“El cuento de la jarra de plomo y el suspiro de los ancianos cautivos”
Por Gonzalo Sanchez – Pastor Misionero
Las mil y una noches es una obra de autor anónimo; No fue escrita por una sola persona, sino que es una recopilación medieval de cuentos tradicionales del Medio Oriente que se transmitieron y moldearon a lo largo de los siglos. La colección se nutre de leyendas provenientes de la antigua India, Persia, Arabia y Meso-potamia; La historia marco (el relato de la princesa Sherezade que salva su vida contándole historias al sultán) tiene sus raíces en la antigua obra persa conocida como Hezar Afsan.
Pero, ocurrió que revisando un baúl viejo en mi imaginación, aquí en la U34 de Campo de Mayo, encontré un cuento que la princesa Sherezade olvidó contar al Rey Shahriar.
Y fue así como, Las mil y una noches se prolongaron en una noche más…
Dice la crónica de los tiempos remotos y las eras olvidadas que, al llegar la noche ochocientas cuarenta y seis, la luna se suspendió en el firmamento como una cimitarra de plata pálida, bañando con su luz fría los patios de mármol del palacio; Fue entonces cuando la agudeza y la gracia se unieron en una sola voz. La princesa Sherezade, cuyo ingenio era más vasto que los reinos de la tierra y cuya palabra tenía el poder de suspender el filo de la mismísima muerte, se volvió hacia el Rey Shahriar; sus ojos, profundos como pozos de tinta, reflejaban la gravedad de una historia nunca antes oída por oído humano, un relato proscrito que los copistas del desierto habían temido registrar en los pergaminos oficiales del reino.
Acomodando los pliegues de su túnica de seda, Sherezade inclinó la cabeza con humilde firmeza y habló de este modo:
Sabed, ¡oh Rey dichoso, de justicia tardía y juicio severo!, que entre las mil leyendas que adornan la memoria de los hombres, existe una que los vientos del Sur han traído hasta mis oídos; Es el cuento que se agregará a estas mil y una noches para que las generaciones venideras conozcan que el peor de los monstruos no habita en las cavernas de los montes, sino en la frialdad de las leyes que olvidan la carne.
¡Escuchad la historia de la jarra de cobre de la Unidad 34 de Campo de Mayo!, donde el tiempo no corre, sino que corroe, y donde los hombres no esperan la libertad, sino el polvo.
El Rey Shahriar, subyugado por el tono lúgubre y majestuoso de la princesa, acomodó sus almohadones y guardó silencio, disponiéndose a escuchar la más descarnada de las parábolas sobre la decrepitud y el encierro.
Y Sherezade, con un hilo de voz que lastimaba el aire, comenzó a narrar…
La noche sobre el arbolado y alambradas con concertinas de la U34 de Campo de Mayo no traía el frescor de los oasis, sino el tufo pesado del encierro y el olvido. Allí, en los pabellones de la Unidad, el silencio no era paz, sino una densa sustancia compuesta por el crujido de maderas viejas de los árboles que los rodean, y el estertor de gargantas gastadas. Sherezade, con la voz teñida de una gravedad de bronce, reanudó su relato ante el Sultán, descorriendo un velo que unía el mito milenario con la osario viviente del presente:
Sabed, ¡oh Rey dichoso!, que el Pescador no halló en sus redes un pez de escamas de plata, sino una jarra de cobre pesado, sellada con el plomo del juicio irreversible y el anillo del inexorable Salomón.
Pero dentro de aquel vaso no habitaba un efrit de fuego puro, sino los jirones de lo que alguna vez fueron hombres de armas, hoy reducidos a espectros de carne marchita y senilidad.
El espacio dentro de la jarra; su propia celda, apestaba a una escatología cotidiana y humillante; no había allí alfombras de seda, sino el olor rancio de los pañales geriátricos desbordados, el vapor ácido de la orina retenida por próstatas destruidas y el rastro espeso del sudor febril que se pegaba a las sábanas amarronadas.
Los cuerpos, que en otros tiempos portaron uniformes de ruda prestancia, se retorcían bajo el peso de noventa inviernos; las espaldas encorvadas por la artrosis se llagaban contra los jergones, abriéndose en escaras vivas que supuraban una linfa grisácea, alimento de las moscas que ignoraban los cerrojos.
Así, pasó el primer siglo de encierro; prosiguió Sherezade, y sus ojos brillaron con el reflejo de las antorchas, y el efrit moribundo, en los albores de su captura procesal, aún albergaba la soberbia del mando.
“A quien me libere!, se decía en su fuero interno, a quien dicte la morigeración de mi pena o firme la prisión domiciliaria por mi avanzada edad, lo colmaré de las glorias del derecho y la justicia formal”.
Pero las apelaciones caían en el fondo del mar de la burocracia, sepultadas por el peso de folios amarillentos que nadie osaba firmar.
¡Llegó el segundo siglo!. Las mentes de los cautivos empezaron a desgajarse como las páginas de un libro expuesto a la intemperie; La demencia senil, ese efrit invisible, comenzó a devorar los recuerdos.
Algunos ya no sabían si el tintineo metálico que escuchaban eran las llaves del carcelero o las espuelas de su juventud; otros, con la mirada fija en las grietas del techo, balbuceaban órdenes a batallones fantasma mientras el esfínter traicionaba su última pizca de dignidad, manchando las piernas flacas y velludas con la marca de la absoluta indefensión.
“¡A quien me abra la jarra ahora!; gemia el cautivo en su delirio, le entregaré los secretos de los archivos, los tesoros de la obediencia debida”; Pero el tribunal miraba hacia otro lado, blindado por el sello de Salomón, un formalismo de tinta negra que declaraba que el tiempo biológico no existía para la ley.
¡Y en el tercer siglo la voz de Sherezade se quebró!, buscando herir el corazón del Sultán, la esperanza se pudrió del todo, convirtiéndose en una bilis negra que inundaba los pulmones de los viejos; El efrit, ciego por las cataratas y con las manos temblorosas por el Parkinson, ya no pedía libertad para vivir, sino para morir bajo un cielo abierto.
Al ver que los jueces estiraban las prisiones preventivas más allá de los límites de la naturaleza humana, un furor senil y desesperado llenó la vasija de cobre.
¡El fin de la analogía se tornaba atroz!.
El efrit juró la sentencia final; ¡”A quien abra la jarra ahora, a quien venga a notificarme la tardía piedad de un arresto domiciliario cuando ya mis ojos no distingan la luz, lo mataré!; Pero no con espada, sino con la visión de mi propia ruina.
Le regalaré el espectáculo de mi cadáver tibio, la podredumbre de mis intestinos vaciados en el camastro de la prisión, para que cargue en su conciencia el peso de haber convertido la justicia en un matadero de ancianos”.
Cuando el Pescador del proceso final, un ujier pálido, un médico legista con olor a desinfectante, retiró por fin el sello de plomo de la Unidad 34 de Campo de Mayo, no brotó un gigante de humo que tapara el sol.
Lo que salió de la jarra fue un suspiro fétido, el último aire de un pulmón colapsado por la neumonía y el abandono; En el suelo de la celda, el efrit yacía inmóvil, con la boca abierta en una mueca de eterno espanto, rodeado por la miseria de sus propios deshechos orgánicos.
¡La burocracia había triunfado; el reo había sido retenido hasta que el tiempo, el verdadero verdugo, ejecutó la sentencia de la carne!
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La gloria de Dios, los salvará, no se den por vencidos, es muy triste esta historia, que es verdadera, pero la Fe y Dios mueves montañas, Bendiciones a todos nuestros héroes, que lucharon contra el terrorismo, gracias por su valentia
Es una narración tan nefasta y verdadera que Atenaza las entrañas, desborda el alma y paraliza el corazón…así como gritamos por las mujeres asesinadas ” ni una mas” así deberíamos gritar por esos gerontes de destrozados cadaveres sobrevivientes de una guerra que no buscaron, de batallas que ganaron, de atentados a los que pudieron salvarse con secuelas, de ataque infames que destrozaron sus cuerpos y familias y que continúan cada día con encarnizado escarnio. El relato es por demás verosímil y aterrador y al leerlo se siente a través de las palabras el sufrimiento indescriptible de hombres que por su edad al menos, deberían ser respetados. Estás situaciones suceden cuando los hombres se creen dioses y aplican castigos que ellos mismos deberían sufrir. La misma crueldad de la que ellos hablan, la aplican a personas que no pueden ya defenderse y los tratan peor que si estuvieran en campos de concentración…solo les faltan las camaras de gas y los hornos…
Mi más alto respeto para todos los prisioneros de la falsedad, la iniquidad y la mentira.
Maria Elena Cisneros Rueda
Que ensañamiento hay conj estos ancianos, es una verdadera vergüenza. así gastan recursos por hechos ocurridos hace medio siglo y desatienden el presente. .
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“El cuento de la jarra de plomo y el suspiro de los ancianos cautivos”
Por Gonzalo Sanchez – Pastor Misionero
Las mil y una noches es una obra de autor anónimo; No fue escrita por una sola persona, sino que es una recopilación medieval de cuentos tradicionales del Medio Oriente que se transmitieron y moldearon a lo largo de los siglos. La colección se nutre de leyendas provenientes de la antigua India, Persia, Arabia y Meso-potamia; La historia marco (el relato de la princesa Sherezade que salva su vida contándole historias al sultán) tiene sus raíces en la antigua obra persa conocida como Hezar Afsan.
Pero, ocurrió que revisando un baúl viejo en mi imaginación, aquí en la U34 de Campo de Mayo, encontré un cuento que la princesa Sherezade olvidó contar al Rey Shahriar.
Y fue así como, Las mil y una noches se prolongaron en una noche más…
Dice la crónica de los tiempos remotos y las eras olvidadas que, al llegar la noche ochocientas cuarenta y seis, la luna se suspendió en el firmamento como una cimitarra de plata pálida, bañando con su luz fría los patios de mármol del palacio; Fue entonces cuando la agudeza y la gracia se unieron en una sola voz. La princesa Sherezade, cuyo ingenio era más vasto que los reinos de la tierra y cuya palabra tenía el poder de suspender el filo de la mismísima muerte, se volvió hacia el Rey Shahriar; sus ojos, profundos como pozos de tinta, reflejaban la gravedad de una historia nunca antes oída por oído humano, un relato proscrito que los copistas del desierto habían temido registrar en los pergaminos oficiales del reino.
Acomodando los pliegues de su túnica de seda, Sherezade inclinó la cabeza con humilde firmeza y habló de este modo:
Sabed, ¡oh Rey dichoso, de justicia tardía y juicio severo!, que entre las mil leyendas que adornan la memoria de los hombres, existe una que los vientos del Sur han traído hasta mis oídos; Es el cuento que se agregará a estas mil y una noches para que las generaciones venideras conozcan que el peor de los monstruos no habita en las cavernas de los montes, sino en la frialdad de las leyes que olvidan la carne.
¡Escuchad la historia de la jarra de cobre de la Unidad 34 de Campo de Mayo!, donde el tiempo no corre, sino que corroe, y donde los hombres no esperan la libertad, sino el polvo.
El Rey Shahriar, subyugado por el tono lúgubre y majestuoso de la princesa, acomodó sus almohadones y guardó silencio, disponiéndose a escuchar la más descarnada de las parábolas sobre la decrepitud y el encierro.
Y Sherezade, con un hilo de voz que lastimaba el aire, comenzó a narrar…
La noche sobre el arbolado y alambradas con concertinas de la U34 de Campo de Mayo no traía el frescor de los oasis, sino el tufo pesado del encierro y el olvido. Allí, en los pabellones de la Unidad, el silencio no era paz, sino una densa sustancia compuesta por el crujido de maderas viejas de los árboles que los rodean, y el estertor de gargantas gastadas. Sherezade, con la voz teñida de una gravedad de bronce, reanudó su relato ante el Sultán, descorriendo un velo que unía el mito milenario con la osario viviente del presente:
Sabed, ¡oh Rey dichoso!, que el Pescador no halló en sus redes un pez de escamas de plata, sino una jarra de cobre pesado, sellada con el plomo del juicio irreversible y el anillo del inexorable Salomón.
Pero dentro de aquel vaso no habitaba un efrit de fuego puro, sino los jirones de lo que alguna vez fueron hombres de armas, hoy reducidos a espectros de carne marchita y senilidad.
El espacio dentro de la jarra; su propia celda, apestaba a una escatología cotidiana y humillante; no había allí alfombras de seda, sino el olor rancio de los pañales geriátricos desbordados, el vapor ácido de la orina retenida por próstatas destruidas y el rastro espeso del sudor febril que se pegaba a las sábanas amarronadas.
Los cuerpos, que en otros tiempos portaron uniformes de ruda prestancia, se retorcían bajo el peso de noventa inviernos; las espaldas encorvadas por la artrosis se llagaban contra los jergones, abriéndose en escaras vivas que supuraban una linfa grisácea, alimento de las moscas que ignoraban los cerrojos.
Así, pasó el primer siglo de encierro; prosiguió Sherezade, y sus ojos brillaron con el reflejo de las antorchas, y el efrit moribundo, en los albores de su captura procesal, aún albergaba la soberbia del mando.
Pero las apelaciones caían en el fondo del mar de la burocracia, sepultadas por el peso de folios amarillentos que nadie osaba firmar.
¡Llegó el segundo siglo!. Las mentes de los cautivos empezaron a desgajarse como las páginas de un libro expuesto a la intemperie; La demencia senil, ese efrit invisible, comenzó a devorar los recuerdos.
Algunos ya no sabían si el tintineo metálico que escuchaban eran las llaves del carcelero o las espuelas de su juventud; otros, con la mirada fija en las grietas del techo, balbuceaban órdenes a batallones fantasma mientras el esfínter traicionaba su última pizca de dignidad, manchando las piernas flacas y velludas con la marca de la absoluta indefensión.
“¡A quien me abra la jarra ahora!; gemia el cautivo en su delirio, le entregaré los secretos de los archivos, los tesoros de la obediencia debida”; Pero el tribunal miraba hacia otro lado, blindado por el sello de Salomón, un formalismo de tinta negra que declaraba que el tiempo biológico no existía para la ley.
¡Y en el tercer siglo la voz de Sherezade se quebró!, buscando herir el corazón del Sultán, la esperanza se pudrió del todo, convirtiéndose en una bilis negra que inundaba los pulmones de los viejos; El efrit, ciego por las cataratas y con las manos temblorosas por el Parkinson, ya no pedía libertad para vivir, sino para morir bajo un cielo abierto.
Al ver que los jueces estiraban las prisiones preventivas más allá de los límites de la naturaleza humana, un furor senil y desesperado llenó la vasija de cobre.
¡El fin de la analogía se tornaba atroz!.
El efrit juró la sentencia final; ¡”A quien abra la jarra ahora, a quien venga a notificarme la tardía piedad de un arresto domiciliario cuando ya mis ojos no distingan la luz, lo mataré!; Pero no con espada, sino con la visión de mi propia ruina.
Le regalaré el espectáculo de mi cadáver tibio, la podredumbre de mis intestinos vaciados en el camastro de la prisión, para que cargue en su conciencia el peso de haber convertido la justicia en un matadero de ancianos”.
Cuando el Pescador del proceso final, un ujier pálido, un médico legista con olor a desinfectante, retiró por fin el sello de plomo de la Unidad 34 de Campo de Mayo, no brotó un gigante de humo que tapara el sol.
Lo que salió de la jarra fue un suspiro fétido, el último aire de un pulmón colapsado por la neumonía y el abandono; En el suelo de la celda, el efrit yacía inmóvil, con la boca abierta en una mueca de eterno espanto, rodeado por la miseria de sus propios deshechos orgánicos.
¡La burocracia había triunfado; el reo había sido retenido hasta que el tiempo, el verdadero verdugo, ejecutó la sentencia de la carne!
Campo de mayo, ARGENTINA
6 thoughts on “LAS MIL Y DOS NOCHES”
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- Judy Snelling
- posted on June 8, 2026
-
- LynellWJones
- posted on June 8, 2026
-
- SoloKar Nomoto Nijuez
- posted on June 7, 2026
-
- Silvia Buzetti
- posted on June 7, 2026
-
- María Elena Cisneros Rueda
- posted on June 7, 2026
-
- MIRIAM AYERZA
- posted on June 7, 2026
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La jarra del efrit es de cobre y puede abollarse pero el Cántaro fiscal es de barro y finalmente se quiebra de tanto chocar con la jarra de cobre.
La gloria de Dios, los salvará, no se den por vencidos, es muy triste esta historia, que es verdadera, pero la Fe y Dios mueves montañas, Bendiciones a todos nuestros héroes, que lucharon contra el terrorismo, gracias por su valentia
Es una narración tan nefasta y verdadera que Atenaza las entrañas, desborda el alma y paraliza el corazón…así como gritamos por las mujeres asesinadas ” ni una mas” así deberíamos gritar por esos gerontes de destrozados cadaveres sobrevivientes de una guerra que no buscaron, de batallas que ganaron, de atentados a los que pudieron salvarse con secuelas, de ataque infames que destrozaron sus cuerpos y familias y que continúan cada día con encarnizado escarnio. El relato es por demás verosímil y aterrador y al leerlo se siente a través de las palabras el sufrimiento indescriptible de hombres que por su edad al menos, deberían ser respetados. Estás situaciones suceden cuando los hombres se creen dioses y aplican castigos que ellos mismos deberían sufrir. La misma crueldad de la que ellos hablan, la aplican a personas que no pueden ya defenderse y los tratan peor que si estuvieran en campos de concentración…solo les faltan las camaras de gas y los hornos…
Mi más alto respeto para todos los prisioneros de la falsedad, la iniquidad y la mentira.
Maria Elena Cisneros Rueda
Que ensañamiento hay conj estos ancianos, es una verdadera vergüenza. así gastan recursos por hechos ocurridos hace medio siglo y desatienden el presente. .