Miró la bandera argentina que todavía parecía flotar sobre el estadio y respondió con esa calma que sólo tienen quienes aprendieron que algunas verdades no necesitan levantar la voz.
—Porque hay partidos que duran noventa minutos y otros que atraviesan generaciones.
El Pez Volador continuó elevándose sobre las montañas de Tafí del Valle.
—¿Y cuál se jugó ayer?
—Los dos.
Uno terminó cuando el árbitro señaló el final.
El otro continúa escribiéndose desde hace casi dos siglos en la memoria de un pueblo.
—Vi una bandera que decía: “Las Malvinas son Argentinas”.
No la vi como un gesto de odio.
La vi como una afirmación de identidad.
—Así debe ser —respondió el Abogado—.
Los derechos no necesitan gritarse con rencor para conservar su legitimidad.
La firmeza jamás debe confundirse con el desprecio.
El Pez Volador recordó entonces el himno.
Miles de gargantas unidas.
No una multitud.
Un solo corazón.
—¿Por qué emocionó tanto?
—Porque un himno no se canta únicamente con la voz.
Se canta con la memoria.
Con los abuelos.
Con los padres.
Con los jóvenes que alguna vez defendieron aquello que amaban.
Con quienes ya no están.
Y también con quienes todavía soñamos una paz fundada en la verdad.
El viento parecía detenerse sobre los cerros.
—También escuché que los jugadores y el cuerpo técnico pidieron no convertir el partido en una batalla política.
¿Tenían razón?
El Abogado sonrió.
—Sí.
Porque el fútbol no debe convertirse en guerra.
Pero tampoco la historia puede desaparecer para que el fútbol exista.
La inteligencia consiste precisamente en sostener ambas verdades al mismo tiempo.
Competimos deportivamente.
Recordamos humanamente.
Reivindicamos pacíficamente.
El Pez Volador descendió unos metros.
—Entonces…
¿Se puede celebrar sin humillar?
—Es la única victoria que verdaderamente permanece.
Quien necesita ofender al vencido demuestra que todavía no ha vencido sus propias sombras.
Argentina ganó un partido.
Nuestra historia continúa reclamando con serenidad aquello que considera suyo.
Ambas cosas pueden convivir sin odio.
El Pez Volador volvió a mirar el cielo.
—Quizás por eso el pueblo lloraba mientras cantaba.
El Abogado asintió.
—Hay lágrimas que nacen de la alegría.
Y otras que vienen desde la memoria.
A veces ambas se abrazan.
Como ocurrió ayer.
El silencio volvió a cubrir las montañas.
Entonces el Pez Volador pronunció apenas una frase:
—Tal vez algún día el mundo comprenda que existen pueblos que saben defender sus derechos sin renunciar a la paz.
El Abogado levantó la vista.
Muy alto.
Como quien conversa con la historia.
Y respondió:
—Ese día, el fútbol habrá cumplido una misión mucho más grande que la de decidir un campeón.
Habrá recordado que la dignidad de una nación no se mide por el volumen de sus gritos, sino por la nobleza con la que sostiene sus convicciones.
Porque los goles pasan.
Los campeonatos se suceden.
Pero hay banderas que permanecen en el alma de los pueblos.
Y cuando esas banderas se levantan sin odio, con respeto al adversario y fidelidad a la propia historia, dejan de ser un símbolo deportivo para convertirse en un acto de memoria, esperanza y paz.
Desde Tafí del Valle.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
Abogado – Escritor
Embajador de la Paz (UPF Argentina)
Embajador Cultural Internacional (CIESART)
Deputy Ambassador for Culture and Peace (FEMALPC Global Network)
Embajador de la Paz y Amor Mundial
Premio Mundial Nelson Mandela a la Libertad y la Dignidad Humana
♣
Diálogo entre el Abogado y el Pez Volador
—Doctor, ¿por qué hoy el pueblo canta distinto?
El Abogado permaneció unos instantes en silencio.
Miró la bandera argentina que todavía parecía flotar sobre el estadio y respondió con esa calma que sólo tienen quienes aprendieron que algunas verdades no necesitan levantar la voz.
—Porque hay partidos que duran noventa minutos y otros que atraviesan generaciones.
El Pez Volador continuó elevándose sobre las montañas de Tafí del Valle.
—¿Y cuál se jugó ayer?
—Los dos.
Uno terminó cuando el árbitro señaló el final.
El otro continúa escribiéndose desde hace casi dos siglos en la memoria de un pueblo.
—Vi una bandera que decía: “Las Malvinas son Argentinas”.
No la vi como un gesto de odio.
La vi como una afirmación de identidad.
—Así debe ser —respondió el Abogado—.
Los derechos no necesitan gritarse con rencor para conservar su legitimidad.
La firmeza jamás debe confundirse con el desprecio.
El Pez Volador recordó entonces el himno.
Miles de gargantas unidas.
No una multitud.
Un solo corazón.
—¿Por qué emocionó tanto?
—Porque un himno no se canta únicamente con la voz.
Se canta con la memoria.
Con los abuelos.
Con los padres.
Con los jóvenes que alguna vez defendieron aquello que amaban.
Con quienes ya no están.
Y también con quienes todavía soñamos una paz fundada en la verdad.
El viento parecía detenerse sobre los cerros.
—También escuché que los jugadores y el cuerpo técnico pidieron no convertir el partido en una batalla política.
¿Tenían razón?
El Abogado sonrió.
—Sí.
Porque el fútbol no debe convertirse en guerra.
Pero tampoco la historia puede desaparecer para que el fútbol exista.
La inteligencia consiste precisamente en sostener ambas verdades al mismo tiempo.
Competimos deportivamente.
Recordamos humanamente.
Reivindicamos pacíficamente.
El Pez Volador descendió unos metros.
—Entonces…
¿Se puede celebrar sin humillar?
—Es la única victoria que verdaderamente permanece.
Quien necesita ofender al vencido demuestra que todavía no ha vencido sus propias sombras.
Argentina ganó un partido.
Nuestra historia continúa reclamando con serenidad aquello que considera suyo.
Ambas cosas pueden convivir sin odio.
El Pez Volador volvió a mirar el cielo.
—Quizás por eso el pueblo lloraba mientras cantaba.
El Abogado asintió.
—Hay lágrimas que nacen de la alegría.
Y otras que vienen desde la memoria.
A veces ambas se abrazan.
Como ocurrió ayer.
El silencio volvió a cubrir las montañas.
Entonces el Pez Volador pronunció apenas una frase:
—Tal vez algún día el mundo comprenda que existen pueblos que saben defender sus derechos sin renunciar a la paz.
El Abogado levantó la vista.
Muy alto.
Como quien conversa con la historia.
Y respondió:
—Ese día, el fútbol habrá cumplido una misión mucho más grande que la de decidir un campeón.
Habrá recordado que la dignidad de una nación no se mide por el volumen de sus gritos, sino por la nobleza con la que sostiene sus convicciones.
Porque los goles pasan.
Los campeonatos se suceden.
Pero hay banderas que permanecen en el alma de los pueblos.
Y cuando esas banderas se levantan sin odio, con respeto al adversario y fidelidad a la propia historia, dejan de ser un símbolo deportivo para convertirse en un acto de memoria, esperanza y paz.
Desde Tafí del Valle.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
Abogado – Escritor
Embajador de la Paz (UPF Argentina)
Embajador Cultural Internacional (CIESART)
Deputy Ambassador for Culture and Peace (FEMALPC Global Network)
Embajador de la Paz y Amor Mundial
Premio Mundial Nelson Mandela a la Libertad y la Dignidad Humana
3 thoughts on “CUANDO EL FÚTBOL TAMBIÉN RECUERDA”
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