De los Granaderos de 1826 a los soldados y Patriotas traicionados del siglo XX. “El inexorable juicio de la historia y de Dios sobre los infames
Existe un hilo invisible y trágico que atraviesa los siglos y atenaza a aquellos hombres que lo entregaron todo por una bandera, para luego ser devorados por la frialdad de las burocracias, la conveniencia política y la indiferencia social. Es el trágico destino del Patriota; aclamado en la victoria que necesita el soberano, pero vilipendiado, encarcelado o arrojado al anonimato cuando la paz se vuelve incómoda para los despachos del poder. Aquel caluroso lunes 13 de febrero de 1826, Buenos Aires amaneció distraída en las intrigas del gobierno unitario de Bernardino Rivadavia, por las calles empolvadas no resonaron dianas triunfales ni vítores populares. Lo que avanzaba desde Mendoza no era una comitiva de gala, sino un puñado de sombras; setenta y ocho hombres famélicos, desgastados, vistiendo harapos que apenas conservaban el recuerdo de lo que alguna vez fueron los uniformes del glorioso Regimiento de Granaderos a Caballo.
Habían pasado catorce años desde que San Martín los moldeara con disciplina de hierro; Habían dejado sus pulmones en la cordillera, su sangre en Chacabuco, Maipú, Junín y Ayacucho, dejando sus huesos esparcidos desde el Río de la Plata hasta Pichincha. Y, sin embargo, al pisar la Plaza Mayor, la mirada del poder político unitario no fue de gratitud, sino de recelo.
Aquellos hombres de rostro curtido y cicatrices profundas, como Félix Bogado, Paulino Rojas o Miguel Chepoya, representaban una memoria incómoda; El gobierno de turno, ocupado en las disputas de facción y la centralización del poder, les escatimó los sueldos atrasados, no les ofreció recepción formal y, en un acto de frío despecho burocrático, procedió a desmantelar y disolver la unidad. El “trompa” Chepoya, que había hecho sonar su corneta en San Lorenzo para iniciar la gesta, tuvo que ver cómo la Patria a la que sirvió lo arrojaba a la miseria y al olvido. La gloria se convirtió en pordiosería, y la gratitud del Estado en un silencio hostil.
Más de un siglo después, en las páginas desgarradoras del escritor Jean Lartéguy Los Centuriones y Los Pretorianos, volvemos a escuchar ese mismo lamento. Lartéguy retrató la trágica metamorfosis de los oficiales y legionarios franceses que sufrieron la humillación de Indochina y las selvas de Argelia; Aquellos hombres no luchaban por ideologías baratas; luchaban por sus hermanos de armas, adaptándose a las guerras modernas y sangrientas que sus propios políticos les ordenaban combatir.
“Me gustaría que Francia tuviera una fuerza militar tan despiadada como sus diplomáticos y tan inflexible como sus políticos, pero solo nos tiene a nosotros; soldados desgastados que pagamos con nuestra sangre las decisiones que ellos cambian al ritmo de la opinión pública”.Cuando los políticos en París decidieron que la causa ya no era conveniente, la Patria entregó a sus propios soldados; Los centuriones fueron tildados de criminales, abandonados a su suerte o empujados a los tribunales militares por haber ejecutado las órdenes implacables que el mismo Estado les encomendó.
En un desfile inolvidable de la Legión Extranjera, marchando con ese paso lento y marcial que parece detener el tiempo, las botas de los legionarios resonaban contra el asfalto mientras las notas nostálgicas y desafiantes de Edith Piaf envolvían el ambiente; “Non, je ne regrette rien” (“No, no me arrepiento de nada“). Era el canto de dignidad de quienes sabían que los hombres de honor jamás pueden ser juzgados por cobardes de escritorio.
Ese mismo patrón de traición y reescritura de la historia se cobró sus víctimas en suelo argentino durante los oscuros años de los 70 y décadas subsecuentes.
Cuando las organizaciones terroristas como el ERP y Montoneros sembraban el terror, asaltaban cuarteles, secuestraban y masacraban a mansalva, los gobiernos legítimos ordenaron a las Fuerzas Armadas y de Seguridad “aniquilar el accionar de los elementos subversivos”. Las Fuerzas Armadas, Fuerzas de Seguridad y Fuerzas Policialesacudieron al llamado de la Patria para defender el orden constitucional e institucional amenazado por el terror castro-guevarista; Sin embargo, tras la victoria militar, la política hizo lo que siempre hace; cobardemente acomodarse al viento cultural de turno.
Años más tarde, los hombres que arriesgaron sus vidas para frenar el terrorismo represivo fueron acorralados por un sistema judicial politizado que tuvo los ojos ciegos para los crímenes de los subversivos y desató una persecución ilegal, violando los principios elementales de irretroactividad y debido proceso.
Ancianos uniformados que defendieron la Nación terminaron muriendo en prisiones inhumanas, arrastrando sobre sus hombros la difamación de una dirigencia y una sociedad que prefirió entregarlos como chivos expiatorios para lavar sus propias culpas pasadas. ¿Y cómo no llorar ante la trágica suerte de los jóvenes y profesionales que combatieron en las heladas turbales de las Islas Malvinas en 1982?. Esos soldados enfrentaron a una potencia imperial con un coraje que asombró al mismísimo enemigo; Sostuvieron posiciones bajo fuego infernal, surcaron el mar en condiciones extremas y se convirtieron en leyenda en el cielo austral. Pero el regreso no tuvo desfiles, al igual que el glorioso Regimiento de Granaderos a Caballo y los Pretorianos y Centuriones de Jean Lartéguy; El poder político de la naciente democracia prefirió esconderlos.
Llegaron de noche, en trenes con cortinas cerradas, camuflados como si su sola presencia fuera una afrenta para los ojos de la capital; Se inauguró así la dolorosa era de la “desmalvinización”.
¡La ingratitud del pueblo y los gobernantes caló más profundo que las balas enemigas!. Abandonados a la marginación, el desempleo y el desprecio, cientos de excombatientes prefirieron la muerte a manos del suicidio antes que seguir soportando la mirada esquiva de una sociedad desagradecida.
EPÍLOGO
Desde los Granaderos de 1826 marchando en harapos ante el desprecio de Rivadavia, pasando por los Centuriones legionarios cantando a Edith Piaf frente al rechazo de París, hasta nuestros combatientes de Malvinas e integrantes de las fuerzas Armadas, de Seguridad y Policiales; ancianos y enfermos castigados y arrastrados al ostracismo; el veredicto de la historia es amargo.
¡Los políticos negocian y los pueblos olvidan!; Pero aún peor, ante cualquier reclamo de justicia o dignificación social, la clase política responde con la indolente y pública sentencia de que estos Patriotas «no están en la agenda». Procuran así instaurar una metódica política del olvido, apostando fríamente a que el inexorable transcurso del tiempo y el desgaste de la biología hagan su silencioso trabajo.
Es la misma estrategia con la que consumaron la extinción de los Granaderos de San Martín; el abandono de los patriotas del Ejército Francés que combatieron en Indochina y Argelia; el confinamiento inclemente de los ancianos privados de su libertad en la Unidad 34 de Campo de Mayo; y la desidia hacia los gloriosos combatientes de la gesta por la liberación de nuestras Islas Malvinas.
¡Pero, está escrito!
“¡Ay de los que dictan leyes injustas, y prescriben tirania, para apartar del juicio a los pobres, y para quitar el derecho a los afligidos de mi pueblo, para despojar a las viudas, y robar a los huerfanos!.¿Y qué haréis en el día del castigo? ¿A quién os acogeréis para que os ayude, cuando venga de lejos el asolamiento? ¿En dónde dejaréis vuestra gloria?”
Isaías 10:1-3
“Y los hijos de Israel no se acordaron de Jehová su Dios, que los había librado de mano de todos sus enemigos alrededor; ni mostraron reciprocidad con la casa de Jerobaal, el cual es Gedeón, conforme a todo el bien que él había hecho a Israel.”
Jueces 8:34-35
DOXOLOGÍA
Al Dios Eterno y Justo, Juez Supremo de la historia y Protector de los afligidos, sea toda la gloria, la honra y el dominio por los siglos de los siglos. Porque aunque los príncipes de la tierra dicten el olvido y los hombres cobardes nieguen la justicia a quienes arriesgaron su vida por la seguridad y las leyes de sus pueblos, en el Supremo Tribunal de los Cielos la sangre de los Patriotas no clama en vano y el honor de los caídos permanece incorruptible.
Amén.
Campo de Mayo, ARGENTINA
PrisioneroEnArgentina.com
Junio 22, 2026
2 thoughts on “BAJO LA SOMBRA DEL OLVIDO Y LA TRAICIÓN”
LOS SOLDADOS DE MALVINAS (DIGO SOLDADOS EN TODAS LAS JERARQUÍAS) VOLVIERON DE ESA MANERA PORQUE SUS JEFES SUPERIORES , QUE TODAVÍA ESTABAN EN EL PODER, LO QUISIERON, FUERON SUS MISMOS CAMARADAS DE ARMAS LOS QUE LOS OCULTARON. VIENDO ESTO, VEMOS QUE LA HISTORIA SE REPITE CON LOS PRESOS UNIFORMADOS, ALGUNOS CIVILES Y ECLESIÁSTICOS. NADA NUEVO.
Excelente nota del Sr. GONZALO SANCHEZ. Mas que evidente que la historia se vuelve a repetir y quienes se imponen siempre son los burócratas ventajeros de siempre, y los nuevos que se van agregando. En lo personal para el caso nuestro creo que aparte de los políticos, nuestros peores enemigos han sido los miembros de las fuerzas a las que pertenecimos. En ellas vemos a esos que sin riesgo alguno hacen mérito por ejemplo, enviando la Fanfarria Alto Perú a agasajar a KARINA MILEI por su cumpleaños, a jugadores de futbol regresando del exterior, etc. Además, esta indiferencia ante el sacrificio y la muerte de uniformados es GENERAL Y ABARCA A TODOS, INCLUSIVE A NOSOTROS MISMOS. Fuera de la época de confrontación con los terroristas, jóvenes efectivos de las fuerzas policiales, siguen muriendo frecuentemente manejados por políticos ignorantes y mal paridos en lo que a seguridad se refiere…¿Y? NADA DE NADA. Creo que tenemos lo que merecemos. Atentamente CLAUDIO KUSSMAN
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De los Granaderos de 1826 a los soldados y Patriotas traicionados del siglo XX. “El inexorable juicio de la historia y de Dios sobre los infames
Existe un hilo invisible y trágico que atraviesa los siglos y atenaza a aquellos hombres que lo entregaron todo por una bandera, para luego ser devorados por la frialdad de las burocracias, la conveniencia política y la indiferencia social. Es el trágico destino del Patriota; aclamado en la victoria que necesita el soberano, pero vilipendiado, encarcelado o arrojado al anonimato cuando la paz se vuelve incómoda para los despachos del poder. Aquel caluroso lunes 13 de febrero de 1826, Buenos Aires amaneció distraída en las intrigas del gobierno unitario de Bernardino Rivadavia, por las calles empolvadas no resonaron dianas triunfales ni vítores populares. Lo que avanzaba desde Mendoza no era una comitiva de gala, sino un puñado de sombras; setenta y ocho hombres famélicos, desgastados, vistiendo harapos que apenas conservaban el recuerdo de lo que alguna vez fueron los uniformes del glorioso Regimiento de Granaderos a Caballo.
Habían pasado catorce años desde que San Martín los moldeara con disciplina de hierro; Habían dejado sus pulmones en la cordillera, su sangre en Chacabuco, Maipú, Junín y Ayacucho, dejando sus huesos esparcidos desde el Río de la Plata hasta Pichincha. Y, sin embargo, al pisar la Plaza Mayor, la mirada del poder político unitario no fue de gratitud, sino de recelo.
Aquellos hombres de rostro curtido y cicatrices profundas, como Félix Bogado, Paulino Rojas o Miguel Chepoya, representaban una memoria incómoda; El gobierno de turno, ocupado en las disputas de facción y la centralización del poder, les escatimó los sueldos atrasados, no les ofreció recepción formal y, en un acto de frío despecho burocrático, procedió a desmantelar y disolver la unidad. El “trompa” Chepoya, que había hecho sonar su corneta en San Lorenzo para iniciar la gesta, tuvo que ver cómo la Patria a la que sirvió lo arrojaba a la miseria y al olvido. La gloria se convirtió en pordiosería, y la gratitud del Estado en un silencio hostil.
Más de un siglo después, en las páginas desgarradoras del escritor Jean Lartéguy Los Centuriones y Los Pretorianos, volvemos a escuchar ese mismo lamento. Lartéguy retrató la trágica metamorfosis de los oficiales y legionarios franceses que sufrieron la humillación de Indochina y las selvas de Argelia; Aquellos hombres no luchaban por ideologías baratas; luchaban por sus hermanos de armas, adaptándose a las guerras modernas y sangrientas que sus propios políticos les ordenaban combatir.
“Me gustaría que Francia tuviera una fuerza militar tan despiadada como sus diplomáticos y tan inflexible como sus políticos, pero solo nos tiene a nosotros; soldados desgastados que pagamos con nuestra sangre las decisiones que ellos cambian al ritmo de la opinión pública”. Cuando los políticos en París decidieron que la causa ya no era conveniente, la Patria entregó a sus propios soldados; Los centuriones fueron tildados de criminales, abandonados a su suerte o empujados a los tribunales militares por haber ejecutado las órdenes implacables que el mismo Estado les encomendó.
En un desfile inolvidable de la Legión Extranjera, marchando con ese paso lento y marcial que parece detener el tiempo, las botas de los legionarios resonaban contra el asfalto mientras las notas nostálgicas y desafiantes de Edith Piaf envolvían el ambiente; “Non, je ne regrette rien” (“No, no me arrepiento de nada“). Era el canto de dignidad de quienes sabían que los hombres de honor jamás pueden ser juzgados por cobardes de escritorio.
Ese mismo patrón de traición y reescritura de la historia se cobró sus víctimas en suelo argentino durante los oscuros años de los 70 y décadas subsecuentes.
Cuando las organizaciones terroristas como el ERP y Montoneros sembraban el terror, asaltaban cuarteles, secuestraban y masacraban a mansalva, los gobiernos legítimos ordenaron a las Fuerzas Armadas y de Seguridad “aniquilar el accionar de los elementos subversivos”. Las Fuerzas Armadas, Fuerzas de Seguridad y Fuerzas Policiales acudieron al llamado de la Patria para defender el orden constitucional e institucional amenazado por el terror castro-guevarista; Sin embargo, tras la victoria militar, la política hizo lo que siempre hace; cobardemente acomodarse al viento cultural de turno.
Ancianos uniformados que defendieron la Nación terminaron muriendo en prisiones inhumanas, arrastrando sobre sus hombros la difamación de una dirigencia y una sociedad que prefirió entregarlos como chivos expiatorios para lavar sus propias culpas pasadas. ¿Y cómo no llorar ante la trágica suerte de los jóvenes y profesionales que combatieron en las heladas turbales de las Islas Malvinas en 1982?. Esos soldados enfrentaron a una potencia imperial con un coraje que asombró al mismísimo enemigo; Sostuvieron posiciones bajo fuego infernal, surcaron el mar en condiciones extremas y se convirtieron en leyenda en el cielo austral. Pero el regreso no tuvo desfiles, al igual que el glorioso Regimiento de Granaderos a Caballo y los Pretorianos y Centuriones de Jean Lartéguy; El poder político de la naciente democracia prefirió esconderlos.
Llegaron de noche, en trenes con cortinas cerradas, camuflados como si su sola presencia fuera una afrenta para los ojos de la capital; Se inauguró así la dolorosa era de la “desmalvinización”.
¡La ingratitud del pueblo y los gobernantes caló más profundo que las balas enemigas!. Abandonados a la marginación, el desempleo y el desprecio, cientos de excombatientes prefirieron la muerte a manos del suicidio antes que seguir soportando la mirada esquiva de una sociedad desagradecida.
2 thoughts on “BAJO LA SOMBRA DEL OLVIDO Y LA TRAICIÓN”
-
- Patricio
- posted on July 22, 2026
-
- CLAUDIO KUSSMAN
- posted on July 22, 2026
CommentLOS SOLDADOS DE MALVINAS (DIGO SOLDADOS EN TODAS LAS JERARQUÍAS) VOLVIERON DE ESA MANERA PORQUE SUS JEFES SUPERIORES , QUE TODAVÍA ESTABAN EN EL PODER, LO QUISIERON, FUERON SUS MISMOS CAMARADAS DE ARMAS LOS QUE LOS OCULTARON. VIENDO ESTO, VEMOS QUE LA HISTORIA SE REPITE CON LOS PRESOS UNIFORMADOS, ALGUNOS CIVILES Y ECLESIÁSTICOS. NADA NUEVO.
Excelente nota del Sr. GONZALO SANCHEZ. Mas que evidente que la historia se vuelve a repetir y quienes se imponen siempre son los burócratas ventajeros de siempre, y los nuevos que se van agregando. En lo personal para el caso nuestro creo que aparte de los políticos, nuestros peores enemigos han sido los miembros de las fuerzas a las que pertenecimos. En ellas vemos a esos que sin riesgo alguno hacen mérito por ejemplo, enviando la Fanfarria Alto Perú a agasajar a KARINA MILEI por su cumpleaños, a jugadores de futbol regresando del exterior, etc. Además, esta indiferencia ante el sacrificio y la muerte de uniformados es GENERAL Y ABARCA A TODOS, INCLUSIVE A NOSOTROS MISMOS. Fuera de la época de confrontación con los terroristas, jóvenes efectivos de las fuerzas policiales, siguen muriendo frecuentemente manejados por políticos ignorantes y mal paridos en lo que a seguridad se refiere…¿Y? NADA DE NADA. Creo que tenemos lo que merecemos. Atentamente CLAUDIO KUSSMAN