Frente a la reciente negativa judicial a las salidas transitorias que legalmente me corresponden por el tiempo de condena cumplido, deseo expresar cómo vivo esta realidad en mi cautiverio.
“Yo, pues, preso por el Señor, os ruego que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados…” (Efesios 4,1)
Al contemplar las palabras de San Pablo desde su celda en Roma, encuentro un eco profundo que da sentido a cada uno de mis días. No es la circunstancia física la que define mi existencia, sino la libertad interior que nace de la entrega voluntaria a la voluntad de Dios. Tras 22 años continuos de cautiverio, puedo dar testimonio de que las paredes no silencian el llamado, sino que lo acrisolan. En este tiempo, he descubierto que vivir de manera digna de la vocación recibida no depende de dónde se encuentren nuestros pies, sino de hacia dónde apunta el corazón.
Esta entrega se manifiesta hoy con una intensidad particular, mientras transito mis 89 años de vida. A pesar de mi avanzada edad y de una limitación motriz debidamente certificada por el Ministerio de Salud de la Nación, mi permanencia en estas condiciones no es un accidente del destino, sino la consecuencia de una respuesta firme a los designios de Aquel que me llamó por mi nombre. Decir “sí” cada mañana, en medio de la limitación física y el aislamiento, es la forma más pura de ejercer la libertad que Cristo nos ganó.
En la quietud prolongada de este tiempo, el silencio se ha transformado en un lugar sagrado de intercesión. Elevo mi oración especialmente por mis hermanos sacerdotes, en sus distintas responsabilidades y jerarquías, tanto de mi querida Argentina como del mundo entero.
Rezo por aquellos que no perdonan, por los que discriminan, por los que callan su fe por temor y por quienes excluyen debido a razones políticas. Pero, de manera muy especial, ofrezco mi oración por los miembros de mi propia “familia diocesana” que, en estos 22 años, han olvidado que tienen un hermano, ya anciano, preso. Aun en medio de este olvido fraterno, mi oración los abraza, pidiendo al Señor que sane la ceguera de quienes me niegan en la hermandad sacerdotal y olvidan que la misericordia debe ser el primer fruto de nuestro ministerio.
Bien sabemos que, para el juicio del mundo, los presos somos considerados un desecho, parias marcados por un estigma y una exclusión que persiste incluso después del cumplimiento de las penas. Sin embargo, mi sacerdocio no se detiene ante el desprecio ni ante el olvido de mis pares. Al mirar hacia atrás, no me invade la amargura, sino una profunda gratitud por la fidelidad de Dios, quien —a diferencia de los hombres— nunca me ha dejado solo. Mi compromiso sigue firme, con el corazón puesto en la promesa de Aquel que nos llamó a la luz. Al final de la jornada, lo único que permanece es el amor con el que respondemos al llamado, sabiendo que, aunque estemos presos por el Señor y olvidados por los hermanos, en Él somos verdaderamente libres para siempre.
Frente a la resolución del Tribunal Oral Federal 1 de La Plata y de la Sala 1 de la Cámara Federal de Casación Penal, quiero concluir este testimonio con una solicitud, un agradecimiento, un recordatorio y una exhortación:
Solicitar: A María Santísima, nuestra Madre Universal, y a Jesucristo, Nuestro Dios y Señor, les pido que protejan y bendigan a los miembros de mi “familia de sangre” mis hermanos y hermanas y a sus respectivas familias quienes han debido soportar durante todos estos años escraches, insultos y persecuciones debido a mi situación de detención. Su presencia constante y sus visitas carcelarias, a pesar de las distancias, son un sostén invaluable.
Agradecer: A todos los que diariamente oran por nosotros y a los amigos que nos visitan y acompañan. El Señor los bendice y cuida, pues han respondido a Su mandato: “…estuve preso y me visitasteis” (Mt 25,36).
Recordar a mis hermanos en el ministerio sacerdotal: Deseo hacerles llegar esta reflexión con la esperanza de que el Espíritu Santo guíe sus responsabilidades pastorales, buscando siempre que sus acciones se orienten «para la mayor gloria del Señor». En este espíritu de fraternidad, hago un llamado a la conciencia sobre mi situación actual. Es fundamental recordar que ningún hijo de Dios, y menos aún un sacerdote, debe ser tratado bajo la lógica del “descarte”. Mi proceso judicial no ha sido ajeno a las influencias políticas que —como es de público conocimiento— suelen condicionar el accionar de la justicia. Hago un respetuoso pero firme énfasis en que el juicio sobre los hombres debe ceñirse estrictamente a la ley escrita y no a interpretaciones libres influenciadas por contextos coyunturales. La fidelidad a la verdad y al derecho es, también, una forma de dar gloria a Dios.
Exhortar a los miembros del Poder Judicial: Es imperativo recordar a quienes hoy ejercen la magistratura que toda autoridad humana es transitoria. Al final del camino, cada uno deberá comparecer ante el tribunal de Aquel que es «fuente de toda razón y justicia: Dios Nuestro Señor». A diferencia de los tribunales de la tierra, la sentencia del Creador posee un carácter definitivo y perpetuo; ante ella no existen instancias de apelación ni recursos posibles. En ese momento de verdad absoluta, cualquier hombre de leyes esperaría ser juzgado bajo el rigor de la justicia objetiva y la ley escrita, y no bajo el arbitrio de decisiones cuya motivación sea más política que legal. Quienes hoy juzgan deben tener presente que la integridad de sus sentencias actuales será la medida con la que serán evaluados mañana. La verdadera justicia no se interpreta según las conveniencias de turno, sino que se aplica con la mirada puesta en la eternidad.
Agradezco el tiempo dedicado a la lectura de este escrito. Es la primera vez que comparto lo que sentí frente a una negativa judicial. Toda la historia de lo vivido durante mi capellanía en la Policía de la Provincia de Buenos Aires está escrita y depositada en una escribanía. Quien es el depositario de ese material tiene la autorización para hacerla pública diez (10) años de mi fallecimiento y cremación. Son “mis memorias” de lo que se puede contar teniendo presente “el secreto profesional” que tenemos los sacerdotes y que no se puede violar. Hubo una película, muchos años atrás, que era la historia de un sacerdote condenado por “no revelar secretos de confesión”. El título de esa película es “Mi secreto me condena” .Tiene, me parece, unos 70 años o más de proyectada por primera vez.
Recordando que la oración por la Patria comienza: «Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos», lo invoco para que los bendiga y proteja ahora y siempre.
aislamiento dice … y tiene esta ventana al mundo …
Un mundo al revés, donde la vileza es virtud, la indignidad, probidad.
Las víctimas de este cura calavera, ya culpables reales o inocentes reales, las que veía, solazándose con sus cuerpos destrozados, hubieran dado el alma, no ya por poder tener un minuto para comunicar con sus familias y allegados, sino tan solo por poder ver los insectos y cucarachas que pululaban por sus cuchitriles.
Los jueces tambien hacen lo que mas le conviene no vaya a ser que pierdan el jugoso sueldo ,las prebendas y las amantes o amantes jóvenes que siempre tienen por su cargo.
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Frente a la reciente negativa judicial a las salidas transitorias que legalmente me corresponden por el tiempo de condena cumplido, deseo expresar cómo vivo esta realidad en mi cautiverio.
Al contemplar las palabras de San Pablo desde su celda en Roma, encuentro un eco profundo que da sentido a cada uno de mis días. No es la circunstancia física la que define mi existencia, sino la libertad interior que nace de la entrega voluntaria a la voluntad de Dios. Tras 22 años continuos de cautiverio, puedo dar testimonio de que las paredes no silencian el llamado, sino que lo acrisolan. En este tiempo, he descubierto que vivir de manera digna de la vocación recibida no depende de dónde se encuentren nuestros pies, sino de hacia dónde apunta el corazón.
Esta entrega se manifiesta hoy con una intensidad particular, mientras transito mis 89 años de vida. A pesar de mi avanzada edad y de una limitación motriz debidamente certificada por el Ministerio de Salud de la Nación, mi permanencia en estas condiciones no es un accidente del destino, sino la consecuencia de una respuesta firme a los designios de Aquel que me llamó por mi nombre. Decir “sí” cada mañana, en medio de la limitación física y el aislamiento, es la forma más pura de ejercer la libertad que Cristo nos ganó.
En la quietud prolongada de este tiempo, el silencio se ha transformado en un lugar sagrado de intercesión. Elevo mi oración especialmente por mis hermanos sacerdotes, en sus distintas responsabilidades y jerarquías, tanto de mi querida Argentina como del mundo entero.
Rezo por aquellos que no perdonan, por los que discriminan, por los que callan su fe por temor y por quienes excluyen debido a razones políticas. Pero, de manera muy especial, ofrezco mi oración por los miembros de mi propia “familia diocesana” que, en estos 22 años, han olvidado que tienen un hermano, ya anciano, preso. Aun en medio de este olvido fraterno, mi oración los abraza, pidiendo al Señor que sane la ceguera de quienes me niegan en la hermandad sacerdotal y olvidan que la misericordia debe ser el primer fruto de nuestro ministerio.
Bien sabemos que, para el juicio del mundo, los presos somos considerados un desecho, parias marcados por un estigma y una exclusión que persiste incluso después del cumplimiento de las penas. Sin embargo, mi sacerdocio no se detiene ante el desprecio ni ante el olvido de mis pares. Al mirar hacia atrás, no me invade la amargura, sino una profunda gratitud por la fidelidad de Dios, quien —a diferencia de los hombres— nunca me ha dejado solo. Mi compromiso sigue firme, con el corazón puesto en la promesa de Aquel que nos llamó a la luz. Al final de la jornada, lo único que permanece es el amor con el que respondemos al llamado, sabiendo que, aunque estemos presos por el Señor y olvidados por los hermanos, en Él somos verdaderamente libres para siempre.
Frente a la resolución del Tribunal Oral Federal 1 de La Plata y de la Sala 1 de la Cámara Federal de Casación Penal, quiero concluir este testimonio con una solicitud, un agradecimiento, un recordatorio y una exhortación:
Solicitar: A María Santísima, nuestra Madre Universal, y a Jesucristo, Nuestro Dios y Señor, les pido que protejan y bendigan a los miembros de mi “familia de sangre” mis hermanos y hermanas y a sus respectivas familias quienes han debido soportar durante todos estos años escraches, insultos y persecuciones debido a mi situación de detención. Su presencia constante y sus visitas carcelarias, a pesar de las distancias, son un sostén invaluable.
Agradecer: A todos los que diariamente oran por nosotros y a los amigos que nos visitan y acompañan. El Señor los bendice y cuida, pues han respondido a Su mandato: “…estuve preso y me visitasteis” (Mt 25,36).
Recordar a mis hermanos en el ministerio sacerdotal: Deseo hacerles llegar esta reflexión con la esperanza de que el Espíritu Santo guíe sus responsabilidades pastorales, buscando siempre que sus acciones se orienten «para la mayor gloria del Señor». En este espíritu de fraternidad, hago un llamado a la conciencia sobre mi situación actual. Es fundamental recordar que ningún hijo de Dios, y menos aún un sacerdote, debe ser tratado bajo la lógica del “descarte”. Mi proceso judicial no ha sido ajeno a las influencias políticas que —como es de público conocimiento— suelen condicionar el accionar de la justicia. Hago un respetuoso pero firme énfasis en que el juicio sobre los hombres debe ceñirse estrictamente a la ley escrita y no a interpretaciones libres influenciadas por contextos coyunturales. La fidelidad a la verdad y al derecho es, también, una forma de dar gloria a Dios.
Exhortar a los miembros del Poder Judicial: Es imperativo recordar a quienes hoy ejercen la magistratura que toda autoridad humana es transitoria. Al final del camino, cada uno deberá comparecer ante el tribunal de Aquel que es «fuente de toda razón y justicia: Dios Nuestro Señor». A diferencia de los tribunales de la tierra, la sentencia del Creador posee un carácter definitivo y perpetuo; ante ella no existen instancias de apelación ni recursos posibles. En ese momento de verdad absoluta, cualquier hombre de leyes esperaría ser juzgado bajo el rigor de la justicia objetiva y la ley escrita, y no bajo el arbitrio de decisiones cuya motivación sea más política que legal. Quienes hoy juzgan deben tener presente que la integridad de sus sentencias actuales será la medida con la que serán evaluados mañana. La verdadera justicia no se interpreta según las conveniencias de turno, sino que se aplica con la mirada puesta en la eternidad.
Agradezco el tiempo dedicado a la lectura de este escrito. Es la primera vez que comparto lo que sentí frente a una negativa judicial. Toda la historia de lo vivido durante mi capellanía en la Policía de la Provincia de Buenos Aires está escrita y depositada en una escribanía. Quien es el depositario de ese material tiene la autorización para hacerla pública diez (10) años de mi fallecimiento y cremación. Son “mis memorias” de lo que se puede contar teniendo presente “el secreto profesional” que tenemos los sacerdotes y que no se puede violar. Hubo una película, muchos años atrás, que era la historia de un sacerdote condenado por “no revelar secretos de confesión”. El título de esa película es “Mi secreto me condena” .Tiene, me parece, unos 70 años o más de proyectada por primera vez.
Recordando que la oración por la Patria comienza: «Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos», lo invoco para que los bendiga y proteja ahora y siempre.
En El, con El y por Él, los saluda,
Padre Christian von WERNICH
Unidad Penal 34 – Campo de Mayo (B)
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 25, 2026
5 thoughts on “Preso por el Señor”
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- Sonia S
- posted on May 26, 2026
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- ROCIO ANGÉLICA
- posted on May 25, 2026
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- NICOLAS ROSAS
- posted on May 25, 2026
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- Lucio M. Cassanto
- posted on May 25, 2026
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- MARCELO FERNANDEZ
- posted on May 25, 2026
Commentbuffffff,
madre mía …
aislamiento dice … y tiene esta ventana al mundo …
Un mundo al revés, donde la vileza es virtud, la indignidad, probidad.
Las víctimas de este cura calavera, ya culpables reales o inocentes reales, las que veía, solazándose con sus cuerpos destrozados, hubieran dado el alma, no ya por poder tener un minuto para comunicar con sus familias y allegados, sino tan solo por poder ver los insectos y cucarachas que pululaban por sus cuchitriles.
Los jueces tambien hacen lo que mas le conviene no vaya a ser que pierdan el jugoso sueldo ,las prebendas y las amantes o amantes jóvenes que siempre tienen por su cargo.
Es muy salvaje lo que ocurre con los PP
Ocurre que el tampoco está en la agenda del Milei
PASÓ A SER UN PRESO EMBLEMÁTICO Y NI LA IGLESIA LE DÁ CABIDA.