Donald Trump ha convertido su relación con la justicia estadounidense en uno de los capítulos más extraordinarios de la política moderna de Estados Unidos. Desde las acusaciones relacionadas con las elecciones de 2020 hasta su condena en Nueva York por falsificación de registros comerciales, el expresidente y actual presidente ha utilizado una estrategia jurídica y política basada, en buena medida, en cuestionar la legitimidad de los procesos en su contra.
Pero los tribunales han establecido límites.
Uno de los momentos más importantes ocurrió en febrero de 2024, cuando un panel de tres jueces del Tribunal de Apelaciones del Circuito del Distrito de Columbia rechazó por unanimidad —3-0— el argumento de Trump de que un expresidente gozaba de inmunidad absoluta frente a una acusación penal relacionada con sus acciones para permanecer en el poder después de perder las elecciones de 2020.
Aquella decisión tuvo una enorme importancia constitucional.
“Presidente” no significa “por encima de la ley”
El argumento de Trump era esencialmente que las acciones realizadas durante su presidencia estaban protegidas por la inmunidad presidencial.
Los jueces rechazaron una interpretación tan amplia.
El tribunal sostuvo que, una vez terminada su presidencia, Trump no podía utilizar el cargo como una protección general contra una acusación penal. La decisión estableció una idea fundamental: el presidente tiene poderes extraordinarios, pero esos poderes no crean automáticamente una licencia para cometer delitos.
Sin embargo, la historia jurídica no terminó allí.
Trump recurrió a la Corte Suprema, que en julio de 2024 produjo una decisión mucho más compleja. Los magistrados establecieron que los expresidentes poseen inmunidad absoluta respecto de determinados actos oficiales que forman parte de sus poderes constitucionales y, para otros actos oficiales, existe al menos una presunción de inmunidad. Pero los actos no oficiales no están protegidos.
La decisión modificó profundamente el panorama.
La diferencia entre actos oficiales y privados
Esta distinción es ahora el centro de muchas de las disputas legales de Trump.
Una decisión presidencial relacionada con las funciones constitucionales del mandatario puede recibir protección. Pero una actividad privada, electoral o personal no se convierte automáticamente en un acto oficial simplemente porque quien la realiza ocupa la Casa Blanca.
Esa diferencia acaba de aparecer nuevamente en el caso de Stormy Daniels.
Trump fue condenado en mayo de 2024 por 34 cargos de falsificación de registros comerciales relacionados con un pago de US$130.000 realizado durante la campaña presidencial de 2016 para mantener en silencio una relación que Trump negaba.
El 28 de agosto de 2026, el juez federal Alvin Hellerstein rechazó el intento de Trump de trasladar ese caso desde el sistema judicial estatal de Nueva York al federal y utilizar la doctrina de inmunidad presidencial para intentar eliminar la condena.
La conclusión fue contundente: el pago y su encubrimiento eran asuntos privados, no funciones presidenciales.
¿Significa esto que Trump irá nuevamente a juicio?
No necesariamente.
Aquí es importante separar tres conceptos: acusación, juicio y condena.
Trump ya fue sometido a juicio en el caso de Nueva York y fue declarado culpable. Lo que continúa ahora son las apelaciones y los esfuerzos de su equipo legal para conseguir que esa condena sea anulada.
El reciente fallo federal no significa que mañana Trump será enviado a prisión.
De hecho, el juez que dictó la sentencia en el caso de Nueva York no le impuso pena de prisión. Pero la condena penal continúa teniendo importancia histórica y jurídica.
Trump fue el primer expresidente estadounidense condenado por un delito.
El problema de las elecciones de 2020
El asunto potencialmente más trascendental era, sin embargo, el proceso federal relacionado con los esfuerzos de Trump para impedir o revertir la certificación de la victoria de Joe Biden en las elecciones de 2020.
Ese proceso quedó profundamente afectado por la decisión de la Corte Suprema sobre inmunidad y posteriormente por el regreso de Trump a la presidencia.
La cuestión constitucional continúa siendo enorme: ¿hasta dónde puede llegar la protección de un presidente cuando sus acciones están relacionadas con el ejercicio del poder?
La respuesta de los tribunales ha sido que no todo lo que hace un presidente es necesariamente un acto oficial.
Esta distinción puede parecer técnica, pero tiene consecuencias enormes para el futuro de la democracia estadounidense.
Una batalla que va mucho más allá de Trump
El caso Trump ha creado un precedente que afectará a futuros presidentes.
Si un presidente pudiera afirmar que cualquier acción realizada mientras ocupa el cargo es automáticamente oficial, prácticamente cualquier conducta presidencial podría quedar protegida.
Por el contrario, si un presidente pudiera ser procesado penalmente por cualquier decisión política tomada durante su mandato, los futuros gobiernos podrían enfrentarse a una sucesión interminable de procesos judiciales.
La Corte Suprema intentó establecer una frontera.
El problema es que esa frontera será disputada durante muchos años.
Trump contra los tribunales
Trump ha respondido históricamente a sus problemas judiciales con una combinación de recursos legales, apelaciones y ataques políticos.
Sus seguidores consideran que los procesos contra él son parte de una persecución política destinada a impedir su regreso al poder.
Sus críticos sostienen exactamente lo contrario: que Trump intenta utilizar su poder político para evitar que el sistema judicial pueda responsabilizarlo por sus actos.
Ambas posiciones han convertido los tribunales en otro campo de batalla de la polarización estadounidense.
Y esto constituye uno de los mayores peligros institucionales.
Cuando millones de ciudadanos dejan de aceptar las decisiones judiciales simplemente porque perjudican a su candidato, la confianza en las instituciones comienza a deteriorarse.
La derrota 3-0
El significado histórico de aquel 3-0 de 2024 no está solamente en Trump.
Los tres jueces dijeron, en esencia, que la presidencia no convierte a una persona en monarca.
El principio es fundamental para el sistema estadounidense: el presidente ejerce enormes poderes, pero sigue sujeto a la Constitución y a la ley.
La posterior decisión de la Corte Suprema introdujo importantes protecciones para los actos oficiales. Pero tampoco creó una inmunidad absoluta para cualquier conducta realizada durante la presidencia.
Ese límite continúa siendo particularmente importante.
El futuro judicial de Trump
Trump todavía tiene herramientas legales.
Puede apelar decisiones, presentar nuevos argumentos constitucionales y cuestionar la aplicación de las leyes. Sus abogados continuarán intentando aprovechar la doctrina de inmunidad presidencial establecida por la Corte Suprema.
Pero los tribunales ya han demostrado que no aceptarán necesariamente una interpretación ilimitada de esa doctrina.
El fallo de Hellerstein de agosto de 2026 constituye una nueva señal en ese sentido. El juez no aceptó que la inmunidad presidencial pudiera transformar una conducta privada anterior a la presidencia en un acto oficial protegido.
Un presidente frente a una pregunta histórica
El verdadero debate no es simplemente si Donald Trump será condenado, absuelto o si alguna de sus condenas será anulada.
La pregunta histórica es mucho más profunda:
¿Puede un presidente de Estados Unidos utilizar el poder de la presidencia para protegerse de las consecuencias legales de sus propios actos?
La respuesta que está emergiendo de los tribunales es compleja.
Sí existe inmunidad presidencial.
Pero no es ilimitada.
Sí existen actos oficiales protegidos.
Pero también existen actos privados que pueden quedar fuera de esa protección.
Y sí, un presidente tiene poderes extraordinarios.
Pero la Constitución estadounidense nunca convirtió al presidente en un rey.
Trump probablemente continuará combatiendo sus procesos judiciales durante años. Algunas decisiones pueden favorecerlo y otras pueden perjudicarlo. El panorama todavía puede cambiar.
Lo que ya resulta evidente, sin embargo, es que su batalla con los tribunales se ha convertido en uno de los mayores desafíos constitucionales de la historia reciente de Estados Unidos.
El 3-0 de 2024 fue uno de los primeros grandes golpes contra su teoría de inmunidad absoluta. La decisión posterior de la Corte Suprema complicó esa conclusión al reconocer una protección significativa para actos oficiales. Y el fallo de agosto de 2026 demuestra que la discusión está lejos de terminar.
Trump puede haber ganado importantes batallas jurídicas.
Pero los tribunales también han dejado claro que la presidencia no es un escudo universal contra la responsabilidad penal.
El presidente Donald J. Trump alega que la cadena de noticias CNN cometió un acto de difamación contra él al sugerir que su campaña buscaría ayuda de Rusia para las próximas elecciones. Desafortunadamente, puede hacer exactamente eso: incluso si un periodista escribe un artículo de opinión afirmando eso, la cadena de noticias es completamente responsable de publicarlo. Si, como afirma Trump, el artículo fuera difamatorio, CNN sería responsable de eso.
Por supuesto, todo esto teniendo en cuenta que Trump ha dicho activamente:
“Si alguien llamara desde un país, Noruega, y dijera ‘tenemos información sobre su oponente’, oh, creo que me gustaría escucharlo”.
En la misma entrevista:
“No es una interferencia, tienen información, creo que la aceptaría. Si pensara que hay algo mal, tal vez iría al FBI, si pensara que hay algo mal”.
Trump también debería tener cuidado con el hecho de que se puso en contacto con Ucrania y China para buscar información sucia sobre un oponente político (lo que, en sí mismo, cuenta como una búsqueda de interferencia extranjera), y ha negado activamente que los rusos interfirieran en las elecciones de 2016, a pesar de que todas las agencias de inteligencia estadounidenses creíbles confirmaron que eso es exactamente lo que sucedió. Mueller respaldó de manera similar esa conclusión, al observar que los rusos habían interferido y que Trump sabía de dicha interferencia, esperaba beneficiarse de ella e incluso mintió sobre ella.
No es exactamente una apuesta arriesgada imaginar que la historia podría repetirse, ¿verdad, Donald?
Vale la pena señalar que la Primera Enmienda protege la libertad de prensa, y se pueden encontrar cargos de difamación o calumnia desestimados sobre la base de que se trata de una opinión: New York Times Co. v. Sullivan (1) estableció que Trump estaría obligado a demostrar que el periodista en cuestión tenía “malicia real” al momento de escribir, es decir, que publicó deliberadamente información que no era cierta, con la intención de dañar la reputación de la persona.
Hablando de forma realista, es un poco difícil de demostrar. Después de todo, tenemos las conclusiones de varias agencias de inteligencia, así como una investigación federal, que confirman que Trump se ha beneficiado de la interferencia rusa en el pasado y que aceptaría más interferencias extranjeras en el futuro.
(1) New York Times Co. v. Sullivan es un caso histórico de la Corte Suprema de Estados Unidos decidido en 1964. El caso estableció el estándar de “malicia real”, que debe cumplirse para que los informes de prensa sobre funcionarios públicos se consideren difamación y calumnia.Esto significa que el demandante debe probar que la declaración se hizo con conocimiento de su falsedad o con un desprecio temerario por la verdad.El caso se originó cuando L.B.Sullivan, un funcionario público de Montgomery, Alabama, demandó a The New York Times por difamación por un anuncio que criticaba el trato de la policía a los manifestantes por los derechos civiles.La Corte Suprema falló a favor de The New York Times, enfatizando la importancia de proteger la libertad de expresión y de prensa bajo la Primera Enmienda.A menudo se cita como una de las decisiones más importantes en el ámbito de la libertad de expresión y los derechos de prensa.
Trump frente a la justicia: la derrota 3-0 sobre la inmunidad y el riesgo de un nuevo capítulo penal
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Donald Trump ha convertido su relación con la justicia estadounidense en uno de los capítulos más extraordinarios de la política moderna de Estados Unidos. Desde las acusaciones relacionadas con las elecciones de 2020 hasta su condena en Nueva York por falsificación de registros comerciales, el expresidente y actual presidente ha utilizado una estrategia jurídica y política basada, en buena medida, en cuestionar la legitimidad de los procesos en su contra.
Pero los tribunales han establecido límites.
Uno de los momentos más importantes ocurrió en febrero de 2024, cuando un panel de tres jueces del Tribunal de Apelaciones del Circuito del Distrito de Columbia rechazó por unanimidad —3-0— el argumento de Trump de que un expresidente gozaba de inmunidad absoluta frente a una acusación penal relacionada con sus acciones para permanecer en el poder después de perder las elecciones de 2020.
Aquella decisión tuvo una enorme importancia constitucional.
“Presidente” no significa “por encima de la ley”
El argumento de Trump era esencialmente que las acciones realizadas durante su presidencia estaban protegidas por la inmunidad presidencial.
Los jueces rechazaron una interpretación tan amplia.
El tribunal sostuvo que, una vez terminada su presidencia, Trump no podía utilizar el cargo como una protección general contra una acusación penal. La decisión estableció una idea fundamental: el presidente tiene poderes extraordinarios, pero esos poderes no crean automáticamente una licencia para cometer delitos.
Sin embargo, la historia jurídica no terminó allí.
Trump recurrió a la Corte Suprema, que en julio de 2024 produjo una decisión mucho más compleja. Los magistrados establecieron que los expresidentes poseen inmunidad absoluta respecto de determinados actos oficiales que forman parte de sus poderes constitucionales y, para otros actos oficiales, existe al menos una presunción de inmunidad. Pero los actos no oficiales no están protegidos.
La decisión modificó profundamente el panorama.
La diferencia entre actos oficiales y privados
Una decisión presidencial relacionada con las funciones constitucionales del mandatario puede recibir protección. Pero una actividad privada, electoral o personal no se convierte automáticamente en un acto oficial simplemente porque quien la realiza ocupa la Casa Blanca.
Esa diferencia acaba de aparecer nuevamente en el caso de Stormy Daniels.
Trump fue condenado en mayo de 2024 por 34 cargos de falsificación de registros comerciales relacionados con un pago de US$130.000 realizado durante la campaña presidencial de 2016 para mantener en silencio una relación que Trump negaba.
El 28 de agosto de 2026, el juez federal Alvin Hellerstein rechazó el intento de Trump de trasladar ese caso desde el sistema judicial estatal de Nueva York al federal y utilizar la doctrina de inmunidad presidencial para intentar eliminar la condena.
La conclusión fue contundente: el pago y su encubrimiento eran asuntos privados, no funciones presidenciales.
¿Significa esto que Trump irá nuevamente a juicio?
No necesariamente.
Aquí es importante separar tres conceptos: acusación, juicio y condena.
Trump ya fue sometido a juicio en el caso de Nueva York y fue declarado culpable. Lo que continúa ahora son las apelaciones y los esfuerzos de su equipo legal para conseguir que esa condena sea anulada.
El reciente fallo federal no significa que mañana Trump será enviado a prisión.
De hecho, el juez que dictó la sentencia en el caso de Nueva York no le impuso pena de prisión. Pero la condena penal continúa teniendo importancia histórica y jurídica.
Trump fue el primer expresidente estadounidense condenado por un delito.
El problema de las elecciones de 2020
El asunto potencialmente más trascendental era, sin embargo, el proceso federal relacionado con los esfuerzos de Trump para impedir o revertir la certificación de la victoria de Joe Biden en las elecciones de 2020.
Ese proceso quedó profundamente afectado por la decisión de la Corte Suprema sobre inmunidad y posteriormente por el regreso de Trump a la presidencia.
La cuestión constitucional continúa siendo enorme: ¿hasta dónde puede llegar la protección de un presidente cuando sus acciones están relacionadas con el ejercicio del poder?
La respuesta de los tribunales ha sido que no todo lo que hace un presidente es necesariamente un acto oficial.
Esta distinción puede parecer técnica, pero tiene consecuencias enormes para el futuro de la democracia estadounidense.
Una batalla que va mucho más allá de Trump
El caso Trump ha creado un precedente que afectará a futuros presidentes.
Si un presidente pudiera afirmar que cualquier acción realizada mientras ocupa el cargo es automáticamente oficial, prácticamente cualquier conducta presidencial podría quedar protegida.
Por el contrario, si un presidente pudiera ser procesado penalmente por cualquier decisión política tomada durante su mandato, los futuros gobiernos podrían enfrentarse a una sucesión interminable de procesos judiciales.
La Corte Suprema intentó establecer una frontera.
El problema es que esa frontera será disputada durante muchos años.
Trump contra los tribunales
Sus seguidores consideran que los procesos contra él son parte de una persecución política destinada a impedir su regreso al poder.
Sus críticos sostienen exactamente lo contrario: que Trump intenta utilizar su poder político para evitar que el sistema judicial pueda responsabilizarlo por sus actos.
Ambas posiciones han convertido los tribunales en otro campo de batalla de la polarización estadounidense.
Y esto constituye uno de los mayores peligros institucionales.
Cuando millones de ciudadanos dejan de aceptar las decisiones judiciales simplemente porque perjudican a su candidato, la confianza en las instituciones comienza a deteriorarse.
La derrota 3-0
El significado histórico de aquel 3-0 de 2024 no está solamente en Trump.
Los tres jueces dijeron, en esencia, que la presidencia no convierte a una persona en monarca.
El principio es fundamental para el sistema estadounidense: el presidente ejerce enormes poderes, pero sigue sujeto a la Constitución y a la ley.
La posterior decisión de la Corte Suprema introdujo importantes protecciones para los actos oficiales. Pero tampoco creó una inmunidad absoluta para cualquier conducta realizada durante la presidencia.
Ese límite continúa siendo particularmente importante.
El futuro judicial de Trump
Trump todavía tiene herramientas legales.
Puede apelar decisiones, presentar nuevos argumentos constitucionales y cuestionar la aplicación de las leyes. Sus abogados continuarán intentando aprovechar la doctrina de inmunidad presidencial establecida por la Corte Suprema.
Pero los tribunales ya han demostrado que no aceptarán necesariamente una interpretación ilimitada de esa doctrina.
El fallo de Hellerstein de agosto de 2026 constituye una nueva señal en ese sentido. El juez no aceptó que la inmunidad presidencial pudiera transformar una conducta privada anterior a la presidencia en un acto oficial protegido.
Un presidente frente a una pregunta histórica
El verdadero debate no es simplemente si Donald Trump será condenado, absuelto o si alguna de sus condenas será anulada.
La pregunta histórica es mucho más profunda:
¿Puede un presidente de Estados Unidos utilizar el poder de la presidencia para protegerse de las consecuencias legales de sus propios actos?
La respuesta que está emergiendo de los tribunales es compleja.
Sí existe inmunidad presidencial.
Pero no es ilimitada.
Sí existen actos oficiales protegidos.
Pero también existen actos privados que pueden quedar fuera de esa protección.
Y sí, un presidente tiene poderes extraordinarios.
Pero la Constitución estadounidense nunca convirtió al presidente en un rey.
Trump probablemente continuará combatiendo sus procesos judiciales durante años. Algunas decisiones pueden favorecerlo y otras pueden perjudicarlo. El panorama todavía puede cambiar.
Lo que ya resulta evidente, sin embargo, es que su batalla con los tribunales se ha convertido en uno de los mayores desafíos constitucionales de la historia reciente de Estados Unidos.
El 3-0 de 2024 fue uno de los primeros grandes golpes contra su teoría de inmunidad absoluta. La decisión posterior de la Corte Suprema complicó esa conclusión al reconocer una protección significativa para actos oficiales. Y el fallo de agosto de 2026 demuestra que la discusión está lejos de terminar.
Trump puede haber ganado importantes batallas jurídicas.
Pero los tribunales también han dejado claro que la presidencia no es un escudo universal contra la responsabilidad penal.
Trump demanda a CNN por declaraciones “falsas y difamatorias”
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El presidente Donald J. Trump alega que la cadena de noticias CNN cometió un acto de difamación contra él al sugerir que su campaña buscaría ayuda de Rusia para las próximas elecciones. Desafortunadamente, puede hacer exactamente eso: incluso si un periodista escribe un artículo de opinión afirmando eso, la cadena de noticias es completamente responsable de publicarlo. Si, como afirma Trump, el artículo fuera difamatorio, CNN sería responsable de eso.
Por supuesto, todo esto teniendo en cuenta que Trump ha dicho activamente:
En la misma entrevista:
Trump también debería tener cuidado con el hecho de que se puso en contacto con Ucrania y China para buscar información sucia sobre un oponente político (lo que, en sí mismo, cuenta como una búsqueda de interferencia extranjera), y ha negado activamente que los rusos interfirieran en las elecciones de 2016, a pesar de que todas las agencias de inteligencia estadounidenses creíbles confirmaron que eso es exactamente lo que sucedió. Mueller respaldó de manera similar esa conclusión, al observar que los rusos habían interferido y que Trump sabía de dicha interferencia, esperaba beneficiarse de ella e incluso mintió sobre ella.
No es exactamente una apuesta arriesgada imaginar que la historia podría repetirse, ¿verdad, Donald?
Vale la pena señalar que la Primera Enmienda protege la libertad de prensa, y se pueden encontrar cargos de difamación o calumnia desestimados sobre la base de que se trata de una opinión: New York Times Co. v. Sullivan (1) estableció que Trump estaría obligado a demostrar que el periodista en cuestión tenía “malicia real” al momento de escribir, es decir, que publicó deliberadamente información que no era cierta, con la intención de dañar la reputación de la persona.
Hablando de forma realista, es un poco difícil de demostrar. Después de todo, tenemos las conclusiones de varias agencias de inteligencia, así como una investigación federal, que confirman que Trump se ha beneficiado de la interferencia rusa en el pasado y que aceptaría más interferencias extranjeras en el futuro.
(1) New York Times Co. v. Sullivan es un caso histórico de la Corte Suprema de Estados Unidos decidido en 1964. El caso estableció el estándar de “malicia real”, que debe cumplirse para que los informes de prensa sobre funcionarios públicos se consideren difamación y calumnia. Esto significa que el demandante debe probar que la declaración se hizo con conocimiento de su falsedad o con un desprecio temerario por la verdad. El caso se originó cuando L.B. Sullivan, un funcionario público de Montgomery, Alabama, demandó a The New York Times por difamación por un anuncio que criticaba el trato de la policía a los manifestantes por los derechos civiles. La Corte Suprema falló a favor de The New York Times, enfatizando la importancia de proteger la libertad de expresión y de prensa bajo la Primera Enmienda. A menudo se cita como una de las decisiones más importantes en el ámbito de la libertad de expresión y los derechos de prensa.
PrisioneroEnArgentina.com
Enero 23, 2025