Hay una esperanza que casi nunca se dice en voz alta.
No por vergüenza.
No por falta de fe.
Tal vez porque pertenece a una región demasiado íntima del alma, allí donde las palabras entran descalzas, con respeto, como quien pisa una capilla antigua.
Es la esperanza del reencuentro.
Todos, de alguna manera, vivimos esperándolo.
El niño espera reencontrarse con la madre que lo arrulló alguna vez.
El hombre maduro espera volver a ver al padre, aunque en vida no haya sabido decirle todo lo que debía.
El nieto guarda, sin saberlo, la voz de sus abuelos en algún rincón secreto de la memoria.
El amigo verdadero sabe que hay despedidas que no son finales, sino apenas una curva del camino.
Y quien ha perdido un hijo -ese dolor que no tiene nombre porque ningún idioma se animó a nombrarlo- vive con una pregunta silenciosa clavada en el pecho:
¿Volveré a abrazarlo alguna vez?
Desde Tafí del Valle, donde los cerros parecen custodiar no sólo la tierra sino también los recuerdos, esa pregunta se vuelve oración.
Porque aquí, cuando la tarde desciende sobre las pircas, cuando el viento pasa entre los álamos y la luz se queda suspendida sobre los menhires como si viniera de otro tiempo, uno comprende que no todo lo ausente ha desaparecido.
Hay presencias que ya no se ven, pero iluminan.
Hay voces que ya no suenan, pero acompañan.
Hay manos que ya no tocamos, pero siguen sosteniendo.
Hay nombres que no pronunciamos sin que algo dentro de nosotros se arrodille.
La muerte, mirada sólo desde la tierra, parece una puerta cerrada.
Pero mirada desde el amor, acaso sea apenas una distancia.
Y mirada desde Dios, tal vez no sea otra cosa que un misterio de espera.
Nadie vuelve de la muerte para explicarnos su secreto.
Pero vuelven los recuerdos.
Vuelven los gestos.
Vuelven las frases que quedaron flotando en una habitación.
Vuelve el perfume de una casa antigua.
Vuelve una canción.
Vuelve una fotografía.
Vuelve una silla vacía que, sin embargo, no está vacía del todo.
Vuelve el hijo en la luz de una mañana.
Vuelve la madre en una bendición inesperada.
Vuelve el padre en el consejo que comprendimos tarde.
Vuelven los abuelos en el pan, en el patio, en la mesa larga, en la memoria de las cosas sencillas.
Vuelven los amigos en una risa que de pronto nos visita sin permiso.
Vuelven todos, porque el amor tiene una manera misteriosa de no obedecer a la muerte.
Quizá Borges tenía razón cuando intuía que el tiempo no es tan firme como creemos.
Tal vez el pasado no se ha ido.
Tal vez nos espera.
Tal vez aquellos a quienes amamos no quedaron atrás, sino adelante, en una región donde ya no hay relojes, ni enfermedad, ni abandono, ni despedidas.
Nosotros decimos que los perdimos porque seguimos midiendo la vida con calendarios.
Pero Dios, que no mide como nosotros, tal vez los haya guardado en su eternidad para devolvernos un día el abrazo.
Y entonces uno piensa que la vida entera acaso sea una larga caminata hacia ese instante.
Caminamos entre pérdidas y nacimientos.
Entre alegrías breves y dolores largos.
Entre fotografías que amarillean y nombres que siguen ardiendo.
Caminamos con lo que nos falta.
Caminamos con lo que fuimos.
Caminamos con quienes ya no están, pero siguen siendo parte de cada paso.
Nadie avanza solo cuando ha amado de verdad.
Porque el amor no termina en el cementerio.
No cabe en una lápida.
No se resigna a una fecha.
No acepta que una partida sea una desaparición.
El amor es más obstinado que la muerte.
Más paciente que el olvido.
Más silencioso que el dolor.
Más fiel que nosotros mismos.
Por eso seguimos hablando con quienes se fueron.
Les contamos lo que nos pasa.
Les pedimos perdón.
Les agradecemos.
Les mostramos, desde este lado invisible de la ausencia, que todavía cumplimos alguna promesa.
Que seguimos de pie.
Que no nos volvimos amargos.
Que no dejamos de creer.
Que no permitimos que la herida nos robara la ternura.
Y quizás ellos, desde donde estén, también nos hablen.
No con palabras, sino con señales.
Con una paz repentina.
Con una coincidencia inexplicable.
Con una luz que entra por la ventana justo cuando más la necesitábamos.
Con un sueño que no parece sueño.
Con una fuerza que no sabemos de dónde viene.
Con esa certeza íntima de que alguien nos acompaña cuando el mundo se vuelve demasiado pesado.
Desde Tafí del Valle, donde el cielo parece más cercano y la eternidad menos abstracta, me atrevo a creer que el reencuentro no es una ilusión de los débiles, sino una promesa sembrada por Dios en el corazón humano.
Porque nadie amaría tanto si el amor estuviera destinado a la nada.
Nadie lloraría con tanta hondura si la ausencia fuera definitiva.
Nadie conservaría una voz durante años, nadie besaría una fotografía, nadie guardaría una carta, nadie pronunciaría un nombre con temblor sagrado, si en lo más profundo del alma no supiera que amar es también esperar.
Esperar sin desesperar.
Recordar sin hundirse.
Llorar sin negar la luz.
Seguir viviendo sin traicionar a los que partieron.
Porque también ellos, quizá, nos quieren vivos.
Nos quieren nobles.
Nos quieren buenos.
Nos quieren caminando.
Nos quieren capaces de transformar el dolor en servicio, la ausencia en oración, la nostalgia en ternura, la memoria en gratitud.
Algún día, tal vez, comprenderemos todo.
Comprenderemos por qué algunas despedidas fueron tan tempranas.
Por qué ciertas cunas quedaron en silencio.
Por qué algunas mesas perdieron una silla.
Por qué algunos caminos se cortaron cuando todavía parecía quedar tanto por andar.
Ese día, si Dios lo permite, ya no preguntaremos.
Abrazaremos.
Y en ese abrazo estarán todas las respuestas.
Volveremos a ver a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros abuelos, a nuestros amigos, a los amores limpios, a los que nos enseñaron a rezar, a trabajar, a perdonar, a levantarnos.
Volveremos a encontrarnos sin relojes.
Sin hospitales.
Sin despedidas.
Sin ese miedo antiguo que nos acompaña desde que supimos que todo en la tierra pasa.
Y quizá entonces descubramos que nada amado se perdió.
Que todo fue custodiado.
Que cada lágrima fue contada.
Que cada nombre fue pronunciado por Dios.
Que cada ausencia era, en realidad, una forma dolorosa de la espera.
Por eso, desde Tafí del Valle, mientras la luz se apaga lentamente sobre los cerros y una paz antigua parece descender sobre la tierra, quiero creer -y necesito creer- que la muerte no tiene la última palabra.
La última palabra la tiene el amor.
Y el amor, cuando es verdadero, no concluye.
Permanece.
Nos espera.
Nos llama.
Nos prepara.
Porque quizá morir no sea desaparecer.
Quizá sea adelantarse.
Y quizá vivir, después de haber amado tanto, sea seguir caminando, con el corazón herido pero encendido, hacia el día bendito del reencuentro.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
Desde Tafí del Valle – Tucumán –
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Hay una esperanza que casi nunca se dice en voz alta.
No por vergüenza.
No por falta de fe.
Tal vez porque pertenece a una región demasiado íntima del alma, allí donde las palabras entran descalzas, con respeto, como quien pisa una capilla antigua.
Es la esperanza del reencuentro.
Todos, de alguna manera, vivimos esperándolo.
El niño espera reencontrarse con la madre que lo arrulló alguna vez.
El hombre maduro espera volver a ver al padre, aunque en vida no haya sabido decirle todo lo que debía.
El nieto guarda, sin saberlo, la voz de sus abuelos en algún rincón secreto de la memoria.
El amigo verdadero sabe que hay despedidas que no son finales, sino apenas una curva del camino.
Y quien ha perdido un hijo -ese dolor que no tiene nombre porque ningún idioma se animó a nombrarlo- vive con una pregunta silenciosa clavada en el pecho:
¿Volveré a abrazarlo alguna vez?
Desde Tafí del Valle, donde los cerros parecen custodiar no sólo la tierra sino también los recuerdos, esa pregunta se vuelve oración.
Porque aquí, cuando la tarde desciende sobre las pircas, cuando el viento pasa entre los álamos y la luz se queda suspendida sobre los menhires como si viniera de otro tiempo, uno comprende que no todo lo ausente ha desaparecido.
Hay presencias que ya no se ven, pero iluminan.
Hay voces que ya no suenan, pero acompañan.
Hay manos que ya no tocamos, pero siguen sosteniendo.
Hay nombres que no pronunciamos sin que algo dentro de nosotros se arrodille.
La muerte, mirada sólo desde la tierra, parece una puerta cerrada.
Pero mirada desde el amor, acaso sea apenas una distancia.
Y mirada desde Dios, tal vez no sea otra cosa que un misterio de espera.
Nadie vuelve de la muerte para explicarnos su secreto.
Pero vuelven los recuerdos.
Vuelven los gestos.
Vuelven las frases que quedaron flotando en una habitación.
Vuelve el perfume de una casa antigua.
Vuelve una canción.
Vuelve una fotografía.
Vuelve una silla vacía que, sin embargo, no está vacía del todo.
Vuelve el hijo en la luz de una mañana.
Vuelve la madre en una bendición inesperada.
Vuelve el padre en el consejo que comprendimos tarde.
Vuelven los abuelos en el pan, en el patio, en la mesa larga, en la memoria de las cosas sencillas.
Vuelven los amigos en una risa que de pronto nos visita sin permiso.
Vuelven todos, porque el amor tiene una manera misteriosa de no obedecer a la muerte.
Quizá Borges tenía razón cuando intuía que el tiempo no es tan firme como creemos.
Tal vez el pasado no se ha ido.
Tal vez nos espera.
Tal vez aquellos a quienes amamos no quedaron atrás, sino adelante, en una región donde ya no hay relojes, ni enfermedad, ni abandono, ni despedidas.
Nosotros decimos que los perdimos porque seguimos midiendo la vida con calendarios.
Pero Dios, que no mide como nosotros, tal vez los haya guardado en su eternidad para devolvernos un día el abrazo.
Y entonces uno piensa que la vida entera acaso sea una larga caminata hacia ese instante.
Caminamos entre pérdidas y nacimientos.
Entre alegrías breves y dolores largos.
Entre fotografías que amarillean y nombres que siguen ardiendo.
Caminamos con lo que nos falta.
Caminamos con lo que fuimos.
Caminamos con quienes ya no están, pero siguen siendo parte de cada paso.
Nadie avanza solo cuando ha amado de verdad.
Porque el amor no termina en el cementerio.
No cabe en una lápida.
No se resigna a una fecha.
No acepta que una partida sea una desaparición.
El amor es más obstinado que la muerte.
Más paciente que el olvido.
Más silencioso que el dolor.
Más fiel que nosotros mismos.
Por eso seguimos hablando con quienes se fueron.
Les contamos lo que nos pasa.
Les pedimos perdón.
Les agradecemos.
Les mostramos, desde este lado invisible de la ausencia, que todavía cumplimos alguna promesa.
Que seguimos de pie.
Que no nos volvimos amargos.
Que no dejamos de creer.
Que no permitimos que la herida nos robara la ternura.
Y quizás ellos, desde donde estén, también nos hablen.
No con palabras, sino con señales.
Con una paz repentina.
Con una coincidencia inexplicable.
Con una luz que entra por la ventana justo cuando más la necesitábamos.
Con un sueño que no parece sueño.
Con una fuerza que no sabemos de dónde viene.
Con esa certeza íntima de que alguien nos acompaña cuando el mundo se vuelve demasiado pesado.
Desde Tafí del Valle, donde el cielo parece más cercano y la eternidad menos abstracta, me atrevo a creer que el reencuentro no es una ilusión de los débiles, sino una promesa sembrada por Dios en el corazón humano.
Porque nadie amaría tanto si el amor estuviera destinado a la nada.
Nadie lloraría con tanta hondura si la ausencia fuera definitiva.
Nadie conservaría una voz durante años, nadie besaría una fotografía, nadie guardaría una carta, nadie pronunciaría un nombre con temblor sagrado, si en lo más profundo del alma no supiera que amar es también esperar.
Esperar sin desesperar.
Recordar sin hundirse.
Llorar sin negar la luz.
Seguir viviendo sin traicionar a los que partieron.
Porque también ellos, quizá, nos quieren vivos.
Nos quieren nobles.
Nos quieren buenos.
Nos quieren caminando.
Nos quieren capaces de transformar el dolor en servicio, la ausencia en oración, la nostalgia en ternura, la memoria en gratitud.
Algún día, tal vez, comprenderemos todo.
Comprenderemos por qué algunas despedidas fueron tan tempranas.
Por qué ciertas cunas quedaron en silencio.
Por qué algunas mesas perdieron una silla.
Por qué algunos caminos se cortaron cuando todavía parecía quedar tanto por andar.
Ese día, si Dios lo permite, ya no preguntaremos.
Abrazaremos.
Y en ese abrazo estarán todas las respuestas.
Volveremos a ver a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros abuelos, a nuestros amigos, a los amores limpios, a los que nos enseñaron a rezar, a trabajar, a perdonar, a levantarnos.
Volveremos a encontrarnos sin relojes.
Sin hospitales.
Sin despedidas.
Sin ese miedo antiguo que nos acompaña desde que supimos que todo en la tierra pasa.
Y quizá entonces descubramos que nada amado se perdió.
Que todo fue custodiado.
Que cada lágrima fue contada.
Que cada nombre fue pronunciado por Dios.
Que cada ausencia era, en realidad, una forma dolorosa de la espera.
Por eso, desde Tafí del Valle, mientras la luz se apaga lentamente sobre los cerros y una paz antigua parece descender sobre la tierra, quiero creer -y necesito creer- que la muerte no tiene la última palabra.
La última palabra la tiene el amor.
Y el amor, cuando es verdadero, no concluye.
Permanece.
Nos espera.
Nos llama.
Nos prepara.
Porque quizá morir no sea desaparecer.
Quizá sea adelantarse.
Y quizá vivir, después de haber amado tanto, sea seguir caminando, con el corazón herido pero encendido, hacia el día bendito del reencuentro.
Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
Desde Tafí del Valle – Tucumán –
jorgeloboaragon@gmail.com
1 thought on ““EL REENCUENTRO””
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- HectorDNorman
- posted on June 18, 2026
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