“El hombre que escribía desde el Valle”

¿HE PERDONADO MI DISCAPACIDAD?
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-Carta desde Tafí a la herida que dejó de mandar-

 

Hay preguntas que llegan pidiendo una respuesta y otras que, apenas pronunciadas, abren una habitación que permanecía cerrada dentro de nosotros.

Lily, una amiga y lectora entrañable, me escribió después de recorrer las páginas de mi libro:

¿Has perdonado tu discapacidad?

Leí varias veces esas palabras.

Afuera, Tafí del Valle guardaba uno de sus largos silencios. Las montañas parecían saber que hay preguntas que no deben contestarse con rapidez. También ellas tienen cicatrices: quebradas por donde alguna vez descendieron las aguas, laderas heridas por el viento, piedras que conservan la memoria de antiguas tormentas. Sin embargo, ninguna montaña se avergüenza de sus grietas.

Entonces comprendí que aquella pregunta no pertenecía solamente a Lily. Tampoco me pertenecía únicamente a mí. Era una pregunta dirigida a todos aquellos que alguna vez debieron aprender a vivir con algo que no habían elegido.

¿He perdonado mi discapacidad?

Tenía nueve años cuando la vida cambió de dirección.

A esa edad un niño todavía cree que el cuerpo es una certeza, que las piernas estarán siempre allí, que el mundo ha sido construido a la medida de sus juegos. Pero bastó un instante para dividir mi historia en dos territorios: el niño que corría y el niño que tendría que aprender otra manera de llegar.

Después vinieron el dolor, la ausencia, la silla de ruedas, el pilón de yeso, las muletas, la bicicleta y el fatigoso aprendizaje de un nuevo equilibrio. Cada movimiento debió ser conquistado. Lo que para otros era natural, para mí se convirtió en una decisión.

No elegí la discapacidad.

No elegí la amputación.

No elegí las miradas que confundían compasión con lástima, ni los escalones que parecían levantarse como pequeñas murallas, ni el cansancio de los hombros obligados durante décadas a realizar el trabajo de una pierna ausente.

Hubo días de rebeldía. Hubo silencios que nadie escuchó. Hubo preguntas que aquel niño no sabía formular y respuestas que ningún adulto hubiera podido darle.

¿Por qué a mí?

¿Quién sería yo a partir de entonces?

¿Podría alguna vez dejar de ser solamente el niño al que le faltaba una pierna?

Durante mucho tiempo creí que debía perdonar aquello que me había sucedido. Pero para perdonar parece necesario que exista una culpa. Y mi discapacidad no era culpable. Mi cuerpo tampoco me había traicionado. La pierna ausente no había decidido marcharse. La vida, sencillamente, había irrumpido con su rostro más incomprensible.

Tal vez no necesitaba perdonar mi discapacidad.

Necesitaba perdonar a la vida por no haber respetado mis planes.

Necesitaba perdonar al destino por haberme enseñado, demasiado temprano, palabras que un niño no debería conocer: amputación, límite, dependencia, dolor.

Necesitaba perdonar algunas miradas, ciertas indiferencias y aquellas manos que, creyendo ayudarme, pretendieron reducirme a mi herida.

Y, sobre todo, necesitaba perdonarme a mí mismo.

Perdonarme por las veces en que tuve miedo.

Por los días en que me cansé de ser fuerte.

Por haber sentido rabia ante el cuerpo de quienes podían correr sin pensarlo.

Por cada ocasión en que la tristeza me hizo creer que la vida de los otros estaba completa y la mía había quedado para siempre incompleta.

En mi Carta al perdón escribí: “Perdonar es soltar la cuerda sin saber si el otro caerá, pero sabiendo, al fin, que uno deja de estar atado”.

Quizás durante muchos años permanecí sujetando una cuerda cuyo otro extremo estaba amarrado a aquel instante de mi infancia. Mientras la sostuviera, una parte de mí continuaría viviendo allí: en el momento exacto en que el mundo cambió.

Soltarla no significaba olvidar.

Tampoco negar el dolor, embellecer la tragedia o decir que todo había ocurrido por alguna razón providencial que yo estaba obligado a comprender. Hay dolores que no necesitan ser justificados. Basta con reconocer que existieron y que dejaron una marca.

Soltar la cuerda significaba dejar de exigirle al pasado que fuera diferente.

Comprendí entonces que aceptar no es resignarse. La resignación baja los brazos; la aceptación los libera. La resignación dice: “Ya nada puede hacerse”. La aceptación, en cambio, mira de frente aquello que no puede cambiarse y pregunta:

¿Qué haré ahora con lo que todavía tengo?

Yo decidí vivir.

No lo hice de una sola vez. Nadie conquista su herida para siempre. Existen mañanas en que el cuerpo vuelve a recordarnos sus límites. Hay dolores nuevos, caídas, prótesis que lastiman y hombros fatigados por tantos años de muletas. La reconciliación no es una anestesia ni una victoria definitiva. Es una conversación que debe recomenzar cada día.

Pero la discapacidad dejó de ser mi enemiga.

Y también dejó de ser mi dueña.

No permitió que corriera como los otros niños, pero me enseñó a mirar lo que muchos atravesaban corriendo sin alcanzar a verlo. Modificó mi manera de caminar, pero no pudo decidir la dirección de mis pasos. Me obligó a conocer el suelo, aunque acaso por eso mismo aprendí a levantar los ojos hacia el cielo.

Con los años apareció el Pez Volador.

No nació para negar la discapacidad, sino para demostrar que aquello que parece una contradicción puede convertirse en destino. Un pez no debería volar. Un niño con una pierna amputada quizá tampoco parecía destinado a recorrer tantos caminos. Sin embargo, hay criaturas que solo descubren su verdadera naturaleza cuando se atreven a desafiar el nombre que otros les han impuesto.

No todo lo que pierde una forma pierde su porvenir.

No todo lo que cae queda derrotado.

No toda ausencia es únicamente vacío.

Desde Tafí contemplo las montañas y comprendo que el valle existe precisamente porque dos alturas dejan entre ellas un espacio. Aquello que parece una falta también puede transformarse en un lugar donde la vida respire.

Por eso, Lily, mi respuesta es al mismo tiempo sí y no.

No he perdonado mi discapacidad porque ella jamás fue culpable.

Pero sí he soltado la cuerda que me mantenía atado al instante en que apareció.

He dejado de pedirle que me devuelva aquello que no puede devolverme. He aprendido a no medir mi vida por lo que falta, sino por todo lo que, a pesar de esa ausencia, ha podido nacer.

La cicatriz permanece. No deseo borrarla. Es una línea de mi historia, pero no contiene la historia completa.

No soy únicamente el hombre que perdió una pierna.

Soy el niño que volvió a levantarse; el joven que decidió no renunciar; el abogado que subió con muletas los peldaños de la Justicia; el hombre que amó formó una familia, conoció la derrota y la esperanza; el escritor que todavía conversa con las montañas; el Pez Volador que descubrió que también se puede volar desde la herida.

Tal vez en eso consista la verdadera reconciliación: en poder mirar aquello que nos cambió y decirle, sin odio y sin gratitud obligatoria: Ya no puedes devolverme lo perdido, pero tampoco podrás quitarme lo que he llegado a ser.

No todos conocen una amputación, pero todos conocen alguna ausencia. Un ser amado que se fue. Un sueño que no pudo cumplirse. Una injusticia. Una enfermedad. Una traición. Una parte de sí mismos que quedó detenida en algún rincón del pasado.

A ellos quisiera decirles que no siempre podemos recuperar lo que la vida nos quitó. Pero podemos impedir que esa ausencia continúe gobernándonos.

A veces sanar no significa cerrar la herida.

Significa retirarle el mando.

Hoy, mientras la tarde desciende sobre Tafí y las montañas se vuelven lentamente una sola sombra, comprendo que mi discapacidad no fue el final de mi camino. Fue el lugar inesperado desde donde tuve que comenzar a escribirlo.

¿La he perdonado?

Quizá la palabra más justa sea otra: Nos hemos reconciliado.

Ella permanece conmigo, pero ya no camina delante de mí. Marcha a mi lado, sin ocultarme el horizonte.

Y cuando el viento del valle sube hacia los cerros, vuelvo a sentir que el alma, aun herida, puede aprender otra manera de elevarse.

Porque mientras quede una palabra, una persona amada, una montaña y una razón para levantarnos, todavía no estará escrita la última página.

Siempre se puede.

Jorge Bernabé Lobo Aragón

Tafí del Valle – Tucumán – Argentina

 

PrisioneroEnArgentina.com

Setiembre 7, 2026

1 thought on ““El hombre que escribía desde el Valle””

    • Genesis Deighton
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