CARTA QUE NUNCA ENVIÉ AL HOMBRE QUE FUI

- Segunda parte: Cuando una herida despierta otras almas-
Share

Desde Tafí del Valle, donde la tarde parece detenerse sobre los cerros como si también ella necesitara descansar de tanta vida, he leído -uno por uno, conmovido y en silencio- los mensajes que llegaron después de aquella carta.

Yo creí haber escrito solamente a un hombre: al hombre que fui.

Pero descubrí que, sin saberlo, les había escrito también a muchos otros: a los que cargan una herida antigua; a los que aprendieron a caminar de nuevo; a los que perdieron algo del cuerpo, pero no entregaron el alma; a los que alguna vez lloraron sin testigos; a los que siguieron de pie cuando todo parecía ordenarles que se rindieran.

Cada palabra recibida fue una mano extendida.
Cada comentario, una confesión.
Cada lágrima ajena, una forma sagrada de compañía.

Alguien me habló de su padre.

Alguien me habló de una rodilla destrozada.

Alguien me dijo que apenas puede caminar.

Alguien recordó una infancia difícil.

Alguien me llamó poeta, abogado, abuelo, hombre de manantial.

Alguien, desde su propio dolor, me devolvió una verdad sencilla y enorme: no estamos solos.

Y entonces comprendí algo que tal vez la vida venía enseñándome desde hace años: las heridas verdaderas no pertenecen únicamente a quien las lleva.
Cuando se las cuenta con dignidad, dejan de ser una cicatriz privada y se convierten en puente.

No escribí aquella carta para provocar lástima.
La lástima empequeñece.
La dignidad levanta.

No la escribí para exhibir una ausencia.

La escribí para honrar una presencia: la presencia obstinada de la vida, la presencia de Dios en los días más duros, la presencia de quienes nos amaron cuando todavía no sabíamos defendernos del mundo.

Porque hay dolores que nos quitan algo.

Pero también hay dolores que nos revelan.

Nos muestran quiénes somos cuando ya no queda máscara, aplauso ni escenario.
Nos dejan solos frente al espejo, y allí -en ese territorio sin engaños- empieza la verdadera biografía del alma.

A todos los que me escribieron, gracias.

Gracias por haber leído no solamente mis palabras, sino también el temblor que había detrás de ellas.

Gracias por haberme contado sus propias batallas.

Gracias por recordarme que un texto, cuando sale del corazón, ya no pertenece del todo a quien lo escribió: empieza a vivir en los demás.

Tal vez por eso la poesía no es vanidad.

Tal vez por eso escribir no es adornar el dolor, sino darle una salida.

Tal vez por eso una carta dirigida al hombre que fui terminó llegando a tantos hombres y mujeres que también fueron, que también cayeron, que también lloraron, que también se levantaron.

Yo no sé si uno sana del todo.

Quizás no.

Quizás algunas heridas no cierran nunca: aprenden a respirar con nosotros.

Pero sí sé que hay una forma de vencerlas: no permitir que nos vuelvan amargos,

ni crueles, ni incapaces de ternura.

La vida me quitó una pierna, pero no me quitó el camino.
Me quitó certezas, pero no me quitó la fe.
Me puso límites, pero no me quitó el vuelo.

Y si algo quisiera dejar escrito para quienes hoy sufren, para quienes creen que ya no podrán, para quienes miran su propia cicatriz como una condena, es esto:

No se avergüencen de sus heridas.

A veces, por ahí entra la luz.

No se juzguen con dureza.
A veces, el niño que fuimos todavía espera que lo abracemos.

No crean que han perdido la batalla porque caminan distinto.

Hay almas que avanzan más lejos precisamente porque aprendieron a caminar con dolor.

Y si un día la vida les dice que ya no pueden, contéstenle en silencio, con la frente alta, con el corazón entero:

Siempre se puede.

Aunque sea rengueando.

Aunque sea llorando.

Aunque sea de rodillas ante Dios.

Aunque sea con una parte del cuerpo menos y con una parte del alma más despierta.

Porque al final, mi querido lector, no vence quien nunca cayó.
Vence quien, después de caer, todavía puede mirar al cielo y agradecer.

Y yo agradezco.

Agradezco la herida que no me destruyó.

Agradezco la palabra que me salvó.

Agradezco a quienes me leyeron y se reconocieron.

Agradezco esta comunión invisible de almas que, desde distintos lugares, vinieron a decirme que el dolor compartido pesa menos.

La carta que nunca envié al hombre que fui ya no está sola.

Ahora camina acompañada.

Y quizá ese sea el verdadero milagro: descubrir que, aun cuando uno cree estar escribiendo sobre su propia vida, a veces Dios toma la pluma y escribe también sobre la vida de los demás.

Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón

jorgeloboaragon@gmail.com
Embajador para la Paz Universal

Embajador Cultural Internacional

 

PrisioneroEnArgentina

Junio 1, 2026

2 thoughts on “CARTA QUE NUNCA ENVIÉ AL HOMBRE QUE FUI”

    • Emma
    • posted on June 1, 2026

    I am making a good salary from home $4580-$5240/week , which is amazing und­er a year ago I was jobless in a horrible economy. I thank God every day I was blessed with these instructions and now its my duty to pay it forward and share it with Everyone,

    Here is I started_______ https://www.jobathome1.com

    • PearlyLMcDonald
    • posted on June 1, 2026

    I get paid more than $120 to $130 per hour for working online. I heard about this job 3 months ago and after joining this i have earned easily $15k from this without having online working skills. This is what I do…..    https://www.work27.info

Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *