Habiendo superado con creces los 70 años y más de dos décadas respirando el aire de las cárceles, cuando se ha superado, además, la violencia de las calles, uno ya no habla para convencer a nadie. El silencio de un preso viejo no es timidez ni debilidad; es un búnker. Se aprende a clausurar los propios pensamientos y a clandestinizar lo que de verdad uno es, porque estando privado de la libertad mostrar el alma es regalarle el cuello al sistema. El silencio es la única herramienta que me queda para salvar mi cordura. Por eso indigna tanto cuando la soberbia del afuera pretende venir a explicarme cómo debo pensar o sentir, con opiniones livianas de quienes no aguantarían ni una hora con el candado echado.
La mayor de estas ficciones es el llamado “tratamiento psicológico”. Se convirtió en una mentira bilateral y macabra. De un lado del escritorio se sienta un terapeuta que todavía no pasó los 40 años, todavía con algo de olor a Facultad y manteniendo firmes apuntes teóricos, pero sin un kilómetro de calle, de noche o de vida. Jóvenes que no han visto un patio picante, una pelea de cárcel, un puntazo, que nunca sintió el miedo real ni la humillación sistemática, pretenden decodificar a un tipo que lleva 23 años preso, 18 en cárcel común y 5 en este geriátrico. Te miran como a un bicho de laboratorio, aplicando manuales estandarizados para evaluar una existencia que les queda gigantesca.
El tratamiento es una farsa burocrática porque está parido desde el simulacro. La Institución no busca sanarte, busca documentar tu docilidad. Y uno, para sobrevivir, rascar un beneficio o un informe favorable, aprende a actuar el guion que ellos quieren escuchar. Pero no faltan aquellos que en su desesperación por lograr los “buenos informes” para “la domiciliaria” se transforman en ávidos informantes de la intimidad de los pabellones.
El preso viejo simula una culpa de manual y una reinserción estudiada; el psicólogo anota conforme en su planilla y justifica el sueldo. Es un pacto de falsedad donde nadie se mira a los ojos de verdad, porque si el terapeuta asomara la cabeza al abismo de lo que realmente piensa y siente un preso que vio pasar un cuarto de siglo entre rejas, se le quemarían todos los libros de la facultad.
La distancia es insalvable, mientras ellos miden el tiempo en proyectos y fines de semana, nosotros lo medimos en el desgaste invisible de los años que no vuelven. Por eso, cuando pretenden dar cátedra sobre el encierro desde su comodidad higiénica, la armadura cruje y explota la indignación. No hay diálogo posible cuando la academia pretende juzgar la resistencia de un cuerpo y una mente que sobreviven al olvido.
Arnoldo José LÓPEZ
PrisioneroEnArgentina
Julio 29, 2026
3 thoughts on “EL LABERINTO DEL SILENCIO – PORQUE CALLAMOS LOS PRESOS VIEJOS”
La voz de Arnoldo José López nos recuerda que, en los márgenes extremos de la existencia, la dignidad humana a menudo no se expresa en discursos persuasivos ni en concesiones al observador externo, sino en la capacidad de reservar para sí la verdad última de lo vivido. El silencio del preso viejo no pide comprensión ni aprobación; exige, al menos, el respeto reverente ante una resistencia que la teoría jamás podrá abarcar.
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Habiendo superado con creces los 70 años y más de dos décadas respirando el aire de las cárceles, cuando se ha superado, además, la violencia de las calles, uno ya no habla para convencer a nadie. El silencio de un preso viejo no es timidez ni debilidad; es un búnker. Se aprende a clausurar los propios pensamientos y a clandestinizar lo que de verdad uno es, porque estando privado de la libertad mostrar el alma es regalarle el cuello al sistema. El silencio es la única herramienta que me queda para salvar mi cordura. Por eso indigna tanto cuando la soberbia del afuera pretende venir a explicarme cómo debo pensar o sentir, con opiniones livianas de quienes no aguantarían ni una hora con el candado echado.
El tratamiento es una farsa burocrática porque está parido desde el simulacro. La Institución no busca sanarte, busca documentar tu docilidad. Y uno, para sobrevivir, rascar un beneficio o un informe favorable, aprende a actuar el guion que ellos quieren escuchar. Pero no faltan aquellos que en su desesperación por lograr los “buenos informes” para “la domiciliaria” se transforman en ávidos informantes de la intimidad de los pabellones.
El preso viejo simula una culpa de manual y una reinserción estudiada; el psicólogo anota conforme en su planilla y justifica el sueldo. Es un pacto de falsedad donde nadie se mira a los ojos de verdad, porque si el terapeuta asomara la cabeza al abismo de lo que realmente piensa y siente un preso que vio pasar un cuarto de siglo entre rejas, se le quemarían todos los libros de la facultad.
La distancia es insalvable, mientras ellos miden el tiempo en proyectos y fines de semana, nosotros lo medimos en el desgaste invisible de los años que no vuelven. Por eso, cuando pretenden dar cátedra sobre el encierro desde su comodidad higiénica, la armadura cruje y explota la indignación. No hay diálogo posible cuando la academia pretende juzgar la resistencia de un cuerpo y una mente que sobreviven al olvido.
Arnoldo José LÓPEZ
3 thoughts on “EL LABERINTO DEL SILENCIO – PORQUE CALLAMOS LOS PRESOS VIEJOS”
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- Andrea Palomas
- posted on July 31, 2026
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- GONZALO SANCHEZ
- posted on July 31, 2026
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- SONIA
- posted on July 29, 2026
CommentConmovedoras palabras que deben interpelarnos a todos.
La voz de Arnoldo José López nos recuerda que, en los márgenes extremos de la existencia, la dignidad humana a menudo no se expresa en discursos persuasivos ni en concesiones al observador externo, sino en la capacidad de reservar para sí la verdad última de lo vivido. El silencio del preso viejo no pide comprensión ni aprobación; exige, al menos, el respeto reverente ante una resistencia que la teoría jamás podrá abarcar.
Gonzalo
Reo
QUIEN CALLA OTORGA