante décadas.
Murió el 26 de julio de 1984, a los 77 años, en el Mendota Mental Health Institute de Madison, Wisconsin.
Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de Plainfield, junto a miembros de su familia.
Pero incluso después de su muerte continuó la fascinación por su historia.
Su tumba fue vandalizada y finalmente la lápida desapareció.
El legado de Ed Gein
Ed Gein dejó un legado profundamente oscuro.
No fue el asesino de decenas de personas que algunas versiones populares presentan.
Fue responsable judicialmente de dos asesinatos y de una serie de actos de profanación de cadáveres que estremecieron a Estados Unidos.
Su historia también plantea preguntas sobre el aislamiento extremo, la enfermedad mental, la violencia y la manera en que los medios de comunicación convierten a determinados criminales en figuras legendarias.
Quizás lo más inquietante sea precisamente la distancia entre la realidad y el mito.
Ed Gein no necesitó cometer decenas de asesinatos para convertirse en uno de los nombres más perturbadores de la historia criminal estadounidense.
La combinación de dos asesinatos, la profanación de tumbas, su obsesión con su madre y los objetos encontrados en su granja fueron suficientes para crear una leyenda que sobrevivió durante generaciones.
Y, paradójicamente, los monstruos que aparecieron posteriormente en el cine —Norman Bates, Leatherface y Buffalo Bill— terminaron siendo mucho más famosos que el hombre real que ayudó a inspirarlos.
La historia verdadera de Ed Gein es menos cinematográfica que esas películas, pero precisamente por eso resulta tan inquietante: ocurrió en una comunidad real, involucró a personas reales y permaneció escondida durante años detrás de la puerta de una humilde granja de Wisconsin.
Pocas historias criminales en Estados Unidos han provocado tanto horror como la de Richard Trenton Chase, el asesino serial que aterrorizó la ciudad de Sacramento, California, a finales de la década de 1970. Sus crímenes fueron tan violentos y extraños que la prensa lo bautizó como “el Vampiro de Sacramento”. Sin embargo, detrás de ese apodo sensacionalista existía una historia todavía más perturbadora: la de un hombre con graves trastornos mentales, señales evidentes de deterioro y una conducta cada vez más peligrosa que culminó en una serie de asesinatos.
La historia de Chase sigue siendo objeto de análisis porque plantea una pregunta incómoda: ¿cuántas señales fueron ignoradas antes de que ocurriera la tragedia?
Una infancia marcada por problemas
Richard Trenton Chase nació el 23 de mayo de 1950 en Santa Clara, California. Durante sus primeros años no parecía destinado a convertirse en uno de los asesinos más notorios de la historia criminal estadounidense. Pero, con el paso del tiempo, comenzaron a aparecer comportamientos profundamente preocupantes.
De niño y adolescente, Chase tuvo dificultades para relacionarse normalmente con otras personas. Personas que lo conocieron describieron problemas emocionales y una personalidad cada vez más aislada. Durante su juventud aparecieron conductas destructivas y una creciente obsesión con ideas extrañas.
Años después, su estado psicológico se deterioraría de manera dramática. Chase comenzó a sufrir delirios y a creer que su cuerpo estaba siendo atacado desde dentro. En distintos momentos llegó a pensar que su sangre se estaba convirtiendo en otra sustancia y que necesitaba sangre para mantenerse con vida.
Aquellas ideas no eran simples excentricidades. Formaban parte de un grave deterioro de su contacto con la realidad.
También desarrolló una relación problemática con las drogas. El consumo de sustancias agravó su comportamiento y contribuyó a una vida cada vez más desordenada. Sus familiares y quienes lo rodeaban veían cómo Chase se alejaba progresivamente de una existencia normal.
Con el tiempo, fue internado y recibió atención psiquiátrica. Pero su paso por las instituciones de salud mental no impediría que, años más tarde, volviera a representar un peligro.
La obsesión con la sangre
Uno de los aspectos más conocidos de la historia de Richard Chase fue su obsesión enfermiza con la sangre. Según los informes sobre su conducta, llegó a realizar actos extraordinariamente perturbadores relacionados con animales.
Su comportamiento alarmó a quienes estaban cerca de él. En lugar de buscar ayuda de manera permanente, Chase continuó deteriorándose.
El problema central era que su visión del mundo estaba dominada por delirios. Para una persona que vive bajo una percepción completamente distorsionada de la realidad, una situación cotidiana puede adquirir un significado amenazante. En el caso de Chase, esas ideas se mezclaron con una conducta violenta y una creciente incapacidad para funcionar normalmente.
En 1976 fue internado en un hospital psiquiátrico después de haber mostrado un comportamiento extremadamente desorganizado. Allí se hizo evidente que padecía graves problemas mentales. Fue tratado y posteriormente liberado.
Esa decisión sería observada con enorme controversia después de los asesinatos.
Al salir, Chase regresó a la comunidad. Para quienes analizaban el caso después de los crímenes, resultaba inevitable preguntarse si el sistema había fallado en detectar el verdadero nivel de peligro que representaba.
Sin embargo, la enfermedad mental por sí sola no explica los asesinatos. Millones de personas padecen graves trastornos psicológicos y jamás cometen actos violentos. El caso de Chase fue el resultado de una combinación excepcionalmente peligrosa de deterioro mental, delirios, aislamiento, antecedentes de comportamiento perturbador y una posterior escalada criminal.
Sacramento bajo amenaza
A finales de 1977, Sacramento todavía no sabía que estaba a punto de convertirse en escenario de una de las persecuciones criminales más impactantes de su historia.
El 29 de diciembre de ese año, Chase cometió su primer asesinato conocido. La víctima fue Ambrose Griffin, un hombre de 51 años que recibió un disparo mientras descargaba compras de su automóvil.
El ataque desconcertó a los investigadores.
No existía, aparentemente, una relación personal entre Chase y Griffin. No parecía haber un motivo económico evidente. El crimen se presentaba como un ataque sin sentido contra una víctima elegida al azar.
Para la policía, aquel tipo de homicidio era especialmente difícil de investigar. Cuando existe un conflicto previo, una deuda, una relación familiar o una disputa conocida, los investigadores tienen puntos de partida. Pero un asesinato cometido contra un desconocido puede dejar muy pocas pistas sobre el responsable.
El crimen de Griffin fue, sin embargo, solamente el comienzo.
Durante las semanas siguientes, Chase continuó mostrando una conducta cada vez más peligrosa. Su método también revelaría una característica aterradora: entraba en viviendas y atacaba a personas que no necesariamente tenían relación alguna con él.
La puerta sin cerrar
Uno de los detalles más conocidos atribuidos a Richard Chase era su creencia de que una puerta cerrada significaba que no era bienvenido, mientras que una puerta sin seguro representaba, en su mente delirante, una especie de permiso para entrar.
Aquella idea puede parecer absurda, pero para los investigadores se convirtió en un elemento importante para comprender su comportamiento.
Chase recorría barrios y comprobaba puertas. Si una vivienda estaba cerrada, podía seguir adelante. Si encontraba una abierta o sin seguro, entraba.
Esto transformaba la seguridad doméstica en un elemento crucial. Después de sus crímenes, se popularizó una frase relacionada con el caso: “Las puertas cerradas son una señal de que no eres bienvenido”. La afirmación reflejaba la lógica distorsionada que, según las investigaciones, Chase utilizaba para justificar sus entradas en casas ajenas.
Para las víctimas, por supuesto, no existía ninguna lógica. Sus hogares eran lugares donde debían sentirse protegidas. Chase convirtió esa seguridad en una vulnerabilidad.
El asesinato de Teresa Wallin
El 23 de enero de 1978, Chase entró en la casa de Teresa Wallin, una joven embarazada de 22 años.
El ataque fue brutal.
Wallin se encontraba en su hogar cuando Chase irrumpió y la asesinó. La escena que dejó detrás fue extremadamente violenta y conmocionó a los investigadores. También mató al perro de la familia.
Para la policía, el crimen comenzaba a revelar que no se trataba de un homicidio común. El atacante mostraba una violencia extrema y una conducta que parecía carecer de un motivo convencional.
No había una disputa conocida entre la víctima y el asesino. No era un robo tradicional. Tampoco parecía un crimen pasional.
La investigación comenzó a enfrentarse a una posibilidad aterradora: Sacramento podía tener a un asesino que elegía víctimas sin una relación previa y que actuaba impulsado por una combinación de violencia y delirios.
Pero todavía faltaba el peor capítulo.
El día más oscuro
El 27 de enero de 1978, apenas cuatro días después del asesinato de Teresa Wallin, Richard Chase entró en la casa de Evelyn Miroth.
Lo que ocurrió dentro de aquella vivienda se convirtió en uno de los crímenes más horribles asociados con un asesino serial estadounidense.
Chase asesinó a Evelyn Miroth, de 38 años. También mató a su hijo Jason, de seis años; a su sobrino David Ferreira, de 22 meses; y a Daniel Meredith, un vecino que se encontraba en el lugar.
En cuestión de minutos, una casa se convirtió en el escenario de una masacre.
La violencia del ataque dejó una impresión profunda incluso entre investigadores acostumbrados a trabajar en escenas criminales. La policía encontró evidencias de una conducta extremadamente desorganizada y perturbadora.
El caso de Chase no se caracterizaba por la precisión de un criminal sofisticado que intentaba eliminar todas las pruebas. Al contrario, su comportamiento era caótico. Dejó pistas, huellas y elementos que permitieron a los investigadores avanzar rápidamente.
Pero esa misma desorganización revelaba otra cuestión inquietante: no parecía actuar siguiendo una estrategia criminal tradicional. Su conducta estaba profundamente ligada a su estado mental y a sus delirios.
La ciudad comenzó a vivir con miedo.
El asesino podía entrar en una casa. Las víctimas podían ser personas comunes. Familias enteras comenzaron a revisar cerraduras y puertas con mayor cuidado.
La sensación de seguridad había desaparecido.
La investigación se acelera
La policía de Sacramento enfrentaba una presión enorme. Había varios asesinatos graves y una posibilidad cada vez más clara de que un mismo individuo estuviera detrás de ellos.
Los investigadores comenzaron a comparar pruebas de las escenas.
La evidencia reunida tras la masacre en la casa de Evelyn Miroth resultó fundamental. Testigos habían visto a un hombre cerca de la vivienda. También existían huellas y otras pistas que ayudaron a orientar la investigación.
El nombre de Richard Chase comenzó a aparecer.
Las autoridades ya tenían información sobre su comportamiento anterior y sus antecedentes psiquiátricos. Personas que lo conocían también proporcionaron datos sobre sus extrañas conductas.
Uno de los elementos más importantes fue que Chase no parecía comprender la magnitud de la investigación que se estaba desarrollando a su alrededor. Su comportamiento posterior no mostró la sofisticación de alguien que hubiera planeado cuidadosamente escapar durante años.
El cerco se cerraba.
El 1 de febrero de 1978, pocos días después de la masacre, Richard Chase fue arrestado.
Tenía 27 años.
Su período de asesinatos había sido relativamente corto, pero había dejado seis personas muertas.
El juicio y la pregunta sobre la locura
La detención no puso fin a la controversia. Comenzaba entonces otra batalla: la judicial.
La defensa argumentó que Chase padecía una enfermedad mental grave. El debate se concentró en una de las preguntas más difíciles del derecho penal: ¿puede una persona ser considerada responsable de sus crímenes si sufría delirios y una grave pérdida de contacto con la realidad?
Los fiscales, por otro lado, sostuvieron que existían elementos suficientes para demostrar responsabilidad criminal.
El juicio generó enorme atención pública. Las familias de las víctimas querían justicia. La sociedad de Sacramento intentaba comprender cómo alguien con antecedentes tan graves había terminado nuevamente en libertad.
El jurado finalmente encontró a Chase culpable de los asesinatos. Fue condenado a muerte en la cámara de gas.
Sin embargo, nunca sería ejecutado.
Mientras permanecía en prisión, Chase continuó mostrando signos de graves problemas psicológicos. En diciembre de 1980 murió en su celda después de ingerir una sobredosis de medicamentos.
Tenía apenas 30 años.
Las víctimas detrás del asesino
Los grandes casos criminales suelen correr el riesgo de transformar al asesino en el protagonista absoluto. Los sobrenombres, los documentales y la fascinación por el horror pueden hacer que las víctimas queden en un segundo plano.
En el caso de Richard Chase, las víctimas fueron Ambrose Griffin, Teresa Wallin, Evelyn Miroth, Jason Miroth, David Ferreira y Daniel Meredith.
Seis personas perdieron la vida.
Entre ellas había adultos, una joven embarazada y niños.
Ese es el verdadero saldo del caso.
Detrás de cada nombre había familiares, amigos, proyectos y vidas que fueron destruidas. La historia de Chase no debería entenderse únicamente como la biografía de un asesino extraño. Es también la historia de seis víctimas y de familias que tuvieron que enfrentarse a una pérdida imposible de reparar.
El legado de un caso aterrador
Décadas después, Richard Chase sigue siendo recordado como uno de los asesinos seriales más perturbadores de Estados Unidos.
Su caso continúa siendo analizado por criminólogos, psicólogos e investigadores debido a varios factores: la extrema violencia de los crímenes, sus delirios, sus antecedentes psiquiátricos y la rapidez con la que pasó de una conducta gravemente perturbada al asesinato.
También generó un debate permanente sobre la relación entre enfermedad mental, responsabilidad criminal y seguridad pública.
Pero es importante evitar una conclusión simplista. La enfermedad mental no convierte automáticamente a una persona en violenta. La inmensa mayoría de las personas con trastornos mentales graves nunca comete asesinatos. Richard Chase fue un caso excepcional, marcado por circunstancias extremas y una escalada de violencia.
Su historia, sin embargo, dejó una advertencia.
Las señales de un comportamiento peligroso pueden aparecer antes de una tragedia. Reconocerlas, evaluar adecuadamente el riesgo y ofrecer tratamiento y supervisión cuando sean necesarios puede ser decisivo.
Richard Chase pasó a la historia con un apodo que evocaba terror: “el Vampiro de Sacramento”. Pero detrás del nombre existió una tragedia real, compuesta por violencia, fallas, enfermedad, miedo y seis vidas destruidas.
El horror de su caso no está solamente en la brutalidad de sus crímenes. Está también en la sensación de que, antes de que ocurrieran los asesinatos, había señales de que algo gravemente peligroso estaba sucediendo.
Belle Gunness, nacida como Brynhild Paulsdatter Størseth en Noruega en 1859, sigue siendo una de las figuras más enigmáticas y escalofriantes de la historia criminal estadounidense. Tras emigrar a Estados Unidos en 1881, se estableció en Chicago y posteriormente en La Porte, Indiana, donde su vida dio un giro siniestro. Se cree que Gunness asesinó a entre 14 y 40 personas, incluyendo esposos, hijos y pretendientes, lo que le valió el apodo de “La Bella del Infierno”.
Sus crímenes eran metódicos y tenían motivos económicos. Gunness se casó con Mads Sorenson en 1884; tanto su casa como su negocio se incendiaron misteriosamente, lo que generó indemnizaciones del seguro. El propio Sorenson murió en circunstancias sospechosas el mismo día en que dos de sus pólizas de seguro de vida coincidían. Gunness cobró ambas. Posteriormente se casó con Peter Gunness, quien falleció en un supuesto accidente con una picadora de carne. De nuevo, se benefició del seguro.
Gunness
El plan más notorio de Gunness consistía en publicar anuncios matrimoniales en periódicos, atrayendo a hombres con promesas de compañía y prosperidad compartida. Muchos llegaban a su granja con dinero en efectivo y objetos de valor, para nunca ser vistos. En 1908, su casa de campo se incendió y las autoridades descubrieron los restos de múltiples víctimas enterradas en su propiedad. Entre ellos se encontraban sus hijos y una mujer adulta decapitada que inicialmente se creyó que era la propia Gunness. Sin embargo, persiste la especulación de que fingió su muerte y escapó a la justicia.
El legado de Gunness es a la vez aterrador y de gran importancia histórica. Desafió las expectativas de género de principios del siglo XX, no como una matrona protectora, sino como una depredadora calculadora. Su caso cuestionó las suposiciones sobre la criminalidad femenina y expuso las vulnerabilidades de los sistemas de seguros y de seguridad de la época. La magnitud de sus crímenes y el misterio que rodea su desaparición han consolidado su lugar en los anales del folclore estadounidense.
Más de un siglo después, Belle Gunness sigue fascinando a criminólogos, historiadores y narradores. Su vida invita a reflexionar sobre la intersección del género, el poder y el engaño, y sobre cómo los puntos ciegos de la sociedad pueden propiciar actos monstruosos. Ya sea considerada una asesina a sangre fría o un símbolo de un fracaso sistémico, la historia de Gunness sigue rondando la imaginación estadounidense.
Un tribunal del estado de Florida (Estados Unidos) el martes sentenció a muerte a Wade Wilson, conocido como el ‘asesino de Deadpool’ por los brutales asesinatos de dos mujeres en 2019.
El hombre, de 30 años, fue declarado culpable de estrangular hasta la muerte a Kristine Melton mientras dormía, la mañana después de conocerla en un bar. Posteriormente, ese mismo día, golpeó, estranguló y atropelló a Diane Ruiz cuando la vio en la calle.
El juez de circuito Nicholas Thompson calificó la evidencia de los hechos de “atroces y crueles”, especialmente el segundo asesinato fue “frío, calculado y premeditado”, mostrándose de acuerdo con la recomendación del jurado de dos penas de muerte, una por cada asesinato.
Wilson, que recibió su apodo por compartir el nombre con el famoso personaje de los cómics de Marvel, no mostró emoción alguna al escuchar su sentencia.
Durante el juicio, su defensa intentó argumentar que Wilson padecía de una “mente enferma”, debido a su adicción a las drogas, y presentó una moción para un nuevo juicio o absolución, que fue denegada.
“Este no es el final. El final es cuando el acusado exhale su ultimo aliento y yo estaré allí en la ejecución. Es una promesa”, aseguró Félix Ruiz, el padre de una de las víctimas.
Junto a su compañero Leonard Lake, el infame asesino en serie Charles Ng había matado y torturado a una docena o más de hombres, mujeres y niños en el lapso de un año. Todo este terrible asunto es una historia de destino y azar.
Nacido de un rico hombre de negocios de Hong Kong, sus primeros años de vida estuvieron marcados por una obsesión por las artes marciales, el incendio y el abuso físico a manos de su padre. En medio de todo esto surgió una inclinación hacia la cleptomanía. Saltó de una escuela a otra, siendo expulsado de cada una, señalado como un joven con problemas. Después de un incidente de robo cuando tenía 15 años, su padre lo envió a un internado inglés en un intento de corregirlo. Sin embargo, poco después de llegar, fue expulsado por robar a otros estudiantes.
NgLake
A los 18 años se mudó a los EE. UU. y se matriculó en NDNU, una universidad en el norte de California, pero abandonó después de un semestre. Poco después se vio involucrado en un accidente de atropello y fuga, y para evitar ser procesado se unió a la Infantería de Marina, ingresando falsificando sus documentos. Finalmente fue dado de baja, por robo, y se fugó. Sin embargo, lo capturaron y lo encarcelaron durante catorce meses. Mientras estaba allí, sucedió una única pero crucial casualidad. Cogió una revista de juegos de guerra.
Este acto aparentemente inocuo e intrascendente resultó ser el momento que conduciría a una ola de asesinatos que duraría un año. Miró esta revista y se topó con la sección de anuncios, donde vio uno colocado por su compañero Marine Leonard Lake. Él respondió, los dos se conocieron y lamentablemente harían las peores acciones imaginables.
Sin embargo, el destino puso un freno y, en 1985, se abriría una pista que los llevaría directamente al corazón de las atrocidades. La pista la proporcionaron nada menos que Ng y Lake: Charles Ng había sido sorprendido robando un tornillo de banco y huyó, lo que provocó que Lake fuera a la tienda más tarde e intentara pagarlo. Pero para entonces llegó la policía y se dio cuenta de que no se parecía a la foto del hombre que aparecía en su permiso de conducir robado. Registraron su coche, encontraron un arma y lo arrestaron. Una búsqueda de huellas dactilares reveló una coincidencia positiva y la policía identificó el vehículo que conducía como el de una de las víctimas desaparecidas. Lake se suicidó ingiriendo las pastillas de cianuro que había cosido en su ropa.
Sin embargo, la captura no fue tan rápida para Ng, quien había huido a Canadá. Mientras se escondía allí, el destino volvió a mover sus hilos mientras estaba de compras e intentó robar una lata de salmón. Sería su perdición porque lo pillaron haciéndolo y le disparó a un guardia de seguridad en la mano. Afortunadamente, el guardia de seguridad solo sufrió heridas leves y capturó a Ng de todos modos. Lo retuvo hasta que llegó la policía, que inmediatamente lo arrestó. Fue condenado a cuatro años y medio por robo y agresión. Una vez cumplida su sentencia por eso, quedó detenido a la espera de una solicitud de extradición de California. Luchó una batalla legal para tratar de evitarlo, porque Canadá no tiene pena de muerte. Perdió, fue extraditado y acusado de doce cargos de asesinato. Después de más años de batallas legales, finalmente fue declarado culpable de once cargos de asesinato: seis hombres, tres mujeres y dos niños varones. Hasta el día de hoy, permanece en prisión en el corredor de la muerte.
Robert Maudsley fue uno de los asesinos seriales más viciosos de Gran Bretaña. Nació el 26 de junio de 1953.
Maudsley creció en una familia de doce hijos con padres abusivos. En un momento, lo encerraron en un sótano durante seis meses y solo lo visitaba su padre, quien lo golpeaba varias veces al día.
Maudsley cometió su primer asesinato en 1974, estrangulando a un hombre llamado John Farrell después de enterarse de que Farrell era un abusador de menores. Se entregó a la policía y fue enviado a un hospital psiquiátrico.
En 1977, Maudsley y otro paciente torturaron brutalmente y mataron a un recluso acusado de abuso sexual infantil. Este incidente provocó el traslado de Maudsley a la prisión de Wakefield en West Yorkshire, Inglaterra.
En 1978, mientras estaba en Wakefield, Maudsley cometió dos asesinatos en un día. No mostró ningún remordimiento por estos actos, lo que avivó el miedo entre sus compañeros de prisión y lo llevó a su confinamiento solitario.
Maudsley ha superado el récord mundial de tiempo pasado en aislamiento. Ha pasado más de 45 años en es tipo de régimen. Maudsley ha estado encerrado en una jaula de vidrio especialmente construida en el sótano de Wakefield durante décadas.
Se informa que la salud de Maudsley ha empeorado en los últimos años y también hay sugerencias de que su salud mental se ha deteriorado y está viviendo sus días esperando morir tras las rejas.
Fue considerado el asesino en serie más prolífico de Estados Unidos. Pero en realidad era un mentiroso en serie. La verdadera historia del hombre que dijo haber matado a casi 600 personas.
Henry Lee Lucas parecía el sospechoso. Era un vagabundo con un historial de violencia, dientes sueltos y un ojo caído y lloroso, y cuando confesó ser el asesino en serie más prolífico de la historia de Estados Unidos, la policía y el público le creyeron en gran medida. Lucas proporcionó relatos que cerraron 197 casos de asesinato, pero una serie de cinco partes de Netflix de 2019 explora la creciente evidencia de que casi todas estas confesiones eran mentiras, y que cientos de asesinos reales han quedado libres.
Parte de lo que hace que The Confession Killer Serie de TV) sea uno de los productos más fascinantes de la ola mediática de crímenes reales es el hecho de que, si bien es casi seguro que Lucas no cometió la gran mayoría de los asesinatos que se le atribuyen, no fue una víctima inocente. Si bien no se puede confiar en nada del relato del mentiroso patológico, es probable que haya matado al menos a tres personas, lo que significa que, técnicamente, el manto de asesino en serie era bien merecido. En 1960, Lucas, que entonces tenía 24 años, asesinó a su madre y cumplió diez años de prisión por asesinato en segundo grado. En 1983, confesó los asesinatos de su “novia” de 15 años y una anciana para la que habían trabajado, y llevó a la policía a dos conjuntos de restos. Las confesiones comenzaron a fluir después de que, durante su comparecencia por el asesinato de la anciana, Lucas sorprendió a la corte al preguntar: “¿Qué vamos a hacer con estas otras 100 mujeres que maté?”
De acuerdo con las confesiones de Lucas, de las que finalmente se retractó, había matado a víctimas de todos los grupos demográficos y en todo el país, desplegando todos los métodos de asesinato, desde atropellarlos con su automóvil hasta apuñalarlos con un bolígrafo, y participar en depravaciones que incluyen necrofilia y canibalismo. El número de presuntas víctimas se disparó a 350 y luego a 600.
Los legendarios Texas Rangers formaron un grupo de trabajo para manejar las confesiones, y Lucas recibió visitas de funcionarios encargados de hacer cumplir la ley de todo el país ansiosos por cerrar casos sin resolver. Algunos le proporcionaron fotografías de la escena del crimen y otros detalles relacionados con casos abiertos de asesinato, que luego Lucas amablemente regurgitó en sus confesiones. Y mientras mantuvo el flujo de admisiones, Lucas fue tratado como un prisionero estrella, navegando en la cárcel sin esposas, con un suministro constante de cigarrillos y sus batidos de fresa favoritos, y el tema de la frenética atención de la prensa.
“Henry nunca vivió tan bien”, dice el periodista Hugh Aynesworth en la serie. Pero había escépticos, y Aynesworth estaba entre ellos. Después de seguir el rastro de papel de Lucas, el reportero encontró registros que prueban que él estaba fuera cuando se estaban cometiendo algunos de los crímenes que confesó. Un examen a gran escala de las historias de Lucas descubrió que habría tenido que conducir cientos de millas por día solo para llegar a todos los supuestos lugares de asesinato remotos.
Vic Feazell era un fiscal de distrito recién nombrado en el condado de McLennan, Texas, cuando comenzó a ver a Lucas en la televisión, flanqueado por Texas Rangers y señalando las supuestas escenas de los crímenes.
“Y luego el locutor diría: ‘Henry Lucas ha resuelto otro asesinato'”, me dice Feazell en una entrevista. “Estaba pensando: ‘Guau. Son muchos asesinatos”.
Feazell se enredó en la saga de Lucas después de que el asesino en serie confesara crímenes en su condado, incluida la violación y asesinato de Rita Salazar en 1978 y el asesinato de su cita, Frank “Kevin” Key. Feazell tenía tanta motivación como cualquier oficial de la ley para aceptar la confesión de Lucas, lo que podría haber cerrado un caso horrible y proporcionado al joven y ambicioso fiscal del distrito una victoria muy pública. Pero la confesión de Lucas no parecía cierta. “Hubiera sido genial tener mi foto en el periódico con un Ranger parado junto a mí con la versión de la vida real de Hannibal Lecter”, dice. “Pero creo en hacer lo correcto. Esa es la forma en que me criaron”.
Feazell pronto se dio cuenta de que los esfuerzos de sus investigadores por corroborar las historias de Lucas estaban siendo frustrados. Cuando intentaron buscar digitalmente los archivos del asesino en la base de datos criminal estatal y nacional, fueron recibidos con mensajes de “acceso denegado”. “Eso nunca había sucedido antes”, me dice Feazell. Y el cierre de la base de datos nacional fue particularmente alarmante.
“Ahora, eso nos asustó”, dice. “Entonces supimos que estábamos bastante metidos porque podíamos entender cómo podrían cortar nuestro acceso en Texas, pero ¿cómo lo hicieron a nivel nacional?”
Y aunque las familias de algunas víctimas encontraron alivio en los relatos de las autoridades de que Lucas había matado a sus seres queridos, la familia de Deborah Sue Agnew Williamson, quien fue asesinada en 1975, sospechó desde el principio que la confesión de Lucas era una invención. Llevaban décadas intentando presionar a las autoridades locales para que buscaran al verdadero asesino.
Lucas fue declarado culpable de un total de 11 asesinatos y condenado a muerte, aunque en 1998 el entonces gobernador de Texas, George W. Bush, conmutó su sentencia. En promedio, el futuro presidente firmó una ejecución cada dos semanas y supervisó el asesinato de más prisioneros que cualquier gobernador antes que él. Lucas fue el único condenado a cuya pena de muerte conmutó, ya que las pruebas demostraron que se encontraba en un estado diferente en el momento del asesinato por el que fue condenado a muerte. Lucas murió en prisión de insuficiencia cardíaca congestiva en 2001.
Pero The Confession Killer es más apasionante cuando no se enfoca directamente en Lucas, sino en los agentes de la ley que parecían más preocupados por que él cerrara sus casos que por la posibilidad de que las confesiones falsas permitieran que los asesinatos quedaran libres. “Caso tras caso se fue cerrando”, dice el director de Food, Inc., Robert Kenner, quien codirigió The Confession Killer con Taki Oldham. ..”
Los disidentes describen vidas alteradas por las represalias, con Aynesworth relatando un allanamiento de morada en el que sus objetos de valor se quedaron atrás pero sus documentos profesionales fueron tomados, y Faezell finalmente fue acusado de cargos federales de extorsión y eso podría haberlo encontrado enfrentando 80 años en la cárcel, cargos que dice fueron una retribución por sus intentos de frustrar el manejo del caso Lucas por parte de los Rangers de Texas. Al momento de escribir esto en 2019, tiene práctica privada y presenta un podcast sobre el caso que cambió el curso de su vida y muchos otros.
Pero a pesar del hecho de que Lucas no estuvo cerca del asesinato en masa que afirmó haber cometido, el mito de sus docenas de asesinatos se ha mantenido. Incluso fue el tema de una película de culto, “Henry: Retrato de un asesino en serie”.
“Básicamente, en algún momento, los medios y el público en general se involucran en una historia y no necesariamente les gusta que los corrijan”, dice Oldham. “A la gente le gusta esa idea, a la gente le gusta atrapar monstruos”. Y si bien el espectro de un hombre que avanza silenciosamente por Estados Unidos y mata a cientos de personas es aterrador, la probable verdad de que cientos de asesinos todavía andan sueltos es aún más aterrador.
Los realizadores esperan que el lanzamiento de esta serie documental anime a la policía a reexaminar los supuestos asesinatos de Lucas. La tecnología del ADN ya ha demostrado que 20 de los asesinatos que se le atribuyen fueron cometidos por otros, y eso incluye los asesinatos de Salazar y Key. La sospecha de Feazell sobre la confesión resultó ser correcta: en 2010, la evidencia genética vinculó a un hombre llamado Benny Tijerina Jr. con los crímenes.
Es imposible, describir a cualquier asesino como “mejor” o “peor” que otro. Aun así, Marcel Petiot fue verdaderamente superlativo en su operación de horror, principalmente debido a las circunstancias y motivaciones detrás de sus actos: prometió seguridad y libertad a los que abandonaban la Francia ocupada por los nazis, sólo para despojarlos de sus posesiones… y sus vidas.
Al igual que con muchos asesinos en serie, la lucha interna marcó gran parte de la vida temprana de Marcel Petiot.
Nacido en Francia en 1897, varias escuelas de todo el país lo expulsaron por su comportamiento, aún así terminó sus estudios escolares a los 18 años, en 1915. Petiot entonces se alistó en el ejército, sin embargo el alcance de su servicio es discutible ya que pasó largos períodos de tiempo en el calabozo, probablemente (o seguramente) debido a su cleptomanía.
Los oficiales militares finalmente dieron de baja a Petiot con beneficios por discapacidad por recomendación de un psiquiatra que creía que Petiot tenía una especie de descomposición mental: De hecho, el oficial problemático se había disparado literalmente en el pie y requería una hospitalización.
Después de que su aventura en el ejército llegó a su fin, los psiquiatras recomendaron que Petiot fuera internado en un asilo. En su lugar, hizo una pasantía mientras asistía a la escuela de medicina. Petiot se graduó en ocho meses, y con su título de médico en la mano fue a trabajar en Villeneuve-sur-Yonne en 1921.
Allí, Petiot casi inmediatamente se volvió adicto a dos cosas que definirían el resto de su vida: narcóticos y asesinatos.
Muchos sospechan que la primera víctima de Petiot fue Louise Delaveau, su amante e hija de uno de sus pacientes en Villeneuve-sur-Yonn. La mujer desapareció en 1926, poco después de que los dos comenzaran a tener una aventura. Nadie volvió a saber de Delaveau. Aunque cuando las autoridades comenzaron a llevar a cabo una investigación sobre su desaparición, los vecinos informaron que habían visto a Petiot poner un gran baúl en su automóvil, tal vez, dijeron algunos, con su cuerpo dentro. La policía lo investigó, pero no encontró nada que lo vinculara con el crimen.
Poco después de la desaparición de Delaveau, Petiot decidió postularse para alcalde de Villeneuve-sur-Yonne, un asiento que ganó desde que contrató a alguien para causar conmoción durante un debate y confundir a su oponente. Sus maniobras continuaron con Petiot en el cargo: lo primero que hizo Petiot al convertirse en alcalde fue malversar el dinero de la ciudad.
Después de ese breve ciclo en la política, Petiot , su esposa, y su hijo pequeño se mudaron a París y comenzaron a construir una práctica médica exitosa.
Durante todo esto, Petiot fue brevemente a prisión por su persistente cleptomanía. Si bien el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la caída de Francia ante el régimen nazi probablemente eclipsaron cualquier preocupación que alguien haya tenido al respecto, no evadió la ley por completo. El médico fue multado con 2400 francos por su prescripción de narcóticos ilícitos, cargo por el cual habría ido a juicio si los dos adictos que declararon en su contra no hubieran desaparecido en circunstancias misteriosas poco antes de que comenzara la acción judicial.
Para Petiot, la Francia ocupada por los nazis fue el telón de fondo perfecto en el que podía cometer sus crímenes. De hecho, el país estaba dividido principalmente por simpatizantes nazis y aquellos que intentaban derrotar a la Gestapo. Petiot capitalizó el estado del miedo.
Empezó a concebir un plan que sería a la vez satisfactorio a su locura y lucrativo a sus bolsillos.
Petiot comenzó a invitar a residentes judíos a su clínica en el 66 de la Rue Caumartin, prometiéndoles un salvoconducto para salir de la Francia ocupada por los nazis. También ofreció su casa como una casa segura para combatientes de la resistencia, ladrones y criminales peligrosos que intentaban escapar de la ley. Aun así, lo que parecía una causa noble de su parte resultaría ser el comienzo de una de las más horribles matanzas de la historia.
Petiot, que trabajaba bajo el nombre de “Dr. Eugéne”, prometió un pasaje seguro fuera de Francia a cualquiera que pudiera pagar su tarifa de 25.000 francos, (medio millón de dólares en la actualidad). También contrató a varios “promotores” que ayudaron a reunir a la gente, quienes más tarde serían juzgados como cómplices.
Nadie ha oído de aquellos que pagaron a la “agencia de viajes” de Petiot, principalmente porque los mató a todos. Le decía a sus clientes que antes de que pudieran salir del país necesitaban inoculaciones requeridas por países a donde serían enviados como Argentina o Canadá, aunque de hecho les inyectó cianuro. Petiot entonces tomó todos los objetos de valor de sus víctimas y tiró sus cadáveres en el Sena.
Sólo la Gestapo obligaría a Petiot a cambiar esta práctica: a medida que crecía la presencia de la Gestapo en las calles de Francia, se volvió demasiado arriesgado sacar los cuerpos de la casa y deshacerse de ellos. Así que, después de sus primeras muertes, Petiot comenzó a poner los cuerpos en tanques con cal viva para desintegrarlos. Como las desapariciones continuaban en gran escala, la Gestapo -irónicamente- se transformaron en los buenos de la película y comenzaron una gran investigación. La Gestapo detuvo a los cómplices del “Dr, Eugene” y estos revelaron su verdadero nombre: Marcel Petiot. Para cuando la Gestapo fue a buscarlo, Petiot había huido a otra parte de París.
Ahora trabajando en el 21 de la Rue le Sueur, sin sus “asociados”, la tarea de deshacerse de los cuerpos de sus víctimas se convirtió en abrumadora. Por razones que no están claras, Petiot dejó la ciudad por unos días en marzo de 1944. Mientras estaba fuera, sus vecinos comenzaron a notar un terrible olor que emanaba de su casa, y que el humo que irradiaba de su chimenea era inusualmente nocivo.
Cuando la policía llegó a investigar, pensando que tal vez había algún tipo de incendio, encontraron una nota en la puerta diciendo que el Dr. Petiot estaba fuera de la ciudad, pero volvería en unos días. Procedieron a ponerse en contacto con él y hacerle saber sobre la condición anormal de su casa. Petiot les dijo que no entraran en la casa hasta que llegara. La policía esperó casi una hora antes de entrar en el 21 de la Rue le Sueur junto con los bomberos. Lo que encontraron era diferente a cualquier cosa que hubieran visto: cuerpos, ni siquiera cuerpos enteros, sólo partes de cuerpos, estaban esparcidos por la casa. Algunos estaban en sacos de lona o maletas. El garaje tenía baldes de cal viva, un incinerador lleno de extremidades y huesos. Se encontraron al menos diez cadáveres en la casa, aunque ninguno de ellos estaba intacto.
Petiot llegó poco después, tratando de explicar que era miembro de la Resistencia y que los cuerpos eran los de los alemanes nazis y de traidores. La policía creyó en la historia de Petiot lo suficiente como para no arrestarlo entonces y allí, lo que, dado el tumulto en el que Francia se encontraba y lo venerada que era la Resistencia, Petiot ascendió al nível de héroe.
Aun así, la historia de Petiot no convenció a todos, y el comisario Georges-Victor Massu se hizo cargo de una investigación oficial sobre el hombre que creía que era un “lunático peligroso”. Una vez que entrevistó a la esposa y al hermano de Petiot, Maurice, junto con los hombres que habían ayudado a Petiot cuando vivía en el 66 de la Rue Caumartin, el verdadero rompecabezas comenzó a dibujar ciertas imágenes.
La policía arrestó a todos sus cómplices. Cuando llegaron a la casa de Petiot para arrestarlo y acusarlo de asesinato, por supuesto, se había ido.
Petiot, de pié, en su juicio
La invasión de Normandía puso en espera la búsqueda de Petiot. Usando la guerra a su favor una vez más, Petiot se escondió con amigos, explicando que la Gestapo lo persiguió porque había asesinado a algunos informantes. A lo largo de este período, Petiot tomó una serie de nombres diferentes, dejó crecer su cabello y barba, y logró evadir la captura durante cierto tiempo.
Mientras operaba bajo un nombre supuesto, Petiot ganó tanta notoriedad como luchador de la Resistencia que un periódico francés publicó un perfil del médico asesino. Cuando los periódicos llegaron a los lectores, varias personas lo reconocieron como Petiot y alertaron a la policía de que el asesino, de hecho, todavía estaba en París. Alguien reconoció a Petiot en una estación de tren en febrero de 1944, y dió parte a la policía que lo arrestó y lo imputó bajo cargos de asesinato.
Marcel Petiot fue juzgado en 1946 con 135 cargos criminales.
A lo largo de su juicio Petiot sostuvo que sólo mataba a los enemigos de Francia y que lo hacía simplemente para llevar a cabo sus deberes como luchador de la Resistencia. Al apoyar su caso, hizo el paso en falso de enumerar algunos grupos de la Resistencia por su nombre, grupos que los asistentes al juicio le dijeron a Petiot no existían.
Una vez que la investigación reveló que Petiot había robado a los que mató, fue acusado de asesinato por ganancias.
En el transcurso del juicio, Petiot admitió haber matado a algunas, pero no todas, de las 27 víctimas encontradas en su casa. A lo largo de su vida había matado al menos a 60 personas, aunque fue declarado culpable de 26 asesinatos.
El tribunal condenó a Petiot a muerte por decapitación.
Aunque Marcel Petiot era un asesino prolífico, si no hubiera sido tan codicioso —su cuota del pasaje a la libertad era demasiado alta para la mayoría de la gente en ese momento— sin duda habría matado aún más personas.
Frederick Pete Cox: el asesino serial que sembró el terror en Orlando
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Durante la primavera de 1997, cinco mujeres fueron atacadas en Orlando, Florida. Tres murieron y dos sobrevivieron para ayudar a la policía a identificar al responsable. El acusado, Frederick “Pete” Cox, terminaría condenado a cadena perpetua por los asesinatos.
Una vida aparentemente común
Frederick Pete Cox nació el 27 de agosto de 1953 en Tallahassee, Florida, y se trasladó a Orlando cuando era joven. Estudió en la escuela secundaria Jones High School y posteriormente sirvió en el Ejército de Estados Unidos y en la reserva militar.
Con el paso de los años trabajó en distintos empleos, entre ellos como operador telefónico de ventas. Vivía en el barrio de Pine Hills con su familia y, según los testimonios recogidos por la prensa local, algunos vecinos lo describían como un hombre reservado que solía mantenerse apartado.
Su vida cotidiana no parecía anticipar la serie de ataques que cometería años después. Precisamente por eso, el caso causó conmoción entre quienes conocían al sospechoso y no podían imaginar que terminaría acusado de homicidios múltiples.
La investigación posterior reconstruyó una secuencia de ataques que se extendió entre marzo y abril de 1997.
Los primeros ataques
El 12 de marzo de 1997, Tracey Adams, de 34 años, se encontraba intentando resolver un problema con un neumático cuando Cox se acercó a ella. Según las reconstrucciones del caso, él creyó equivocadamente que era una trabajadora sexual y le propuso mantener relaciones sexuales.
Cuando Adams se negó, Cox le disparó en un brazo y escapó. La mujer sobrevivió, aunque quedó con dificultades físicas.
Ocho días después, Patricia Ann Logan, de 40 años, fue asesinada. Su cuerpo fue encontrado varios días más tarde en un terreno cercano a West Colonial Drive.
Los investigadores comenzaron a reconstruir los movimientos del atacante y a buscar conexiones entre los hechos. Sin embargo, todavía debían identificar al responsable y establecer qué relación existía entre las distintas víctimas.
La violencia de los ataques generó preocupación en la comunidad. La posibilidad de que una misma persona estuviera detrás de varias agresiones convirtió la investigación en una prioridad policial.
Dos mujeres lograron sobrevivir
El 16 de abril, Cox atacó a Yolanda Neals, de 28 años. La mujer sobrevivió a los disparos y consiguió escapar, pese a las graves heridas sufridas.
Su testimonio se convertiría en una pieza importante de la investigación. Neals pudo aportar información sobre el atacante y el vehículo que utilizaba.
El 29 de abril, otras dos mujeres, Stephanie Singleton, de 26 años, y Mary Ann Voepel, de 22, fueron asesinadas en Orlando. Sus cuerpos aparecieron en una zona boscosa próxima a Americana Boulevard y Shingle Creek, cerca de la Interestatal 4.
Las dos mujeres habían vivido situaciones de vulnerabilidad social. Sus muertes recordaron un problema que frecuentemente dificulta las investigaciones criminales: las personas sin vivienda estable o expuestas a la explotación pueden quedar más desprotegidas y sus desapariciones no siempre reciben atención inmediata.
Cada víctima tenía una historia propia, una familia y personas que esperaban volver a verla. El caso no puede reducirse únicamente a la figura del asesino.
La investigación y la captura
La supervivencia de Adams y Neals permitió que los detectives reunieran información decisiva. Las mujeres colaboraron con la policía y ayudaron a describir al atacante y el automóvil que utilizaba.
El 21 de mayo de 1997, Cox fue arrestado. Durante la investigación se encontraron elementos que los fiscales presentaron como pruebas, entre ellos un arma de fuego y rastros de sangre en su vehículo.
El caso llegó a juicio varios años después. En febrero de 2001, el primer proceso terminó sin un veredicto unánime del jurado. Fue necesario celebrar un nuevo juicio.
En abril de ese año, Cox fue declarado culpable de los asesinatos de Singleton y Voepel. La investigación y los procesos judiciales también establecieron su responsabilidad por el homicidio de Logan y los ataques contra Adams y Neals.
En enero de 2003, el juez lo condenó a tres penas de prisión perpetua por asesinato, además de 30 años de prisión por los intentos de homicidio. La fiscalía había considerado la pena de muerte, pero finalmente se acordó no solicitarla.
Un caso que dejó preguntas
La historia de Pete Cox quedó vinculada a una de las series de ataques más inquietantes registradas en Orlando durante la década de 1990.
Su caso mostró la importancia de escuchar a las sobrevivientes, preservar las pruebas y conectar rápidamente los ataques que comparten características. También puso de relieve la vulnerabilidad de las mujeres que viven en los márgenes de la sociedad y que pueden convertirse en objetivos de violencia.
No todos los detalles de una investigación criminal pueden conocerse públicamente, y tampoco es posible explicar con certeza las motivaciones personales de un condenado a partir de su conducta delictiva.
Lo que sí quedó establecido judicialmente es la responsabilidad de Cox por tres asesinatos y dos intentos de homicidio.
La memoria de las víctimas
Orlando es conocida internacionalmente por sus parques temáticos, su turismo y su crecimiento urbano. Pero, como cualquier gran ciudad, también conserva historias dolorosas que no deben olvidarse.
La de Pete Cox es una de ellas. Su condena puso fin al proceso judicial, pero no borró el sufrimiento de las familias de Logan, Singleton y Voepel, ni las consecuencias físicas y emocionales que afrontaron las sobrevivientes.
La lección más importante de esta historia no es la notoriedad del criminal, sino la necesidad de proteger a las personas vulnerables, investigar cada denuncia con seriedad y garantizar que las víctimas reciban atención y justicia.
En definitiva, el caso de Orlando demuestra que detrás de cada expediente hay vidas humanas. Recordarlas es una manera de impedir que el nombre del asesino termine ocupando todo el espacio de la historia.
El Destripador de Saná
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Mohammed Adam Omar, nacido en Sudán y conocido internacionalmente como el «Destripador de Saná», protagonizó uno de los casos criminales más inquietantes de Yemen a finales de la década de 1990. Su historia está rodeada de confesiones contradictorias, sospechas y preguntas que todavía generan controversia.
Omar trabajaba en la morgue de la Facultad de Medicina de la Universidad de Saná, la capital yemení. Su empleo le permitía acceder a instalaciones donde se conservaban cadáveres, un detalle que adquirió importancia cuando las autoridades comenzaron a investigar la desaparición y muerte de varias estudiantes.
En mayo de 2000, la policía encontró restos humanos relacionados con el caso en dependencias de la universidad. La investigación condujo hasta Omar, quien fue detenido y acusado de violación y asesinato. El descubrimiento provocó conmoción entre estudiantes, familiares de las víctimas y la sociedad yemení.
Confesiones que multiplicaron el misterio
Durante los interrogatorios y las actuaciones judiciales, Omar llegó a atribuirse numerosos asesinatos. Algunas informaciones de la época señalaron que había mencionado víctimas en distintos países, incluido Sudán. Los números difundidos variaron considerablemente, y las versiones sobre sus supuestos crímenes internacionales nunca quedaron confirmadas de manera uniforme.
La investigación se volvió todavía más compleja cuando algunas personas mencionadas como posibles víctimas aparecieron con vida. Este hecho puso en duda partes de sus declaraciones y provocó críticas sobre la forma en que se había desarrollado el caso. El periódico The Guardian informó en junio de 2000 sobre las contradicciones y los problemas que surgieron durante el proceso.
Por eso, no es correcto atribuirle decenas de asesinatos como si todos hubieran sido demostrados. Las autoridades yemeníes lo condenaron por dos homicidios de estudiantes de medicina, entre ellos los de Hosn Ahmad Attiya y Zainab Saud Aziz. La cifra de víctimas que confesó o que se le atribuyó fue muy superior, pero las acusaciones adicionales quedaron rodeadas de incertidumbre.
El juicio y la ejecución
El proceso judicial despertó una intensa atención pública. La gravedad de los crímenes probados, las declaraciones del acusado y las dudas sobre otras muertes alimentaron un debate sobre la investigación policial y la responsabilidad de las instituciones universitarias.
En junio de 2001, las autoridades yemeníes anunciaron que Omar había sido ejecutado por un pelotón de fusilamiento. Sin embargo, familiares de una de las víctimas expresaron dudas porque no se les permitió presenciar la ejecución ni verificar directamente el cuerpo, según informaciones periodísticas posteriores.
Un caso que exige cautela
La historia de Mohammed Adam Omar no permite afirmar con seguridad que haya sido el mayor asesino serial de Sudán. Sus crímenes documentados ocurrieron principalmente en Yemen, y el número de víctimas adicionales que se le atribuyó sigue siendo controvertido.
Su caso quedó en la historia criminal por la combinación de asesinatos de estudiantes, restos humanos hallados en instalaciones universitarias y confesiones que se modificaron durante la investigación. También sirve como advertencia periodística: una confesión espectacular no equivale automáticamente a una lista de crímenes demostrados.
En definitiva, Omar fue un sudanés condenado por dos asesinatos en Yemen, mientras que la dimensión real de los demás crímenes que se le atribuyeron continúa siendo objeto de dudas históricas.
Juan Severino Mallari: el sacerdote que aterrorizó a Filipinas con una serie de asesinatos
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Durante el siglo XIX, un sacerdote católico fue señalado por una cadena de homicidios que conmocionó a una comunidad bajo dominio español. Su historia, rodeada de interrogantes históricos, lo convirtió en uno de los nombres más inquietantes de la criminología filipina.
En la historia criminal de Filipinas existe un nombre que parece salido de una novela policial: Juan Severino Mallari. Sacerdote católico durante la época colonial española, es considerado habitualmente el primer asesino serial documentado del país. Se le atribuyen decenas de muertes, aunque las cifras que circulan sobre sus víctimas deben tratarse con cautela porque los registros históricos disponibles son limitados.
Su historia combina violencia, superstición, autoridad religiosa y las dificultades de investigar crímenes en una sociedad del siglo XIX, cuando las comunicaciones eran lentas y las herramientas policiales resultaban rudimentarias.
Una comunidad bajo el miedo
Mallari ejerció como sacerdote en Magalang, localidad de la provincia de Pampanga, en la isla de Luzón. Según los relatos históricos más difundidos, desempeñó allí sus funciones entre 1816 y 1826.
En aquellos años, la Iglesia católica tenía una enorme influencia sobre la vida cotidiana. El sacerdote no era solamente una figura religiosa: también ocupaba un lugar central en la comunidad y gozaba de la confianza de numerosos vecinos.
Sin embargo, durante ese período comenzaron a relacionarse una serie de muertes violentas que generaron temor entre los habitantes. Las víctimas aparecían en circunstancias que inicialmente no permitían establecer con claridad quién era el responsable ni qué motivaba los ataques.
La investigación no contaba con los recursos de la criminología moderna. No existían análisis de ADN, bases de datos policiales ni métodos científicos capaces de relacionar rápidamente escenas del crimen. La distancia entre las autoridades y las comunidades rurales también complicaba la búsqueda de respuestas.
El sacerdote bajo sospecha
Con el tiempo, Mallari quedó asociado a los homicidios.
Las versiones más conocidas sostienen que confesó haber matado a 57 personas, aunque esa cantidad se repite principalmente en fuentes secundarias y no debe interpretarse como una cifra confirmada de manera independiente para cada víctima.
Una de las explicaciones atribuidas al sacerdote señala que creía que su madre estaba afectada por una maldición. Según esa versión, habría llegado a pensar que matar personas podía romper el supuesto hechizo y aliviar el sufrimiento de ella.
La historia resulta estremecedora, pero también plantea una dificultad para los investigadores actuales: no es sencillo separar los hechos documentados de las interpretaciones posteriores, especialmente cuando se trata de sucesos ocurridos hace más de dos siglos.
Tampoco sería correcto utilizar esta explicación para formular un diagnóstico psicológico retrospectivo. Los testimonios disponibles no permiten establecer con seguridad qué condiciones mentales, creencias o circunstancias personales influyeron en los crímenes.
El final de una historia oscura
Los relatos históricos señalan que Mallari fue detenido, juzgado y condenado a muerte. Finalmente, habría sido ejecutado en Manila en 1840, mediante ahorcamiento.
Su caso quedó como una referencia temprana de los asesinatos múltiples en Filipinas. Sin embargo, la falta de documentación accesible y las discrepancias entre las versiones posteriores obligan a evitar afirmaciones demasiado categóricas sobre el número exacto de víctimas y todos los detalles de la investigación.
El contexto colonial también es importante. Filipinas se encontraba entonces bajo el dominio de España, y la administración de justicia estaba marcada por las instituciones y jerarquías de aquella época. La posición social de un sacerdote hacía especialmente perturbadora la posibilidad de que alguien considerado guía espiritual estuviera involucrado en crímenes violentos.
Una historia que sigue despertando preguntas
La figura de Mallari volvió a captar la atención del público contemporáneo gracias a artículos históricos, investigaciones divulgativas y producciones audiovisuales inspiradas en su vida. Su historia ofrece material para el género policial, pero también exige distinguir entre reconstrucción histórica y dramatización.
¿Qué ocurrió exactamente en Magalang? ¿Cuántas personas fueron asesinadas? ¿Qué pruebas condujeron a la condena? Algunas respuestas continúan dependiendo de fuentes históricas cuya interpretación no siempre coincide.
Lo que sí explica la permanencia de su nombre es la extraordinaria contradicción entre su condición de sacerdote y las acusaciones que pesaron sobre él. En una comunidad donde la religión ocupaba un lugar central, la sospecha de que una figura de confianza pudiera estar vinculada a una serie de homicidios representaba una ruptura profunda.
Juan Severino Mallari permanece así como uno de los personajes más sombríos de la historia criminal filipina. Su caso recuerda que incluso las historias más conocidas necesitan una lectura crítica: detrás de las cifras impactantes y las leyendas populares existen víctimas reales, documentos incompletos y preguntas que la historia todavía debe examinar.
Fuentes de consulta: Esquire Philippines, en su investigación sobre la vida y el caso de Mallari, y el historiador filipino Ambeth R. Ocampo, quien ha advertido sobre la necesidad de distinguir entre los registros históricos y las versiones populares del sacerdote.
Pablo Goncálvez: el asesino serial que estremeció a Uruguay
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Tres mujeres asesinadas, una investigación que sacudió al país y una condena de 30 años de prisión. Más de tres décadas después de los crímenes, el nombre de Pablo Goncálvez continúa asociado a uno de los capítulos más oscuros de la historia policial uruguaya.
Uruguay no estaba preparado para un caso como el de Pablo José Goncálvez Gallarreta. A comienzos de la década de 1990, la aparición de mujeres asesinadas en distintos puntos de la costa y de Montevideo provocó temor, desconcierto y una investigación que terminaría convirtiéndose en un acontecimiento nacional.
Goncálvez, nacido en Bilbao, España, el 6 de marzo de 1970, había crecido en Uruguay dentro de una familia acomodada. Su padre, Hamlet Goncálvez, era diplomático uruguayo. El joven frecuentaba ambientes nocturnos de Carrasco, un barrio residencial de Montevideo, y tenía un taller de reparación y venta de motocicletas. Nada de aquella imagen pública anticipaba la notoriedad criminal que alcanzaría poco después.
Tres víctimas en poco más de un año
La primera víctima fue Ana Luisa Miller Sichero, de 26 años. Su cuerpo apareció el 1 de enero de 1992 en una playa de Solymar, en el departamento de Canelones. La joven había participado de los festejos de Año Nuevo. Su muerte abrió un expediente que inicialmente no permitió establecer con claridad quién había cometido el crimen.
Meses después, el 20 de septiembre de 1992, desapareció Andrea Gabriela Castro Pena, una estudiante de apenas 15 años. La adolescente había salido a bailar a la discoteca England, en Montevideo, donde se encontró con Goncálvez, a quien conocía muy poco. Según las reconstrucciones periodísticas, él la invitó a dar una vuelta en su automóvil. Su cuerpo fue encontrado semanas después en la playa Mansa de Punta del Este. La investigación determinó que había muerto por asfixia.
La tercera víctima fue María Victoria Williams Sanz, de 22 años. El 8 de febrero de 1993, la joven fue asesinada después de entrar en la vivienda de Goncálvez. Según las crónicas del caso, él le habría pedido ayuda con el argumento de que su abuela necesitaba asistencia. La investigación estableció que Williams murió por asfixia. Su desaparición y posterior hallazgo incrementaron la presión sobre los investigadores.
La captura y el juicio
La investigación policial terminó con la detención de Goncálvez el 22 de febrero de 1993, cuando fue localizado en un ómnibus en la zona del Chuy, mientras intentaba viajar hacia Brasil. El caso tuvo una repercusión extraordinaria: el sospechoso pertenecía a un entorno social privilegiado y las víctimas eran mujeres jóvenes cuyas historias habían conmovido al país.
La Justicia lo condenó a 30 años de prisión por los homicidios de Andrea Castro y María Victoria Williams. Posteriormente, también recibió condena por el asesinato de Ana Luisa Miller. De esta manera, quedaron judicialmente acreditados los tres homicidios que lo convirtieron en el primer asesino serial ampliamente reconocido de Uruguay.
Goncálvez siempre sostuvo su inocencia y cuestionó aspectos de la investigación. En particular, afirmó que su confesión había sido obtenida mediante torturas, una denuncia que las autoridades policiales negaron. Esa controversia forma parte de la historia judicial del caso, aunque no modificó las condenas impuestas.
Más de dos décadas tras las rejas
La pena original fue de 30 años, pero Goncálvez recuperó la libertad en junio de 2016, después de permanecer encarcelado aproximadamente 23 años y cuatro meses. La reducción del tiempo efectivo de prisión estuvo vinculada a mecanismos legales de redención de pena. Su liberación generó debate público sobre la rehabilitación, el cumplimiento de las condenas y el derecho de la sociedad a conocer las condiciones bajo las cuales una persona vuelve a la vida en libertad.
Su historia volvió a los titulares en Paraguay. En 2017 fue detenido allí por una causa relacionada con tenencia de drogas y porte de armas. Permaneció encarcelado hasta recuperar la libertad en agosto de 2019. En noviembre de 2023 regresó a Uruguay.
En febrero de 2026, medios uruguayos informaron que residía en Punta del Este. El jefe de Policía de Maldonado señaló que no existían restricciones judiciales que le impidieran circular, puesto que había cumplido la condena correspondiente. Su presencia reavivó la atención mediática sobre un caso que nunca desapareció de la memoria colectiva.
Una historia que sigue interpelando
El caso Goncálvez no debe reducirse a la figura de su protagonista. Detrás de los titulares estaban Ana Luisa Miller, Andrea Castro y María Victoria Williams, tres mujeres cuyas vidas fueron interrumpidas violentamente.
Sus asesinatos dejaron preguntas sobre la investigación criminal, la prevención de la violencia y la manera en que los medios construyen la imagen de los delincuentes. También recordaron que la posición social, el apellido o los contactos no deberían determinar la intensidad con que se investigan los delitos.
Más de treinta años después, Pablo Goncálvez continúa siendo uno de los nombres más conocidos de la crónica policial uruguaya. Su historia permanece como un recordatorio de tres vidas perdidas y de un episodio que transformó para siempre la memoria criminal del país.
Octubre 24, 2026
Samuel Little: el asesino serial que dejó un rastro de muerte en Miami
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Fue considerado por el FBI el asesino serial más prolífico de la historia criminal de Estados Unidos. Confesó 93 homicidios cometidos durante décadas y las autoridades confirmaron decenas de ellos. Miami fue uno de los lugares donde dejó víctimas cuyas historias permanecieron sin resolver durante años.
Un criminal que pasó inadvertido
Samuel Little nació el 7 de junio de 1940 en Georgia y creció en Ohio. Durante buena parte de su vida llevó una existencia itinerante, desplazándose entre distintos estados y acumulando antecedentes penales. Su trayectoria criminal incluyó agresiones y delitos violentos, pero durante años no fue identificado como responsable de la cantidad de asesinatos que posteriormente se le atribuyeron.
Little atacaba principalmente a mujeres vulnerables, algunas de ellas afectadas por la pobreza, la adicción o la falta de vivienda estable. Esa situación contribuyó a que determinadas muertes recibieran menos atención y permanecieran sin esclarecer durante largos períodos.
El asesino aprovechó esa invisibilidad social. Mientras las familias buscaban respuestas, numerosas investigaciones quedaron estancadas y algunos homicidios no pudieron relacionarse entre sí.
Miami, escenario de crímenes olvidados
Durante las décadas de 1970 y 1980, Little estuvo activo en Florida y cometió homicidios en el sur del estado. Entre las víctimas identificadas en Miami-Dade se encontraba Dorothy Gibson, asesinada en 1977.
Las autoridades también vincularon a Little con los asesinatos de Angela Chapman, en 1971, y Mary Brosley, en 1976. Ambos casos permanecieron sin resolver durante décadas, hasta que sus confesiones y los trabajos posteriores de los investigadores permitieron reconstruir lo ocurrido.
Los detectives tuvieron que revisar archivos antiguos, comparar testimonios y comprobar detalles que Little proporcionaba sobre sus víctimas. Algunas de esas mujeres habían quedado reducidas a expedientes olvidados, pese a que detrás de cada nombre existían familias y personas que esperaban conocer la verdad.
Una confesión extraordinaria
Ya encarcelado, empezó a confesar homicidios ocurridos en diferentes partes del país. En 2018 afirmó haber asesinado a 93 personas. El FBI trabajó con investigadores locales para verificar sus relatos y relacionarlos con casos sin resolver.
No todas sus confesiones pudieron confirmarse, por lo que resulta importante distinguir entre los asesinatos reconocidos por el propio Little y aquellos respaldados por pruebas suficientes. Aun así, las autoridades lograron verificar cerca de 60 homicidios, convirtiéndolo en uno de los criminales seriales más prolíficos documentados en Estados Unidos.
Las fallas que permitieron tantos crímenes
La historia de Little plantea preguntas inquietantes sobre la manera en que se investigaban las muertes de mujeres socialmente marginadas. Algunos homicidios fueron considerados casos aislados; otros carecían de testigos o de pruebas forenses capaces de identificar al responsable.
La movilidad del asesino también complicó la investigación. Al actuar en distintos estados, podía escapar de la atención de una sola jurisdicción y aprovechar la falta de comunicación entre departamentos policiales.
La revisión de sus confesiones demostró la importancia de compartir información, conservar pruebas y reabrir expedientes cuando aparecen nuevos elementos.
Una muerte sin respuestas para todos
Samuel Little murió en prisión el 30 de diciembre de 2020, a los 80 años. Su fallecimiento no terminó con el trabajo de los investigadores, que continuaron intentando identificar a sus víctimas y proporcionar respuestas a sus familiares.
El caso dejó una marca profunda en Miami y en otras comunidades estadounidenses. También recordó que las víctimas de los asesinos seriales no son simples cifras: son personas cuyas vidas merecen ser reconocidas.
La historia de Little demuestra que un criminal puede permanecer oculto durante décadas cuando sus víctimas no reciben la atención que merecen. Su legado no debería ser la fascinación por la violencia, sino la obligación de investigar cada muerte con seriedad, sin importar la situación económica o social de quien la sufrió.
El supuesto asesino serial que aterrorizó Grecia
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Durante los primeros meses de 1959, la ciudad griega de Tesalónica vivió bajo el miedo. En el bosque de Seich Sou, un atacante desconocido agredía a parejas y personas que se encontraban aisladas. Los periódicos comenzaron a hablar de un misterioso criminal al que bautizaron como “el Dragón de Seich Sou”.
Años después, un joven llamado Aristidis Pagratidis sería acusado de ser aquel hombre. Fue condenado a muerte y ejecutado. Pero su historia tiene un giro extraordinario: hasta hoy existen fuertes dudas sobre si realmente fue el responsable de aquellos crímenes.
El miedo llega a Tesalónica
Seich Sou era un área boscosa situada cerca de Tesalónica. Durante 1958 y 1959 se produjeron ataques contra personas que se encontraban allí. Algunos sobrevivieron, mientras otros fueron asesinados.
Uno de los homicidios investigados fue el de Konstantinos Raisis, ocurrido en marzo de 1959. Su acompañante sobrevivió al ataque. Poco después, una enfermera llamada Melpomeni Patrikio fue asesinada en el Hospital Municipal de Tesalónica.
La ciudad estaba aterrorizada. El desconocido atacante parecía aparecer de manera imprevisible y la prensa convirtió el caso en una auténtica obsesión nacional.
La captura de Pagratidis
Pagratidis nació en 1940 y creció en condiciones de extrema pobreza. Tenía antecedentes por delitos menores y había tenido problemas con la Policía.
El 7 de diciembre de 1963 fue detenido después de ingresar en un orfanato de Tesalónica y atacar a una niña de 12 años. Durante la investigación, las autoridades comenzaron a relacionarlo con los crímenes del “Dragón”.
Después de varios días de interrogatorios, Pagratidis confesó haber participado en algunos de los delitos. Sin embargo, posteriormente se retractó y afirmó que había sido sometido a presiones y malos tratos durante los interrogatorios.
El problema para la acusación era que varios elementos de la investigación no encajaban perfectamente.
Algunos sobrevivientes no pudieron identificarlo con seguridad. En el juicio, testigos relacionados con algunos de los ataques tampoco lo reconocieron como el atacante.
El juicio
Pagratidis continuó proclamando su inocencia.
El caso se convirtió en uno de los procesos criminales más controvertidos de la Grecia de la época. Para sus defensores posteriores, existían importantes dudas sobre la investigación y sobre la validez de las confesiones.
Otros investigadores, en cambio, han defendido que existían elementos suficientes para considerarlo responsable.
La controversia nunca desapareció.
El último día
Pagratidis pasó aproximadamente dos años esperando su ejecución en la prisión de Genti Koule, en Tesalónica.
El 16 de febrero de 1968 fue llevado al bosque de Seich Sou, precisamente el lugar que había quedado asociado con los crímenes.
Fue colocado frente al pelotón de fusilamiento.
Hasta el último momento sostuvo que era inocente. Sus últimas palabras quedaron grabadas en la memoria colectiva griega: “Mamá, soy inocente”. Después fue ejecutado.
Tenía apenas 27 años.
¿Fue realmente el asesino?
Esa es la pregunta que convirtió el caso en una leyenda criminal.
Con el paso de las décadas aparecieron investigaciones, libros y documentales que cuestionaron la versión oficial. Algunos autores sostuvieron que Pagratidis fue utilizado como un chivo expiatorio para cerrar un caso que había generado enorme presión pública.
Incluso publicaciones recientes continúan presentando el caso como una de las grandes incógnitas criminales de Grecia y preguntándose si el condenado fue realmente el responsable o una víctima de una investigación deficiente.
Por eso resulta más preciso llamarlo “el supuesto Dragón de Seich Sou” que afirmar categóricamente que fue un asesino serial.
Una condena que todavía genera preguntas
La historia de Aristidis Pagratidis tiene todos los elementos de una novela policial: asesinatos misteriosos, una ciudad aterrorizada, un sospechoso de origen humilde, confesiones contradictorias, un juicio polémico y una ejecución.
Pero la realidad puede ser mucho más inquietante que una novela.
Si Pagratidis era culpable, murió sin conseguir convencer a todos de su responsabilidad.
Si era inocente, entonces un hombre fue ejecutado por crímenes que no cometió y el verdadero responsable nunca recibió castigo.
Más de medio siglo después, el nombre de Pagratidis continúa ligado al bosque de Seich Sou. Pero no solamente como el del hombre condenado por aquellos crímenes.
También como símbolo de una pregunta que permanece abierta:
¿Grecia ejecutó al verdadero “Dragón de Seich Sou” o ejecutó a un inocente para cerrar una de las investigaciones más oscuras de su historia?
El Niño del Terror
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A comienzos de la década de 1990, Quito vivió una de las historias criminales más inquietantes de su historia. El protagonista era apenas un adolescente. Su nombre era Juan Fernando Hermosa Suárez, aunque algunas crónicas lo identificaron también como Juan Carlos Hermosa. Tenía solamente 15 años cuando comenzó a ser señalado como líder de una banda juvenil relacionada con una serie de asesinatos, robos y otros delitos.
La prensa ecuatoriana terminó bautizándolo con un sobrenombre que quedó grabado en la memoria del país: “El Niño del Terror”. Las fuentes difieren sobre el número exacto de víctimas que se le atribuyeron, pero las investigaciones y procesos judiciales llegaron a involucrarlo en alrededor de 22 homicidios.
Una adolescencia complicada
Su familia tenía una situación particular. Su madre padecía sordera y artritis y, según las crónicas del caso, quedaba frecuentemente a cargo del adolescente mientras su padre viajaba por cuestiones relacionadas con sus propiedades.
Durante su adolescencia comenzó a frecuentar las salas de videojuegos y otros lugares de reunión juvenil en Quito. Allí entró en contacto con otros jóvenes que posteriormente integrarían la denominada “Pandilla del Terror”.
El comienzo de los asesinatos
El 22 de noviembre de 1991 comenzó la serie de crímenes que transformaría su nombre en uno de los más temidos de Quito.
Un taxista fue asesinado durante un viaje. Posteriormente aparecieron otros homicidios que involucraban principalmente a taxistas, camioneros y hombres homosexuales. Las investigaciones terminaron apuntando hacia un grupo juvenil dirigido por Hermosa.
La violencia provocó miedo especialmente entre los taxistas. Muchos conductores comenzaron a modificar sus horarios y evitaban trabajar durante determinadas horas de la noche. La ciudad empezó a vivir con la sensación de que un grupo de jóvenes podía atacar en cualquier momento.
Las fuentes no coinciden completamente en las cifras. Algunas hablan de 22 víctimas atribuidas a Hermosa y su grupo, mientras otras investigaciones académicas presentan cantidades diferentes según la responsabilidad individual que se atribuya a cada integrante de la banda. Por eso, el número debe manejarse con cautela.
Un adolescente al frente de una banda
Lo más perturbador del caso era precisamente su edad.
Hermosa no era un hombre adulto con décadas de experiencia criminal. Era un adolescente que, según las investigaciones, había conseguido convertirse en líder de otros jóvenes.
El grupo obtenía dinero mediante robos y seleccionaba determinadas víctimas. Los taxistas eran especialmente vulnerables porque transportaban dinero y se encontraban solos con pasajeros desconocidos.
La violencia se convirtió en una característica central de la banda.
La captura
La Policía finalmente consiguió información que permitió localizar a Hermosa.
El operativo para detenerlo, realizado en enero de 1992, terminó en un enfrentamiento armado. Su madre murió durante la intervención policial y Hermosa fue detenido después de una intensa balacera.
Una de las sorpresas para las autoridades llegó después de la captura: el supuesto peligroso jefe criminal era todavía menor de edad.
Hermosa declaró que cumpliría 16 años el 28 de febrero de 1992. Esa condición tendría consecuencias enormes para el proceso judicial.
Una condena que sorprendió al país
Hermosa terminó condenado a cuatro años de prisión, la pena máxima que podía aplicarse a un menor bajo las normas entonces vigentes. La sentencia provocó controversia porque se le atribuían numerosos homicidios.
Durante su internamiento, Hermosa continuó ejerciendo influencia sobre otros jóvenes.
En junio de 1993 protagonizó una fuga del Instituto Virgilio Guerrero junto con otros menores. Durante aquella fuga murió el cabo de Policía Neptalí Sailema Hurtado, quien intentaba impedir la evasión. Las investigaciones posteriores atribuyeron a Hermosa los disparos que terminaron con la vida del agente.
También consiguió escapar hasta Colombia, donde finalmente fue localizado y posteriormente regresó a Ecuador.
La libertad
Después de cumplir la condena, Hermosa recuperó la libertad en enero de 1996.
Tenía apenas 19 años.
Regresó a la provincia de Sucumbíos para vivir con su padre. Pero su libertad duraría muy poco.
El 27 de febrero de 1996, un día antes de cumplir 20 años, fue encontrado muerto a orillas del río Aguarico. Su cuerpo presentaba múltiples heridas y disparos, además de signos de haber sido atado y golpeado. Las autoridades consideraron que podía tratarse de una venganza personal, aunque las circunstancias exactas de su asesinato quedaron rodeadas de interrogantes.
Una historia que terminó demasiado pronto
La vida de Juan Fernando Hermosa duró solamente 19 años.
En ese corto período pasó de ser un adolescente de Quito a convertirse en líder de una banda criminal, fue acusado de numerosos asesinatos, encarcelado, protagonizó fugas, estuvo en Colombia y finalmente murió violentamente.
Su historia también abrió un debate que continúa siendo relevante: ¿qué debe hacer una sociedad cuando un adolescente comete delitos extraordinariamente graves?
El caso mostró las dificultades de un sistema judicial diseñado para menores frente a una criminalidad que podía alcanzar niveles extremos de violencia.
Hermosa murió, pero el debate permaneció.
“El Niño del Terror” quedó convertido en uno de los nombres más inquietantes de la historia criminal ecuatoriana. Su historia no es solamente la de un joven asesino: también es la historia de una sociedad que tuvo que enfrentarse a una pregunta difícil de responder: ¿hasta dónde puede llegar la responsabilidad de un menor cuando sus actos tienen consecuencias irreparables?
El asesino serial que aterrorizó Florida
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Durante cuatro días de agosto de 1990, Gainesville quedó paralizada por una serie de asesinatos que convirtieron una tranquila ciudad universitaria de Florida en el escenario de una pesadilla. El responsable fue Danny Rolling, conocido posteriormente como “el Destripador de Gainesville”.
Gainesville era, y continúa siendo, una ciudad profundamente vinculada con la vida universitaria. La Universidad de Florida atrae cada año a miles de estudiantes, muchos de ellos jóvenes que viven lejos de sus familias. En agosto de 1990, cuando comenzaba un nuevo semestre, nadie imaginaba que cinco estudiantes serían asesinados en apenas unos días.
Daniel Harold Rolling había nacido en Luisiana en 1954 y llevaba una vida marcada por problemas personales, delitos y violencia. Cuando llegó a Gainesville, su presencia pasó inicialmente inadvertida. Vivía en condiciones precarias y tenía antecedentes criminales. Sin embargo, detrás de aquella apariencia había un hombre que estaba a punto de iniciar una de las secuencias criminales más estremecedoras de la historia de Florida.
Los primeros asesinatos
El 24 de agosto de 1990, Sonja Larson, de 18 años, y Christina Powell, de 17, fueron asesinadas en el apartamento que compartían. Ambas eran estudiantes. Los investigadores encontraron una escena que revelaba una violencia extraordinaria.
Dos días después apareció el cuerpo de Christa Hoyt, estudiante de Santa Fe College. La brutalidad de los crímenes hizo comprender a las autoridades que posiblemente estaban frente al mismo asesino.
Pero la pesadilla todavía no había terminado.
El 27 de agosto fueron encontrados muertos Manuel Taboada y Tracy Paules, dos estudiantes que compartían un apartamento. En apenas cuatro días, cinco jóvenes habían perdido la vida.
Las características de los asesinatos hicieron que los investigadores comenzaran a hablar de un asesino serial. La prensa comenzó a utilizar el nombre de “Gainesville Ripper”, una referencia al célebre Jack el Destripador, debido a la extrema violencia y a la forma en que fueron encontradas algunas de las víctimas.
Una ciudad aterrorizada
El miedo se apoderó rápidamente de Gainesville.
Los estudiantes comenzaron a abandonar la ciudad. Otros regresaron a sus casas antes de tiempo. Las familias llamaban constantemente para saber si sus hijos estaban seguros. Muchos jóvenes cambiaron sus rutinas y comenzaron a dormir acompañados.
La Universidad de Florida se convirtió prácticamente en una fortaleza. Puertas cerradas, mayor vigilancia y advertencias de seguridad pasaron a formar parte de la vida cotidiana.
El caso llegó rápidamente a los medios nacionales. Gainesville dejó de ser conocida solamente como una ciudad universitaria: durante aquellos días pasó a ocupar las primeras páginas de los periódicos de Estados Unidos.
La policía movilizó numerosos investigadores. El FBI y otras agencias participaron en la investigación.
Rolling fue detenido en septiembre de 1990 en Ocala por un asunto que inicialmente no estaba relacionado directamente con los asesinatos. La investigación posterior permitió vincularlo con la serie de crímenes de Gainesville.
La evidencia acumulada terminó cerrando el cerco.
Rolling fue acusado de cinco asesinatos y posteriormente condenado. Durante el proceso judicial, las autoridades también relacionaron al criminal con otros homicidios cometidos fuera de Florida.
El caso adquirió una dimensión todavía mayor cuando Rolling confesó su participación en el asesinato de tres integrantes de una familia en Shreveport, Luisiana. De esta manera, el número de víctimas que admitió haber asesinado llegó a ocho.
¿Por qué mataba?
Como ocurre con muchos asesinos seriales, buscar una explicación sencilla resulta imposible.
La investigación sobre Rolling reveló una historia personal marcada por violencia, conflictos familiares, delitos y dificultades psicológicas. Sin embargo, conocer esos antecedentes no significa justificar sus crímenes.
Los especialistas en criminología suelen advertir que una infancia problemática o los abusos sufridos no convierten automáticamente a una persona en asesina. Miles de personas sobreviven a experiencias terribles sin recurrir a la violencia.
En el caso Rolling, lo fundamental fueron sus propias decisiones y la escalada de sus conductas criminales.
La sombra de Ted Bundy
El caso produjo además un inquietante efecto psicológico en Florida.
Apenas dos años antes, Ted Bundy había sido ejecutado después de ser condenado por asesinatos cometidos en Florida. Entre ellos estaban los homicidios de dos jóvenes de la fraternidad Chi Omega de la Universidad Estatal de Florida y el asesinato de Kimberly Leach, una niña de 12 años.
Cuando comenzaron los asesinatos de Gainesville, muchos habitantes pensaron inmediatamente en Bundy. El recuerdo del asesino todavía estaba fresco.
La comparación tenía sentido desde el punto de vista del miedo público: nuevamente un asesino estaba atacando a jóvenes estudiantes en Florida.
El final
En 1994, Rolling fue condenado a muerte por los cinco asesinatos de Gainesville. Permaneció durante años en el corredor de la muerte.
El 25 de octubre de 2006, Danny Rolling fue ejecutado mediante inyección letal en Florida State Prison. Tenía 52 años.
Su muerte puso fin legalmente a uno de los capítulos criminales más oscuros de la historia moderna de Gainesville.
Pero la ejecución no borró el recuerdo.
Las cinco víctimas dejaron familias, amigos, compañeros de universidad y una comunidad que durante aquellos días descubrió hasta qué punto una ciudad aparentemente tranquila podía ser sacudida por una ola de violencia.
El caso Danny Rolling permanece como una advertencia sobre la dificultad de detectar a determinados delincuentes antes de que actúen. También demuestra cómo el miedo puede propagarse rápidamente cuando una comunidad desconoce quién está detrás de una serie de crímenes.
Gainesville recuperó su vida normal. Los estudiantes regresaron. Las aulas volvieron a llenarse. Los años pasaron.
Pero para quienes vivieron aquel agosto de 1990, la memoria de aquellos cuatro días nunca desapareció.
Danny Rolling murió en 2006. El terror que dejó detrás, sin embargo, permanece como uno de los episodios más recordados de la historia criminal de Florida.
Ocho meses de sangre
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Durante ocho meses, Javier Hernán Pino recorrió distintas ciudades argentinas mientras dejaba detrás una cadena de cadáveres. Buenos Aires, Salta y Rosario fueron los escenarios de una sucesión de homicidios que terminaría con cinco víctimas y tres condenas a prisión perpetua. Su método tenía un elemento especialmente inquietante: primero buscaba acercarse a sus víctimas, ganarse su confianza y, cuando encontraba el momento adecuado, las atacaba. Después venía el robo.
Todo comenzó el 16 de febrero de 2015, en el barrio porteño de Balvanera. Ni Qi Fu, un comerciante chino de 40 años, atendía su supermercado de la calle Matheu cuando fue asesinado. Recibió ocho disparos de una pistola calibre 9 milímetros. Aquella muerte parecía, inicialmente, un episodio criminal más dentro de una ciudad acostumbrada a los robos violentos. Nadie imaginaba todavía que formaba parte de una serie.
Dos meses después apareció otra víctima: Claudia Sosa, una masajista de 32 años. Pino había establecido contacto con ella y, según la investigación, existía entre ambos un trato de confianza. El 8 de abril, Sosa fue asesinada en el departamento que alquilaba en la calle Tucumán. Su cuerpo fue descubierto días después, cuando vecinos alertaron por el olor que provenía de la vivienda.
La escena aportó una prueba decisiva: investigadores encontraron ADN de Pino y una vaina calibre 9 milímetros. También habían desaparecido dinero, una computadora y un teléfono celular. Para la Fiscalía, el asesinato fue cometido para facilitar el robo y eliminar a quien pudiera convertirse en un obstáculo.
El 13 de julio, en El Galpón, provincia de Salta, fue asesinado Ariel Fernando Ríos, empleado de una estación de servicio. El crimen ocurrió durante un robo y Ríos recibió un disparo en la cabeza. Por este homicidio, Pino sería condenado posteriormente a prisión perpetua.
Tres meses después llegó el episodio más sangriento de la serie.
El 16 de octubre de 2015, en Rosario, fueron asesinados los hermanos Javier y Agustina Ponisio. Pino conocía a Agustina y esa relación le habría permitido ingresar en un entorno donde la familia confiaba en él. Según la investigación, los hermanos fueron asesinados durante un robo. Javier recibió cinco disparos y Agustina tres. Después del doble homicidio, Pino abandonó Rosario.
La investigación comenzó entonces a cerrarse sobre él.
El 21 de octubre, apenas cinco días después del doble crimen, Pino fue detenido en Frías, Santiago del Estero. En su poder y en lugares vinculados con él aparecieron armas y una importante cantidad de municiones. Los investigadores empezaron a conectar los distintos expedientes y encontraron un elemento fundamental: la balística.
La misma pistola de 9 milímetros aparecía relacionada con diferentes escenas. Años después, el Sistema Nacional Automatizado de Identificación Balística permitió reforzar las conexiones entre los casos.
En mayo de 2019 llegó la tercera condena a prisión perpetua. El Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional Nº 3 de Buenos Aires lo condenó por los asesinatos de Ni Qi Fu y Claudia Sosa. Para entonces ya tenía condenas perpetuas por el homicidio de Ríos y por el doble asesinato de los hermanos Ponisio.
La prensa llegó a compararlo con Carlos Robledo Puch y algunos medios lo bautizaron como un nuevo “Ángel de la Muerte”. Sin embargo, desde una perspectiva criminológica, existe debate sobre la etiqueta de “asesino serial”: varias investigaciones periodísticas lo describen como asesino múltiple, ya que el móvil central atribuido a los crímenes fue el robo.
Cinco personas murieron en apenas ocho meses. Cinco historias quedaron truncadas. Y una investigación que comenzó con asesinatos aparentemente aislados terminó reconstruyendo una cadena criminal que atravesó tres provincias.
Pino recibió tres condenas a prisión perpetua y cumple su pena en la cárcel de Coronda, Santa Fe.
El asesino serial más famoso de Australia
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Cuando se habla de los asesinos seriales más conocidos de Australia, pocos nombres aparecen con tanta frecuencia como Ivan Milat, responsable de los llamados “Backpacker Murders”, una serie de asesinatos que conmocionó a Australia y tuvo repercusión internacional. Milat fue condenado por el asesinato de siete jóvenes entre 1989 y 1992.
Su caso comenzó a descubrirse en 1992, cuando fueron encontrados los cuerpos de dos jóvenes excursionistas en Belanglo State Forest, una zona boscosa ubicada al suroeste de Sídney, en Nueva Gales del Sur. Posteriormente aparecieron otros cadáveres en el mismo sector. En total, siete jóvenes fueron identificados como víctimas: cinco eran extranjeros y dos australianos.
Las víctimas tenían entre 19 y 22 años. Entre ellas estaban los británicos Caroline Clarke y Joanne Walters, los alemanes Simone Schmidl, Gabor Neugebauer y Anja Habschied, y los australianos Deborah Everist y James Gibson. Sus desapariciones habían ocurrido en diferentes momentos, pero la aparición de sus cuerpos en la misma zona llevó a los investigadores a buscar un vínculo común.
El superviviente que cambió la investigación
Una pieza fundamental de la investigación fue Paul Onions, un joven británico que había sido atacado en enero de 1990.
Onions había aceptado viajar con un hombre que le ofreció transporte. Durante el trayecto comenzó a sospechar que algo no estaba bien. Cuando el conductor se detuvo y regresó hacia el vehículo con un arma, Onions escapó y consiguió pedir ayuda. Posteriormente proporcionó una descripción del atacante.
Años después, cuando la policía investigaba los asesinatos de Belanglo, Onions reconoció a Milat entre fotografías que le mostraron los investigadores. Su testimonio resultó decisivo para conectar a Milat con los asesinatos.
La evidencia contra Milat
Los investigadores también descubrieron que Milat tenía experiencia con armas, conocía zonas rurales y frecuentaba áreas boscosas. La investigación oficial describió posteriormente una combinación de evidencias físicas y testimoniales que relacionaban al acusado con los crímenes.
Milat fue arrestado en mayo de 1994 y acusado de los siete asesinatos. Durante todo el proceso sostuvo su inocencia.
El juicio
El juicio comenzó en 1996 y se convirtió en uno de los procesos criminales más importantes de Australia. La fiscalía presentó una extensa cantidad de pruebas y testimonios.
El 27 de julio de 1996, Milat fue declarado culpable de siete asesinatos y condenado a cadena perpetua por cada uno de ellos. También recibió una condena adicional por el delito relacionado con la privación de libertad de Onions.
Milat apeló sus condenas, pero la justicia australiana rechazó posteriormente sus recursos. En 2004, el Tribunal Superior de Australia rechazó una solicitud para recurrir sus siete condenas por asesinato.
¿Tuvo otras víctimas?
Esta es una de las grandes incógnitas del caso.
Aunque Milat fue condenado por siete asesinatos, investigadores y periodistas sospecharon durante años que podía haber estado relacionado con otras desapariciones y homicidios no resueltos.
En 2026, una investigación parlamentaria de Nueva Gales del Sur informó que la policía había revisado 11 casos de homicidios y personas desaparecidas por posibles vínculos con Milat, además de otras investigaciones consideradas durante los años anteriores. Sin embargo, estas investigaciones no significan que Milat haya sido judicialmente declarado responsable de esos casos.
La propia policía de Nueva Gales del Sur también lo incluyó como persona de interés en la desaparición de Deborah Balken y Gillian Jamieson, dos jóvenes desaparecidas en 1980 cuyo destino continúa sin resolverse.
El final
Ivan Milat permaneció encarcelado hasta su muerte. Murió el 27 de octubre de 2019, a los 74 años, después de padecer cáncer. Nunca realizó una confesión definitiva que aclarara si estuvo involucrado en otros asesinatos.
Su muerte dejó sin respuesta algunas de las preguntas que habían acompañado al caso durante décadas.
Los asesinatos de Belanglo tuvieron además un impacto enorme sobre la imagen internacional de Australia. La idea de que jóvenes viajeros pudieran desaparecer mientras recorrían el país produjo temor entre mochileros y viajeros extranjeros.
Hoy, Ivan Milat continúa siendo uno de los criminales más notorios de la historia australiana, pero su caso también representa una advertencia sobre la diferencia entre lo que fue demostrado ante un tribunal y aquello que solamente permanece como sospecha. Siete asesinatos fueron probados judicialmente. La posibilidad de otras víctimas, aunque investigada nuevamente, continúa siendo una cuestión abierta.
El primer asesino serial de la historia argentina
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Mucho antes de que la Argentina conociera los nombres de Carlos Robledo Puch, Cayetano Santos Godino o Yiya Murano, Buenos Aires fue escenario de una serie de crímenes que estremecieron a la sociedad de finales del siglo XIX.
El protagonista fue Cayetano Domingo Grossi, un inmigrante italiano que pasó a la historia como uno de los primeros asesinos seriales identificados en la Argentina. Entre 1896 y 1898 asesinó a cinco de sus hijos recién nacidos, según la reconstrucción histórica del caso. Finalmente fue condenado a muerte y ejecutado por un pelotón de fusilamiento en 1900.
Su historia es particularmente siniestra porque los asesinatos ocurrieron dentro de su propio entorno familiar y permanecieron inicialmente ocultos.
Un inmigrante en Buenos Aires
Grossi había nacido en Italia en 1854 y emigró a la Argentina en 1878. Se instaló en Buenos Aires y trabajó inicialmente en distintos oficios hasta convertirse en carrero.
Con el tiempo formó una familia. Se casó con Rosa Ponce de Nicola, una viuda que tenía tres hijas. Posteriormente tuvo más hijos con ella.
Sin embargo, detrás de aquella estructura familiar se desarrollaba una historia de enorme violencia.
Las investigaciones posteriores determinaron que Grossi había mantenido relaciones sexuales con algunas de sus hijastras y que los bebés nacidos de esas relaciones fueron asesinados después de nacer.
El primer descubrimiento
La policía investigó el hallazgo y descubrió restos adicionales. La autopsia estableció que el bebé había muerto como consecuencia de una fractura de cráneo.
Sin embargo, en aquel momento los investigadores no pudieron identificar al responsable.
El caso quedó prácticamente sin resolver.
Pero dos años después aparecería otro cadáver.
El patrón criminal
En 1898, nuevamente fueron encontrados restos de un recién nacido en una zona cercana.
Para los investigadores, la repetición de circunstancias comenzó a resultar sospechosa.
Ya no parecía tratarse de un episodio aislado.
La policía empezó a buscar conexiones entre los distintos hallazgos y terminó concentrando sus sospechas en Grossi.
El descubrimiento de otros restos permitió reconstruir una historia que había permanecido escondida durante años.
Según la acusación, Grossi había asesinado a varios bebés después de que nacieran de relaciones con sus hijastras.
La cifra finalmente establecida fue de cinco homicidios.
Un crimen diferente
El caso Grossi resulta particularmente importante para comprender la historia de la criminalidad argentina porque ocurrió en una época en la que el concepto moderno de “asesino serial” prácticamente no existía.
La policía todavía utilizaba métodos rudimentarios.
No existían huellas digitales como herramienta criminalística habitual, análisis de ADN, cámaras de seguridad ni modernas técnicas de perfilación criminal.
La investigación dependía principalmente de testimonios, documentos, inspecciones físicas y declaraciones de los sospechosos.
En ese contexto, reconstruir una serie de homicidios cometidos años atrás era extraordinariamente difícil.
La investigación
A medida que aparecieron nuevos elementos, las autoridades comenzaron a reconstruir el entorno familiar.
La esposa de Grossi y algunas de sus hijas fueron investigadas por su posible participación o encubrimiento.
Finalmente, la Justicia determinó que Grossi era responsable material de los asesinatos.
Su familia recibió penas mucho menores, al ser considerada responsable de encubrimiento según la reconstrucción histórica del proceso.
El caso produjo una enorme conmoción.
No se trataba de un delincuente que atacaba desconocidos en la calle. Las víctimas eran criaturas indefensas y el responsable pertenecía al mismo círculo familiar.
La condena a muerte
En una Argentina donde todavía estaba vigente la pena capital, Grossi fue condenado a muerte.
La sentencia estableció que debía ser ejecutado mediante fusilamiento.
El 6 de abril de 1900, en Buenos Aires, se llevó a cabo la ejecución.
Grossi fue colocado frente al pelotón y fusilado. Según las reconstrucciones históricas, recibió posteriormente el tiro de gracia.
Tenía aproximadamente 45 años.
Su ejecución convirtió el caso en uno de los episodios criminales más recordados de la Buenos Aires de comienzos del siglo XX.
El “primer asesino serial”
Sin embargo, existe una cuestión importante: las categorías criminológicas actuales no pueden aplicarse mecánicamente a todos los casos del siglo XIX.
El concepto contemporáneo de asesino serial se desarrolló mucho después. Por eso es más exacto decir que Grossi es considerado uno de los primeros asesinos seriales documentados de la Argentina, y no asumir que la clasificación moderna funciona exactamente igual para todos los casos históricos.
Un crimen que anticipó otros casos
Décadas después aparecerían otros asesinos seriales argentinos mucho más conocidos.
Cayetano Santos Godino, “El Petiso Orejudo”, asesinó a niños a comienzos del siglo XX y se convirtió en uno de los criminales más famosos del país. La Biblioteca Digital del Estado argentino conserva documentación sobre su caso y señala que confesó cuatro homicidios cometidos cuando todavía no había cumplido 15 años.
Mucho después, Carlos Robledo Puch sería condenado por 11 homicidios y se convertiría en el asesino múltiple más famoso de la Argentina.
Pero antes de todos ellos estuvo Grossi.
Una historia todavía inquietante
El caso de Cayetano Grossi permanece en la memoria criminal argentina por varias razones.
Primero, por la cantidad de víctimas.
Segundo, por el vínculo familiar entre el victimario y los niños.
Y tercero, porque demuestra que los crímenes seriales no son un fenómeno exclusivo de la sociedad moderna.
A finales del siglo XIX, cuando Buenos Aires todavía estaba transformándose en una gran ciudad, un hombre consiguió ocultar durante años una serie de asesinatos que finalmente fueron descubiertos por el hallazgo de restos humanos.
La historia también revela cuánto cambió la investigación criminal desde entonces. Lo que hoy podría analizarse mediante ADN, bases de datos y sofisticadas técnicas forenses dependía entonces de una investigación policial mucho más limitada.
Cayetano Grossi terminó frente a un pelotón de fusilamiento y su nombre quedó asociado para siempre con uno de los primeros grandes casos de homicidio serial de la Argentina.
Antes de Robledo Puch, antes de Godino y antes de Yiya Murano, ya había existido un asesino serial en Buenos Aires. Su nombre era Cayetano Domingo Grossi.
Y su historia comenzó con un hallazgo macabro en un basural y terminó con una ejecución que quedó registrada en la historia criminal argentina.
El Petiso Orejudo
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A comienzos del siglo XX, Buenos Aires era una ciudad en plena transformación. Millones de inmigrantes llegaban al país, los barrios crecían rápidamente y las diferencias sociales eran enormes. En ese contexto apareció uno de los personajes más perturbadores de la historia criminal argentina: Cayetano Santos Godino, conocido como “El Petiso Orejudo”.
Godino nació en Buenos Aires en 1896, en el seno de una familia de inmigrantes italianos. Desde muy pequeño mostró problemas de conducta y una marcada inclinación hacia la violencia. Su infancia estuvo atravesada por pobreza, abandono y conflictos familiares. También tuvo dificultades escolares y terminó convirtiéndose en un joven marginal.
Su apodo se originó en su baja estatura y en el tamaño particularmente grande de sus orejas. La prensa de la época explotó esa característica física y contribuyó a crear una imagen casi monstruosa del delincuente.
Una infancia marcada por la violencia
La violencia contra los animales es uno de los comportamientos que posteriormente fueron considerados relevantes al estudiar su trayectoria criminal. Sin embargo, la criminología moderna advierte que este tipo de conducta, por sí sola, no permite predecir que una persona se convertirá en asesino.
Durante su adolescencia, Godino comenzó a acumular detenciones por robos, agresiones y otros delitos. Entraba y salía de instituciones correccionales sin que las medidas adoptadas consiguieran modificar su comportamiento.
En aquella época no existían los conocimientos actuales sobre salud mental infantil ni los sistemas modernos de evaluación del riesgo criminal. Muchos jóvenes problemáticos eran simplemente castigados o encerrados, sin recibir una intervención psicológica adecuada.
Los asesinatos
La historia criminal de Godino alcanzó su punto más oscuro entre 1912 y 1914.
Una de las víctimas fue Arturo Laurora, un niño de 13 años que murió después de ser atacado. El caso generó una enorme conmoción en Buenos Aires.
Otro episodio involucró a Jesualdo Giordano, un niño de tres años. Godino lo atacó y posteriormente intentó ocultar su crimen. La muerte de Giordano fue uno de los hechos que finalmente permitió a la Policía relacionarlo con otros delitos.
Godino también fue acusado de numerosos intentos de homicidio y ataques contra niños. Algunos episodios quedaron rodeados de incertidumbre histórica, por lo que es importante diferenciar los hechos por los que fue condenado de aquellos que posteriormente se le atribuyeron.
En 1912 fue detenido nuevamente y, después de la investigación correspondiente, comenzó a construirse el expediente que terminaría convirtiéndolo en uno de los criminales más conocidos del país.
¿Cuál era su perfil psicológico?
El caso de Godino es especialmente interesante porque fue estudiado utilizando conceptos criminológicos propios de comienzos del siglo XX.
Los especialistas de la época intentaron explicar su conducta mediante teorías que hoy están completamente superadas. Algunos llegaron a considerar que determinadas características físicas podían revelar tendencias criminales.
Actualmente sabemos que esas teorías carecen de fundamento científico.
Sin embargo, existen elementos conductuales que permiten analizar su trayectoria. Entre ellos aparecen impulsividad, agresividad, dificultad para controlar los impulsos, crueldad y una marcada incapacidad para adaptarse a las normas sociales.
También se observa una progresión de comportamientos problemáticos desde la infancia hacia delitos cada vez más graves.
Pero sería incorrecto diagnosticar retrospectivamente a Godino con un trastorno psicológico específico. No disponemos de una evaluación clínica moderna realizada durante su vida y los diagnósticos utilizados hace más de un siglo no pueden trasladarse directamente al lenguaje psiquiátrico actual.
El criminal convertido en mito
“El Petiso Orejudo” era presentado como una figura siniestra y extraordinaria. Sus características físicas, su corta edad y la naturaleza de sus delitos lo convertían en un protagonista perfecto para los periódicos sensacionalistas.
La sociedad necesitaba una explicación para comprender cómo un joven podía convertirse en una amenaza para los niños. La respuesta de aquella época fue buscar señales físicas y psicológicas que supuestamente permitieran identificar al criminal.
Hoy la perspectiva es diferente.
El comportamiento criminal no puede explicarse simplemente por el aspecto físico, la pobreza o una determinada característica psicológica. Los delitos violentos surgen normalmente de una combinación compleja de factores individuales, familiares, sociales y ambientales.
La condena y el final
Godino fue declarado responsable de varios delitos graves y condenado a prisión.
Pasó gran parte del resto de su vida detenido. En prisión continuó siendo objeto de interés de médicos, criminólogos y periodistas.
Murió en 1944, en la prisión de Ushuaia, después de décadas de encarcelamiento.
Su figura, sin embargo, sobrevivió a su muerte.
“El Petiso Orejudo” quedó instalado en la cultura popular argentina como uno de los primeros grandes nombres de la criminología nacional. Su historia continúa generando interés porque reúne algunos de los elementos más inquietantes del crimen: una infancia problemática, violencia contra menores, repetición de conductas agresivas y una sociedad que intentaba comprender un fenómeno que todavía no sabía explicar.
Más de un siglo después, el caso también ofrece una lección importante. Comprender los factores que pueden favorecer una conducta criminal no significa justificar al criminal. La investigación criminológica moderna busca precisamente eso: comprender el origen y la evolución de la violencia para poder detectarla y prevenirla antes de que produzca nuevas víctimas.
El Petiso Orejudo pertenece a una época muy diferente de la Argentina actual. Pero su historia continúa siendo estudiada porque representa uno de los primeros casos de criminalidad serial que quedaron profundamente grabados en la memoria colectiva del país.
“Momata”: el asesino serial que aterrorizó Bulgaria
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En la historia criminal de Bulgaria, pocos nombres producen tanta inquietud como Nedyalko Dimitrov, conocido por el apodo de “Momata”. Fue descrito por medios búlgaros como uno de los asesinos seriales más peligrosos y despiadados del país. Lo que hace especialmente perturbadora su historia no es solamente el número de homicidios por los que fue condenado, sino la sospecha de que pudo haber participado en muchos más.
Dimitrov nació en 1966 y desde muy joven entró en contacto con el mundo del delito. Su adolescencia estuvo marcada por conflictos familiares y problemas con la justicia. Según reconstrucciones de la prensa búlgara, comenzó con robos y otros delitos antes de convertirse en un delincuente profesional. Pasó largos períodos en prisión y llegó a desarrollar una trayectoria criminal que incluía robos, violencia y, posteriormente, asesinatos por encargo.
Su transformación en asesino profesional ocurrió dentro de ambientes criminales en los que la violencia era utilizada para resolver deudas, venganzas y disputas. Dimitrov no era presentado simplemente como un hombre que mataba durante un arrebato. Las investigaciones lo relacionaron con homicidios planificados y con trabajos realizados a cambio de dinero.
El caso comenzó entonces a adquirir una dimensión mucho mayor. Dimitrov fue relacionado con otros asesinatos y terminó enfrentando varias causas judiciales. En diferentes momentos afirmó haber cometido o participado en numerosos homicidios, aunque las cifras difundidas por los medios varían considerablemente. Algunas fuentes hablan de cinco asesinatos probados judicialmente, mientras otras publicaciones búlgaras llegaron a atribuirle ocho o incluso más víctimas. Por eso no es correcto presentar todas esas cifras como hechos judicialmente establecidos.
Una característica particularmente inquietante de Dimitrov era la frialdad con la que hablaba de sus crímenes. En entrevistas desde prisión no mostraba el arrepentimiento que normalmente se espera de una persona condenada por varios asesinatos. En una entrevista televisiva llegó a responder de manera extremadamente fría cuando le preguntaron qué sentía al matar.
También se hizo famoso por intentar explicar sus actos mediante una filosofía personal en la que el destino tenía un papel central. Según declaraciones atribuidas a él, consideraba que las personas que estaban destinadas a morir terminarían encontrándose con él. Esa manera de justificar sus acciones convirtió sus entrevistas en un elemento particularmente perturbador del caso.
Dimitrov recibió condenas de cadena perpetua, y la prensa búlgara lo presentó durante años como uno de los criminales más peligrosos del país. Llegó a estar recluido en la prisión de Stara Zagora.
Incluso en prisión protagonizó episodios extraordinarios. En 2009 intentó escapar del centro de detención de Svilengrad utilizando una cuchara para excavar una pared de su celda. Consiguió avanzar considerablemente, pero finalmente fue detenido antes de alcanzar la salida.
Nedyalko Dimitrov murió en 2016, a los 50 años, después de sufrir un infarto mientras estaba encarcelado. Murió sin que quedaran completamente despejadas todas las sospechas sobre la cantidad real de personas que pudo haber asesinado.
Ese es precisamente uno de los aspectos más oscuros de su historia. Judicialmente, existe una diferencia entre los asesinatos por los que fue condenado y aquellos que solamente fueron atribuidos a él mediante investigaciones, testimonios o declaraciones. Esa diferencia resulta fundamental cuando se habla de un personaje como Dimitrov.
Para la criminología y para la memoria criminal de Bulgaria, “Momata” quedó asociado a una época en la que los homicidios vinculados al crimen organizado, las venganzas y los sicarios representaban uno de los problemas más graves de la sociedad búlgara.
Su historia terminó en una celda, pero dejó una pregunta que probablemente nunca tendrá una respuesta definitiva: ¿cuántas personas murieron realmente a manos de Nedyalko Dimitrov? Los cinco homicidios judicialmente establecidos forman parte de la historia comprobada. El resto pertenece a una zona mucho más oscura, construida a partir de investigaciones, confesiones y sospechas.
Por eso “Momata” continúa siendo recordado como uno de los nombres más siniestros de la historia criminal moderna de Bulgaria.
La verdadera historia del asesino que horrorizó a Estados Unidos
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Edward Theodore Gein, conocido como Ed Gein, ocupa un lugar particularmente oscuro en la historia criminal estadounidense. Su nombre quedó asociado a asesinatos, profanación de cadáveres y comportamientos macabros que posteriormente inspiraron personajes de ficción como Norman Bates de Psycho, Leatherface de The Texas Chain Saw Massacre y Buffalo Bill de The Silence of the Lambs.
Sin embargo, la realidad fue diferente de la ficción. Gein no fue un asesino en serie con decenas de víctimas conocidas. Fue condenado por dos asesinatos, aunque las autoridades sospecharon que pudo estar relacionado con otras desapariciones. Lo que hizo que su caso alcanzara una notoriedad extraordinaria fue lo que los investigadores encontraron en su granja de Plainfield, Wisconsin.
Una infancia marcada por el aislamiento
Ed Gein nació el 27 de agosto de 1906 en La Crosse, Wisconsin. Sus padres fueron George y Augusta Gein. Tenía un hermano mayor, Henry.
La familia terminó estableciéndose en una granja cerca de Plainfield, una pequeña comunidad rural.
Augusta era una mujer extremadamente religiosa y dominante. Según los relatos posteriores, transmitió a sus hijos una visión profundamente negativa del mundo exterior y especialmente de las mujeres. Consideraba la sexualidad como algo pecaminoso y trataba de mantener a sus hijos alejados de otras personas.
Ed creció prácticamente aislado.
No tuvo una vida social normal y desarrolló una relación de dependencia extraordinaria hacia su madre.
Su padre, por el contrario, era descrito como alcohólico y menos dominante.
La combinación de aislamiento, conflictos familiares y dependencia materna tendría una importancia enorme en la vida posterior de Gein.
La muerte de su familia
Posteriormente murió su hermano Henry, en 1944, en circunstancias que durante mucho tiempo generaron sospechas.
Henry había comenzado a cuestionar la influencia de Augusta sobre Ed y, según algunos investigadores, planeaba alejarse de la familia.
Durante un incendio en una zona cercana a la granja, Henry desapareció.
Ed llevó a los investigadores hasta el cuerpo.
Oficialmente se consideró que había muerto accidentalmente, pero posteriormente algunos investigadores sospecharon que Ed podía haberlo asesinado.
Nunca fue condenado por la muerte de Henry, por lo que cualquier afirmación de que lo asesinó debe considerarse una hipótesis, no un hecho judicialmente demostrado.
La pérdida más importante para Ed fue, sin embargo, la muerte de su madre.
Augusta sufrió varios problemas de salud y murió en 1945.
Después de su muerte, Gein quedó prácticamente solo.
Conservó intactas varias habitaciones de la casa y se encerró cada vez más en sí mismo.
La granja comenzó a deteriorarse.
Los vecinos lo veían ocasionalmente, pero era considerado un hombre extraño, solitario y aparentemente inofensivo.
La desaparición de Mary Hogan
En diciembre de 1954 desapareció Mary Hogan, propietaria de una taberna local.
La desaparición quedó sin resolver.
Años después, cuando la policía investigó a Gein, encontró indicios que lo relacionaban con Hogan.
Gein terminó confesando su asesinato.
Sin embargo, durante muchos años el caso permaneció sin una resolución judicial completa.
La policía comenzó a sospechar que el hombre aparentemente inofensivo de Plainfield podía estar ocultando algo mucho más oscuro.
Bernice Worden
El crimen que finalmente condujo a su captura ocurrió el 16 de noviembre de 1957.
Bernice Worden, de 58 años, era propietaria de una ferretería en Plainfield.
Ese día desapareció.
Su hijo, el sheriff del condado Frank Worden, comenzó inmediatamente a investigar.
El registro de la caja de la tienda mostraba que la última venta había sido realizada a Gein.
Además, faltaba un recibo correspondiente a una transacción importante.
Gein se convirtió inmediatamente en sospechoso.
Los investigadores registraron su granja.
Lo que encontraron allí superó todo lo que esperaban.
El descubrimiento de la granja
Los agentes encontraron el cuerpo de Bernice Worden en una construcción de la propiedad.
La escena permitió establecer que había sido asesinada.
Pero la investigación no terminó allí.
La casa de Gein contenía restos humanos y objetos fabricados con partes de cadáveres.
Los investigadores descubrieron evidencia de que Gein había profanado tumbas y había llevado restos humanos a su propiedad.
Algunos restos habían sido transformados en objetos domésticos o utilizados de maneras extremadamente perturbadoras.
La noticia provocó una conmoción nacional.
Plainfield era una pequeña comunidad rural.
Muchos vecinos conocían a Gein.
Algunos incluso habían hablado con él sin sospechar lo que ocurría en su propiedad.
De repente, aquella granja aislada se convirtió en una de las escenas criminales más famosas de Estados Unidos.
¿Por qué lo hacía?
Esta es una de las preguntas más difíciles.
Gein tenía una obsesión extraordinaria con su madre.
Después de su muerte, intentó conservarla simbólicamente y mantener intacto el ambiente en el que ella había vivido.
Los investigadores también descubrieron que Gein tenía una fascinación por las mujeres fallecidas.
En declaraciones posteriores, explicó que había exhumado cadáveres y llevado partes de ellos a su casa.
Algunas de sus actividades parecían relacionadas con un intento de construir una identidad femenina.
Sin entrar en detalles gráficos, Gein había utilizado restos humanos para fabricar prendas y objetos.
Los investigadores consideraron que parte de su comportamiento podía estar relacionado con su deseo de convertirse simbólicamente en su madre o de mantener una conexión con ella.
Pero es importante señalar que no existe una explicación psicológica única y definitiva que permita comprender completamente su conducta.
¿Cuántas personas asesinó?
La historia popular convirtió a Gein en un supuesto asesino responsable de numerosas muertes.
Pero judicialmente sólo se establecieron dos asesinatos:
Gein confesó ambos crímenes.
Las autoridades investigaron otras desapariciones, pero nunca consiguieron demostrar que él fuera responsable de ellas.
Por eso, llamarlo “asesino en serie” puede resultar técnicamente discutible dependiendo de la definición utilizada, aunque popularmente se lo incluye entre los asesinos seriales estadounidenses.
Lo extraordinario de su caso no fue la cantidad de víctimas confirmadas.
Fue la naturaleza de sus actividades posteriores a las muertes.
El interrogatorio
Después de ser detenido, Gein fue interrogado por las autoridades.
Los investigadores descubrieron que su personalidad aparentemente tímida escondía una conducta extremadamente perturbadora.
Gein colaboró en determinados aspectos de la investigación y proporcionó información sobre las exhumaciones y los asesinatos.
También llevó a los agentes a diferentes lugares relacionados con sus actividades.
La policía quedó horrorizada por el material encontrado.
La noticia se extendió rápidamente por Estados Unidos.
Los periódicos comenzaron a publicar historias cada vez más sensacionalistas.
El nombre de Plainfield quedó asociado para siempre con uno de los casos criminales más extraños de la historia estadounidense.
El juicio y la enfermedad mental
Gein fue declarado inicialmente no apto para ser juzgado debido a su estado mental.
Fue internado en instituciones psiquiátricas.
En 1968 finalmente fue considerado apto para enfrentar un juicio.
Fue juzgado por el asesinato de Bernice Worden.
El tribunal lo declaró culpable pero legalmente insano.
Fue condenado a permanecer internado en una institución psiquiátrica por el resto de su vida.
Gein pasó sus últimos años bajo custodia estatal.
Nunca volvió a vivir en libertad.
Una figura convertida en mito
Con el tiempo, Ed Gein pasó de ser un criminal real a convertirse en una figura de la cultura popular.
El caso tuvo una influencia enorme sobre el cine de terror.
Norman Bates
Alfred Hitchcock dirigió Psycho en 1960, basada en la novela de Robert Bloch.
El personaje de Norman Bates no es una reproducción exacta de Gein, pero Bloch se inspiró parcialmente en el caso.
La obsesión de Bates con su madre recuerda ciertos aspectos de la relación entre Gein y Augusta.
Leatherface
The Texas Chain Saw Massacre presentó a Leatherface, un personaje que utiliza una máscara hecha de piel humana.
Aunque la película no representa literalmente los crímenes de Gein, tomó inspiración de los elementos macabros encontrados en su granja.
Buffalo Bill
En The Silence of the Lambs, Buffalo Bill tiene una obsesión con la piel humana y con construir una identidad diferente.
El personaje también incorpora elementos inspirados en varios criminales reales, entre ellos Gein.
Por eso, Gein tuvo una influencia indirecta enorme sobre el cine moderno de terror.
El verdadero horror
Pero el aspecto verdaderamente importante del caso es otro.
Gein vivió durante años prácticamente invisible.
No parecía un monstruo.
Era un hombre aislado de una pequeña comunidad rural.
Trabajaba ocasionalmente, hacía tareas agrícolas y conversaba con vecinos.
El horror estaba oculto detrás de una apariencia aparentemente insignificante.
Ese contraste convirtió su historia en una de las más perturbadoras de Estados Unidos.
Sus últimos años
Gein permaneció internado durante décadas.
Murió el 26 de julio de 1984, a los 77 años, en el Mendota Mental Health Institute de Madison, Wisconsin.
Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de Plainfield, junto a miembros de su familia.
Pero incluso después de su muerte continuó la fascinación por su historia.
Su tumba fue vandalizada y finalmente la lápida desapareció.
El legado de Ed Gein
Ed Gein dejó un legado profundamente oscuro.
No fue el asesino de decenas de personas que algunas versiones populares presentan.
Fue responsable judicialmente de dos asesinatos y de una serie de actos de profanación de cadáveres que estremecieron a Estados Unidos.
Su historia también plantea preguntas sobre el aislamiento extremo, la enfermedad mental, la violencia y la manera en que los medios de comunicación convierten a determinados criminales en figuras legendarias.
Quizás lo más inquietante sea precisamente la distancia entre la realidad y el mito.
Ed Gein no necesitó cometer decenas de asesinatos para convertirse en uno de los nombres más perturbadores de la historia criminal estadounidense.
La combinación de dos asesinatos, la profanación de tumbas, su obsesión con su madre y los objetos encontrados en su granja fueron suficientes para crear una leyenda que sobrevivió durante generaciones.
Y, paradójicamente, los monstruos que aparecieron posteriormente en el cine —Norman Bates, Leatherface y Buffalo Bill— terminaron siendo mucho más famosos que el hombre real que ayudó a inspirarlos.
La historia verdadera de Ed Gein es menos cinematográfica que esas películas, pero precisamente por eso resulta tan inquietante: ocurrió en una comunidad real, involucró a personas reales y permaneció escondida durante años detrás de la puerta de una humilde granja de Wisconsin.
La escalofriante historia del “Vampiro de Sacramento”
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Pocas historias criminales en Estados Unidos han provocado tanto horror como la de Richard Trenton Chase, el asesino serial que aterrorizó la ciudad de Sacramento, California, a finales de la década de 1970. Sus crímenes fueron tan violentos y extraños que la prensa lo bautizó como “el Vampiro de Sacramento”. Sin embargo, detrás de ese apodo sensacionalista existía una historia todavía más perturbadora: la de un hombre con graves trastornos mentales, señales evidentes de deterioro y una conducta cada vez más peligrosa que culminó en una serie de asesinatos.
La historia de Chase sigue siendo objeto de análisis porque plantea una pregunta incómoda: ¿cuántas señales fueron ignoradas antes de que ocurriera la tragedia?
Una infancia marcada por problemas
Richard Trenton Chase nació el 23 de mayo de 1950 en Santa Clara, California. Durante sus primeros años no parecía destinado a convertirse en uno de los asesinos más notorios de la historia criminal estadounidense. Pero, con el paso del tiempo, comenzaron a aparecer comportamientos profundamente preocupantes.
De niño y adolescente, Chase tuvo dificultades para relacionarse normalmente con otras personas. Personas que lo conocieron describieron problemas emocionales y una personalidad cada vez más aislada. Durante su juventud aparecieron conductas destructivas y una creciente obsesión con ideas extrañas.
Años después, su estado psicológico se deterioraría de manera dramática. Chase comenzó a sufrir delirios y a creer que su cuerpo estaba siendo atacado desde dentro. En distintos momentos llegó a pensar que su sangre se estaba convirtiendo en otra sustancia y que necesitaba sangre para mantenerse con vida.
Aquellas ideas no eran simples excentricidades. Formaban parte de un grave deterioro de su contacto con la realidad.
También desarrolló una relación problemática con las drogas. El consumo de sustancias agravó su comportamiento y contribuyó a una vida cada vez más desordenada. Sus familiares y quienes lo rodeaban veían cómo Chase se alejaba progresivamente de una existencia normal.
Con el tiempo, fue internado y recibió atención psiquiátrica. Pero su paso por las instituciones de salud mental no impediría que, años más tarde, volviera a representar un peligro.
La obsesión con la sangre
Uno de los aspectos más conocidos de la historia de Richard Chase fue su obsesión enfermiza con la sangre. Según los informes sobre su conducta, llegó a realizar actos extraordinariamente perturbadores relacionados con animales.
Su comportamiento alarmó a quienes estaban cerca de él. En lugar de buscar ayuda de manera permanente, Chase continuó deteriorándose.
El problema central era que su visión del mundo estaba dominada por delirios. Para una persona que vive bajo una percepción completamente distorsionada de la realidad, una situación cotidiana puede adquirir un significado amenazante. En el caso de Chase, esas ideas se mezclaron con una conducta violenta y una creciente incapacidad para funcionar normalmente.
En 1976 fue internado en un hospital psiquiátrico después de haber mostrado un comportamiento extremadamente desorganizado. Allí se hizo evidente que padecía graves problemas mentales. Fue tratado y posteriormente liberado.
Esa decisión sería observada con enorme controversia después de los asesinatos.
Al salir, Chase regresó a la comunidad. Para quienes analizaban el caso después de los crímenes, resultaba inevitable preguntarse si el sistema había fallado en detectar el verdadero nivel de peligro que representaba.
Sin embargo, la enfermedad mental por sí sola no explica los asesinatos. Millones de personas padecen graves trastornos psicológicos y jamás cometen actos violentos. El caso de Chase fue el resultado de una combinación excepcionalmente peligrosa de deterioro mental, delirios, aislamiento, antecedentes de comportamiento perturbador y una posterior escalada criminal.
Sacramento bajo amenaza
A finales de 1977, Sacramento todavía no sabía que estaba a punto de convertirse en escenario de una de las persecuciones criminales más impactantes de su historia.
El 29 de diciembre de ese año, Chase cometió su primer asesinato conocido. La víctima fue Ambrose Griffin, un hombre de 51 años que recibió un disparo mientras descargaba compras de su automóvil.
El ataque desconcertó a los investigadores.
No existía, aparentemente, una relación personal entre Chase y Griffin. No parecía haber un motivo económico evidente. El crimen se presentaba como un ataque sin sentido contra una víctima elegida al azar.
Para la policía, aquel tipo de homicidio era especialmente difícil de investigar. Cuando existe un conflicto previo, una deuda, una relación familiar o una disputa conocida, los investigadores tienen puntos de partida. Pero un asesinato cometido contra un desconocido puede dejar muy pocas pistas sobre el responsable.
El crimen de Griffin fue, sin embargo, solamente el comienzo.
Durante las semanas siguientes, Chase continuó mostrando una conducta cada vez más peligrosa. Su método también revelaría una característica aterradora: entraba en viviendas y atacaba a personas que no necesariamente tenían relación alguna con él.
La puerta sin cerrar
Uno de los detalles más conocidos atribuidos a Richard Chase era su creencia de que una puerta cerrada significaba que no era bienvenido, mientras que una puerta sin seguro representaba, en su mente delirante, una especie de permiso para entrar.
Aquella idea puede parecer absurda, pero para los investigadores se convirtió en un elemento importante para comprender su comportamiento.
Chase recorría barrios y comprobaba puertas. Si una vivienda estaba cerrada, podía seguir adelante. Si encontraba una abierta o sin seguro, entraba.
Esto transformaba la seguridad doméstica en un elemento crucial. Después de sus crímenes, se popularizó una frase relacionada con el caso: “Las puertas cerradas son una señal de que no eres bienvenido”. La afirmación reflejaba la lógica distorsionada que, según las investigaciones, Chase utilizaba para justificar sus entradas en casas ajenas.
Para las víctimas, por supuesto, no existía ninguna lógica. Sus hogares eran lugares donde debían sentirse protegidas. Chase convirtió esa seguridad en una vulnerabilidad.
El asesinato de Teresa Wallin
El 23 de enero de 1978, Chase entró en la casa de Teresa Wallin, una joven embarazada de 22 años.
El ataque fue brutal.
Wallin se encontraba en su hogar cuando Chase irrumpió y la asesinó. La escena que dejó detrás fue extremadamente violenta y conmocionó a los investigadores. También mató al perro de la familia.
Para la policía, el crimen comenzaba a revelar que no se trataba de un homicidio común. El atacante mostraba una violencia extrema y una conducta que parecía carecer de un motivo convencional.
No había una disputa conocida entre la víctima y el asesino. No era un robo tradicional. Tampoco parecía un crimen pasional.
La investigación comenzó a enfrentarse a una posibilidad aterradora: Sacramento podía tener a un asesino que elegía víctimas sin una relación previa y que actuaba impulsado por una combinación de violencia y delirios.
Pero todavía faltaba el peor capítulo.
El 27 de enero de 1978, apenas cuatro días después del asesinato de Teresa Wallin, Richard Chase entró en la casa de Evelyn Miroth.
Lo que ocurrió dentro de aquella vivienda se convirtió en uno de los crímenes más horribles asociados con un asesino serial estadounidense.
Chase asesinó a Evelyn Miroth, de 38 años. También mató a su hijo Jason, de seis años; a su sobrino David Ferreira, de 22 meses; y a Daniel Meredith, un vecino que se encontraba en el lugar.
En cuestión de minutos, una casa se convirtió en el escenario de una masacre.
La violencia del ataque dejó una impresión profunda incluso entre investigadores acostumbrados a trabajar en escenas criminales. La policía encontró evidencias de una conducta extremadamente desorganizada y perturbadora.
El caso de Chase no se caracterizaba por la precisión de un criminal sofisticado que intentaba eliminar todas las pruebas. Al contrario, su comportamiento era caótico. Dejó pistas, huellas y elementos que permitieron a los investigadores avanzar rápidamente.
Pero esa misma desorganización revelaba otra cuestión inquietante: no parecía actuar siguiendo una estrategia criminal tradicional. Su conducta estaba profundamente ligada a su estado mental y a sus delirios.
La ciudad comenzó a vivir con miedo.
El asesino podía entrar en una casa. Las víctimas podían ser personas comunes. Familias enteras comenzaron a revisar cerraduras y puertas con mayor cuidado.
La sensación de seguridad había desaparecido.
La investigación se acelera
La policía de Sacramento enfrentaba una presión enorme. Había varios asesinatos graves y una posibilidad cada vez más clara de que un mismo individuo estuviera detrás de ellos.
Los investigadores comenzaron a comparar pruebas de las escenas.
La evidencia reunida tras la masacre en la casa de Evelyn Miroth resultó fundamental. Testigos habían visto a un hombre cerca de la vivienda. También existían huellas y otras pistas que ayudaron a orientar la investigación.
El nombre de Richard Chase comenzó a aparecer.
Las autoridades ya tenían información sobre su comportamiento anterior y sus antecedentes psiquiátricos. Personas que lo conocían también proporcionaron datos sobre sus extrañas conductas.
Uno de los elementos más importantes fue que Chase no parecía comprender la magnitud de la investigación que se estaba desarrollando a su alrededor. Su comportamiento posterior no mostró la sofisticación de alguien que hubiera planeado cuidadosamente escapar durante años.
El cerco se cerraba.
El 1 de febrero de 1978, pocos días después de la masacre, Richard Chase fue arrestado.
Tenía 27 años.
Su período de asesinatos había sido relativamente corto, pero había dejado seis personas muertas.
El juicio y la pregunta sobre la locura
La detención no puso fin a la controversia. Comenzaba entonces otra batalla: la judicial.
La defensa argumentó que Chase padecía una enfermedad mental grave. El debate se concentró en una de las preguntas más difíciles del derecho penal: ¿puede una persona ser considerada responsable de sus crímenes si sufría delirios y una grave pérdida de contacto con la realidad?
Los fiscales, por otro lado, sostuvieron que existían elementos suficientes para demostrar responsabilidad criminal.
El juicio generó enorme atención pública. Las familias de las víctimas querían justicia. La sociedad de Sacramento intentaba comprender cómo alguien con antecedentes tan graves había terminado nuevamente en libertad.
El jurado finalmente encontró a Chase culpable de los asesinatos. Fue condenado a muerte en la cámara de gas.
Sin embargo, nunca sería ejecutado.
Mientras permanecía en prisión, Chase continuó mostrando signos de graves problemas psicológicos. En diciembre de 1980 murió en su celda después de ingerir una sobredosis de medicamentos.
Tenía apenas 30 años.
Las víctimas detrás del asesino
Los grandes casos criminales suelen correr el riesgo de transformar al asesino en el protagonista absoluto. Los sobrenombres, los documentales y la fascinación por el horror pueden hacer que las víctimas queden en un segundo plano.
En el caso de Richard Chase, las víctimas fueron Ambrose Griffin, Teresa Wallin, Evelyn Miroth, Jason Miroth, David Ferreira y Daniel Meredith.
Seis personas perdieron la vida.
Entre ellas había adultos, una joven embarazada y niños.
Ese es el verdadero saldo del caso.
Detrás de cada nombre había familiares, amigos, proyectos y vidas que fueron destruidas. La historia de Chase no debería entenderse únicamente como la biografía de un asesino extraño. Es también la historia de seis víctimas y de familias que tuvieron que enfrentarse a una pérdida imposible de reparar.
El legado de un caso aterrador
Décadas después, Richard Chase sigue siendo recordado como uno de los asesinos seriales más perturbadores de Estados Unidos.
Su caso continúa siendo analizado por criminólogos, psicólogos e investigadores debido a varios factores: la extrema violencia de los crímenes, sus delirios, sus antecedentes psiquiátricos y la rapidez con la que pasó de una conducta gravemente perturbada al asesinato.
También generó un debate permanente sobre la relación entre enfermedad mental, responsabilidad criminal y seguridad pública.
Pero es importante evitar una conclusión simplista. La enfermedad mental no convierte automáticamente a una persona en violenta. La inmensa mayoría de las personas con trastornos mentales graves nunca comete asesinatos. Richard Chase fue un caso excepcional, marcado por circunstancias extremas y una escalada de violencia.
Su historia, sin embargo, dejó una advertencia.
Las señales de un comportamiento peligroso pueden aparecer antes de una tragedia. Reconocerlas, evaluar adecuadamente el riesgo y ofrecer tratamiento y supervisión cuando sean necesarios puede ser decisivo.
Richard Chase pasó a la historia con un apodo que evocaba terror: “el Vampiro de Sacramento”. Pero detrás del nombre existió una tragedia real, compuesta por violencia, fallas, enfermedad, miedo y seis vidas destruidas.
El horror de su caso no está solamente en la brutalidad de sus crímenes. Está también en la sensación de que, antes de que ocurrieran los asesinatos, había señales de que algo gravemente peligroso estaba sucediendo.
Sacramento descubrió esa amenaza demasiado tarde.
La Viuda Negra de La Porte
◘
Belle Gunness, nacida como Brynhild Paulsdatter Størseth en Noruega en 1859, sigue siendo una de las figuras más enigmáticas y escalofriantes de la historia criminal estadounidense. Tras emigrar a Estados Unidos en 1881, se estableció en Chicago y posteriormente en La Porte, Indiana, donde su vida dio un giro siniestro. Se cree que Gunness asesinó a entre 14 y 40 personas, incluyendo esposos, hijos y pretendientes, lo que le valió el apodo de “La Bella del Infierno”.
Sus crímenes eran metódicos y tenían motivos económicos. Gunness se casó con Mads Sorenson en 1884; tanto su casa como su negocio se incendiaron misteriosamente, lo que generó indemnizaciones del seguro. El propio Sorenson murió en circunstancias sospechosas el mismo día en que dos de sus pólizas de seguro de vida coincidían. Gunness cobró ambas. Posteriormente se casó con Peter Gunness, quien falleció en un supuesto accidente con una picadora de carne. De nuevo, se benefició del seguro.
El plan más notorio de Gunness consistía en publicar anuncios matrimoniales en periódicos, atrayendo a hombres con promesas de compañía y prosperidad compartida. Muchos llegaban a su granja con dinero en efectivo y objetos de valor, para nunca ser vistos. En 1908, su casa de campo se incendió y las autoridades descubrieron los restos de múltiples víctimas enterradas en su propiedad. Entre ellos se encontraban sus hijos y una mujer adulta decapitada que inicialmente se creyó que era la propia Gunness. Sin embargo, persiste la especulación de que fingió su muerte y escapó a la justicia.
El legado de Gunness es a la vez aterrador y de gran importancia histórica. Desafió las expectativas de género de principios del siglo XX, no como una matrona protectora, sino como una depredadora calculadora. Su caso cuestionó las suposiciones sobre la criminalidad femenina y expuso las vulnerabilidades de los sistemas de seguros y de seguridad de la época. La magnitud de sus crímenes y el misterio que rodea su desaparición han consolidado su lugar en los anales del folclore estadounidense.
Más de un siglo después, Belle Gunness sigue fascinando a criminólogos, historiadores y narradores. Su vida invita a reflexionar sobre la intersección del género, el poder y el engaño, y sobre cómo los puntos ciegos de la sociedad pueden propiciar actos monstruosos. Ya sea considerada una asesina a sangre fría o un símbolo de un fracaso sistémico, la historia de Gunness sigue rondando la imaginación estadounidense.
PrisioneroEnArgentina.com
Agosto 5, 2025
El asesino de Deadpool
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El juez de circuito Nicholas Thompson calificó la evidencia de los hechos de “atroces y crueles”, especialmente el segundo asesinato fue “frío, calculado y premeditado”, mostrándose de acuerdo con la recomendación del jurado de dos penas de muerte, una por cada asesinato.
Wilson, que recibió su apodo por compartir el nombre con el famoso personaje de los cómics de Marvel, no mostró emoción alguna al escuchar su sentencia.
Durante el juicio, su defensa intentó argumentar que Wilson padecía de una “mente enferma”, debido a su adicción a las drogas, y presentó una moción para un nuevo juicio o absolución, que fue denegada.
“Este no es el final. El final es cuando el acusado exhale su ultimo aliento y yo estaré allí en la ejecución. Es una promesa”, aseguró Félix Ruiz, el padre de una de las víctimas.
PrisioneroEnArgentina.com
Setiembre 1, 2024
Por una lata de salmón
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Junto a su compañero Leonard Lake, el infame asesino en serie Charles Ng había matado y torturado a una docena o más de hombres, mujeres y niños en el lapso de un año. Todo este terrible asunto es una historia de destino y azar.
Nacido de un rico hombre de negocios de Hong Kong, sus primeros años de vida estuvieron marcados por una obsesión por las artes marciales, el incendio y el abuso físico a manos de su padre. En medio de todo esto surgió una inclinación hacia la cleptomanía. Saltó de una escuela a otra, siendo expulsado de cada una, señalado como un joven con problemas. Después de un incidente de robo cuando tenía 15 años, su padre lo envió a un internado inglés en un intento de corregirlo. Sin embargo, poco después de llegar, fue expulsado por robar a otros estudiantes.
A los 18 años se mudó a los EE. UU. y se matriculó en NDNU, una universidad en el norte de California, pero abandonó después de un semestre. Poco después se vio involucrado en un accidente de atropello y fuga, y para evitar ser procesado se unió a la Infantería de Marina, ingresando falsificando sus documentos. Finalmente fue dado de baja, por robo, y se fugó. Sin embargo, lo capturaron y lo encarcelaron durante catorce meses. Mientras estaba allí, sucedió una única pero crucial casualidad. Cogió una revista de juegos de guerra.
Este acto aparentemente inocuo e intrascendente resultó ser el momento que conduciría a una ola de asesinatos que duraría un año. Miró esta revista y se topó con la sección de anuncios, donde vio uno colocado por su compañero Marine Leonard Lake. Él respondió, los dos se conocieron y lamentablemente harían las peores acciones imaginables.
Sin embargo, el destino puso un freno y, en 1985, se abriría una pista que los llevaría directamente al corazón de las atrocidades. La pista la proporcionaron nada menos que Ng y Lake: Charles Ng había sido sorprendido robando un tornillo de banco y huyó, lo que provocó que Lake fuera a la tienda más tarde e intentara pagarlo. Pero para entonces llegó la policía y se dio cuenta de que no se parecía a la foto del hombre que aparecía en su permiso de conducir robado. Registraron su coche, encontraron un arma y lo arrestaron. Una búsqueda de huellas dactilares reveló una coincidencia positiva y la policía identificó el vehículo que conducía como el de una de las víctimas desaparecidas. Lake se suicidó ingiriendo las pastillas de cianuro que había cosido en su ropa.
Sin embargo, la captura no fue tan rápida para Ng, quien había huido a Canadá. Mientras se escondía allí, el destino volvió a mover sus hilos mientras estaba de compras e intentó robar una lata de salmón. Sería su perdición porque lo pillaron haciéndolo y le disparó a un guardia de seguridad en la mano. Afortunadamente, el guardia de seguridad solo sufrió heridas leves y capturó a Ng de todos modos. Lo retuvo hasta que llegó la policía, que inmediatamente lo arrestó. Fue condenado a cuatro años y medio por robo y agresión. Una vez cumplida su sentencia por eso, quedó detenido a la espera de una solicitud de extradición de California. Luchó una batalla legal para tratar de evitarlo, porque Canadá no tiene pena de muerte. Perdió, fue extraditado y acusado de doce cargos de asesinato. Después de más años de batallas legales, finalmente fue declarado culpable de once cargos de asesinato: seis hombres, tres mujeres y dos niños varones. Hasta el día de hoy, permanece en prisión en el corredor de la muerte.
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Febrero 22, 2024
El asesino más peligroso
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Robert Maudsley fue uno de los asesinos seriales más viciosos de Gran Bretaña. Nació el 26 de junio de 1953.
Maudsley creció en una familia de doce hijos con padres abusivos. En un momento, lo encerraron en un sótano durante seis meses y solo lo visitaba su padre, quien lo golpeaba varias veces al día.
Maudsley cometió su primer asesinato en 1974, estrangulando a un hombre llamado John Farrell después de enterarse de que Farrell era un abusador de menores. Se entregó a la policía y fue enviado a un hospital psiquiátrico.
En 1977, Maudsley y otro paciente torturaron brutalmente y mataron a un recluso acusado de abuso sexual infantil. Este incidente provocó el traslado de Maudsley a la prisión de Wakefield en West Yorkshire, Inglaterra.
En 1978, mientras estaba en Wakefield, Maudsley cometió dos asesinatos en un día. No mostró ningún remordimiento por estos actos, lo que avivó el miedo entre sus compañeros de prisión y lo llevó a su confinamiento solitario.
Maudsley ha superado el récord mundial de tiempo pasado en aislamiento. Ha pasado más de 45 años en es tipo de régimen. Maudsley ha estado encerrado en una jaula de vidrio especialmente construida en el sótano de Wakefield durante décadas.
Se informa que la salud de Maudsley ha empeorado en los últimos años y también hay sugerencias de que su salud mental se ha deteriorado y está viviendo sus días esperando morir tras las rejas.
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Febrero 17, 2024
Henry Lee Lucas
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Fue considerado el asesino en serie más prolífico de Estados Unidos. Pero en realidad era un mentiroso en serie. La verdadera historia del hombre que dijo haber matado a casi 600 personas.
Henry Lee Lucas parecía el sospechoso. Era un vagabundo con un historial de violencia, dientes sueltos y un ojo caído y lloroso, y cuando confesó ser el asesino en serie más prolífico de la historia de Estados Unidos, la policía y el público le creyeron en gran medida. Lucas proporcionó relatos que cerraron 197 casos de asesinato, pero una serie de cinco partes de Netflix de 2019 explora la creciente evidencia de que casi todas estas confesiones eran mentiras, y que cientos de asesinos reales han quedado libres.
Parte de lo que hace que The Confession Killer Serie de TV) sea uno de los productos más fascinantes de la ola mediática de crímenes reales es el hecho de que, si bien es casi seguro que Lucas no cometió la gran mayoría de los asesinatos que se le atribuyen, no fue una víctima inocente. Si bien no se puede confiar en nada del relato del mentiroso patológico, es probable que haya matado al menos a tres personas, lo que significa que, técnicamente, el manto de asesino en serie era bien merecido. En 1960, Lucas, que entonces tenía 24 años, asesinó a su madre y cumplió diez años de prisión por asesinato en segundo grado. En 1983, confesó los asesinatos de su “novia” de 15 años y una anciana para la que habían trabajado, y llevó a la policía a dos conjuntos de restos. Las confesiones comenzaron a fluir
después de que, durante su comparecencia por el asesinato de la anciana, Lucas sorprendió a la corte al preguntar: “¿Qué vamos a hacer con estas otras 100 mujeres que maté?”
De acuerdo con las confesiones de Lucas, de las que finalmente se retractó, había matado a víctimas de todos los grupos demográficos y en todo el país, desplegando todos los métodos de asesinato, desde atropellarlos con su automóvil hasta apuñalarlos con un bolígrafo, y participar en depravaciones que incluyen necrofilia y canibalismo. El número de presuntas víctimas se disparó a 350 y luego a 600.
Los legendarios Texas Rangers formaron un grupo de trabajo para manejar las confesiones, y Lucas recibió visitas de funcionarios encargados de hacer cumplir la ley de todo el país ansiosos por cerrar casos sin resolver. Algunos le proporcionaron fotografías de la escena del crimen y otros detalles relacionados con casos abiertos de asesinato, que luego Lucas amablemente regurgitó en sus confesiones. Y mientras mantuvo el flujo de admisiones, Lucas fue tratado como un prisionero estrella, navegando en la cárcel sin esposas, con un suministro constante de cigarrillos y sus batidos de fresa favoritos, y el tema de la frenética atención de la prensa.
“Henry nunca vivió tan bien”, dice el periodista Hugh Aynesworth en la serie. Pero había escépticos, y Aynesworth estaba entre ellos. Después de seguir el rastro de papel de Lucas, el reportero encontró registros que prueban que él estaba fuera cuando se estaban cometiendo algunos de los crímenes que confesó. Un examen a gran escala de las historias de Lucas descubrió que habría tenido que conducir cientos de millas por día solo para llegar a todos los supuestos lugares de asesinato remotos.
Vic Feazell era un fiscal de distrito recién nombrado en el condado de McLennan, Texas, cuando comenzó a ver a Lucas en la televisión, flanqueado por Texas Rangers y señalando las supuestas escenas de los crímenes.
“Y luego el locutor diría: ‘Henry Lucas ha resuelto otro asesinato'”, me dice Feazell en una entrevista. “Estaba pensando: ‘Guau. Son muchos asesinatos”.
Feazell se enredó en la saga de Lucas después de que el asesino en serie confesara crímenes en su condado, incluida la violación y asesinato de Rita Salazar en 1978 y el asesinato de su cita, Frank “Kevin” Key. Feazell tenía tanta motivación como cualquier oficial de la ley para aceptar la confesión de Lucas, lo que podría haber cerrado un caso horrible y proporcionado al joven y ambicioso fiscal del distrito una victoria muy pública. Pero la confesión de Lucas no parecía cierta. “Hubiera sido genial tener mi foto en el periódico con un Ranger parado junto a mí con la versión de la vida real de Hannibal Lecter”, dice. “Pero creo en hacer lo correcto. Esa es la forma en que me criaron”.
Feazell pronto se dio cuenta de que los esfuerzos de sus investigadores por corroborar las historias de Lucas estaban siendo frustrados. Cuando intentaron buscar digitalmente los archivos del asesino en la base de datos criminal estatal y nacional, fueron recibidos con mensajes de “acceso denegado”. “Eso nunca había sucedido antes”, me dice Feazell. Y el cierre de la base de datos nacional fue particularmente alarmante.
“Ahora, eso nos asustó”, dice. “Entonces supimos que estábamos bastante metidos porque podíamos entender cómo podrían cortar nuestro acceso en Texas, pero ¿cómo lo hicieron a nivel nacional?”
Y aunque las familias de algunas víctimas encontraron alivio en los relatos de las autoridades de que Lucas había matado a sus seres queridos, la familia de Deborah Sue Agnew Williamson, quien fue asesinada en 1975, sospechó desde el principio que la confesión de Lucas era una invención. Llevaban décadas intentando presionar a las autoridades locales para que buscaran al verdadero asesino.
Lucas fue declarado culpable de un total de 11 asesinatos y condenado a muerte, aunque en 1998 el entonces gobernador de Texas, George W. Bush, conmutó su
sentencia. En promedio, el futuro presidente firmó una ejecución cada dos semanas y supervisó el asesinato de más prisioneros que cualquier gobernador antes que él. Lucas fue el único condenado a cuya pena de muerte conmutó, ya que las pruebas demostraron que se encontraba en un estado diferente en el momento del asesinato por el que fue condenado a muerte. Lucas murió en prisión de insuficiencia cardíaca congestiva en 2001.
Pero The Confession Killer es más apasionante cuando no se enfoca directamente en Lucas, sino en los agentes de la ley que parecían más preocupados por que él cerrara sus casos que por la posibilidad de que las confesiones falsas permitieran que los asesinatos quedaran libres. “Caso tras caso se fue cerrando”, dice el director de Food, Inc., Robert Kenner, quien codirigió The Confession Killer con Taki Oldham. ..”
Los disidentes describen vidas alteradas por las represalias, con Aynesworth relatando un allanamiento de morada en el que sus objetos de valor se quedaron atrás pero sus documentos profesionales fueron tomados, y Faezell finalmente fue acusado de cargos federales de extorsión y eso podría haberlo encontrado enfrentando 80 años en la cárcel, cargos que dice fueron una retribución por sus intentos de frustrar el manejo del caso Lucas por parte de los Rangers de Texas. Al momento de escribir esto en 2019, tiene práctica privada y presenta un podcast sobre el caso que cambió el curso de su vida y muchos otros.
Pero a pesar del hecho de que Lucas no estuvo cerca del asesinato en masa que afirmó haber cometido, el mito de sus docenas de asesinatos se ha mantenido. Incluso fue el tema de una película de culto, “Henry: Retrato de un asesino en serie”.
“Básicamente, en algún momento, los medios y el público en general se involucran en una historia y no necesariamente les gusta que los corrijan”, dice Oldham. “A la gente le gusta esa idea, a la gente le gusta atrapar monstruos”. Y si bien el espectro de un hombre que avanza silenciosamente por Estados Unidos y mata a cientos de personas es aterrador, la probable verdad de que cientos de asesinos todavía andan sueltos es aún más aterrador.
Los realizadores esperan que el lanzamiento de esta serie documental anime a la policía a reexaminar los supuestos asesinatos de Lucas. La tecnología del ADN ya ha demostrado que 20 de los asesinatos que se le atribuyen fueron cometidos por otros, y eso incluye los asesinatos de Salazar y Key. La sospecha de Feazell sobre la confesión resultó ser correcta: en 2010, la evidencia genética vinculó a un hombre llamado Benny Tijerina Jr. con los crímenes.
PrisioneroEnArgentina.com
Febrero 8, 2023
MARCEL PETIOT, ¿Asesino Serial o Genio Estafador?
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Es imposible, describir a cualquier asesino como “mejor” o “peor” que otro. Aun así, Marcel Petiot fue verdaderamente superlativo en su operación de horror, principalmente debido a las circunstancias y motivaciones detrás de sus actos: prometió seguridad y libertad a los que abandonaban la Francia ocupada por los nazis, sólo para despojarlos de sus posesiones… y sus vidas.
Al igual que con muchos asesinos en serie, la lucha interna marcó gran parte de la vida temprana de Marcel Petiot.
Nacido en Francia en 1897, varias escuelas de todo el país lo expulsaron por su comportamiento, aún así terminó sus estudios escolares a los 18 años, en 1915. Petiot entonces se alistó en el ejército, sin embargo el alcance de su servicio es discutible ya que pasó largos períodos de tiempo en el calabozo, probablemente (o seguramente) debido a su cleptomanía.
Después de que su aventura en el ejército llegó a su fin, los psiquiatras recomendaron que Petiot fuera internado en un asilo. En su lugar, hizo una pasantía mientras asistía a la escuela de medicina. Petiot se graduó en ocho meses, y con su título de médico en la mano fue a trabajar en Villeneuve-sur-Yonne en 1921.
Allí, Petiot casi inmediatamente se volvió adicto a dos cosas que definirían el resto de su vida: narcóticos y asesinatos.
Muchos sospechan que la primera víctima de Petiot fue Louise Delaveau, su amante e hija de uno de sus pacientes en Villeneuve-sur-Yonn. La mujer desapareció en 1926, poco después de que los dos comenzaran a tener una aventura. Nadie volvió a saber de Delaveau. Aunque cuando las autoridades comenzaron a llevar a cabo una investigación sobre su desaparición, los vecinos informaron que habían visto a Petiot poner un gran baúl en su automóvil, tal vez, dijeron algunos, con su cuerpo dentro. La policía lo investigó, pero no encontró nada que lo vinculara con el crimen.
Poco después de la desaparición de Delaveau, Petiot decidió postularse para alcalde de Villeneuve-sur-Yonne, un asiento que ganó desde que contrató a alguien para causar conmoción durante un debate y confundir a su oponente. Sus maniobras continuaron con Petiot en el cargo: lo primero que hizo Petiot al convertirse en alcalde fue malversar el dinero de la ciudad.
Después de ese breve ciclo en la política, Petiot , su esposa, y su hijo pequeño se mudaron a París y comenzaron a construir una práctica médica exitosa.
Durante todo esto, Petiot fue brevemente a prisión por su persistente cleptomanía. Si bien el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la caída de Francia ante el régimen nazi probablemente eclipsaron cualquier preocupación que alguien haya tenido al
respecto, no evadió la ley por completo. El médico fue multado con 2400 francos por su prescripción de narcóticos ilícitos, cargo por el cual habría ido a juicio si los dos adictos que declararon en su contra no hubieran desaparecido en circunstancias misteriosas poco antes de que comenzara la acción judicial.
Para Petiot, la Francia ocupada por los nazis fue el telón de fondo perfecto en el que podía cometer sus crímenes. De hecho, el país estaba dividido principalmente por simpatizantes nazis y aquellos que intentaban derrotar a la Gestapo. Petiot capitalizó el estado del miedo.
Empezó a concebir un plan que sería a la vez satisfactorio a su locura y lucrativo a sus bolsillos.
Petiot comenzó a invitar a residentes judíos a su clínica en el 66 de la Rue Caumartin, prometiéndoles un salvoconducto para salir de la Francia ocupada por los nazis. También ofreció su casa como una casa segura para combatientes de la resistencia, ladrones y criminales peligrosos que intentaban escapar de la ley. Aun así, lo que parecía una causa noble de su parte resultaría ser el comienzo de una de las más horribles matanzas de la historia.
Petiot, que trabajaba bajo el nombre de “Dr. Eugéne”, prometió un pasaje seguro fuera de Francia a cualquiera que pudiera pagar su tarifa de 25.000 francos, (medio millón de dólares en la actualidad). También contrató a varios “promotores” que ayudaron a reunir a la gente, quienes más tarde serían juzgados como cómplices.
Nadie ha oído de aquellos que pagaron a la “agencia de viajes” de Petiot, principalmente porque los mató a todos. Le decía a sus clientes que antes de que pudieran salir del país necesitaban inoculaciones requeridas por países a donde serían enviados como Argentina o Canadá, aunque de hecho les inyectó cianuro. Petiot entonces tomó todos los objetos de valor de sus víctimas y tiró sus cadáveres en el Sena.
Sólo la Gestapo obligaría a Petiot a cambiar esta práctica: a medida que crecía la presencia de la Gestapo en las calles de Francia, se volvió demasiado arriesgado sacar los cuerpos de la casa y deshacerse de ellos. Así que, después de sus primeras muertes, Petiot comenzó a poner los cuerpos en tanques con cal viva para desintegrarlos. Como las desapariciones continuaban en gran escala, la Gestapo -irónicamente- se transformaron en los buenos de la película y comenzaron una gran investigación. La Gestapo detuvo a los cómplices del “Dr, Eugene” y estos revelaron su verdadero nombre: Marcel Petiot. Para cuando la Gestapo fue a buscarlo, Petiot había huido a otra parte de París.
Ahora trabajando en el 21 de la Rue le Sueur, sin sus “asociados”, la tarea de deshacerse de los cuerpos de sus víctimas se convirtió en abrumadora. Por razones que no están claras, Petiot dejó la ciudad por unos días en marzo de 1944. Mientras estaba fuera, sus vecinos comenzaron a notar un terrible olor que emanaba de su casa, y que el humo que irradiaba de su chimenea era inusualmente nocivo.
Petiot llegó poco después, tratando de explicar que era miembro de la Resistencia y que los cuerpos eran los de los alemanes nazis y de traidores. La policía creyó en la historia de Petiot lo suficiente como para no arrestarlo entonces y allí, lo que, dado el tumulto en el que Francia se encontraba y lo venerada que era la Resistencia, Petiot ascendió al nível de héroe.
Aun así, la historia de Petiot no convenció a todos, y el comisario Georges-Victor Massu se hizo cargo de una investigación oficial sobre el hombre que creía que era un “lunático peligroso”. Una vez que entrevistó a la esposa y al hermano de Petiot, Maurice, junto con los hombres que habían ayudado a Petiot cuando vivía en el 66 de la Rue Caumartin, el verdadero rompecabezas comenzó a dibujar ciertas imágenes.
La policía arrestó a todos sus cómplices. Cuando llegaron a la casa de Petiot para arrestarlo y acusarlo de asesinato, por supuesto, se había ido.
La invasión de Normandía puso en espera la búsqueda de Petiot. Usando la guerra a su favor una vez más, Petiot se escondió con amigos, explicando que la Gestapo lo persiguió porque había asesinado a algunos informantes. A lo largo de este período, Petiot tomó una serie de nombres diferentes, dejó crecer su cabello y barba, y logró evadir la captura durante cierto tiempo.
Mientras operaba bajo un nombre supuesto, Petiot ganó tanta notoriedad como luchador de la Resistencia que un periódico francés publicó un perfil del médico asesino. Cuando los periódicos llegaron a los lectores, varias personas lo reconocieron como Petiot y alertaron a la policía de que el asesino, de hecho, todavía estaba en París. Alguien reconoció a Petiot en una estación de tren en febrero de 1944, y dió parte a la policía que lo arrestó y lo imputó bajo cargos de asesinato.
Marcel Petiot fue juzgado en 1946 con 135 cargos criminales.
A lo largo de su juicio Petiot sostuvo que sólo mataba a los enemigos de Francia y que lo hacía simplemente para llevar a cabo sus deberes como luchador de la Resistencia. Al apoyar su caso, hizo el paso en falso de enumerar algunos grupos de la Resistencia por su nombre, grupos que los asistentes al juicio le dijeron a Petiot no existían.
Una vez que la investigación reveló que Petiot había robado a los que mató, fue acusado de asesinato por ganancias.
En el transcurso del juicio, Petiot admitió haber matado a algunas, pero no todas, de las 27 víctimas encontradas en su casa. A lo largo de su vida había matado al menos a 60 personas, aunque fue declarado culpable de 26 asesinatos.
El tribunal condenó a Petiot a muerte por decapitación.
Aunque Marcel Petiot era un asesino prolífico, si no hubiera sido tan codicioso —su cuota del pasaje a la libertad era demasiado alta para la mayoría de la gente en ese momento— sin duda habría matado aún más personas.
PrisioneroEnArgentina.com
Octubre 23, 2019