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Ahora, usted me pregunta: ¿Cuál es el propósito de la vida, si llegando al fin de nuestros días -un mal necesario- no se puede disfrutar de esos últimos momentos con los seres amados? Los planes que se armaron con tantos años, con tanto esfuerzo, son derrumbados con una veloz ráfaga por un par de corruptos y sus obsecuentes secuaces. Y así los momentos anhelados se transforman en sensaciones desconocidas. Sentimientos que, quizás, poco había experimentado. Estremecimientos que antes habían sido pasajeros, se han encarnado en mi piel y paralizan. Aún trato. Aún intento, aunque se -conocedora de mi propia salud- que queda poco tiempo. Aún ese tiempo no sea suficiente.

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La pregunta que usted realiza me es espetada a menudo. ¿La respuesta? La respuesta es la misma. Es necesario, imperioso, seguir adelante. Me atrevería a decir que ya no por mi esposo. Ni por mí. Simplemente porque la verdad deberá aceptarse un día, y aunque ya no esté presente, un puñado de arena de cada uno de nosotros habrá restaurado esa verdad que conocemos.

 

María Ferreyra

PrisioneroEnArgentina.com

Septiembre 20, 2018

 


 

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