La geopolítica no tomó vacaciones en medio de la pandemia. Es que, como sostenía Napoleón, “la política se halla en la geografía”. Como la pandemia no admite que la política baje las persianas, la geopolítica continúa sin ‘feria’ – como la insólita de nuestro Poder Judicial. Una prueba la ha dado en estos días Australia.
Napoleón
El enorme país oceánico fue parte de un movimiento crucial en 2018. Cuando Estados Unidos se retiró del Acuerdo del Transpacífico, Australia y otros once países medianos suscribieron un pacto comercial, con implicancias políticas. A la mesa del convenio se sentaron Japón – la tercera economía del mundo -, Canadá, México, Vietnam, Nueva Zelanda, entre otros. Este antecedente cobra relieve en este momento pandémico caracterizado por la declinación norteamericana y una China a la defensiva, con inesperadas dificultades internas y también el frente exterior.
Los celebrantes de 2018 tienen un común denominador. Todos son países medianos en un planeta que – como la Argentina de antaño – tiene ‘movilidad ascensional’, es decir que países otrora pobres – el mejor ejemplo, Vietnam – hoy son intermedios y mañana podrán incorporarse al podio principal.
Morrison
En estos días el primer ministro australiano Scott Morrison fue el primero en promover una investigación internacional sobre el origen del coronavirus no obstante que China es el principal destino de las exportaciones australianas y que sólo por visas estudiantiles Camberra obtiene inmensos beneficios económicos a raíz de que son legión los chinos que van a estudiar en las universidades australianas.
El premier hizo, además, una videoconferencia con sus pares de Estados de todas partes del mundo. El asunto central fue intercambiar experiencias entre los que habían dado ‘respuesta temprana’ al Covid-19. Así, en la reunión telemática también estuvieron Austria, Dinamarca, Grecia, Israel y Singapur. Cabe preguntarse por qué nuestro país no estuvo presente en esa sala virtual a pesar de que nos ufanamos de haber sido precisamente uno de los países que reaccionaron tempranamente ¿Será el síndrome de insignificancia? Más allá del ‘relato’ interno, parece que afuera han detectado ese morbo vernáculo. Que duele físicamente, pero sobre todo en el alma argentina. Aquel viejo país que se encaminaba – más allá de sus crisis, de su corrupción – hacia el primer escenario mundial, un siglo después cayó en la irrelevancia. Ya no somos modelo ni de los vecinos.
Xi
Hoy la geopolítica exhibe como nunca el protagonismo del multilateralismo con alto dinamismo. Ciertamente, el globalismo ha ingresado en un tramo de su devenir que se caracteriza por los cuestionamientos y las dudas. Hay interrogantes sobre cómo será el derrotero de acá en más. Empero, creo muy apresuradas las conclusiones como esa de que “se terminó la globalización”. Po el contrario, todo hace pensar que – con otros formatos, donde el rol de las potencias intermedias será crecientemente importante – la mundialización proseguirá su marcha. Seguramente armonizado con un resurgente soberanismo de los Estados. Ensamblar las dos velocidades para imprimirle motricidad al mundo no es una rareza. China, por caso, no dejó ni un minuto de reclamar soberanía en el Mar homónimo, hasta construyendo islas artificiales, mientras revivía la ‘Ruta de la Seda’ con notoria vocación global. Es otro falso dilema eso de globalización vs nacionalismo. Coexisten y convivirán por mucho tiempo. La clave está en saber combinarlos.
El contraste con la Argentina es tan evidente como hasta inexplicable. Nuestra política exterior – ¿existe? – en este medio año del gobierno asumido el 10 de diciembre logró más que un flamante congelador: enfrió todos los vínculos regionales al punto que no tenemos un buen compañero de ruta en parte alguna de América del Sur. Además, no dimos ni la más mínima señal a nuestra vecina África, no conversamos especialmente con ninguna de las potencias intermedias, amenazamos con retirarnos desopilantemente de las negociaciones comerciales del Mercosur con terceros países y sólo dialogamos con Italia, Alemania, Francia y España para, cual mendicantes en que nos hemos transformado, para suplicarles apoyo para no pagar la deuda.
La política exterior es tan decisiva como la interior. Integran un solo haz. Y la geopolítica no es solo una disciplina que guía los movimientos hacia afuera. Bien valdría aplicarla para orientar nuestra estrategia interna hacia una demografía más equilibrada, hacia la potenciación de los recursos – como los del mar -, hacia la reorganización político institucional – para encontrar el modo de hacer en serio un país federal y para evitar que diez conglomerados del conurbano que ocupan 2.000 km2 ‘gobiernen’ a una nación de 4 millones de km2 y otros tantos de espacios marítimos. Para, en suma, corregir tantas deformaciones que padecemos, como la pretender y proclamar la ‘soberanía’, pero no tener moneda.
Flaquean nuestras fuerzas internas, tanto en el plano espiritual como material. La recuperación vendrá de una doble vía: la de adentro y la de afuera. En el interior, apostando al emprendedurismo y ensanchamiento del trabajo privado, auxiliado por un Estado inteligente. En el exterior, forjando alianzas y acuerdos que amplíen el horizonte comercial y reubiquen a la Argentina como nación mediana, con aspiraciones de ascender.
Una mañana, un león y una hiena del Jardin des Plantes lograron abrir la puerta de su jaula cerrada con negligencia. La mañana era blanca y un claro sol lucía alegremente al borde del cielo pálido. Bajo los grandes castaños había un frescor penetrante, el tibio frescor de la incipiente primavera. Los dos honrados animales, que acababan de desayunar copiosamente, se pasearon lentamente por el Jardin, deteniéndose de vez en cuando para lamerse y gozar como buenos chicos de la suavidad de la mañana. Se encontraron al final de un paseo y, después de los saludos de rigor, se pusieron a caminar juntos charlando amigablemente. El Jardin no tardó en resultarles aburrido y en parecerles demasiado pequeño. Entonces se preguntaron a qué otras distracciones podían consagrar su jornada.
-¡Caray! -dijo el león-. Me apetece satisfacer un capricho que tengo desde hace mucho tiempo. Hace años que los hombres vienen como imbéciles a mirarme a mi jaula y yo me he prometido aprovechar la primera ocasión que se me presentara para ir a mirarlos a ellos a la suya, aunque tenga que parecer tan idiota como ellos… Le propongo dar un paseo hasta la jaula de los hombres.
En ese momento, París, que se estaba despertando, se puso a rugir con tal intensidad que la hiena se detuvo escuchando con inquietud. El clamor de la ciudad se elevaba, sordo y amenazante; y ese clamor, formado por el ruido de los coches, los gritos de la calle, por nuestros sollozos y nuestras risas, parecían alaridos de furor y estertores de agonía.
-¡Dios Santo! -susurró la hiena- no hay duda de que se están degollando en su jaula. ¿Oye usted qué airados están y cómo lloran?
-Es cierto que hacen un jaleo horroroso; es posible que los esté atormentando algún domador -contestó el león.
El ruido se incrementaba y la hiena empezaba a tener miedo.
-¿Cree usted que es prudente entrar ahí? -preguntó.
-¡Bah! No nos comerán ¡qué demonios! Venga pues. Deben estar mordiéndose de lo lindo y eso nos hará reír -dijo el león.
II
Por las calles, caminaron modestamente a lo largo de las casas. Cuando llegaron a un cruce, fueron arrastrados por un enorme gentío. Obedecieron a aquel empuje que les prometía un espectáculo interesante. Pronto se encontraron en una gran plaza en la que el pueblo se agrupaba. En medio había una especie de armazón de madera roja y todas las miradas estaban fijas en aquella construcción, con expresión de avidez y de gusto.
-Mire -dijo en voz baja el león a la hiena- eso es sin duda una mesa sobre la que van a servir un buen festín a todas estas personas que ya se están relamiendo de gusto. Aunque la mesa me parece bastante pequeña.
Cuando pronunciaba esas palabras, la masa lanzó un alarido de satisfacción y el león declaró que debían ser los víveres que llegaban, tanto más cuanto que un vehículo pasó al galope por delante de él. Sacaron a un hombre del carruaje, lo subieron al armazón y le cortaron la cabeza con destreza; luego, pusieron el cadáver en otro vehículo y se apresuraron a sustraerlo al apetito feroz del populacho que gritaba, sin duda de hambre.
-¡Anda! ¡No se lo comen! -exclamó el león decepcionado.
La hiena sintió que un pequeño escalofrío recorría su pelo.
-¿En medio de qué fieras me ha traído usted? -dijo-. Matan sin tener hambre… Por amor de Dios, tratemos de salir pronto de aquí.
III
Cuando abandonaron la plaza, tomaron los bulevares exteriores y caminaron después tranquilamente a lo largo de los muelles. Cuando llegaron a la Cité vieron, detrás de Notre-Dame, una casa baja y larga en la que los transeúntes entraban como se entra en una barraca de feria, para ver allí algún fenómeno y salir maravillado. No se pagaba ni al entrar ni al salir. El león y la hiena siguieron al gentío y vieron, sobre grandes losas, cadáveres tendidos, con la carne agujereada de heridas. Los espectadores, mudos y curiosos, miraban tranquilamente los cadáveres.
-¡Eh! ¿Qué decía yo? -comentó la hiena- No matan para comer. Mire cómo dejan que los víveres se estropeen.
Cuando estuvieron de nuevo en la calle, pasaron por delante de una carnicería. La carne colgada de los ganchos de acero estaba muy roja; junto a las paredes había montones de carne, y la sangre corría por las placas de mármol formando pequeños regueros. La tienda entera ardía siniestramente.
-Mire pues, -dijo el león- dice usted que no comen. Ahí tiene carne para alimentar a nuestra colonia del Jardin des Plantes durante ocho días… ¿Será carne de hombre?
La hiena, que como ya dije había desayunado copiosamente, dijo volviendo la cabeza:
-¡Puaf! Es repugnante. Me dan náuseas de ver toda esa carne.
IV
-¿Ve usted esas puertas gruesas y esas enormes cerraduras? -comentó la hiena un poco más lejos-. Los hombres ponen hierro y madera entre ellos para evitar el disgusto de devorarse. Y en cada esquina hay personas con espadas que mantienen las buenas formas ¡Qué animales más ariscos!
En ese momento, un simón atropelló a un niño y la sangre salpicó hasta la cara del león.
-Pero… ¡es repugnante! -exclamó secándose con una mano-; no se puede dar dos pasos tranquilamente. En esta jaula llueve la sangre.
-¡Pardiez! -añadió la hiena- han inventado estas máquinas rodantes para obtener la mayor cantidad de sangre posible; son como el lagar de su innoble vendimia. Desde hace un rato, estoy observando a cada paso, unas cavernas apestadas al fondo de las cuales los hombres beben grandes vasos llenos de un licor rojizo que no puede ser sino sangre. Y beben mucha cantidad de ese licor para darse valor para matar pues, en numerosas cavernas he visto a los bebedores derribarse a puñetazos.
-Ahora comprendo -prosiguió el león- la necesidad del gran arroyo que atraviesa su jaula. Lava todas sus impurezas y arrastra toda la sangre derramada. Son los hombres los que han debido traerlo hasta aquí por miedo a la peste. Arrojan en él a las personas asesinadas.
-No pasaremos por los puentes -interrumpió la hiena temblando- ¿No está usted cansado? Tal vez fuera prudente que regresáramos…
V
No pude seguir paso a paso a los dos honrados animales. El león quería verlo todo y la hiena, cuyo pavor se iba incrementando a cada paso, se sentía obligada a seguirlo porque no se habría atrevido jamás a regresar sola. Cuando pasaron por delante de la Bolsa, logró por medio de ruegos insistentes, no entrar. Salían de aquel antro tales lamentos, tales voces, que ella permanecía en la puerta temblando y con el pelo erizado.
-Vámonos, vámonos rápido -decía tratando de llevarse al león- éste es sin duda el escenario de la matanza general. ¿No oye los gemidos de las víctimas y los gritos de alegría furiosa de los verdugos? Esto es un matadero que debe abastecer a todas las carnicerías de barrio. Alejémonos de aquí, se lo ruego.
El león, del que el miedo se iba apoderando e iba empezando a llevar la cola entre las patas, se alejó gustoso. No huía porque quería conservar intacta su reputación de valentía; pero, en el fondo, se acusaba de temeridad y se decía que los rugidos de París por la mañana, habrían debido impedirle entrar en medio de aquella extraña casa de fieras. Los dientes de la hiena castañeteaban de pavor y ambos caminaban con precaución, buscando el camino para volver a su hogar, creyendo sentir a cada instante las zarpas de los transeúntes clavarse en su cuello.
VI
Y he aquí que, bruscamente, surge un sordo clamor en las esquinas de la jaula. Se cierran las tiendas, el toque a rebato se lamenta con voz anhelante e inquieta. Grupos de hombres armados invaden las calles, arrancan los adoquines, levantan apresuradamente barricadas. Los rugidos de la ciudad han cesado; reina en ella un silencio pesado y siniestro. Las bestias humanas se callan; se deslizan a lo largo de las casas, dispuestas a saltar. Y pronto saltan. La fusilería estalla acompañada por la voz grave del cañón. La sangre corre, los muertos aplastan su cara contra el suelo, los heridos gritan. En la jaula de los hombres se han formado dos bandos y esos animales se divierten degollándose en familia. Cuando el león comprendió de qué se trataba exclamó:
-¡Dios mío! ¡Sálvamos de este pelea! Ya estoy bien castigado por haber cedido al tonto deseo de hacerle una visita a estos temibles carniceros. ¡Qué suaves son nuestras costumbres comparadas con las suyas! Nosotros no nos comemos jamás entre nosotros. -Y dirigiéndose a la hiena prosiguió-: No nos hagamos los valientes. Yo, lo reconozco, tengo los huesos helados de espanto. Tenemos que abandonar de inmediato este país de bárbaros.
Entonces huyeron avergonzados y temerosos. Su carrera se hizo cada vez más furiosa y desbocada porque el miedo los espoleaba y los terroríficos recuerdos de la jornada eran otros tantos aguijones que precipitaban sus saltos. Llegaron al Jardin des Plantes sin aliento y mirando hacia atrás con pánico. Entonces pudieron respirar a gusto y corrieron a refugiarse en una jaula vacía cuya puerta cerraron con energía. Allí se felicitaron con efusión de su regreso.
-¡Ah! -dijo el león-. No volveré a salir de mi jaula para ir a pasearme por la de los hombres. Sólo hay paz y felicidad posibles al fondo de esta celda dulce y civilizada.
VII
Y como la hiena palpaba uno tras otro los barrotes de la jaula:
-¿Qué mira usted, pues? -preguntó el león.
-Compruebo si estos barrotes son fuertes y nos defienden adecuadamente de la crueldad de los hombres -respondió la hiena.
Todos nosotros deberíamos prepararnos a tomar papel en la política. A lo mejor no vamos a ir a tierras extranjeras. Sin embargo, hay muchas obras para nosotros dentro de la comunidad. Algunos de nosotros podemos ser colaboradores extraordinarios de la asistencia a los ancianos o cumplir otro cargo en la ciudad. Es posible que nuestra misión sea limitada a nuestra propia casa cuidando a un pariente enfermo. Quizás algunos podamos participar en organizaciones públicas trayendo el amor conciudadano al movimiento del medioambiente o a los Scouts. El propósito aquí es decir que nuestro aporte ciudadano tiene que ir más allá que la de un hacer dominical. Tenemos que llevar a cabo la misión que estos tiempos de aislamiento nos convoca y es la de encargarnos de nuestros adultos mayores… Tenemos que mostrar a todos nuestro amor por el otro y sentido solidario con nuestras obras buenas y ejemplos justos. Todos nosotros en estos días debemos impulsar nuestra esperanza en cuanto a nuestro final y para el presente. Pero la realidad es que la mayoría de las personas están tan atadas a las realidades mundanas, que no se les ocurre mirar hacia el otro lado, donde está la necesidad, donde está quien necesita de una asistencia afectiva que todos nosotros podríamos dar con absoluta perfección. Amor, luz, plena felicidad, gloria, son cosas que muchos de nuestros pares necesitan y que ése debe ser nuestro destino: la realización. Nosotros somos los brazos y las piernas de aquel que nos necesita para llevar a cabo alguna misión. ¡Como quisiera subrayar la importancia de nuestra misión!… Ya no es tiempo para preguntarse de los puestos de poder; ni es tiempo para maravillarse sobre el/los paradero/s de alguno/s. Más bien es tiempo de prepararse para la venida de tiempos de solución. También estemospreparados para todo lo demás. Debemos trabajar aquí; debemos ser testigos de las enseñanzas que nos deja la aparición del Covid-19. Y así sabremos y comprobaremos que la principal enseñanza es el amor. Por eso, aunque pensemos en la ciudad futura, no podemos descuidar el mejoramiento de todo lo relacionado con nuestro planeta. Y por eso debemos buscar el bien del prójimo. El proselitismo no es una posibilidad conveniente. Porque es necesario que las personas crean que lo que se está haciendo es para bien; es decir, que conozcan bien la doctrina del porqué del aislamiento social y vivan la radicalidad, cualidad radical, extremosa, del hacerlo. El proselitismo es también necesario para que el pueblo argentino crezca y todos los hombres de toda ciudad, pueblo y barrio cuiden su salud y sus vidas, como debe ser. Pero es también una exigencia de la vida: si no se llega ahí, al corazón de las personas y se les plantea el sentido profundo de sus vidas, el transcurrir de las mismas será algo superficial, que no compromete del todo a quien lo hace. El gran obstáculo del proselitismo está en uno mismo, y es el miedo a tocar temas comprometidos porque se teme que los demás sabrán que uno tiene debilidades y cómo piensa sobre los grandes temas. Aprendamos de nuestras cobardías y perezas. De ese miedo a quedar expuestos y vulnerables a la enfermedad… No es un triste espectáculo, porque una de las cosas más grandes que podemos hacer en esta vida es acercarnos más a nosotros mismo y conociéndole a quien tenemos cerca.
Desde la ciudad de Campana (Buenos Aires, Argentina), recibe un
abrazo, junto a mi deseo de que dios te Bendiga y prospere en todo lo
que emprendas, y derrame sobre ti Salud, Paz, Amor, y mucha
prosperidad.
Lo que más le gustaba de su primera esposa eran sus dotes de imitadora; después de una fiesta, dada por ellos o por otra pareja, ella imitaba para él lo que habían visto, las caras, las voces, torciendo su linda boca en pequeñas contorsiones que evocaban, durante un sorprendente instante, la presencia de un amigo ausente.
—Bueno, si yo reagmente… ¿no es así como habla Gwen? Si yo reagmente me preocupase de la consergvación…
Y él, el marido, se reía a carcajadas, aunque Gwen era, en secreto, su amante y habría de convertirse en su segunda esposa. Lo que le gustaba de ella era su vivacidad en la cama, y lo que le disgustaba de su primera esposa era que le pedía que le frotase la espalda y después, noche tras noche, al contacto de sus manos, se quedaba dormida.
Durante los primeros años de su nuevo matrimonio, cuando él y Gwen volvían de una fiesta, él esperaba inconscientemente que empezasen las imitaciones, la recapitulación. Incluso la incitaba:
—¿Qué te ha parecido el hermano de tu anfitriona?
—¡Oh! —decía simplemente Gwen—. Me pareció muy agradable.
Y percibiendo, con intuición femenina, que él esperaba más, añadió:
—Inofensivo. Tal vez un poco envarado —sus ojos centelleaban al percibir una súplica tácita en su expectante silencio, y con aquel conmovedor e infantil defecto de pronunciación, farfullaba—: ¿Qué quierges reagmente?
—Oh, nada. Nada. Solo es que… Marguerite lo conoció hace unos años, y le chocó lo tonto y pomposo que era. Su manera de chupar su pipa y de terminar todas sus declaraciones con un «¿Me sigues?»
—A mí me pareció muy agradable —dijo fríamente Gwen, volviéndose de espalda para quitarse el plateado y ceñido traje de noche. Mientras lo deslizaba sobre sus caderas, volvió la cabeza y añadió en tono desafiante.
—Tenía mucho que decir sobre la evasión de impuestos.
—No me extraña —se burló débilmente Pigmalión, aturdido por la visión de su esposa que avanzaba desnuda hacia él y su lecho marital—. Es muy tarde —le advirtió.
—¡Oh, vamos! —dijo ella, apagando las luces.
La primera imitación que hizo Gwen fue de Marvin, el segundo marido de Marguerite; se habían conocido inesperadamente en un baile benéfico de Salven las Ballenas, cuyas invitaciones habían sido enviadas indiscriminadamente.
—Oh-jo-jo —vociferó en la intimidad de su dormitorio—. ¡Conque tú eres mi noble predecesor! —Y en un aparte, añadió—: Noble, ¡y un cuerno! ¡Te odia tanto que lo sacaste de quicio!
—¿De veras? —dijo él—. Pensaba que se había mostrado muy agradable en lo que podía haber sido un encuentro violento.
—Sí, cieeertamente —convino ella, imitando al campechano Ed y permitiendo, por un segundo, que la expresión de suave y tranquila benignidad forzada se plasmase en sus propias facciones en general menudas y redondeadas—. No hay nada embarazoso entre nosotros ¡jo-jo! —siguió diciendo, animada por la risa de su marido—. Y dime, viejo amigo, ¿por qué tu cheque para la pensión de tus hijos ya no llega nunca puntualmente?
Él rió y rió, entusiasmado al ver que su esposa adquiría lo que él consideraba característico de la feminidad: una sensibilidad plástica, despierta, del medio humano; una sensibilidad aguda dirigida en un sentido u otro por las corrientes de la propia naturaleza. Él tenía miedo de no poder comprender el mundo a menos que una mujer lo interpretase para él. Ahora, cuando volvieron de una reunión y él le preguntó qué impresión le había causado fulano o mengano, Gwen se irguió, en ropa interior, y declamó como si estuviese en un escenario:
—Bueno, querida —dijo, iniciando de pronto una parodia con voz aflautada—, si no fuese por Portugal, ¡no quedaría realmente un país soportable en Europa!
—¡Oh, vamos! —protestó él, encantado de ver cómo sus lindas facciones se torcían en un extraño y afectado aire caballuno.
—¿Cómo lo hacía? —preguntó Gwen, con interés profesional—. Creo que moviendo la barbilla de un lado a otro manteniendo los dientes apretados.
—¡Exacto! —dijo, aplaudiendo, él.
—Ya saaabes —prosiguió ella, imitando aquella voz—, antes solía ser Grecia, pero ahora, con todos esos horribles árabes…
—Oh, sí, sí —dijo él, brillándole el semblante de reír tan fuerte, orgullosamente.
En la cama, observó ella:
—Es tardísimo.
—¿Quieres que te frote la espalda?
—¡Jumm! Sería realmente estupendo.
Y mientras su mano izquierda trabajaba en la suave, cálida y flexible piel, su esposa, aquella pequeñez que era exclusivamente de ella, se puso fuera de su alcance. Noche tras noche, se quedaba dormida.
En este perverso territorio llamado Argentina, nada sorprende si hablamos de admiración y respeto por los asesinos terroristas que asolaron el país en los años 60 y 70 del siglo pasado, matando a mansalva hombres, mujeres y niños.
Hoy los sobrevivientes, o sus hijos, por el solo hecho de serlo, ocupan cargos gubernamentales, se destacan en los grandes medios de difusión o son dueños de empresas proveedoras del gobierno de turno, cuyos capitales iniciales en algunos casos son inciertos. Por ello no sería descabellado llegar a inferir que provienen de secuestros extorsivos de esa sangrienta época, cuyo dinero nunca fue recuperado. En reiteradas oportunidades y diferentes medios, periódicamente se puede ver y escuchar, a esos depredadores glorificando su lucha.
[ezcol_1half]
En este caso nos referimos a CARLOS PONCE DE LEÓN contando sus “magnas” experiencias como miembro del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), ante la “admiración implícita” del periodista entrevistador.
En el audio que adjuntamos se lo puede escuchar cuando se refirió detalladamente al secuestro y asesinato del director del Grupo FIAT en Argentina, OBERDÁN SALLUSTRO, ocurrido el 10 de abril de 1972.
Abril 10, 1972Ponce de León
Destacable es que ese mismo día la organización terrorista a la que pertenecía, asesinó en Rosario al General del Ejército Argentino JUAN CARLOS SÁNCHEZ, a su chofer JUAN BARRENECHE, soldado conscripto y a DORA CUCCO DE AYALA, propietaria de un puesto de diarios próximo al lugar, donde los asesinos dispararon a diestra y siniestra para consumar el atentado. El orgulloso PONCE DE LEÓN, tiempo después dirigió la toma del Comando de Sanidad del Ejército, ocurrido el día 6 de septiembre de 1973, donde fuera asesinado el teniente coronel RAÚL JUAN DUARTE ARDOY segundo jefe del lugar y heridos varios efectivos militares. Entre los atacantes también estaban el ahora exitoso periodista EDUARDO ANGUITA y HERNÁN INVERNIZZI (conscripto entregador) actualmente funcionario del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, como coordinador operativo de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Defensoría del Pueblo. ¿Los conocen? Ahora bien, todos pudimos ver como días pasados por manifestaciones fuera de lugar del Teniente Coronel (R) AQUILINO ORTEGA por una red social con amigos, la cúpula militar accionó meteóricamente y fueron ellos mismos los que lo denunciaron ante la justicia, para que se le aplique todo el peso y rigor de la ley. Pero si de verborrágicos asesinos terroristas se trata los leones de uniforme se trasforman en mimosos y dulces gatitos que no dicen ni “miau”. En general TODOS LOS UNIFORMADOS guardaron cómplice silencio y nadie emitió opinión alguna, ni a favor ni en contra. ¿Acaso estas instituciones de Argentina ya están listas para actuar igual que las de Venezuela, donde apoyan incondicionalmente en lo que sea, al impresentable y déspota NICOLAS MADURO? Señores, por si no lo saben, los terroristas no fueron inocentes jóvenes idealistas.
[ezcol_1third]
Oberdán Sallustro, días antes de morir
[/ezcol_1third]
[ezcol_1third]
Eduardo Anguita, ex terrorista y Martín Balza ex Jefe del Ejército Argentino, una imagen que produce náuseas.
[/ezcol_1third]
[ezcol_1third_end]
Hernán Invernizzi, Director de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Defensoría del Pueblo, del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, durante la gestión de Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta.
[/ezcol_1third_end]
[ezcol_1half]
Septiembre 6, 1973.
[/ezcol_1half]
[ezcol_1half_end]
Camión Fiat 673 “Sallustro”. Años después de su asesinato, Fiat Argentina denomina así a uno sus desarrollos. Este vehículo tenia severas deficiencias en su motor (recalentaba), siendo entonces rebautizado por camioneros y mecánicos como “La venganza de Sallustro”. Aún hoy cualquier modelo de esa marca que presenta defectos mecánicos de fabricación, es apodado de ese modo.
“Nadie puede aterrorizar a toda una nación, a menos que todos nosotros seamos sus cómplices”
La carne de cerdo es una carne versátil y, sin dudas, una de las que menos comemos. Tal el caso del lomo de cerdo, una carne magra que perfectamente se puede hacer a la parrilla. Quizás sea por miedo o por costumbre, pero son muchos los que creen que se precisan técnicas y tiempos particulares para prepararlo; y esto no es así. Asar correctamente el lomo de cerdo no es tarea difícil y ayuda a que pueda conservar sus jugos, cosa importante, ya que la carne se endurece y seca con mucha facilidad. Además, si la aliñamos con una variedad de condimentos, lograremos una carne bien preparada que nos puede servir tanto sea para comer al plato, para preparar unos ricos sándwiches, o bien hacer un lomo de cerdo envuelto en tocino.
Preparar el lomo de cerdo a la parrilla hará feliz a toda nuestra familia; todo es cuestión de saber buscar las recetas adecuadas y tener buena voluntad y tiempo para la cocción. Una cosa sí es cierta, unos deliciosos sándwiches de lomo de cerdo adobado, es una buena entrada, o “previa”, para el asado entre amigos.
Para asar a la carne de cerdo es recomendable cocinarla a medio fuego; así, de esta manera, se podrá cocinar adecuadamente toda la pieza sin que pierda el sabor, jugosa y quede tierna.
Como cortes más apropiados para asar, se pueden mencionar:
Las costeletas
El lomo
Los medallones (carré)
Las hamburguesas
El pechito (las costillas)
Una nota de color referida al punto de cocinado: cuando comienza a aparecer el jugo por la cara superior de la pieza, quiere decir que la carne ya está cocinada en su punto.
Si preparamos un rico adobo se obtendrán unas carnes de cerdo a la parrilla más deliciosas y sabrosas; aunque están aquellos que gustan agregarle a la carne un poco de limón, o de lima, durante la cocción, en lugar de condimentarla.
La siguiente receta resulta de baja dificultad, poco picante, bajo costo y sin necesidad de cocción previa.
Ingredientes:
4 dientes de ajo grandes
1 Jugo de limón (el jugo de un limón)
1 cucharada de vinagre de vino
2 cucharadas de aceite de oliva o pepita de uva
1 Ají verde, como opción
Sal, pimienta y orégano a gusto
Preparación:
Se vierte el jugo de limón al bol de una procesadora de alimentos y se añaden los dientes de ajos ya pelados y quitado el brote central de los mismos. Se agrega la sal y pimienta al gusto (la pimienta puede ser negra en granos o mistura molida). El siguiente paso es añadir el aceite de oliva (como opción aceite de uva). Finalmente agregar el orégano en cantidad al gusto. Se procesar todo junto hasta que se forme un caldo a salsita para distribuir por encima de la carne de cerdo**. Se la deja reposar unas 6 a 8 horas. Y así, transcurrido ese tiempo, la carne bien sazonada está lista para asarla a la parrilla.
** Si queremos agregar el ají a nuestro aderezo, el mismo se debe cortar en trozos pequeños e incorporarlos a la preparación.
Si resultó agradable este adobo para carne cerdo a la parrilla, es posible hacer otros también sabrosos a base de miel y la mostaza que, combinándolas con jugo de naranja y vinagre de manzana, logramos un adobo agridulce que resulta perfecto para pintar a la carne de cerdo.
A modo de cierre podemos decir que la carne de cerdo resulta ideal para asarla a la parrilla y su sabor, combina muy bien con la mostaza, la pimienta verde, el tomillo; o bien con sabores exóticos con toques asiáticos.
Los efectos de la explosión radiactiva en la central nuclear de Chernobyl el 26 de abril de 1986 devastó el medio ambiente. Alrededor de la planta y en la cercana ciudad de Pripyat en Ucrania, la radiación del desastre de Chernobyl provocó que las hojas de miles de árboles se pusieran de color óxido, dando un nuevo nombre a los bosques circundantes: el Bosque Rojo. Los trabajadores eventualmente arrasaron y enterraron los árboles radiactivos. A los escuadrones de reclutas soviéticos también se les ordenó disparar a cualquier animal callejero dentro de la zona de exclusión de Chernobyl (1000 millas cuadradas). Aunque los expertos de hoy creen que partes de la zona seguirán siendo inseguras para los humanos durante otros 20,000 años, numerosas especies animales y vegetales no solo sobrevivieron, sino que prosperaron.
Si bien los humanos tienen estrictamente prohibido vivir en la zona de exclusión de Chernobyl, muchas otras especies se han establecido allí. Los osos pardos, lobos, linces, bisontes, ciervos, alces, castores, zorros, tejones, jabalíes, perros mapaches y más de 200 especies de aves han formado su propio ecosistema dentro del área del desastre de Chernobyl. Junto con los animales más grandes, una variedad de anfibios, peces, gusanos y bacterias hacen del ambiente despoblado su hogar.
Los guías turísticos les dicen a los visitantes que no acaricien a los animales de Chernobyl debido a posibles partículas radiactivas en su pelaje, pero algunos biólogos se han sorprendido de que la incidencia de mutaciones físicas parezca menor de lo que hubiera sugerido la explosión de radiación. Se han registrado algunas rarezas dentro del área, como el albinismo parcial entre las golondrinas de granero, pero los investigadores creen que las mutaciones graves ocurrieron principalmente después de la explosión. Los animales salvajes de hoy en día lucen su número normal de extremidades y no brillan.
A diferencia de los grandes carnívoros y otra gran fauna, los insectos y las arañas han visto una gran caída en su número. Un estudio de 2009 en Biology Letters indicó que mientras más radiación haya en ciertos lugares alrededor del área del desastre de Chernobyl, menor será la población de invertebrados. Un fenómeno similar ocurrió después del accidente nuclear de 2011 en la central nuclear de Fukushima. Las poblaciones de aves, cigarras y mariposas disminuyeron, mientras que otras poblaciones de animales no se vieron afectadas.
Puede que no haya vacas de tres cabezas deambulando, pero los científicos han notado cambios genéticos significativos en los organismos afectados por el desastre. Según un estudio de 2001 en Biological Conservation, las mutaciones genéticas causadas por Chernobyl en plantas y animales aumentaron en un factor de 20. Entre las aves reproductoras de la región, las especies raras sufrieron efectos desproporcionados por la radiación de la explosión en comparación con las especies comunes. Se necesita más investigación para comprender cómo el aumento de las mutaciones afecta las tasas reproductivas de las especies, el tamaño de la población, la diversidad genética y otros factores de supervivencia.
El desastre de Chernobyl presenta un experimento involuntario de cómo sería la Tierra sin humanos. La caza es estrictamente ilegal y no se recomienda vivir dentro de la zona de exclusión de Chernobyl. Cuantos menos humanos haya, más la naturaleza puede restablecerse sin verse afectada por la actividad humana. Una reserva natural oficial creada recientemente en el lado bielorruso de la zona afirma ser “el mayor experimento de reconstrucción de Europa”, donde los animales están perdiendo el miedo a los humanos. De hecho, algunas especies viven mejor dentro de la zona de exclusión de Chernobyl que fuera de ella. Se descubrió que los lobos eran siete veces más abundantes en las instalaciones que en otras áreas no radiactivas. Se descubrió que los alces, corzos, ciervos rojos y jabalíes tenían números similares dentro de la zona en comparación con los de tres reservas naturales no contaminadas en Bielorrusia.
Los ecologistas británicos Mike Wood y Nick Beresford, que se especializan en estudiar los efectos de la radiación en la vida silvestre de Chernobyl, observaron que el caballo de Przewalski, una especie salvaje en peligro de extinción que se originó en Mongolia, está prosperando dentro de la zona dontaminada. A fines de la década de 1990, unos 30 caballos de Przewalski fueron liberados en el lado ucraniano de la zona. Wood estimó que algunos de los caballos originales (identificados por las marcas de sus marcas) todavía están vivos. Las fotos de caballos y potros juveniles también indicaron que la población se está expandiendo.
Cientos de perros, los descendientes de perros abandonados por sus dueños durante la evacuación del sitio el 27 de abril de 1986, han hecho del área desolada su hogar. Hasta 2018, era ilegal sacar a cualquier animal de la zona debido al riesgo de contaminación por radiación. Pero ahora, los cachorros libres de radiación tienen la oportunidad de encontrar sus hogares para siempre. Encabezado por Clean Futures Fund y SPCA International, el programa de gestión y adopción garantiza que los perros callejeros sean esterilizados, castrados y vacunados para que estén sanos y listos para la adopción.
Fuentes: Wormwood Forest de Mary Mycio . Chernobyl, a story de Hattu Chen
Parte de la ideología, Luiz Inácio Lula da Silva, conocido popularmente como Lula, el político brasileño y ex líder sindical que se desempeñó como el 35º presidente de Brasil desde el 1 de enero de 2003 hasta el 31 de diciembre de 2010, expresó que “Es bueno que la naturaleza haya creado este monstruo llamado coronavirus”.
[ezcol_3fifth]
“Es bueno que la naturaleza, en contra de la voluntad de la humanidad, haya creado este monstruo llamado coronavirus porque este monstruo está permitiendo a los ciegos ver que sólo el Estado es capaz de dar soluciones a ciertas crisis. Esta crisis del coronavirus sólo el Estado puede resolverla”
De todas maneras, el ex presidente de Brasil trató de enmendarse declarando que:
“Usé una frase totalmente desafortunada, una frase que no cabía. Y si alguna persona se sintió ofendida, la palabra ‘lo siento’ fue hecha para que la usáramos con gran humildad. Si alguno de los 200 millones de brasileños se ofendió, me disculpo. Conozco el sufrimiento que causa la pandemia, el dolor de tener familiares enterrados sin poder acompañarlos”
[/ezcol_3fifth]
[ezcol_2fifth_end]
Video Player
Media error: Format(s) not supported or source(s) not found
Para ser justos, probablemente hayas oído hablar de Hedy Lamarr. Ella era una famosa actriz de Hollywood que una vez fue llamada “la mujer más bella del mundo”. Pero eso no es por lo que debería ser reconocida.
Pero lo que pocos sabían en la época era que Lamarr también tenía una mente prodigiosa para los inventos y algunos de sus descubrimientos han terminado siendo piezas clave de tecnologías que hoy usamos a diario como el Bluetooth, el WiFi o el GPS.
Lamarr fue una inventora autodidacta. No tuvo nunca educación formal como ingeniera y desde muy joven decidió que su carrera principal sería el mundo del espectáculo. Asistió a clases en la academia berlinesa del director Max Reinhardt y comenzó a actuar con 16 años bajo su auténtico nombre, Hedy Kiesler.
A los 18 años tuvo su primer papel importante como protagonista de la película checa Ecstasy, un film con alto contenido erótico en el que la actriz aparecía completamente desnuda.
Su primer matrimonio la alejó temporalmente de la pantalla. Se casó con el fabricante de armas austriaco Fritz Mandl, 30 años mayor que ella. Mandl era un proveedor de armas y municiones de los regímenes fascistas de Alemania e Italia.
[ezcol_1half]
Lamarr comenzó a sentirse triste y desencantada por el exceso de control que ejercía en su vida -fue su esposo quien le obligó a dejar de actuar- y sus amistades con Hitler y Mussolini, decidió abandonar a Mandl.
Se disfrazó como una de las asistentes domésticas para escapar de su casa y se fue a Londres para conocer en persona al productor norteamericano Louis B. Mayer, a quien convenció para darle un contrato con la MGM. En EE.UU. cambió su apellido por el de Lamarr en honor a la actriz de cine mudo Barbara La Marr.
Su primera película en EE.UU., Algiers fue un gran éxito y convirtió a Lamarr en una de las estrellas más conocidas y demandas de Hollywood. En los años sucesivos participó en varias superproducciones como Boom Town o La Dama de los Trópicos.
ReinhardBarbara La MarrMayer
El estallido de la segunda guerra mundial, sin embargo, reavivó su interés por la ingeniería. Lamarr tenía un talento innato para las matemáticas y la física y una enorme creatividad para resolver problemas complejos. Fue ella, por ejemplo, la que dio a Howard Hughes -gran amigo y amante- la idea de evolucionar el diseño de las alas de los aviones, añadiendo curvas y una forma más aerodinámica inspirada en el cuerpo de los peces y las aves.
Lamarr trabajó en ideas tan dispares como nuevas señales de tráfico o pastillas para transformar el agua en refrescos, pero su invento más importante fue un sistema de transmisión de radio con saltos de frecuencia, diseñado para evitar que la señal de control de los torpedos pudieran ser interferida.
TeslaAntheil
Se le ocurrió durante una charla con su vecino de Hollywood, el compositor George Antheil, en el verano de 1940. La idea de una comunicación a través de una frecuencia en constante cambio sincronizada entre emisor y receptor había pasado por la cabeza de algunos inventores y científicos en el pasado, como Nikola Tesla, pero ninguno había sido capaz de crear un dispositivo capaz de hacerla realidad. Uniendo la experiencia de Antheil en el uso de pianos sincronizados para sus composiciones y el genio matemático de Lamarr, ambos crearon un mecanismo similar a los rollos de pianista que sincronizaba los cambios de emisor y receptor entre 88 frecuencias. Presentaron su aplicación a la oficina de patentes el 10 de junio de 1941, y la patente fue otorgada el 11 de agosto de 1942.
Lamarr cedió la patente a la armada estadounidense con la esperanza de que se usase para crear torpedos que los alemanes no fueran capaces de detener, pero los responsables del ejército concluyeron que el invento resultaba demasiado voluminoso como para ser práctico. Lamarr se había adelantado a su época. El descubrimiento de los transistores a finales de la década de los 40 cambió las cosas y el dispositivo actualizado y en un tamaño más compacto se usó finalmente en 1962 durante la Crisis de los Misiles en Cuba.
La idea de Lamarr de usar frecuencias siempre cambiantes para evitar interferencias ha terminado siendo una pieza clave de muchas de las tecnologías de radio que usamos hoy en día, como las conexiones Bluetooth y WiFi, que utilizan esta técnica para evitar interferencias producidas por otros dispositivos cercanos.
El papel y la importancia de la actriz como inventora fue finalmente reconocido en 1997 por la Electronic Frontier Foundation pero el reconocimiento llegó tarde. Aunque Lamarr falleció tres años después, en 1997 vivía recluida en su casa de Florida y rechazó acudir a la entrega del premio, prefiriendo enviar una grabación de agradecimiento.
El banco central de Venezuela lanzó un reclamo legal en un esfuerzo por obligar al Banco de Inglaterra a entregar £ 830 millones ($ 1.02 mil millones) del oro del país que posee.
Un documento presentado en un tribunal de Londres sigue a una solicitud que Caracas hizo al Banco de Inglaterra en abril para vender parte de sus reservas de oro allí y enviar las ganancias a las Naciones Unidas.
ZaiwallaMaduro
Venezuela dice que quiere usar el oro para recaudar efectivo para financiar su respuesta al coronavirus, en medio de las sanciones de Estados Unidos.
El colapso de los precios mundiales del petróleo y las medidas de cuarentena diseñadas para sofocar el brote de COVID-19 han paralizado aún más la economía del país bajo la presidencia de Nicolás Maduro, cuyo liderazgo no es reconocido por docenas de naciones, incluidos el Reino Unido y los Estados Unidos.
Presentado en un tribunal comercial y fechado el 14 de mayo, el reclamo dice que el banco central venezolano “busca una orden que requiera que el Banco de Inglaterra cumpla con la instrucción propuesta”.
Una vez transferidos al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, los fondos se utilizarían para comprar equipos de salud, medicamentos y alimentos para abordar la “emergencia COVID-19” de Venezuela.
“El arrastre del Banco de Inglaterra está obstaculizando críticamente a Venezuela y los esfuerzos de la ONU para combatir COVID-19 en el país”, dijo en un comunicado Sarosh Zaiwalla, un abogado con sede en Londres que representa al banco central del país.
El banco ofrece servicios de custodia de oro a muchos países en desarrollo.
Venezuela ha registrado un total de 749 casos de coronavirus y 10 muertes, pero los trabajadores de salud dicen que el casi arruinado sistema médico del país podría ser desbordado si el brote empeora allí.
Precisamente y para conocimiento de muchos, el costillar de res fue llamado “asado” por su función; porque era, y es, una parte que terminaba, y termina asada. Era el corte para ser “asado”. En las parrilladas, su compañero indiscutible es el vacío, que se denominó así porque era el corte de carne ”vacío” de hueso. Y cuando de carnes sin hueso hablamos, el vacío entero es el corte más usado para poner sobre la parrilla. Es la parte de la panza del animal, y es una pieza preferida para la parrilla, como también al horno. Es un corte sin hueso del cuarto delantero, que parte de la última costilla hasta el cuarto trasero. Tiene una justa cantidad de grasa y por encima una pequeña capa de cuero. Se lo puede identificar por su forma triangular y, si apelamos a nuestra imaginación, podemos darle similitud a un pico o bien, si se quiere, a una garra.
En Estados Unidos, al vacío se lo conoce como “thin flank”. En México es “aldilla” o “falda”, en Venezuela “cesina” o “falda”, en Chile “tapa barriga”, en Perú “malaya” o “falda”, en Ecuador es “falda vacío”, en Colombia, Panamá, Costa Rica y Uruguay es “falda”.
Cuando compramos vacío, debemos recordar que el tamaño normal de este corte sería entre 1.5 kg y 2.5 kg, lo que alcanzaría en promedio, basándonos en la regla de 1/2 kg por persona, para 3 o 4 comensales. El color de esta pieza debe ser de un rojo digamos tipo cereza, o sea ni muy claro ni muy oscuro; su grasa blanca y no amarillenta. Si tenemos la posibilidad de tocarlo, al tacto la carne se debe sentir húmeda y no pastosa. Prestemos atención a que si nos ofrecen un corte de 2.5kg, se trata de un animal grande y, por lo tanto, llevaría a que posiblemente, luego de cocido, no nos salga tan tierno.
El vacío es un corte clásico de toda parrilla. Si lo debe preparar con paciencia, dedicándole el tiempo necesario, no pasándonos con el fuego y otros puntos. Se lo recomienda ubicar primero del lado de la membrana que protege a la carne.
Cuando llegue el momento de llevarlo a la parrilla, hay algunas cosas que debemos tener en cuenta. Como primera medida debemos asegurarnos que la parrilla ya debería estar caliente, con cantidad de brasas distribuida uniformemente, de modo que no se arrebate y en estas condiciones colocamos la pieza bien estirada del lado del cuero hacia abajo. La cocción se hace a fuego moderado durante unos 30 a 40 minutos. Luego podemos darlo vuelta, tomándolo con una pinza parrillera, evitando pinchar para que no se pierdan los jugos que hace sabroso a este corte; lo dejamos en esta posición más o menos unos 20 minutos, dependiendo este lapso del grosor que tenga el vacío que estamos cocinando. Al ser carne sin hueso y con un porcentaje medio/alta de grasa, al cocerlo lentamente se logra que se desgrase y así tiernizar su carne.
Se suele sacar a punto para que resulte tierno y jugoso y, cuando esté listo, usemos una tabla de madera, y cortamos en loncha de aproximadamente unos 2 cm de ancho.
Respecto del tema de salar la carne, tema de discusión, algunos la salan antes de colocarla sobre la parrilla, y están los otros que agregan sal una vez cocinada. Sobre la primera opción no se recomienda, pues la sal deshidrata a la carne. O sea, lo ideal sería que, cuando el vacío está en la parrilla y comenzó a cocinarse, en ese momento agregar. En fin, gustos son gustos, y distintos los puntos de vista; lo que sí, cada uno debe buscarle la vuelta a su gusto y probar las diferentes formas.
¿Cómo hacer un vacío entero a la parrilla?
Ingredientes para el vacío a la parrilla
1 vacío de 4 kg
Sal gruesa
Con esta pieza nos aseguramos unas 8 a 10 porciones con un tiempo de cocedura de aproximadamente una hora aproximadamente. Es ésta la típica receta de carne asada de baja dificultad.
Preparación de un vacío entero
En primer lugar encender el fuego
Cocinar la pieza entera y cortarla cuando esté lista (para que no se pierda el jugo)
Cuando la parrilla esté caliente, extender el vacío sobre los hierros con el cuero del lado del fuego.
Sin confiarse en el reloj, apoyar la mano sobre la carne. Si la parte superior está tibia, proceder a darla vuelta. Como referencia, la cocción entre un lado y el otro lleva aproximadamente 1 hora en total.
Poner sal gruesa sólo del lado del cuero una vez iniciada la cocción.
No volver a salar y dejar que continúe la cocción. Recordar que es mejor mirar la carne que tocarla.
Es importante lograr que la intensidad de la brasa, de lo que depende la cocción, se mantenga caliente y así lo esté tiempo necesario.
Retirar un poco de brasa con el atizador para que, de necesitarse, la cocción se haga más lenta
Una vez logrado el cocimiento, colocar el vacío entero en la tabla para servir; retirar el cuero y cortar en rebanadas.
Se lo puede comer a la tabla acompañada por una guarnición de verduras, o en un sandwich con chimichurri, lo que hará que no pierda sabor.
Lo conveniente es que cada comensal tenga un plato para la carne y otro para la ensalada.
Al vacío entero a la parrilla también se lo puede acompañar con tomates a la provenzal. Eso sí, sea como sea la forma en que se lo coma, el vacío será completamente apetitoso por tratarse de una carne sabrosa.
Vacío al horno con papas
Por excelencia, el vacío es un corte que se suele preparar a la parrilla. No obstante, también es posible cocinarlo al horno. El vacío al horno resulta sabroso, jugoso y tierno y, acompañado con papas, resulta nutritivo, natural y fácil de preparar. Para esos días fríos del año, donde no es posible hacerlo a la parrilla al aire libre, es una alternativa de preparación muy apetecible.
Ingredientes para el vacío al horno (para 4 o 5 porciones)
1 pieza de vacío de 1,5 kg. aproximadamente.
2 2 cebollas grandes cortadas en aros gruesos.
3 1 Kg. de papas grandes cortadas en rodajas de 1 cm. de grosor aproximadamente.
4 1/2 morrón verde cortado en tiras.
5 1/2 morrón verde cortado en tiras.
6 aceite de girasol.
7 ají molido a gusto.
8 salpimentar a gusto.
9 orégano a gusto.
A continuación los pasos a seguir para la elaboración.
Limpiar el Vacío quitando la grasa periférica cortándolo por la mitad.
Frotar la carne de ambos lados con abundante sal gruesa.
Colocarlo bien extendido y con el cuerito/membrana hacia abajo dentro de una asadera.
Acomodarlo en el medio y colocar por los costados las papas, luego salar estas últimas.
Por encima distribuir los morrones cortados en juliana y las cebollas en aros.
Agregar a gusto tanto el orégano como el ají molido.
Hacer que la carne y demás ingredientes se absorban de aceite.
Cocinar toda la preparación en horno fuerte por un lapso de una hora y media (Aprox.).
Comprobar que la carne y papas ya están en su punto y doraditas. Para verificar que la carne está cocida, se pincha con el tenedor en el lugar más grueso; si sale un jugo transparente, se llegó al punto.
Apagar el horno y dejar que repose todo dentro por algunos minutos. Con esto se consigue que todos los jugos de la carne se asientan y no se pierden al cortarla.
Servir cada porción con una rebanada de carne acompañada con rodajas de papas.
La Nación Navajo es actualmente el espacio habitado que más casos de coronavirus tiene por cápita en el país.
El número de contagios allí, en comparación con su población, está por encima de Nueva York y Nueva Jersey y es superior, incluso, al número total de contagios de países enteros.
Hasta este lunes unos 4.000 navajos se habían contagiado y más de 170 habían muerto de covid-19.
“Aquí hay gente que ha perdido padre, madre, hermano en solo un par de semanas. Nos está golpeando fuerte, muy fuerte”, lamenta uno miembro de los nativos.
Si la nación navajo fuera un país, tendría tres veces el tamaño de El Salvador. Si fuera una isla, en ella cabrían apretados Haití y República Dominicana.
Es la reserva india que mayor superficie ocupa en Estados Unidos: cubre áreas de tres estados (Arizona, Utah y Nuevo México), aunque es solo una parte de las tierras que un día tuvieron y de las que les despojó el gobierno de EE.UU.
Actualmente solo viven en ella unas 170.000 personas, descendientes de uno de los grandes pueblos originarios del Lejano Oeste.
Aunque viven de la minería o de los hoteles y casinos, como muchas otras reservas indias, los navajos también sufren un elevado índice de pobreza, abuso de sustancias, violencia sexual, bajos niveles de educación, desempleo, servicios de salud deficientes y viviendas precarias. De hecho, según varios estudios, si se consideraran un estado, serían el más pobre de todo EE.UU.
Datos del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano indican que más de un tercio de los hogares Navajo están sobrepoblados o carecen de agua, inodoro, electricidad, calefacción, refrigeradores u otras necesidades básicas.
Es también la reserva india más tóxica: alberga 521 minas de uranio abandonadas, cuatro procesadores inactivos de ese metal y más de 1.100 sitios de desechos radioactivos que han contaminado el agua, de acuerdo con investigaciones de la Agencia de Protección Ambiental.
En cuanto a los contagios por coronavirus, al parecer, todo comenzó con una celebración religiosa.
Los navajos, que tienen sus ritos ancestrales, también se han visto influidos por congregaciones evangélicas que les prometen una mejor vida tras los numerosos sufrimientos en el reino de este mundo. Al parecer, estos evengelistas no solo no cumplen sus promesas, sino que empeoran su nivel de vida. Colón, los resfríos europeos y los espejitos de coloros, de vuelta. Varias personas de diferentes lugares se reunieron a mediados de marzo para un culto en la comunidad de Chilchinbeto, en Arizona.
Alguien enfermo con covid-19 también estuvo allí para cantar alabanzas y desde entonces, la enfermedad se ha esparcido por toda la reserva como una maldición.
“Creo que la forma en la que la enfermedad se ha diseminado tan rápido allí tiene que ver con las propias condiciones en las que viven las comunidades”, expresa la doctora Carolina Batista, que acudió a prestar ayuda a la reserva como parte de un equipo de Médicos Sin Fronteras.
La doctora señala que la falta de acceso al agua potable, el hecho de que muchas generaciones convivan en la misma vivienda y la escasa infraestructura médica dentro de la comunidad son algunos de los factores que explican los terribles números del covid-19 en la reserva.
“En estas comunidades a veces tienen cuatro generaciones en la misma casa, por lo que si uno se enferma, los demás miembros de la familia también lo harán”, señala.
“Los hospitales son escasos y carentes de recursosy de personal, pero además, ¿cómo puedes implementar la básica y elemental medida de lavarte las manos cuando no tienes agua corriente?”, agrega la médica oriunda de Brasil.
Batista, que como parte de su trabajo ha estado en alguna de las naciones más pobres del mundo en medio de crisis humanitarias, asegura que la Nación Navajo tiene muchos de los problemas que Médicos Sin Fronteras ve en muchos de los países en los que colabora.
“Lo que muchos no se esperarían es que circunstancias que son frecuentes en naciones de África o naciones pobres de Asia o América Latina incluso países como Brasil, Colombia y Argentina también puedan encontrarse en el país más desarrollado del mundo”, dice.
Todas las noches del año nos sentábamos los cuatro en el pequeño reservado de la posada George en Debenham: el empresario de pompas fúnebres, el dueño, Fettes y yo. A veces había más gente; pero tanto si hacía viento como si no, tanto si llovía como si nevaba o caía una helada, los cuatro, llegado el momento, nos instalábamos en nuestros respectivos sillones. Fettes era un viejo escocés muy dado a la bebida; culto, sin duda, y también acomodado, porque vivía sin hacer nada. Había llegado a Debenham años atrás, todavía joven, y por la simple permanencia se había convertido en hijo adoptivo del pueblo. Su capa azul de camelote era una antigüedad, igual que la torre de la iglesia. Su sitio fijo en el reservado de la posada, su conspicua ausencia de la iglesia y sus vicios vergonzosos eran cosas de todos sabidas en Debenham. Mantenía algunas opiniones vagamente radicales y cierto pasajero escepticismo religioso que sacaba a relucir periódicamente, dando énfasis a sus palabras con imprecisos manotazos sobre la mesa. Bebía ron: cinco vasos todas las veladas; y durante la mayor parte de su diaria visita a la posada permanecía en un estado de melancólico estupor alcohólico, siempre con el vaso de ron en la mano derecha. Le llamábamos el doctor, porque se le atribuían ciertos conocimientos de medicina y en casos de emergencia había sido capaz de entablillar una fractura o reducir una luxación, pero, al margen de estos pocos detalles, carecíamos de información sobre su personalidad y antecedentes.
Una oscura noche de invierno —habían dado las nueve algo antes de que el dueño se reuniera con nosotros— fuimos informados de que un gran terrateniente de los alrededores se había puesto enfermo en la posada, atacado de apoplejía, cuando iba de camino hacia Londres y el Parlamento; y por telégrafo se había solicitado la presencia, a la cabecera del gran hombre, de su médico de la capital, personaje todavía más famoso. Era la primera vez que pasaba una cosa así en Debenham (hacía muy poco tiempo que se había inaugurado el ferrocarril) y todos estábamos convenientemente impresionados.
—Ya ha llegado —dijo el dueño, después de llenar y de encender la pipa.
—¿Quién? —dije yo—. ¿No querrá usted decir el médico?
—Precisamente —contestó nuestro posadero.
—¿Cómo se llama?
—Doctor Macfarlane —dijo el dueño.
Fettes estaba acabando su tercer vaso, sumido ya en el estupor de la borrachera, unas veces asintiendo con la cabeza, otras con la mirada perdida en el vacío; pero con el sonido de las últimas palabras pareció despertarse y repitió dos veces el apellido «Macfarlane»: la primera con entonación tranquila, pero con repentina emoción la segunda.
—Sí —dijo el dueño— así se llama: doctor Wolfe Macfarlane.
Fettes se serenó inmediatamente; sus ojos se aclararon, su voz se hizo más firme y sus palabras más vigorosas. Todos nos quedamos muy sorprendidos ante aquella transformación, porque era como si un hombre hubiera resucitado de entre los muertos.
—Les ruego que me disculpen —dijo—; mucho me temo que no prestaba atención a sus palabras. ¿Quién es ese tal Wolfe Macfarlane?
Y añadió, después de oír las explicaciones del dueño:
—No puede ser, claro que no; y, sin embargo, me gustaría ver a ese hombre cara a cara.
—¿Le conoce usted, doctor? —preguntó boquiabierto el empresario de pompas fúnebres.
—¡Dios no lo quiera! —fue la respuesta—. Y, sin embargo, el nombre no es nada corriente, sería demasiado imaginar que hubiera dos. Dígame, posadero, ¿se trata de un hombre viejo?
—No es un hombre joven, desde luego, y tiene el pelo blanco; pero sí parece más joven que usted.
—Es mayor que yo, sin embargo; varios años mayor. Pero —dando un manotazo sobre la mesa—, es el ron lo que ve usted en mi cara; el ron y mis pecados. Este hombre quizá tenga una conciencia más fácil de contentar y haga bien las digestiones. ¡Conciencia! ¡De qué cosas me atrevo a hablar! Se imaginarán ustedes que he sido un buen cristiano, ¿no es cierto? Pues no, yo no; nunca me ha dado por la hipocresía. Quizá Voltaire habría cambiado si se hubiera visto en mi caso; pero, aunque mi cerebro —y procedió a darse un manotazo sobre la calva cabeza—, aunque mi cerebro funcionaba perfectamente, no saqué ninguna conclusión de las cosas que vi.
—Si este doctor es la persona que usted conoce —me aventuré a apuntar, después de una pausa bastante penosa—, ¿debemos deducir que no comparte la buena opinión del posadero?
Fettes no me hizo el menor caso.
—Sí —dijo, con repentina firmeza—, tengo que verlo cara a cara.
Se produjo otra pausa; luego una puerta se cerró con cierta violencia en el primer piso y se oyeron pasos en la escalera.
—Es el doctor —exclamó el dueño—. Si se da prisa podrá alcanzarle.
No había más que dos pasos desde el pequeño reservado a la puerta de la vieja posada George; la ancha escalera de roble terminaba casi en la calle; entre el umbral y el último peldaño no había sitio más que para una alfombra turca; pero este espacio tan reducido quedaba brillantemente iluminado todas las noches, no solo gracias a la luz de la escalera y al gran farol debajo del nombre de la posada, sino también debido al cálido resplandor que salía por la ventana de la cantina. La posada llamaba así convenientemente la atención de los que cruzaban por la calle en las frías noches de invierno. Fettes se llegó sin vacilaciones hasta el diminuto vestíbulo y los demás, quedándonos un tanto retrasados, nos dispusimos a presenciar el encuentro entre aquellos dos hombres, encuentro que uno de ellos había definido como «cara a cara». El doctor Macfarlane era un hombre despierto y vigoroso. Sus cabellos blancos servían para resaltar la calma y la palidez de su rostro, nada desprovisto de energía por otra parte. Iba elegantemente vestido con el mejor velarte y la más fina holanda, y lucía una gruesa cadena de oro para el reloj y gemelos y anteojos del mismo metal precioso. La corbata, ancha y con muchos pliegues, era blanca con lunares de color lila, y llevaba al brazo un abrigo de pieles para defenderse del frío durante el viaje. No hay duda de que lograba dar dignidad a sus años envuelto en aquella atmósfera de riqueza y respetabilidad; y no dejaba de ser todo un contraste sorprendente ver a nuestro borrachín —calvo, sucio, lleno de granos y arropado en su vieja capa azul de camelote— enfrentarse con él al pie de la escalera.
—¡Macfarlane! —dijo con voz resonante, más propia de un heraldo que de un amigo.
El gran doctor se detuvo bruscamente en el cuarto escalón, como si la familiaridad de aquel saludo sorprendiera y en cierto modo ofendiera su dignidad.
—¡Toddy Macfarlane! —repitió Fettes.
El londinense casi se tambaleó. Lanzó una mirada rapidísima al hombre que tenía delante, volvió hacia atrás unos ojos atemorizados y luego susurró con voz llena de sorpresa:
—¡Fettes! ¡Tú!
—¡Yo, sí! —dijo el otro—. ¿Creías que también yo estaba muerto? No resulta tan fácil dar por terminada nuestra relación.
—¡Calla, por favor! —exclamó el ilustre médico—. ¡Calla! Este encuentro es tan inesperado… Ya veo que te has ofendido. Confieso que al principio casi no te había conocido; pero me alegro mucho… me alegro mucho de tener esta oportunidad. Hoy solo vamos a poder decirnos hola y hasta la vista; me espera el calesín y tengo que coger el tren; pero debes… veamos, sí… debes darme tu dirección y te aseguro que tendrás muy pronto noticias mías. Hemos de hacer algo por ti, Fettes. Mucho me temo que estás algo apurado; pero ya nos ocuparemos de eso «en recuerdo de los viejos tiempos», como solíamos cantar durante nuestras cenas.
—¡Dinero! —exclamó Fettes—. ¡Dinero tuyo! El dinero que me diste estará todavía donde lo arrojé aquella noche de lluvia.
Hablando, el doctor Macfarlane había conseguido recobrar un cierto grado de superioridad y confianza en sí mismo, pero la desacostumbrada energía de aquella negativa lo sumió de nuevo en su primitiva confusión. Una horrible expresión atravesó por un momento sus facciones casi venerables.
—Mi querido amigo —dijo—, haz como gustes; nada más lejos de mi intención que ofenderte. No quisiera entrometerme. Pero sí que te dejaré mi dirección…
—No me la des… No deseo saber cuál es el techo que te cobija —le interrumpió el otro—. Oí tu nombre; temí que fueras tú; quería saber si, después de todo, existe un Dios; ahora ya sé que no. ¡Sal de aquí!
Pero Fettes seguía en el centro de la alfombra, entre la escalera y la puerta; y para escapar, el gran médico londinense iba a verse obligado a dar un rodeo. Estaban claras sus vacilaciones ante lo que a todas luces consideraba una humillación. A pesar de su palidez, había un brillo amenazador en sus anteojos; pero, mientras seguía sin decidirse, se dio cuenta de que el cochero de su calesín contemplaba con interés desde la calle aquella escena tan poco común y advirtió también cómo le mirábamos nosotros, los del pequeño grupo del reservado, apelotonados en el rincón más próximo a la cantina. La presencia de tantos testigos le decidió a emprender la huida. Pasó pegado a la pared y luego se dirigió hacia la puerta con la velocidad de una serpiente. Pero sus dificultades no habían terminado aún, porque antes de salir Fettes le agarró del brazo y, de sus labios, aunque en un susurro, salieron con toda claridad estas palabras:
—¿Has vuelto a verlo?
El famoso doctor londinense dejó escapar un grito ahogado, dio un empujón al que así le interrogaba y con las manos sobre la cabeza huyó como un ladrón cogido in fraganti. Antes de que a ninguno de nosotros se nos ocurriera hacer el menor movimiento, el calesín traqueteaba ya camino de la estación La escena había terminado como podría hacerlo un sueño; pero aquel sueño había dejado pruebas y rastros de su paso. Al día siguiente la criada encontró los anteojos de oro en el umbral, rotos, y aquella noche todos permanecimos en pie, sin aliento, junto a la ventana de la cantina, con Fettes a nuestro lado, sereno, pálido y con aire decidido.
—¡Que Dios nos tenga de su mano, señor Fettes! —dijo el posadero, al ser el primero en recobrar el normal uso de sus sentidos—. ¿A qué obedece todo esto? Son cosas bien extrañas las que usted ha dicho…
Fettes se volvió hacia nosotros; nos fue mirando a la cara sucesivamente.
—Procuren tener la lengua quieta —dijo—. Es arriesgado enfrentarse con el tal Macfarlane; los que lo han hecho se han arrepentido demasiado tarde.
Después, sin terminarse el tercer vaso, ni mucho menos quedarse para consumir los otros dos, nos dijo adiós y se perdió en la oscuridad de la noche después de pasar bajo la lámpara de la posada.
Nosotros tres regresamos a los sillones del reservado, con un buen fuego y cuatro velas recién empezadas; y, a medida que recapitulábamos lo sucedido, el primer escalofrío de nuestra sorpresa se convirtió muy pronto en hormiguillo de curiosidad. Nos quedamos allí hasta muy tarde; no recuerdo ninguna otra noche en la que se prolongara tanto la tertulia. Antes de separarnos, cada uno tenía una teoría que se había comprometido a probar, y no había para nosotros asunto más urgente en este mundo que rastrear el pasado de nuestro misterioso contertulio y descubrir el secreto que compartía con el famoso doctor londinense. No es un gran motivo de vanagloria, pero creo que me di mejor maña que mis compañeros para desvelar la historia; y quizá no haya en estos momentos otro ser vivo que pueda narrarles a ustedes aquellos monstruosos y abominables sucesos.
De joven, Fettes había estudiado medicina en Edimburgo. Tenía un cierto tipo de talento que le permitía retener gran parte de lo que oía y asimilarlo en seguida, haciéndolo suyo. Trabajaba poco en casa; pero era cortés, atento e inteligente en presencia de sus maestros. Pronto se fijaron en él por su capacidad de atención y su buena memoria; y, aunque a mí me pareció bien extraño cuando lo oí por primera vez, Fettes era en aquellos días bien parecido y cuidaba mucho de su aspecto exterior. Existía por entonces fuera de la universidad un cierto profesor de anatomía al que designaré aquí mediante la letra K. Su nombre llegó más adelante a ser tristemente célebre. El hombre que lo llevaba se escabulló disfrazado por las calles de Edimburgo, mientras el gentío, que aplaudía la ejecución de Burke, pedía a gritos la sangre de su patrón. Pero el señor K estaba entonces en la cima de su popularidad; disfrutaba de la fama debido en parte a su propio talento y habilidad, y en parte a la incompetencia de su rival, el profesor universitario. Los estudiantes, al menos, tenían absoluta fe en él y el mismo Fettes creía, e hizo creer a otros, que había puesto los cimientos de su éxito al lograr el favor de este hombre meteóricamente famoso. El señor K era un bon vivant además de un excelente profesor; y apreciaba tanto una hábil ilusión como una preparación cuidadosa. En ambos campos Fettes disfrutaba de su merecida consideración, y durante el segundo año de sus estudios recibió el encargo semioficial de segundo profesor de prácticas o subasistente en su clase.
Debido a este empleo, el cuidado del anfiteatro y del aula recaía de manera particular sobre los hombros de Fettes. Era responsable de la limpieza de los locales y del comportamiento de los otros estudiantes y también constituía parte de su deber proporcionar, recibir y dividir los diferentes cadáveres. Con vistas a esta última ocupación —en aquella época asunto muy delicado—, el señor K hizo que se alojase primero en el mismo callejón y más adelante en el mismo edificio donde estaban instaladas las salas de disección. Allí, después de una noche de turbulentos placeres, con la mano todavía temblorosa y la vista nublada, tenía que abandonar la cama en la oscuridad de las horas que preceden a los amaneceres invernales, para entenderse con los sucios y desesperados traficantes que abastecían las mesas. Tenía que abrir la puerta a aquellos hombres que después han alcanzado tan terrible reputación en todo el país. Tenía que recoger su trágico cargamento, pagarles el sórdido precio convenido y quedarse solo, al marcharse los otros, con aquellos desagradables despojos de humanidad. Terminada tal escena, Fettes volvía a adormilarse por espacio de una o dos horas para reparar así los abusos de la noche y refrescarse un tanto para los trabajos del día siguiente.
Pocos muchachos podrían haberse mostrado más insensibles a las impresiones de una vida pasada de esta manera bajo los emblemas de la moralidad. Su mente estaba impermeabilizada contra cualquier consideración de carácter general. Era incapaz de sentir interés por el destino y los reveses de fortuna de cualquier otra persona, esclavo total de sus propios deseos y rastreras ambiciones. Frío, superficial y egoísta en última instancia, no carecía de ese mínimo de prudencia, a la que se da equivocadamente el nombre de moralidad, que mantiene a un hombre alejado de borracheras inconvenientes o latrocinios castigables. Como Fettes deseaba además que sus maestros y condiscípulos tuvieran de él una buena opinión, se esforzaba en guardar las apariencias. Decidió también destacar en sus estudios y día tras día servía a su patrón impecablemente en las cosas más visibles y que más podían reforzar su reputación de buen estudiante. Para indemnizarse de sus días de trabajo, se entregaba por las noches a placeres ruidosos y desvergonzados; y cuando los dos platillos se equilibraban, el órgano al que Fettes llamaba su conciencia se declaraba satisfecho.
La obtención de cadáveres era continua causa de dificultades tanto para él como para su patrón. En aquella clase con tantos alumnos y en la que se trabajaba mucho, la materia prima de las disecciones estaba siempre a punto de acabarse; y las transacciones que esta situación hacía necesarias no solo eran desagradables en sí mismas, sino que podían tener consecuencias muy peligrosas para todos los implicados. La norma del señor K era no hacer preguntas en el trato con los de la profesión. «Ellos consiguen el cuerpo y nosotros pagamos el precio», solía decir, recalcando la aliteración; «quid pro quo». Y de nuevo, y con cierto cinismo, les repetía a sus asistentes que «No hicieran preguntas por razones de conciencia.»
No es que se diera por sentado implícitamente que los cadáveres se conseguían mediante el asesinato. Si tal idea se le hubiera formulado mediante palabras, el señor K se habría horrorizado; pero su frívola manera de hablar tratándose de un problema tan serio era, en sí misma, una ofensa contra las normas más elementales de la responsabilidad social y una tentación ofrecida a los hombres con los que negociaba. Fettes, por ejemplo no había dejado de advertir que, con frecuencia, los cuerpos que le llevaban habían perdido la vida muy pocas horas antes. También le sorprendía una y otra vez el aspecto abominable y los movimientos solapados de los rufianes que llamaban a su puerta antes del alba; y, atando cabos para sus adentros, quizá atribuía un significado demasiado inmoral y demasiado categórico a las imprudentes advertencias de su maestro. En resumen: Fettes entendía que su deber constaba de tres apartados: aceptar lo que le traían, pagar el precio y pasar por alto cualquier indicio de un posible crimen.
Una mañana de noviembre esta consigna de silencio se vio duramente puesta a prueba. Fettes, después de pasar la noche en blanco debido a un atroz dolor de muelas —paseándose por su cuarto como una fiera enjaulada o arrojándose desesperado sobre la cama—, y caer ya de madrugada en ese sueño profundo e intranquilo que con tanta frecuencia es la consecuencia de una noche de dolor, se vio despertado por la tercera o cuarta impaciente repetición de la señal convenida. La luna, aunque en cuarto menguante, derramaba abundante luz; hacía mucho frío y la noche estaba ventosa, la ciudad dormía aún, pero una indefinible agitación preludiaba ya el ruido y el tráfago del día. Los profanadores habían llegado más tarde de lo acostumbrado y parecían tener aún más prisa por marcharse que otras veces. Fettes, muerto de sueño, les fue alumbrando escaleras arriba. Oía sus roncas voces, con fuerte acento irlandés, como formando parte de un sueño; y mientras aquellos hombres vaciaban el lúgubre contenido de su saco, él dormitaba, con un hombro apoyado contra la pared; tuvo que hacer luego verdaderos esfuerzos para encontrar el dinero con que pagar a aquellos hombres. Al ponerse en movimiento sus ojos tropezaron con el rostro del cadáver. No pudo disimular su sobresalto; dio dos pasos hacia adelante, con la vela en alto.
—¡Santo cielo! —exclamó—. ¡Si es Jane Galbraith!
Los hombres no respondieron nada pero se movieron imperceptiblemente en dirección a la puerta.
—La conozco, se lo aseguro —continuó Fettes—. Ayer estaba viva y muy contenta. Es imposible que haya muerto; es imposible que hayan conseguido este cuerpo de forma correcta.
—Está usted completamente equivocado, señor—dijo uno de los hombres.
Pero el otro lanzó a Fettes una mirada amenazadora y pidió que se les diera el dinero inmediatamente.
Era imposible malinterpretar su expresión o exagerar el peligro que implicaba. Al muchacho le faltó valor. Tartamudeó una excusa, contó la suma convenida y acompañó a sus odiosos visitantes hasta la puerta. Tan pronto como desaparecieron, Fettes se apresuró a confirmar sus sospechas. Mediante una docena de marcas que no dejaban lugar a dudas identificó a la muchacha con la que había bromeado el día anterior. Vio, con horror, señales sobre aquel cuerpo que podían muy bien ser pruebas de una muerte violenta. Se sintió dominado por el pánico y buscó refugio en su habitación. Una vez allí reflexionó con calma sobre el descubrimiento que había hecho; consideró fríamente la importancia de las instrucciones del señor K y el peligro para su persona que podía derivarse de su intromisión en un asunto de tanta importancia; finalmente, lleno de angustiosas dudas, determinó esperar y pedir consejo a su inmediato superior, el primer asistente.
Era este un médico joven, Tolfe Macfarlane, gran favorito de los estudiantes temerarios, hombre inteligente, disipado y absolutamente falto de escrúpulos. Había viajado y estudiado en el extranjero. Sus modales eran agradables y un poquito atrevidos. Se le consideraba una autoridad en cuestiones teatrales y no había nadie más hábil para patinar sobre el hielo ni que manejara con más destreza los palos de golf; vestía con elegante audacia y, como toque final de distinción, era propietario de un calesín y de un robusto trotón. Su relación con Fettes había llegado a ser muy íntima; de hecho sus cargos respectivos hacían necesaria una cierta comunidad de vida; y cuando escaseaban los cadáveres, los dos se adentraban por las zonas rurales en el calesín de Macfarlane, para visitar y profanar algún cementerio poco frecuentado y, antes del alba, presentarse con su botín en la puerta de la sala de disección.
Aquella mañana Macfarlane apareció un poco antes de lo que solía. Fettes le oyó, salió a recibirle a la escalera, le contó su historia y terminó mostrándole la causa de su alarma. Macfarlane examinó las señales que presentaba el cadáver.
—Sí —dijo con una inclinación de cabeza—; parece sospechoso.
—¿Qué te parece que debo hacer? —preguntó Fettes.
—¿Hacer? —repitió el otro—. ¿Es que quieres hacer algo? Cuanto menos se diga, antes se arreglará, diría yo.
—Quizá la reconozca alguna otra persona —objetó Fettes—. Era tan conocida como el Castle Rock.
—Esperemos que no —dijo Macfarlane—, y si alguien lo hace… bien, tú no la reconociste, ¿comprendes?, y no hay más que hablar. Lo cierto es que esto lleva ya demasiado tiempo sucediendo. Remueve el cieno y colocarás a K en una situación desesperada; tampoco tú saldrías muy bien librado. Ni yo, si vamos a eso. Me gustaría saber cómo quedaríamos, o qué demonios podríamos decir si nos llamaran como testigos ante cualquier tribunal. Porque, para mí, ¿sabes?, hay una cosa cierta: prácticamente hablando, todo nuestro «material» han sido personas asesinadas.
—¡Macfarlane! —exclamó Fettes.
—¡Vamos, vamos! —se burló el otro—. ¡Como si tú no lo hubieras sospechado!
—Sospechar es una cosa…
—Y probar otra. Ya lo sé; y siento tanto como tú que esto haya llegado hasta aquí —dando unos golpes en el cadáver con su bastón—. Pero colocados en esta situación, lo mejor que puedo hacer es no reconocerla; y —añadió con gran frialdad— así es: no la reconozco. Tú puedes, si es ese tu deseo. No voy a decirte lo que tienes que hacer, pero creo que un hombre de mundo haría lo mismo que yo; y me atrevería a añadir que eso es lo que K esperaría de nosotros. La cuestión es ¿por qué nos eligió a nosotros como asistentes? Y yo respondo: porque no quería viejas chismosas.
Aquella manera de hablar era la que más efecto podía tener en la mente de un muchacho como Fettes. Accedió a imitar a Macfarlane. El cuerpo de la desgraciada joven pasó a la mesa de disección como era costumbre y nadie hizo el menor comentario ni pareció reconocerla.
Una tarde, después de haber terminado su trabajo de aquel día, Fettes entró en una taberna muy concurrida y encontró allí a Macfarlane sentado en compañía de un extraño. Era un hombre pequeño, muy pálido y de cabellos muy oscuros, y ojos negros como carbones. El corte de su cara parecía prometer una inteligencia y un refinamiento que sus modales se encargaban de desmentir, porque nada más empezar a tratarle, se ponía de manifiesto su vulgaridad, su tosquedad y su estupidez. Aquel hombre ejercía, sin embargo, un extraordinario control sobre Macfarlane; le daba órdenes como si fuera el Gran Bajá; se indignaba ante el menor inconveniente o retraso, y hacía groseros comentarios sobre el servilismo con que era obedecido. Esta persona tan desagradable manifestó una inmediata simpatía hacia Fettes, trató de ganárselo invitándolo a beber y le honró con extraordinarias confidencias sobre su pasado. Si una décima parte de lo que confesó era verdad, se trataba de un bribón de lo más odioso; y la vanidad del muchacho se sintió halagada por el interés de un hombre de tanta experiencia.
—Yo no soy precisamente un ángel —hizo notar el desconocido—, pero Macfarlane me da ciento y raya… Toddy Macfarlane le llamo yo. Toddy, pide otra copa para tu amigo.
O bien:
—Toddy, levántate y cierra la puerta.
—Toddy me odia —dijo después—. Sí, Toddy, ¡claro que me odias!
—No me gusta ese maldito nombre, y usted lo sabe —gruñó Macfarlane.
—¡Escúchalo! ¿Has visto a los muchachos tirar al blanco con sus cuchillos? A él le gustaría hacer eso por todo mi cuerpo —explicó el desconocido
—Nosotros, la gente de medicina, tenemos un sistema mejor —dijo Fettes—. Cuando no nos gusta un amigo muerto, lo llevamos a la mesa de disección.
Macfarlane le miró enojado, como si aquella broma fuera muy poco de su agrado.
Fue pasando la tarde. Gray, porque tal era el nombre del desconocido, invitó a Fettes a cenar con ellos, encargando un festín tan suntuoso que la taberna entera tuvo que movilizarse, y cuando terminó le mandó a Macfarlane que pagara la cuenta. Se separaron ya de madrugada; el tal Gray estaba completamente borracho. Macfarlane, sereno sobre todo a causa de la indignación reflexionaba sobre el dinero que se había visto obligado a malgastar y las humillaciones que había tenido que soportar. Fettes, con diferentes licores cantándole dentro de la cabeza, volvió a su casa con pasos inciertos y la mente totalmente en blanco. Al día siguiente Macfarlane faltó a clase y Fettes sonrió para sus adentros al imaginárselo todavía acompañando al insoportable Gray de taberna en taberna. Tan pronto como quedó libre de sus obligaciones, se puso a buscar por todas partes a sus compañeros de la noche anterior. Pero no consiguió encontrarlos en ningún sitio; de manera que volvió pronto a su habitación, se acostó en seguida y durmió el sueño de los justos.
A las cuatro de la mañana le despertó la señal acostumbrada. Al bajar a abrir la puerta, grande fue su asombro cuando descubrió a Macfarlane con su calesín y dentro del vehículo uno de aquellos horrendos bultos alargados que tan bien conocía.
—¡Cómo! —exclamó—. ¿Has salido tú solo? ¿Cómo te las has apañado?
Pero Macfarlane le hizo callar bruscamente, pidiéndole que se ocupara del asunto que tenían entre manos. Después de subir el cuerpo y de depositarlo sobre la mesa, Macfarlane hizo primero un gesto como de marcharse. Después se detuvo y pareció dudar.
—Será mejor que le veas la cara —dijo después lentamente, como si le costara cierto trabajo hablar—. Será mejor —repitió, al ver que Fettes se le quedaba mirando lleno de asombro.
—Pero ¿dónde, cómo y cuándo ha llegado a tus manos? —exclamó el otro.
—Mírale la cara —fue la única respuesta.
Fettes titubeó; le asaltaron extrañas dudas. Contempló al joven médico y después el cuerpo; luego volvió otra vez la vista hacia Macfarlane. Finalmente, dando un respingo, hizo lo que se le pedía. Casi estaba esperando el espectáculo con que se tropezaron sus ojos, pero de todas formas el impacto fue violento. Ver, inmovilizado por la rigidez de la muerte y desnudo sobre el basto tejido de arpillera, al hombre del que se había separado dejándolo bien vestido y con el estómago satisfecho en el umbral de una taberna, despertó, hasta en el atolondrado Fettes, algunos de los terrores de la conciencia. El que dos personas que había conocido hubieran terminado sobre las heladas mesas de disección era un cras tibi que iba repitiéndose por su alma en ecos sucesivos. Con todo, aquellas eran solo preocupaciones secundarias. Lo que más le importaba era Wolfe. Falto de preparación para enfrentarse con un desafío de tanta importancia, Fettes no sabía cómo mirar a la cara a su compañero. No se atrevía a cruzar la vista con él y le faltaban tanto las palabras como la voz con que pronunciarlas.
Fue Macfarlane mismo quien dio el primer paso. Se acercó tranquilamente por detrás y puso una mano, con suavidad pero con firmeza, sobre el hombro del otro.
—Richardson —dijo— puede quedarse con la cabeza.
Richardson era un estudiante que desde tiempo atrás se venía mostrando muy deseoso de disponer de esa porción del cuerpo humano para sus prácticas de disección. No recibió ninguna respuesta, y el asesino continuó:
—Hablando de negocios, debes pagarme; tus cuentas tienen que cuadrar, como es lógico.
Fettes encontró una voz que no era más que una sombra de la suya:
—¡Pagarte! —exclamó—. ¿Pagarte por eso?
—Naturalmente; no tienes más remedio que hacerlo. Desde cualquier punto de vista que lo consideres —insistió el otro—. Yo no me atrevería a darlo gratis; ni tú a aceptarlo sin pagar, nos comprometería a los dos. Este es otro caso como el de Jane Galbraith. Cuantos más cabos sueltos, más razones para actuar como si todo estuviera en perfecto orden. ¿Dónde guarda su dinero el viejo K?
—Allí —contestó Fettes con voz ronca, señalando al armario del rincón.
—Entonces, dame la llave —dijo el otro calmosamente, extendiendo la mano.
Después de un momento de vacilación, la suerte quedó decidida. Macfarlane no pudo suprimir un estremecimiento nervioso, manifestación insignificante de un inmenso alivio, al sentir la llave entre los dedos. Abrió el armario, sacó pluma, tinta y el libro diario que descansaban sobre una de las baldas, y del dinero que había en un cajón tomó la suma adecuada para el caso.
—Ahora, mira —dijo Macfarlane—; ya se ha hecho el pago, primera prueba de tu buena fe, primer escalón a la seguridad. Pero todavía tienes que asegurarlo con un segundo paso. Anota el pago en el diario y estarás ya en condiciones de hacer frente al mismo demonio.
Durante los pocos segundos que siguieron la mente de Fettes fue un torbellino de ideas; pero al contrastar sus terrores, terminó triunfando el más inmediato. Cualquier dificultad le pareció casi insignificante comparada con una confrontación con Macfarlane en aquel momento. Dejó la vela que había sostenido todo aquel tiempo y con mano segura anotó la fecha, la naturaleza y el importe de la transacción.
—Y ahora —dijo Macfarlane—, es de justicia que te quedes con el dinero. Yo he cobrado ya mi parte. Por cierto, cuando un hombre de mundo tiene suerte y se encuentra en el bolsillo con unos cuantos chelines extra, me da vergüenza hablar de ello, pero hay una regla de conducta para esos casos. No hay que dedicarse a invitar, ni a comprar libros caros para las clases, ni a pagar viejas deudas; hay que pedir prestado en lugar de prestar.
—Macfarlane —empezó Fettes, con voz todavía un poco ronca—, me he puesto el nudo alrededor del cuello por complacerte.
—¿Por complacerme? —exclamó Wolfe—. ¡Vamos, vamos! Por lo que a mí se me alcanza no has hecho más que lo que estabas obligado a hacer en defensa propia. Supongamos que yo tuviera dificultades, ¿qué sería de ti? Este segundo accidente sin importancia procede sin duda alguna del primero. El señor Gray es la continuación de la señorita Galbraith. No es posible empezar y pararse luego. Si empiezas, tienes que seguir adelante; esa es la verdad. Los malvados nunca encuentran descanso.
Una horrible sensación de oscuridad y una clara conciencia de la perfidia del destino se apoderaron del alma del infeliz estudiante.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Qué es lo que he hecho? y ¿cuándo puede decirse que haya empezado todo esto? ¿Qué hay de malo en que a uno lo nombren asistente? Service quería ese puesto; Service podía haberlo conseguido. ¿Se encontraría él en la situación en la que yo me encuentro ahora?
—Mi querido amigo —dijo Macfarlane—, ¡qué ingenuidad la tuya! ¿Es que acaso te ha pasado algo malo? ¿Es que puede pasarte algo malo si tienes la lengua quieta? ¿Es que todavía no te has enterado de lo que es la vida? Hay dos categorías de personas: los leones y los corderos. Si eres un cordero terminarás sobre una de esas mesas como Gray o Jane Galbraith; si eres un león, seguirás vivo y tendrás un caballo como tengo yo, como lo tiene K; como todas las personas con inteligencia o con valor. Al principio se titubea. Pero ¡mira a K! Mi querido amigo, eres inteligente, tienes valor. Yo te aprecio y K también te aprecia. Has nacido para ir a la cabeza, dirigiendo la cacería; y yo te aseguro, por mi honor y mi experiencia de la vida, que dentro de tres días te reirás de estos espantapájaros tanto como un colegial que presencia una farsa.
Y con esto Macfarlane se despidió y abandonó el callejón con su calesín para ir a recogerse antes del alba. Fettes se quedó solo con los remordimientos. Vio los peligros que le amenazaban. Vio, con indecible horror, el pozo sin fondo de su debilidad, y cómo, de concesión en concesión, había descendido de árbitro del destino de Macfarlane a cómplice indefenso y a sueldo. Hubiera dado el mundo entero por haberse mostrado un poco más valiente en el momento oportuno, pero no se le ocurrió que la valentía estuviera aún a su alcance. El secreto de Jane Galbraith y la maldita entrada en el libro diario habían cerrado su boca definitivamente.
Pasaron las horas; los alumnos empezaron a llegar; se fue haciendo entrega de los miembros del infeliz Gray a unos y otros, y los estudiantes los recibieron sin hacer el menor comentario. Richardson manifestó su satisfacción al dársele la cabeza; y, antes de que sonara la hora de la libertad, Fettes temblaba, exultante, al darse cuenta de lo mucho que había avanzado en el camino hacia la seguridad. Durante dos días siguió observando, con creciente alegría, el terrible proceso de enmascaramiento.
Al tercer día Macfarlane reapareció. Había estado enfermo, dijo; pero compensó el tiempo perdido con la energía que desplegó dirigiendo a los estudiantes. Consagró su ayuda y sus consejos a Richardson de manera especial, y el alumno, animado por los elogios del asistente, trabajó muy deprisa, lleno de esperanzas, viéndose dueño ya de la medalla a la aplicación.
Antes de que terminara la semana se había cumplido la profecía de Macfarlane. Fettes había sobrevivido a sus terrores y olvidado su bajeza. Empezó a adornarse con las plumas de su valor y logró reconstruir la historia de tal manera que podía rememorar aquellos sucesos con malsano orgullo. A su cómplice lo veía poco. Se encontraban en las clases, por supuesto; también recibían juntos las órdenes del señor K. A veces intercambiaban una o dos palabras en privado y Macfarlane se mostraba de principio a fin particularmente amable y jovial. Pero estaba claro que evitaba cualquier referencia a su común secreto; e incluso cuando Fettes susurraba que había decidido unir su suerte a la de los leones y rechazar la de los corderos, se limitaba a indicarle con una sonrisa que guardara silencio.
Finalmente se presentó una ocasión para que los dos trabajaran juntos de nuevo. En la clase del señor K volvían a escasear los cadáveres; los alumnos se mostraban impacientes y una de las aspiraciones del maestro era estar siempre bien provisto. Al mismo tiempo llegó la noticia de que iba a efectuarse un entierro en el rústico cementerio de Glencorse. El paso del tiempo ha modificado muy poco el sitio en cuestión. Estaba situado entonces, como ahora, en un cruce de caminos, lejos de toda humana habitación y escondido bajo el follaje de seis cedros. Los balidos de las ovejas en las colinas de los alrededores; los riachuelos a ambos lados: uno cantando con fuerza entre las piedras y el otro goteando furtivamente entre remanso y remanso; el rumor del viento en los viejos castaños florecidos y, una vez a la semana, la voz de la campana y las viejas melodías del chantre, eran los únicos sonidos que turbaban el silencio de la iglesia rural. El Resurreccionista —por usar un sinónimo de la época—no se sentía coartado por ninguno de los aspectos de la piedad tradicional. Parte integrante de su trabajo era despreciar y profanar los pergaminos y las trompetas de las antiguas tumbas, los caminos trillados por pies devotos y afligidos, y las ofrendas e inscripciones que testimonian el afecto de los que aún siguen vivos. En las zonas rústicas, donde el amor es más tenaz de lo corriente y donde lazos de sangre o camaradería unen a toda la sociedad de una parroquia, el ladrón de cadáveres, en lugar de sentirse repelido por natural respeto agradece la facilidad y ausencia de riesgo con que puede llevar a cabo su tarea. A cuerpos que habían sido entregados a la tierra, en gozosa expectación de un despertar bien diferente, les llegaba esa resurrección apresurada, llena de terrores, a la luz de la linterna, de la pala y el azadón. Forzado el ataúd y rasgada la mortaja, los melancólicos restos, vestidos de arpillera, después de dar tumbos durante horas por caminos apartados, privados incluso de la luz de la luna, eran finalmente expuestos a las mayores indignidades ante una clase de muchachos boquiabiertos. De manera semejante a como dos buitres pueden caer en picado sobre un cordero agonizante, Fettes y Macfarlane iban a abatirse sobre una tumba en aquel tranquilo lugar de descanso, lleno de verdura. La esposa de un granjero, una mujer que había vivido sesenta años y había sido conocida por su excelente mantequilla y bondadosa conversación, había de ser arrancada de su tumba a medianoche y transportada, desnuda y sin vida, a la lejana ciudad que ella siempre había honrado poniéndose, para visitarla, sus mejores galas dominicales; el lugar que le correspondía junto a su familia habría de quedar vacío hasta el día del Juicio Final; sus miembros inocentes y siempre venerables habrían de ser expuestos a la fría curiosidad del disector.
A última hora de la tarde los viajeros se pusieron en camino, bien envueltos en sus capas y provistos con una botella de formidables dimensiones. Llovía sin descanso: una lluvia densa y fría que se desplomaba sobre el suelo con inusitada violencia. De vez en cuando soplaba una ráfaga de viento, pero la cortina de lluvia acababa con ella. A pesar de la botella, el trayecto hasta Panicuik, donde pasarían la velada, resultó triste y silencioso. Se detuvieron antes en un espeso bosquecillo no lejos del cementerio para esconder sus herramientas; y volvieron a pararse en la posada Fisher’s Tryst para brindar delante del fuego e intercalar una jarra de cerveza entre los tragos de whisky. Cuando llegaron al final de su viaje, el calesín fue puesto a cubierto, se dio de comer al caballo y los jóvenes doctores se acomodaron en un reservado para disfrutar de la mejor cena y del mejor vino que la casa podía ofrecerles. Las luces, el fuego, el golpear de la lluvia contra la ventana, el frío y absurdo trabajo que les esperaba, todo contribuía a hacer más placentera la comida. Con cada vaso que bebían su cordialidad aumentaba. Muy pronto Macfarlane entregó a su compañero un montoncito de monedas de oro.
—Un pequeño obsequio —dijo—. Entre amigos estos favores tendrían que hacerse con tanta facilidad como pasa de mano en mano uno de esos fósforos largos para encender la pipa.
Fettes se guardó el dinero y aplaudió con gran vigor el sentir de su colega.
—Eres un verdadero filósofo —exclamó—. Yo no era más que un ignorante hasta que te conocí. Tú y K… ¡Por Belcebú que entre los dos harán de mí un hombre!
—Por supuesto que sí —asintió Macfarlane—. Aunque si he de serte franco, se necesitaba un hombre para respaldarme el otro día. Hay algunos cobardes de cuarenta años, muy corpulentos y pendencieros, que se hubieran puesto enfermos al ver el cadáver; pero tú no…. tú no perdiste la cabeza. Te estuve observando.
—¿Y por qué tenía que haberla perdido? —presumió Fettes—. No era asunto mío. Hablar no me hubiera producido más que molestias, mientras que si callaba podía contar con tu gratitud, ¿no es cierto? —y golpeó el bolsillo con la mano, haciendo sonar las monedas de oro.
Macfarlane sintió una punzada de alarma ante aquellas desagradables palabras. Puede que lamentara la eficacia de sus enseñanzas en el comportamiento de su joven colaborador, pero no tuvo tiempo de intervenir porque el otro continuó en la misma línea jactanciosa.
—Lo importante es no asustarse. Confieso, aquí, entre nosotros, que no quiero que me cuelguen, y eso no es más que sentido práctico; pero la mojigatería, Macfarlane, nací ya despreciándola. El infierno, Dios, el demonio, el bien y el mal, el pecado, el crimen, y toda esa vieja galería de curiosidades… quizá sirvan para asustar a los chiquillos, pero los hombres de mundo como tú y como yo desprecian esas cosas. ¡Brindemos por la memoria de Gray!
Para entonces se estaba haciendo ya algo tarde. Pidieron que les trajeran el calesín delante de la puerta con los dos faroles encendidos y una vez cumplimentada su orden, pagaron la cuenta y emprendieron la marcha. Explicaron que iban camino de Peebles y tomaron aquella dirección hasta perder de vista las últimas casas del pueblo; luego, apagando los faroles, dieron la vuelta y siguieron un atajo que les devolvía a Glencorse. No había otro ruido que el de su carruaje y el incesante y estridente caer de la lluvia. Estaba oscuro como boca de lobo aquí y allí un portillo blanco o una piedra del mismo color en algún muro les guiaba por unos momentos; pero casi siempre tenían que avanzar al paso y casi a tientas mientras atravesaban aquella ruidosa oscuridad en dirección hacia su solemne y aislado punto de destino. En la zona de bosques tupidos que rodea el cementerio la oscuridad se hizo total y no tuvieron más solución que volver a encender uno de los faroles del calesín. De esta manera, bajo los árboles goteantes y rodeados de grandes sombras que se movían continuamente, llegaron al escenario de sus impíos trabajos.
Los dos eran expertos en aquel asunto y muy eficaces con la pala; y cuando apenas llevaban veinte minutos de tarea se vieron recompensados con el sordo retumbar de sus herramientas sobre la tapa del ataúd. Al mismo tiempo, Macfarlane, al hacerse daño en la mano con una piedra, la tiró hacia atrás por encima de su cabeza sin mirar. La tumba, en la que, cavando, habían llegado a hundirse ya casi hasta los hombros, estaba situada muy cerca del borde del camposanto; y para que iluminara mejor sus trabajos habían apoyado el farol del calesín contra un árbol casi en el límite del empinado terraplén que descendía hasta el arroyo. La casualidad dirigió certeramente aquella piedra. Se oyó en el acto un estrépito de vidrios rotos; la oscuridad les envolvió; ruidos alternativamente secos y vibrantes sirvieron para anunciarles la trayectoria del farol terraplén abajo, y las veces que chocaba con árboles encontrados en su camino. Una piedra o dos, desplazadas por el farol en su caída, le siguieron dando tumbos hasta el fondo del vallecillo; y luego el silencio, como la oscuridad, se apoderó de todo; y por mucho que aguzaron el oído no se oía más que la lluvia, que tan pronto llevaba el compás del viento como caía sin altibajos sobre millas y millas de campo abierto.
Como casi estaban terminando ya su aborrecible tarea, juzgaron más prudente acabarla a oscuras. Desenterraron el ataúd y rompieron la tapa; introdujeron el cuerpo en el saco, que estaba completamente mojado, y entre los dos lo transportaron hasta el calesín; uno se montó para sujetar el cadáver y el otro, llevando al caballo por el bocado fue a tientas junto al muro y entre los árboles hasta llegar a un camino más ancho cerca de la posada Fisher’s Tryst. Celebraron el débil y difuso resplandor que allí había como si de la luz del sol se tratara; con su ayuda consiguieron poner el caballo a buen paso y empezaron a traquetear alegremente camino de la ciudad.
Los dos se habían mojado hasta los huesos durante sus operaciones y ahora, al saltar el calesín entre los profundos surcos de la senda, el objeto que sujetaban entre los dos caía con todo su peso primero sobre uno y luego sobre el otro. A cada repetición del horrible contacto ambos rechazaban instintivamente el cadáver con más violencia; y aunque los tumbos del vehículo bastaban para explicar aquellos contactos, su repetición terminó por afectar a los dos compañeros. Macfarlane hizo un chiste de mal gusto sobre la mujer del granjero que brotó ya sin fuerza de sus labios y que Fettes dejó pasar en silencio. Pero su extraña carga seguía chocando a un lado y a otro; tan pronto la cabeza se recostaba confianzudamente sobre un hombro como un trozo de empapada arpillera aleteaba gélidamente delante de sus rostros. Fettes empezó a sentir frío en el alma. Al contemplar el bulto tenía la impresión de que hubiera aumentado de tamaño. Por todas partes, cerca del camino y también a lo lejos, los perros de las granjas acompañaban su paso con trágicos aullidos; y el muchacho se fue convenciendo más y más de que algún inconcebible milagro había tenido lugar; que en aquel cuerpo muerto se había producido algún cambio misterioso y que los perros aullaban debido al miedo que les inspiraba su terrible carga.
—Por el amor de Dios —dijo, haciendo un gran esfuerzo para conseguir hablar—, por el amor de Dios, ¡encendamos una luz!
Macfarlane, al parecer, se veía afectado por los acontecimientos de manera muy similar y, aunque no dio respuesta alguna, detuvo al caballo, entregó las riendas a su compañero, se apeó y procedió a encender el farol que les quedaba. No habían llegado para entonces más allá del cruce de caminos que conduce a Auchenclinny. La lluvia seguía cayendo como si fuera a repetirse el diluvio universal, y no era nada fácil encender fuego en aquel mundo de oscuridad y de agua. Cuando por fin la vacilante llama azul fue traspasada a la mecha y empezó a ensancharse y hacerse más luminosa, creando un amplio círculo de imprecisa claridad alrededor del calesín, los dos jóvenes fueron capaces de verse el uno al otro y también el objeto que acarreaban. La lluvia había ido amoldando la arpillera al contorno del cuerpo que cubría, de manera que la cabeza se distinguía perfectamente del tronco, y los hombros se recortaban con toda claridad; algo a la vez espectral y humano les obligaba a mantener los ojos fijos en aquel horrible compañero de viaje.
Durante algún tiempo Macfarlane permaneció inmóvil, sujetando el farol. Un horror inexpresable envolvía el cuerpo de Fettes como una sábana humedecida, crispando al mismo tiempo sus lívidas facciones, un miedo que no tenía sentido, un horror a lo que no podía ser se iba apoderando de su cerebro. Un segundo más y hubiera hablado. Pero su compañero se le adelantó.
—Esto no es una mujer —dijo Macfarlane con voz que no era más que un susurro.
—Era una mujer cuando la subimos al calesín —respondió Fettes.
—Sostén el farol —dijo el otro—. Tengo que verle la cara.
Y mientras Fettes mantenía en alto el farol, su compañero desató el saco y dejó la cabeza al descubierto. La luz iluminó con toda claridad las bien moldeadas facciones y afeitadas mejillas de un rostro demasiado familiar, que ambos jóvenes habían contemplado con frecuencia en sus sueños. Un violento alarido rasgó la noche; ambos a una saltaron del coche; el farol cayó y se rompió, apagándose; y el caballo, aterrado por toda aquella agitación tan fuera de lo corriente, se encabritó y salió disparado hacia Edimburgo a todo galope, llevando consigo, como único ocupante del calesín, el cuerpo de aquel Gray con el que los estudiantes de anatomía hicieran prácticas de disección meses atrás.
Hace poco más de un año Cristina Fernández tomo la decisión de no candidatearse a las elecciones como Presidenta sino ofrecerle el cargo al actual Jefe de Estado el Dr. Alberto Fernández – estrategia inteligente- para acceder a la impunidad ella y sus hijos con el fin de lograr que el Estado no fuera querellante en las numerosas y comprometedoras causas que tiene pendiente en la Justicia Federal. Algunas podrían tener un dejo de tiente político pero hay dos que son parte del derecho penal y me refiero a Hotesur y a los contratos con Lázaro Baez proveedor del Estado. Hoy sus hoteles están al borde de la bancarrota y Lázaro Báez preso y bien calladito. ¿Hablara en algún momento? Es una incógnita. Cristina nombro a varios de sus alfiles en puestos claves con el fin de evitar que el Estado actúe como querellante en las causas que hay contra ella y sus hijos, como parte de esa estrategia para lograr la impunidad. Un juez adicto al kirchnerismo está promoviendo levantarle los embargos, todo esto previsible y así estimado por la mayoría de los observadores políticos. La Justicia Federal ha liberado a varios de su sequito de la cárcel. Alberto callado es el precio que tuvo y tiene que pagar por el hecho de haber logrado ser Presidente de todos y todas los argentinos/as. El diputado Sergio Massa habla de muchas cosas pero nada de lo que debería hablar y es la recuperación de los cuantiosos bienes robados, asaltados por una verdadera mafia que opero durante muchísimos años desde Santa Cruz y luego en el Gobierno Nacional, El premio es el de presidir la Cámara de Diputados de la Nación. Un ex-Ministro clave De Vido con prisión domiciliaria. Todo cuanto digo era previsible y confirmado por decisiones políticas y judiciales que se toman al compás de los tiempos políticos.
Todo cuanto manifiesto es sumamente negativo para la imagen Argentina en el exterior en momentos en que se negocia la deuda externa. No es visible a los ojos de los millones de votantes de las villas miserias en la Provincia de Buenos Aires que solo esperan vivir de las dadivas del Estado Nacional. Si el macrismo ha cometido delitos debe recaer sobre el todo el peso de la ley y los culpables ir a la prisión como corresponda. La Justicia tiene la palabra. El Gobierno actual debe hacer las denuncias que correspondan según los casos. Justicia para todos es JUSTICIA.
Kelvin Desean Watson, de 27 años, fue arrestado por el Departamento de Policía de Aurora y acusado de intento de asesinato en primer grado después de que los empleados de Aurora Waffle House se negaron a servirlo sin máscara.
Un empleado fue hospitalizado por sus heridas y desde entonces ha sido dado de alta del hospital, según un portavoz de Waffle House. El tiroteo tuvo lugar temprano en la mañana del 15 de mayo en medio de crecientes tensiones en torno a los procedimientos de reapertura y las pautas de seguridad en los EE. UU.
Los empleados le dijeron a la policía en una declaración jurada que Watson fue a Waffle House en las primeras horas del 14 de mayo, pero se le negó el acceso porque no llevaba una máscara. Según el informe, Watson regresó más tarde esa noche con una máscara en la mano (no llevaba puesta) y fue objetado nuevamente. La policía informa que después de ser rechazado por segunda vez, Watson colocó una pequeña pistola en el mostrador y le dijo a un empleado que podía “volarle los sesos”.
Watson regresó justo después de la medianoche de la tarde siguiente, donde nuevamente se le negó el servicio debido que nuevamente no llevaba máscara una vez más. Según la declaración jurada, Watson abofeteó al cocinero antes de perseguirlo fuera de Waffle House y dispararle. Watson fue arrestado el lunes en Aurora, y está representado por la oficina del defensor público del condado de Arapahoe.
El profesor Mario Sandoval y sus opiniones con respecto a la utilización de la pandemia por parte del gobierno, la participación de las Naciones Unidas, derechos cívicos y políticos, Cuba, terrorismo y la influencia global de Unidas Podemos.
[ezcol_1fifth]
Alberto Fernández
[/ezcol_1fifth]
[ezcol_3fifth]
El sheriff del condado de Riverside, Chad Bianco, armado con la autoridad legal para arrestar a quienes no cumplan con la orden del oficial de salud pública del condado de usar máscaras en público, dijo que sus agentes no citarán a los infractores.
De todas maneras Bianco instó firmemente a los residentes del condado a cubrirse la boca y la nariz cuando salgan, entre otros, para evitar la propagación del coronavirus.
La defensa del ex exsecretario de Legal y Técnica del kirchnerismo y hoy Procurador del Tesoro, Alberto Carlos Zannini, solicitó que se anule el procesamiento que le dictó el juez Claudio Bonadio (Fallecido el pasado febrero) y también los pedidos de elevación a juicio que se hicieron en su contra. Si la jugada tiene éxito, inevitablemente beneficiará al resto de los acusados, entre los que está la vicepresidente Cristina Kirchner, quien desde diciembre ya no tiene prisión preventiva en este expediente.
Fragueiro FríasZannini
En un escrito entregado al Tribunal Oral Federal 8 que prepara ese debate oral, el abogado Mariano Fragueiro Frías sostuvo que la instrucción del caso está incompleta y eso impide que las partes conozcan “los hechos sobre los que tratará el juicio”.
“De esta forma, se garantiza el derecho a defensa de los imputados, ya que es imposible defenderse de algo que no se conoce”, se agregó entre los fundamentos del escrito entregado al Tribunal Oral.
Se trata de la causa por el fallido Memorándum con Irán en la que está procesado Zannini, junto a otros acusados como la expresidente Cristina Elisabet Fernández de Kirchner.
La defensa sostuvo que para que una causa sea elevada a juicio es necesario que esté completa la instrucción, con el fin de garantizar el derecho de defensa porque es imposible defenderse de algo que no se conoce. Sin embargo, remarcó, en esta se dejó un tramo de la investigación en instrucción: precisamente la que apunta al rol de Interpol. Es la figura del ex titular de Interpol, Ronald Noble, la que -a criterio de la defensa- podría esclarecer la situación de los acusados porque, tal como lo dijo públicamente el ex funcionario, se demostraría que las alertas rojas no estuvieron en peligro con la firma del Memorándum.
NobleFernández
“En este proceso se concreta ahora aquello que palpitó siempre en la mente de los perseguidores, nos referimos al eco inconstrastable de que las oficinas de INTERPOL fueron parte de esa desopilante hipótesis criminal, y sin su invalorable auxilio normativo y funcional nada de esto, aún en esta extraña calificación de encubrimiento sui generis, hubiera ocurrido. Aclaro esta es la hipótesis que sostiene la acusación como corolario de su infatigable deseo de que el Secretario General de INTERPOL no declare como testigo en esta causa”, se sostiene en el escrito al que accedió Infobae y que ahora deberá analizar los jueces del TOF María Gabriela López Iñiguez (En marzo del 2018 En marzo de este año liberó también a Carlos Zannini y Luis D’Elía.), José Antonio Michelini (Quién ya sobreseyó a Boudou en una causa y tuvo en sus manos el caso César Enciso) y Daniel Horacio Obligado, magustrado que fuera denunciado por el doctor Guillermo Jesús Fanego por abandono de sus funciones en medio de un juicio)
López IñiguezMicheliniObligadoDe Giorgi
Todo se aceleró por la causa que está en instrucción. Allí Zannini pidió frenar un pedido de informes sobre Noble, en donde se lo investiga como presunto imputado. El juez Marcelo Martínez De Giorgi rechazó ese planteo teniendo en cuenta que Zannini ya no era ya parte de la instrucción. Ahora, la defensa apeló ante la Cámara Federal, que responderá en los próximos días.
Frente a eso, Zannini se presentó ante el TOF 8 esta mañana. Aseguró que recién ahora comenzaron a investigar a Noble, luego de dos años de que el caso se envió a juicio oral “Esto es inaceptable, porque no es lo mismo defenderse de un hecho en el que el encubrimiento fue en connivencia con miembros de INTERPOL que sin ello”, dijeron desde la defensa. Además, resaltaron que los funcionarios de INTERPOL tienen inmunindad de jurisdicción, lo que significa que no pueden ser investigados por un juez de Instrucción argentino. Solo debería hacerlo la Corte Suprema.
Cuando iniciamos nuestro paseo, el sol brillaba intensamente sobre Múnich y el aire estaba repleto de la alegría propia de comienzos del verano. En el mismo momento en que íbamos a partir, Herr Delbrück (el maitre d’hôtel del Quatre Saisons, donde me alojaba) bajó hasta el carruaje sin detenerse a ponerse el sombrero y, tras desearme un placentero paseo, le dijo al cochero, sin apartar la mano de la manija de la puerta del coche:
-No olvide estar de regreso antes de la puesta del sol. El cielo parece claro, pero se nota un frescor en el viento del norte que me dice que puede haber una tormenta en cualquier momento. Pero estoy seguro de que no se retrasará -sonrió-, pues ya sabe qué noche es.
Johann le contestó con un enfático:
-Ja, mein Herr.
Y, llevándose la mano al sombrero, se dio prisa en partir.
Cuando hubimos salido de la ciudad le dije, tras indicarle que se detuviera:
-Dígame, Johann, ¿qué noche es hoy?
Se persignó al tiempo que contestaba lacónicamente:
-Walpurgis Nacht.
Y sacó su reloj, un grande y viejo instrumento alemán de plata, tan grande como un nabo, y lo contempló, con las cejas juntas y un pequeño e impaciente encogimiento de hombros. Me di cuenta de que aquella era su forma de protestar respetuosamente contra el innecesario retraso y me volví a recostar en el asiento, haciéndole señas de que prosiguiese. Reanudó una buena marcha, como si quisiera recuperar el tiempo perdido. De vez en cuando, los caballos parecían alzar sus cabezas y olisquear suspicazmente el aire. En tales ocasiones, yo miraba alrededor, alarmado. El camino era totalmente anodino, pues estábamos atravesando una especie de alta meseta barrida por el viento. Mientras viajábamos, vi un camino que parecía muy poco usado y que aparentemente se hundía en un pequeño y serpenteante valle. Parecía tan invitador que, aun arriesgándome a ofenderlo, le dije a Johann que se detuviera y, cuando lo hubo hecho, le expliqué que me gustaría que bajase por allí. Me dio toda clase de excusas, y se persignó con frecuencia mientras hablaba. Esto, de alguna forma, excitó mi curiosidad, así que le hice varias preguntas. Respondió evasivamente, sin dejar de mirar una y otra vez su reloj como protesta. Al final, le dije:
-Bueno, Johann, quiero bajar por ese camino. No le diré que venga si no lo desea, pero cuénteme por qué no quiere hacerlo, eso es todo lo que le pido.
Como respuesta, pareció zambullirse desde el pescante por lo rápidamente que llegó al suelo. Entonces extendió sus manos hacia mí en gesto de súplica y me imploró que no fuera. Mezclaba el suficiente inglés con su alemán como para que yo entendiese el hilo de sus palabras. Parecía estar siempre a punto de decirme algo, cuya sola idea era evidente que le aterrorizaba; pero cada vez se echaba atrás y decía mientras se persignaba:
-Walpurgis Nacht!
Traté de argumentar con él pero era difícil discutir con un hombre cuyo idioma no hablaba. Ciertamente, él tenía todas las ventajas, pues aunque comenzaba hablando en inglés, un inglés muy burdo y entrecortado, siempre se excitaba y acababa por revertir a su idioma natal…. y cada vez que lo hacía miraba su reloj. Entonces los caballos se mostraron inquietos y olisquearon el aire. Ante esto, palideció y, mirando a su alrededor de forma asustada, saltó de pronto hacia adelante, los aferró por las bridas y los hizo avanzar unos diez metros. Yo lo seguí y le pregunté por qué había hecho aquello. Como respuesta, se persignó, señaló al punto que había abandonado y apuntó con su látigo hacia el otro camino, indicando una cruz y diciendo, primero en alemán y luego en inglés:
-Enterrados…, estar enterrados los que matarse ellos mismos.
Recordé la vieja costumbre de enterrar a los suicidas en los cruces de los caminos.
-¡Ah! Ya veo, un suicida. ¡Qué interesante!
Pero a fe mía que no podía saber por qué estaban asustados los caballos.
Mientras hablábamos, escuchamos un sonido que era un cruce entre el aullido de un lobo y el ladrido de un perro. Se oía muy lejos, pero los caballos se mostraron muy inquietos, y le llevó bastante tiempo a Johann calmarlos. Estaba muy pálido y dijo:
-Suena como lobo…, pero no hay lobos aquí, ahora.
-¿No? -pregunté inquisitivamente-. ¿Hace ya mucho tiempo desde que los lobos estuvieron tan cerca de la ciudad?
-Mucho, mucho -contestó-. En primavera y verano, pero con la nieve los lobos no mucho lejos.
Mientras acariciaba los caballos y trataba de calmarlos, oscuras nubes comenzaron a pasar rápidas por el cielo. El sol desapareció, y una bocanada de aire frío sopló sobre nosotros. No obstante, tan sólo fue un soplo, y más parecía un aviso que una realidad, pues el sol volvió a salir brillante. Johann miró hacia el horizonte haciendo visera con su mano, y dijo:
-La tormenta de nieve venir dentro de mucho poco.
Luego miró de nuevo su reloj, y, manteniendo firmemente las riendas, pues los caballos seguían manoteando inquietos y agitando sus cabezas, subió al pescante como si hubiera llegado el momento de proseguir nuestro viaje.
Me sentía un tanto obstinado y no subí inmediatamente al carruaje.
-Hábleme del lugar al que lleva este camino -le dije, y señalé hacia abajo.
Se persignó de nuevo y murmuró una plegaria antes de responderme:
-Es maldito.
-¿Qué es lo que es maldito? -inquirí.
-El pueblo.
-Entonces, ¿hay un pueblo?
-No, no. Nadie vive allá desde cientos de años.
Me devoraba la curiosidad:
-Pero dijo que había un pueblo.
-Había.
-¿Y qué pasa ahora?
Como respuesta, se lanzó a desgranar una larga historia en alemán y en inglés, tan mezclados que casi no podía comprender lo que decía, pero a grandes rasgos logré entender que hacía muchos cientos de años habían muerto allí personas que habían sido enterradas; y se habían oído ruidos bajo la tierra, y cuando se abrieron las fosas se hallaron a los hombres y mujeres con el aspecto de vivos y las bocas rojas de sangre. Y por eso, buscando salvar sus vidas (¡ay, y sus almas!…. y aquí se persignó de nuevo), los que quedaron huyeron a otros lugares donde los vivos vivían y los muertos estaban muertos y no…. no otra cosa. Evidentemente tenía miedo de pronunciar las últimas palabras. Mientras avanzaba en su narración, se iba excitando más y más, parecía como si su imaginación se hubiera desbocado, y terminó en un verdadero paroxismo de terror: blanco el rostro, sudoroso, tembloroso y mirando a su alrededor, como si esperase que alguna horrible presencia se fuera a manifestar allí mismo, en la llanura abierta, bajo la luz del sol. Finalmente, en una agonía de desesperación, gritó: «Walpurgis Nacht!», e hizo una seña hacia el vehículo, indicándome que subiera. Mi sangre inglesa hirvió ante esto y, echándome hacia atrás, dije:
-Tiene usted miedo, Johann… tiene usted miedo. Regrese, yo volveré solo; un paseo a pie me sentará bien. -La puerta del carruaje estaba abierta. Tomé del asiento el bastón de roble que siempre llevo en mis excursiones y cerré la puerta. Señalé el camino de regreso a Múnich y repetí-: Regrese, Johann… La noche de Walpurgis no tiene nada que ver con los ingleses.
Los caballos estaban ahora más inquietos que nunca y Johann intentaba retenerlos mientras me imploraba excitadamente que no cometiera tal locura. Me daba pena el pobre hombre, parecía sincero; no obstante, no pude evitar el echarme a reír. Ya había perdido todo rastro de inglés en sus palabras. En su ansiedad, había olvidado que la única forma que tenía de hacerme comprender era hablar en mi idioma, así que chapurreó su alemán nativo. Comenzaba a ser algo tedioso. Tras señalar la dirección, exclamé: «¡Regrese!», y me di la vuelta para bajar por el camino lateral, hacia el valle.
Con un gesto de desesperación, Johann volvió sus caballos hacia Múnich. Me apoyé sobre mi bastón y lo contemplé alejarse. Marchó lentamente por un momento; luego, sobre la cima de una colina, apareció un hombre alto y delgado. No podía verlo muy bien a aquella distancia. Cuando se acercó a los caballos, éstos comenzaron a encabritarse y a patear, luego relincharon aterrorizados y echaron a correr locamente. Los contemplé perderse de vista y luego busqué al extraño pero me di cuenta de que también él había desaparecido.
Me volví con ánimo tranquilo hacia el camino lateral que bajaba hacia el profundo valle que tanto había preocupado a Johann. Por lo que podía ver, no había ni la más mínima razón para esta preocupación; y diría que caminé durante un par de horas sin pensar en el tiempo ni en la distancia, y ciertamente sin ver ni persona ni casa alguna. En lo que a aquel lugar se refería, era una verdadera desolación. Pero no me di cuenta de esta particularidad hasta que, al dar la vuelta a un recodo del camino, llegué hasta el disperso lindero de un bosque. Entonces me di cuenta de que, inconscientemente, había quedado impresionado por la desolación de los lugares por los que acababa de pasar.
Me senté para descansar y comencé a mirar a mi alrededor. Me fijé en que el aire era mucho más frío que cuando había iniciado mi camino: parecía rodearme un sonido susurrante, en el que se oía de vez en cuando, muy en lo alto, algo así como un rugido apagado. Miré hacia arriba y pude ver que grandes y densas nubes corrían rápidas por el cielo, de norte a sur, a una gran altura. Eran los signos de una tormenta que se aproximaba por algún lejano estrato de aire. Noté un poco de frío y, pensando que era por haberme sentado tras la caminata, reinicié mi paseo.
El terreno que cruzaba ahora era mucho más pintoresco. No había ningún punto especial digno de mención, pero en todo él se notaba cierto encanto y belleza. No pensé más en el tiempo, y fue sólo cuando empezó a hacerse notar el oscurecimiento del sol que comencé a preocuparme acerca de cómo hallar el camino de vuelta. Había desaparecido la brillantez del día. El aire era frío, y el vuelo de las nubes allá en lo alto mucho más evidente. Iban acompañadas por una especie de sonido ululante y lejano, por entre el que parecía escucharse a intervalos el misterioso grito que el cochero había dicho que era de un lobo. Dudé un momento, pero me había prometido ver el pueblo abandonado, así que proseguí, y de pronto llegué a una amplia extensión de terreno llano, cerrado por las colinas que lo rodeaban. Las laderas de éstas estaban cubiertas de árboles que descendían hasta la llanura, formando grupos en las suaves pendientes y depresiones visibles aquí y allá. Seguí con la vista el serpentear del camino y vi que trazaba una curva cerca de uno de los más densos grupos de árboles y luego se perdía tras él.
Mientras miraba noté un hálito helado en el aire, y comenzó a nevar. Pensé en los kilómetros y kilómetros de terreno desguarnecido por los que había pasado, y me apresuré a buscar cobijo en el bosque de enfrente. El cielo se fue volviendo cada vez más oscuro, y a mi alrededor se veía una brillante alfombra blanca cuyos extremos más lejanos se perdían en una nebulosa vaguedad. Aún se podía ver el camino, pero mal, y cuando corría por el llano no quedaban tan marcados sus límites como cuando seguía las hondonadas; y al poco me di cuenta de que debía haberme apartado del mismo, pues dejé de notar bajo mis pies la dura superficie y me hundí en tierra blanda. Entonces el viento se hizo más fuerte y sopló con creciente fuerza, hasta que casi me arrastró. El aire se volvió totalmente helado, y comencé a sufrir los efectos del frío a pesar del ejercicio. La nieve caía ahora tan densa y giraba a mi alrededor en tales remolinos que apenas podía mantener abiertos los ojos. De vez en cuando, el cielo era desgarrado por un centelleante relámpago, y a su luz sólo podía ver frente a mí una gran masa de árboles, principalmente cipreses y tejos completamente cubiertos de nieve.
Pronto me hallé al amparo de los mismos, y allí, en un relativo silencio, pude oír el soplar del viento, en lo alto. En aquel momento, la oscuridad de la tormenta se había fundido con la de la noche. Pero su furia parecía estar abatiéndose: tan solo regresaba en tremendos resoplidos o estallidos. En aquellos momentos el escalofriante aullido del lobo pareció despertar el eco de muchos sonidos similares a mi alrededor.
En ocasiones, a través de la oscura masa de las nubes, se veía un perdido rayo de luna que iluminaba el terreno y que me dejaba ver que estaba al borde de una densa masa de cipreses y tejos. Como había dejado de nevar, salí de mi refugio y comencé a investigar más a fondo los alrededores. Me parecía que entre tantos viejos cimientos como había pasado en mi camino, quizá hallase una casa aún en pie que, aunque estuviese en ruinas, me diese algo de cobijo. Mientras rodeaba el perímetro del bosquecillo, me di cuenta de que una pared baja lo cercaba y, siguiéndola, hallé una abertura. Allí los cipreses formaban un camino que llevaba hasta la cuadrada masa de algún tipo de edificio. No obstante, en el mismo momento en que la divisé, las errantes nubes oscurecieron la luna y atravesé el sendero en tinieblas. El viento debió de hacerse más frío, pues noté que me estremecía mientras caminaba; pero tenía esperanzas de hallar un refugio, así que proseguí mi camino a ciegas.
Me detuve, pues se produjo un repentino silencio. La tormenta había pasado y, quizá en simpatía con el silencio de la naturaleza, mi corazón pareció dejar de latir. Pero eso fue tan sólo momentáneo, pues repentinamente la luz de la luna se abrió paso por entre las nubes, mostrándome que me hallaba en un cementerio, y que el objeto cuadrado situado frente a mí era una enorme tumba de mármol, tan blanca como la nieve que lo cubría todo. Con la luz de la luna llegó un tremendo suspiro de la tormenta, que pareció reanudar su carrera con un largo y grave aullido, como el de muchos perros o lobos. Me sentía anonadado, y noté que el frío me calaba hondo hasta parecer aferrarme el corazón. Entonces mientras la oleada de luz lunar seguía cayendo sobre la tumba de mármol, la tormenta dio muestras de reiniciarse, como si quisiera volver atrás. Impulsado por alguna especie de fascinación, me aproximé a la sepultura para ver de quién era y por qué una construcción así se alzaba solitaria en semejante lugar. La rodeé y leí, sobre la puerta dórica, en alemán:
CONDESA DOLINGEN DE GRATZ EN ESTIRIA BUSCÓ Y HALLÓ LA MUERTE EN 1801
En la parte alta del túmulo, y atravesando aparentemente el mármol, pues la estructura estaba formada por unos pocos bloques macizos, se veía una gran vigueta o estaca de hierro.
Me dirigí hacia la parte de atrás y leí, esculpida con grandes letras cirílicas:
Los muertos viajan de prisa
Había algo tan extraño y fuera de lo usual en todo aquello que me hizo sentir mal y casi desfallecí. Por primera vez empecé a desear haber seguido el consejo de Johann. Y en aquel momento me invadió un pensamiento que, en medio de aquellas misteriosas circunstancias, me produjo un terrible estremecimiento: ¡era la noche de Walpurgis!
La noche de Walpurgis en la que, según las creencias de millones de personas, el diablo andaba suelto; en la que se abrían las tumbas y los muertos salían a pasear; en la que todas las cosas maléficas de la tierra, el mar y el aire celebraban su reunión. Y estaba en el preciso lugar que el cochero había rehuido. Aquél era el pueblo abandonado hacía siglos. Allí era donde se encontraba la suicida; ¡y en ese lugar me encontraba yo ahora solo…, sin ayuda, temblando de frío en medio de una nevada y con una fuerte tormenta formándose a mi alrededor! Fue necesaria toda mi filosofía, toda la religión que me habían enseñado, todo mi coraje, para no derrumbarme en un paroxismo de terror.
Y entonces un verdadero tornado estalló a mi alrededor. El suelo se estremeció como si millares de caballos galopasen sobre él, y esta vez la tormenta llevaba en sus gélidas alas no nieve, sino un enorme granizo que cayó con tal violencia que parecía haber sido lanzado por lo míticos honderos baleáricos… Piedras de granizo que aplastaban hojas y ramas y que negaban la protección de los cipreses, como si en lugar de árboles hubieran sido espigas de cereal. Al primer momento corrí hasta el árbol más cercano, pero pronto me vi obligado a abandonarlo y buscar el único punto que parecía ofrecer refugio: la profunda puerta dórica de la tumba de mármol. Allí, acurrucado contra la enorme puerta de bronce, conseguí una cierta protección contra la caída del granizo, pues ahora sólo me golpeaba al rebotar contra el suelo y los costados de mármol.
Al apoyarme contra la puerta, ésta se movió ligeramente y se abrió un poco hacia adentro. Incluso el refugio de una tumba era bienvenido en medio de aquella despiadada tempestad, y estaba a punto de entrar en ella cuando se produjo el destello de un relámpago que iluminó toda la extensión del cielo. En aquel instante, lo juro por mi vida, vi, pues mis ojos estaban vueltos hacia la oscuridad del interior, a una bella mujer, de mejillas sonrosadas y rojos labios, aparentemente dormida sobre un féretro. Mientras el trueno estallaba en lo alto fui atrapado como por la mano de un gigante y lanzado hacia la tormenta. Todo aquello fue tan repentino que antes de que me llegara el impacto, tanto moral como físico, me encontré bajo la lluvia de piedras. Al mismo tiempo tuve la extraña y absorbente sensación de que no estaba solo. Miré hacia el túmulo. Y en aquel mismo momento se produjo otro cegador relámpago, que pareció golpear la estaca de hierro que dominaba el monumento y llegar por ella hasta el suelo, resquebrajando, desmenuzando el mármol como en un estallido de llamas. La mujer muerta se alzó en un momento de agonía, lamida por las llamas, y su amargo alarido de dolor fue ahogado por el trueno. La última cosa que oí fue esa horrible mezcla de sonidos, pues de nuevo fui aferrado por la gigantesca mano y arrastrado, mientras el granizo me golpeaba y el aire parecía reverberar con el aullido de los lobos. La última cosa que recuerdo fue una vaga y blanca masa movediza, como si las tumbas de mi alrededor hubieran dejado salir los amortajados fantasmas de sus muertos, y éstos me estuvieran rodeando en medio de1a oscuridad de la tormenta de granizo.
Gradualmente, volvió a mí una especie de confuso inicio de consciencia; luego una sensación de cansancio aniquilador. Durante un momento no recordé nada; pero poco a poco volvieron mis sentidos. Los pies me dolían espantosamente y no podía moverlos. Parecían estar dormidos. Notaba una sensación gélida en mi nuca y a todo lo largo de mi espina dorsal, y mis orejas, como mis pies, estaban muertas y, sin embargo, me atormentaban; pero sobre mi pecho notaba una sensación de calor que, en comparación, resultaba deliciosa. Era como una pesadilla…, una pesadilla física, si es que uno puede usar tal expresión, pues un enorme peso sobre mi pecho me impedía respirar normalmente.
Ese período de semiletargo pareció durar largo rato, y mientras transcurría debí de dormir o delirar. Luego sentí una sensación de repugnancia, como en los primeros momentos de un mareo, y un imperioso deseo de librarme de algo, aunque no sabía de qué. Me rodeaba un descomunal silencio, como si todo el mundo estuviese dormido o muerto, roto tan sólo por el suave jadeo de algún animal cercano. Noté un cálido lametón en mi cuello, y entonces me llegó la consciencia de la terrible verdad, que me heló hasta los huesos e hizo que se congelara la sangre en mis venas. Había algún animal recostado sobre mí y ahora lamía mi garganta. No me atreví a agitarme, pues algún instinto de prudencia me obligaba a seguir inmóvil, pero la bestia pareció darse cuenta de que se había producido algún cambio en mí, pues levantó la cabeza. Por entre mis pestañas vi sobre mí los dos grandes ojos llameantes de un gigantesco lobo. Sus aguzados caninos brillaban en la abierta boca roja, y pude notar su acre respiración sobre mi boca.
Durante otro período de tiempo lo olvidé todo. Luego escuché un gruñido, seguido por un aullido, y luego por otro y otro. Después, aparentemente muy a lo lejos, escuché un «¡hey, hey!» como de muchas voces gritando al unísono. Alcé cautamente la cabeza y miré en la dirección de la que llegaba el sonido, pero el cementerio bloqueaba mi visión. El lobo seguía aullando de una extraña manera, y un resplandor rojizo comenzó a moverse por entre los cipreses, como siguiendo el sonido. Cuando las voces se acercaron, el lobo aulló más fuerte y más rápidamente. Yo temía hacer cualquier sonido o movimiento. El brillo rojo se acercó más, por encima de la alfombra blanca que se extendía en la oscuridad que me rodeaba. Y de pronto, de detrás de los árboles, surgió al trote una patrulla de jinetes llevando antorchas. El lobo se apartó de encima de mí y escapó por el cementerio. Vi cómo uno de los jinetes (soldados, según parecía por sus gorras y sus largas capas militares) alzaba su carabina y apuntaba. Un compañero golpeó su brazo hacia arriba, y escuché cómo la bala zumbaba sobre mi cabeza. Evidentemente me había tomado por el lobo. Otro divisó al animal mientras se alejaba, y se oyó un disparo. Luego, al galope, la patrulla avanzó, algunos hacia mí y otros siguiendo al lobo mientras éste desaparecía por entre los nevados cipreses.
Mientras se aproximaban, traté de moverme; no lo logré, aunque podía ver y oír todo lo que sucedía a mi alrededor. Dos o tres de los soldados saltaron de su monturas y se arrodillaron a mi lado. Uno de ellos alzó mi cabeza y colocó su mano sobre mi corazón.
Entonces vertieron algo de brandy entre mis labios; me dio vigor, y fui capaz de abrir del todo los ojos y mirar a mi alrededor. Por entre los árboles se movían luces y sombras, y oí cómo los hombres se llamaban los unos a los otros. Se agruparon, lanzando asustadas exclamaciones, y las luces centellearon cuando los otros entraron amontonados en el cementerio, como posesos. Cuando los primeros llegaron hasta nosotros, los que me rodeaban preguntaron ansiosos:
-¿Lo hallaron?
La respuesta fue apresurada:
-¡No! ¡No! ¡Vámonos…. pronto! ¡Éste no es un lugar para quedarse, y menos en esta noche!
-¿Qué era? -preguntaron en varios tonos de voz.
La respuesta llegó variada e indefinida, como si todos los hombres sintiesen un impulso común por hablar y, sin embargo, se vieran refrenados por algún miedo compartido que les impidiese airear sus pensamientos.
-¡Era… era… una cosa! -tartamudeó uno, cuyo ánimo, obviamente, se había derrumbado.
-¡Era un lobo…, sin embargo, no era un lobo! -dijo otro estremeciéndose.
-No vale la pena intentar matarlo sin tener una bala bendecida -indicó un tercero con voz más tranquila.
-¡Nos está bien merecido por salir en esta noche! ¡Desde luego que nos hemos ganado los mil marcos! -espetó un cuarto.
-Había sangre en el mármol derrumbado –dijo otro tras una pausa-. Y desde luego no la puso ahí el rayo. En cuanto a él… ¿está a salvo? ¡Miren su garganta. Vean, camaradas: el lobo estaba echado encima de él, dándole calor.
El oficial miró mi garganta y replicó:
-Está bien; la piel no ha sido perforada. ¿Qué significará todo esto? Nunca lo habríamos hallado de no haber sido por los aullidos del lobo.
-¿Qué es lo que ocurrió con ese lobo? -preguntó el hombre que sujetaba mi cabeza, que parecía ser el menos aterrorizado del grupo, pues sus manos estaban firmes, sin temblar. En su bocamanga se veían los galones de suboficial.
-Volvió a su cubil -contestó el hombre cuyo largo rostro estaba pálido y que temblaba visiblemente aterrorizado mientras miraba a su alrededor-. Aquí hay bastantes tumbas en las que puede haberse escondido. ¡Vámonos, camaradas, vámonos rápido! Abandonemos este lugar maldito.
El oficial me alzó hasta sentarme y lanzó una voz de mando; luego, entre varios hombres me colocaron sobre un caballo. Saltó a la silla tras de mí, me sujetó con los brazos y dio la orden de avanzar; dando la espalda a los cipreses, cabalgamos rápidamente en formación.
Mi lengua seguía rehusando cumplir con su función y me vi obligado a guardar silencio. Debí de quedarme dormido, pues lo siguiente que recuerdo es estar de pie, sostenido por un soldado a cada lado. Ya casi era de día, y hacia el norte se reflejaba una rojiza franja de luz solar, como un sendero de sangre, sobre la nieve. El oficial estaba ordenando a sus hombres que no contaran nada de lo que habían visto, excepto que habían hallado a un extranjero, un inglés, protegido por un gran perro.
-¡Un gran perro! Eso no era ningún perro -interrumpió el hombre que había mostrado tanto miedo-. Sé reconocer un lobo cuando lo veo.
El joven oficial le respondió con calma:
-Dije un perro.
-¡Perro! -reiteró irónicamente el otro. Resultaba evidente que su valor estaba ascendiendo con el sol y, señalándome, dijo-: Mírele la garganta. ¿Es eso obra de un perro, señor?
Instintivamente alcé una mano al cuello y, al tocármelo, grité de dolor. Los hombres se arremolinaron para mirar, algunos bajando de sus sillas, y de nuevo se oyó la calmada voz del joven oficial:
-Un perro, he dicho. Si contamos alguna otra cosa, se reirán de nosotros.
Entonces monté tras uno de los soldados y entramos en los suburbios de Múnich. Allí encontramos un carruaje al que me subieron y que me llevó al Quatre Saisons; el oficial me acompañó en el vehículo, mientras un soldado nos seguía llevando su caballo y los demás regresaban al cuartel.
Cuando llegamos, Herr Delbrück bajó tan rápidamente las escaleras para salir a mi encuentro que se hizo evidente que había estado mirando desde dentro. Me sujetó con ambas manos y me llevó solícito al interior. El oficial hizo un saludo y se dio la vuelta para alejarse, pero al darme cuenta insistí en que me acompañara a mis habitaciones. Mientras tomábamos un vaso de vino, le di las gracias efusivamente, a él y a sus camaradas, por haberme salvado. Él se limitó a responder que se sentía muy satisfecho, y que Herr Delbrück ya había dado los pasos necesarios para gratificar al grupo de rescate; ante esta ambigua explicación el maître d’hôtel sonrió, mientras el oficial se excusaba, alegando tener que cumplir con sus obligaciones, y se retiraba.
-Pero Herr Delbrück -interrogué-, ¿cómo y por qué me buscaron los soldados?
Se encogió de hombros, como no dándole importancia a lo que había hecho, y replicó:
-Tuve la buena suerte de que el comandante del regimiento en el que serví me autorizara a pedir voluntarios.
-Pero ¿cómo supo que estaba perdido? -le pregunté.
-El cochero regresó con los restos de su carruaje, que resultó destrozado cuando los caballos se desbocaron.
-¿Y por eso envió a un grupo de soldados en mi busca?
-¡Oh, no! -me respondió-. Pero, antes de que llegase el cochero, recibí este telegrama del boyardo de que es usted huésped -y sacó del bolsillo un telegrama, que me entregó y leí:
BISTRITZ
«Tenga cuidado con mi huésped: su seguridad me es preciosa. Si algo le ocurriera, o lo echasen a faltar, no ahorre medios para hallarle y garantizar su seguridad. Es inglés, y por consiguiente aventurero. A menudo hay peligro con la nieve y los lobos y la noche. No pierda un momento si teme que le haya ocurrido algo. Respaldaré su celo con mi fortuna. – Drácula.
Mientras sostenía el telegrama en mi mano, la habitación pareció girar a mi alrededor y, si el atento maître d’hôtel no me hubiera sostenido, creo que me hubiera desplomado. Había algo tan extraño en todo aquello, algo tan fuera de lo corriente e imposible de imaginar, que me pareció ser, en alguna manera, el juguete de enormes fuerzas…, y esta sola idea me paralizó. Ciertamente me hallaba bajo alguna clase de misteriosa protección; desde un lejano país había llegado, justo a tiempo, un mensaje que me había arrancado del peligro de la congelación y de las mandíbulas del lobo.
¡Qué humano es querer ser reconocido! Y qué poco sobrenatural… Sería una pena que hiciéramos el bien con el secreto deseo de auto felicitarnos o de recibir la gloria de los demás. Es una necedad vivir de cara al público, intentar que se hable de uno mismo, inquirir qué opinión tienen. Además, es fuente de sufrimiento y de envidia. Lógicamente haremos muchas cosas bien, para bien de los demás. Pero aunque no nos lo reconozcan, mejor si no lo advierten, no hemos de tener pena ni sentirnos humillados. Quién intenta actuar bien, nada le tiene que importar lo que puedan pensar o decir los demás. Eso sí que deja paz en el alma; incluso aunque, procurando obrar bien, se haya actuado mal. Hay un viejo proverbio que dice: “La verdadera sabiduría consiste en querer ser ignorado y tenido por nada, en poner su gozo en el desprecio de sí mismo”. Entendamos que todo lo de esta tierra, sean bienes u honores, nada valen en comparación con poseer el amor, que se manifiesta no sólo para nuestra propia felicidad, sino que también en servicio, en hacer el bien, en ayudar eficazmente… No queramos ser los primeros, si no es en el amor.
Desde la ciudad de Campana (Buenos Aires, Argentina), recibe un
abrazo, junto a mi deseo de que dios te Bendiga y prospere en todo lo
que emprendas, y derrame sobre ti Salud, Paz, Amor, y mucha
prosperidad.
GEOPOLÍTICA EN MEDIO DE LA PANDEMIA
♦
La geopolítica no tomó vacaciones en medio de la pandemia. Es que, como sostenía Napoleón, “la política se halla en la geografía”. Como la pandemia no admite que la política baje las persianas, la geopolítica continúa sin ‘feria’ – como la insólita de nuestro Poder Judicial. Una prueba la ha dado en estos días Australia.
El enorme país oceánico fue parte de un movimiento crucial en 2018. Cuando Estados Unidos se retiró del Acuerdo del Transpacífico, Australia y otros once países medianos suscribieron un pacto comercial, con implicancias políticas. A la mesa del convenio se sentaron Japón – la tercera economía del mundo -, Canadá, México, Vietnam, Nueva Zelanda, entre otros. Este antecedente cobra relieve en este momento pandémico caracterizado por la declinación norteamericana y una China a la defensiva, con inesperadas dificultades internas y también el frente exterior.
Los celebrantes de 2018 tienen un común denominador. Todos son países medianos en un planeta que – como la Argentina de antaño – tiene ‘movilidad ascensional’, es decir que países otrora pobres – el mejor ejemplo, Vietnam – hoy son intermedios y mañana podrán incorporarse al podio principal.
En estos días el primer ministro australiano Scott Morrison fue el primero en promover una investigación internacional sobre el origen del coronavirus no obstante que China es el principal destino de las exportaciones australianas y que sólo por visas estudiantiles Camberra obtiene inmensos beneficios económicos a raíz de que son legión los chinos que van a estudiar en las universidades australianas.
El premier hizo, además, una videoconferencia con sus pares de Estados de todas partes del mundo. El asunto central fue intercambiar experiencias entre los que habían dado ‘respuesta temprana’ al Covid-19. Así, en la reunión telemática también estuvieron Austria, Dinamarca, Grecia, Israel y Singapur. Cabe preguntarse por qué nuestro país no estuvo presente en esa sala virtual a pesar de que nos ufanamos de haber sido precisamente uno de los países que reaccionaron tempranamente ¿Será el síndrome de insignificancia? Más allá del ‘relato’ interno, parece que afuera han detectado ese morbo vernáculo. Que duele físicamente, pero sobre todo en el alma argentina. Aquel viejo país que se encaminaba – más allá de sus crisis, de su corrupción – hacia el primer escenario mundial, un siglo después cayó en la irrelevancia. Ya no somos modelo ni de los vecinos.
Hoy la geopolítica exhibe como nunca el protagonismo del multilateralismo con alto dinamismo. Ciertamente, el globalismo ha ingresado en un tramo de su devenir que se caracteriza por los cuestionamientos y las dudas. Hay interrogantes sobre cómo será el derrotero de acá en más. Empero, creo muy apresuradas las conclusiones como esa de que “se terminó la globalización”. Po el contrario, todo hace pensar que – con otros formatos, donde el rol de las potencias intermedias será crecientemente importante – la mundialización proseguirá su marcha. Seguramente armonizado con un resurgente soberanismo de los Estados. Ensamblar las dos velocidades para imprimirle motricidad al mundo no es una rareza. China, por caso, no dejó ni un minuto de reclamar soberanía en el Mar homónimo, hasta construyendo islas artificiales, mientras revivía la ‘Ruta de la Seda’ con notoria vocación global. Es otro falso dilema eso de globalización vs nacionalismo. Coexisten y convivirán por mucho tiempo. La clave está en saber combinarlos.
El contraste con la Argentina es tan evidente como hasta inexplicable. Nuestra política exterior – ¿existe? – en este medio año del gobierno asumido el 10 de diciembre logró más que un flamante congelador: enfrió todos los vínculos regionales al punto que no tenemos un buen compañero de ruta en parte alguna de América del Sur. Además, no dimos ni la más mínima señal a nuestra vecina África, no conversamos especialmente con ninguna de las potencias intermedias, amenazamos con retirarnos
desopilantemente de las negociaciones comerciales del Mercosur con terceros países y sólo dialogamos con Italia, Alemania, Francia y España para, cual mendicantes en que nos hemos transformado, para suplicarles apoyo para no pagar la deuda.
La política exterior es tan decisiva como la interior. Integran un solo haz. Y la geopolítica no es solo una disciplina que guía los movimientos hacia afuera. Bien valdría aplicarla para orientar nuestra estrategia interna hacia una demografía más equilibrada, hacia la potenciación de los recursos – como los del mar -, hacia la reorganización político institucional – para encontrar el modo de hacer en serio un país federal y para evitar que diez conglomerados del conurbano que ocupan 2.000 km2 ‘gobiernen’ a una nación de 4 millones de km2 y otros tantos de espacios marítimos. Para, en suma, corregir tantas deformaciones que padecemos, como la pretender y proclamar la ‘soberanía’, pero no tener moneda.
Flaquean nuestras fuerzas internas, tanto en el plano espiritual como material. La recuperación vendrá de una doble vía: la de adentro y la de afuera. En el interior, apostando al emprendedurismo y ensanchamiento del trabajo privado, auxiliado por un Estado inteligente. En el exterior, forjando alianzas y acuerdos que amplíen el horizonte comercial y reubiquen a la Argentina como nación mediana, con aspiraciones de ascender.
*Diputado nacional
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 23, 2020
Una jaula de fieras
☻
I
Una mañana, un león y una hiena del Jardin des Plantes lograron abrir la puerta de su jaula cerrada con negligencia. La mañana era blanca y un claro sol lucía alegremente al borde del cielo pálido. Bajo los grandes castaños había un frescor penetrante, el tibio frescor de la incipiente primavera. Los dos honrados animales, que acababan de desayunar copiosamente, se pasearon lentamente por el Jardin, deteniéndose de vez en cuando para lamerse y gozar como buenos chicos de la suavidad de la mañana. Se encontraron al final de un paseo y, después de los saludos de rigor, se pusieron a caminar juntos charlando amigablemente. El
Jardin no tardó en resultarles aburrido y en parecerles demasiado pequeño. Entonces se preguntaron a qué otras distracciones podían consagrar su jornada.
-¡Caray! -dijo el león-. Me apetece satisfacer un capricho que tengo desde hace mucho tiempo. Hace años que los hombres vienen como imbéciles a mirarme a mi jaula y yo me he prometido aprovechar la primera ocasión que se me presentara para ir a mirarlos a ellos a la suya, aunque tenga que parecer tan idiota como ellos… Le propongo dar un paseo hasta la jaula de los hombres.
En ese momento, París, que se estaba despertando, se puso a rugir con tal intensidad que la hiena se detuvo escuchando con inquietud. El clamor de la ciudad se elevaba, sordo y amenazante; y ese clamor, formado por el ruido de los coches, los gritos de la calle, por nuestros sollozos y nuestras risas, parecían alaridos de furor y estertores de agonía.
-¡Dios Santo! -susurró la hiena- no hay duda de que se están degollando en su jaula. ¿Oye usted qué airados están y cómo lloran?
-Es cierto que hacen un jaleo horroroso; es posible que los esté atormentando algún domador -contestó el león.
El ruido se incrementaba y la hiena empezaba a tener miedo.
-¿Cree usted que es prudente entrar ahí? -preguntó.
-¡Bah! No nos comerán ¡qué demonios! Venga pues. Deben estar mordiéndose de lo lindo y eso nos hará reír -dijo el león.
II
Por las calles, caminaron modestamente a lo largo de las casas. Cuando llegaron a un cruce, fueron arrastrados por un enorme gentío. Obedecieron a aquel empuje que les prometía un espectáculo interesante. Pronto se encontraron en una gran plaza en la que el pueblo se agrupaba. En medio había una especie de armazón de madera roja y todas las miradas estaban fijas en aquella construcción, con expresión de avidez y de gusto.
Cuando pronunciaba esas palabras, la masa lanzó un alarido de satisfacción y el león declaró que debían ser los víveres que llegaban, tanto más cuanto que un vehículo pasó al galope por delante de él. Sacaron a un hombre del carruaje, lo subieron al armazón y le cortaron la cabeza con destreza; luego, pusieron el cadáver en otro vehículo y se apresuraron a sustraerlo al apetito feroz del populacho que gritaba, sin duda de hambre.
-¡Anda! ¡No se lo comen! -exclamó el león decepcionado.
La hiena sintió que un pequeño escalofrío recorría su pelo.
-¿En medio de qué fieras me ha traído usted? -dijo-. Matan sin tener hambre… Por amor de Dios, tratemos de salir pronto de aquí.
III
Cuando abandonaron la plaza, tomaron los bulevares exteriores y caminaron después tranquilamente a lo largo de los muelles. Cuando llegaron a la Cité vieron, detrás de Notre-Dame, una casa baja y larga en la que los transeúntes entraban como se entra en una barraca de feria, para ver allí algún fenómeno y salir maravillado. No se pagaba ni al entrar ni al salir. El león y la hiena siguieron al gentío y vieron, sobre grandes losas, cadáveres tendidos, con la carne agujereada de heridas. Los espectadores,
mudos y curiosos, miraban tranquilamente los cadáveres.
-¡Eh! ¿Qué decía yo? -comentó la hiena- No matan para comer. Mire cómo dejan que los víveres se estropeen.
Cuando estuvieron de nuevo en la calle, pasaron por delante de una carnicería. La carne colgada de los ganchos de acero estaba muy roja; junto a las paredes había montones de carne, y la sangre corría por las placas de mármol formando pequeños regueros. La tienda entera ardía siniestramente.
-Mire pues, -dijo el león- dice usted que no comen. Ahí tiene carne para alimentar a nuestra colonia del Jardin des Plantes durante ocho días… ¿Será carne de hombre?
La hiena, que como ya dije había desayunado copiosamente, dijo volviendo la cabeza:
-¡Puaf! Es repugnante. Me dan náuseas de ver toda esa carne.
IV
-¿Ve usted esas puertas gruesas y esas enormes cerraduras? -comentó la hiena un poco más lejos-. Los hombres ponen hierro y madera entre ellos para evitar el disgusto de devorarse. Y en cada esquina hay personas con espadas que mantienen las buenas formas ¡Qué animales más ariscos!
-Pero… ¡es repugnante! -exclamó secándose con una mano-; no se puede dar dos pasos tranquilamente. En esta jaula llueve la sangre.
-¡Pardiez! -añadió la hiena- han inventado estas máquinas rodantes para obtener la mayor cantidad de sangre posible; son como el lagar de su innoble vendimia. Desde hace un rato, estoy observando a cada paso, unas cavernas apestadas al fondo de las cuales los hombres beben grandes vasos llenos de un licor rojizo que no puede ser sino sangre. Y beben mucha cantidad de ese licor para darse valor para matar pues, en numerosas cavernas he visto a los bebedores derribarse a puñetazos.
-Ahora comprendo -prosiguió el león- la necesidad del gran arroyo que atraviesa su jaula. Lava todas sus impurezas y arrastra toda la sangre derramada. Son los hombres los que han debido traerlo hasta aquí por miedo a la peste. Arrojan en él a las personas asesinadas.
-No pasaremos por los puentes -interrumpió la hiena temblando- ¿No está usted cansado? Tal vez fuera prudente que regresáramos…
V
No pude seguir paso a paso a los dos honrados animales. El león quería verlo todo y la hiena, cuyo pavor se iba incrementando a cada paso, se sentía obligada a seguirlo porque no se habría atrevido jamás a regresar sola. Cuando pasaron por delante de la Bolsa, logró por medio de ruegos insistentes, no entrar. Salían de aquel antro tales lamentos, tales voces, que ella permanecía en
la puerta temblando y con el pelo erizado.
-Vámonos, vámonos rápido -decía tratando de llevarse al león- éste es sin duda el escenario de la matanza general. ¿No oye los gemidos de las víctimas y los gritos de alegría furiosa de los verdugos? Esto es un matadero que debe abastecer a todas las carnicerías de barrio. Alejémonos de aquí, se lo ruego.
El león, del que el miedo se iba apoderando e iba empezando a llevar la cola entre las patas, se alejó gustoso. No huía porque quería conservar intacta su reputación de valentía; pero, en el fondo, se acusaba de temeridad y se decía que los rugidos de París por la mañana, habrían debido impedirle entrar en medio de aquella extraña casa de fieras. Los dientes de la hiena castañeteaban de pavor y ambos caminaban con precaución, buscando el camino para volver a su hogar, creyendo sentir a cada instante las zarpas de los transeúntes clavarse en su cuello.
VI
Y he aquí que, bruscamente, surge un sordo clamor en las esquinas de la jaula. Se cierran las tiendas, el toque a rebato se lamenta con voz anhelante e inquieta. Grupos de hombres armados invaden las calles, arrancan los adoquines, levantan apresuradamente barricadas. Los rugidos de la ciudad han cesado; reina en ella un silencio pesado y siniestro. Las bestias humanas se callan; se deslizan a lo largo de las casas, dispuestas a saltar. Y pronto saltan. La fusilería estalla acompañada por la
voz grave del cañón. La sangre corre, los muertos aplastan su cara contra el suelo, los heridos gritan. En la jaula de los hombres se han formado dos bandos y esos animales se divierten degollándose en familia. Cuando el león comprendió de qué se trataba exclamó:
-¡Dios mío! ¡Sálvamos de este pelea! Ya estoy bien castigado por haber cedido al tonto deseo de hacerle una visita a estos temibles carniceros. ¡Qué suaves son nuestras costumbres comparadas con las suyas! Nosotros no nos comemos jamás entre nosotros. -Y dirigiéndose a la hiena prosiguió-: No nos hagamos los valientes. Yo, lo reconozco, tengo los huesos helados de espanto. Tenemos que abandonar de inmediato este país de bárbaros.
Entonces huyeron avergonzados y temerosos. Su carrera se hizo cada vez más furiosa y desbocada porque el miedo los espoleaba y los terroríficos recuerdos de la jornada eran otros tantos aguijones que precipitaban sus saltos. Llegaron al Jardin des Plantes sin aliento y mirando hacia atrás con pánico. Entonces pudieron respirar a gusto y corrieron a refugiarse en una jaula vacía cuya puerta cerraron con energía. Allí se felicitaron con efusión de su regreso.
-¡Ah! -dijo el león-. No volveré a salir de mi jaula para ir a pasearme por la de los hombres. Sólo hay paz y felicidad posibles al fondo de esta celda dulce y civilizada.
VII
-¿Qué mira usted, pues? -preguntó el león.
-Compruebo si estos barrotes son fuertes y nos defienden adecuadamente de la crueldad de los hombres -respondió la hiena.
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 23, 2020
HOY, NO SERÁ CAMPAÑA DE GUERRA SINO DE PAZ.
♣
Por CLAUDIO VALERIO
Todos nosotros deberíamos prepararnos a tomar papel en la política. A lo mejor no vamos a ir a tierras extranjeras. Sin embargo, hay muchas obras para nosotros dentro de la comunidad. Algunos de nosotros podemos ser colaboradores extraordinarios de la asistencia a los ancianos o cumplir otro cargo en la ciudad. Es posible que nuestra misión sea limitada a nuestra propia casa cuidando a un pariente enfermo. Quizás algunos podamos participar en organizaciones públicas trayendo el amor conciudadano al movimiento del medioambiente o a los Scouts. El propósito aquí es decir que nuestro aporte ciudadano tiene que ir más allá que la de un hacer dominical. Tenemos que llevar a cabo la misión que estos tiempos de aislamiento nos convoca y es la de encargarnos de nuestros adultos mayores… Tenemos que mostrar a todos nuestro amor por el otro y sentido solidario con
nuestras obras buenas y ejemplos justos. Todos nosotros en estos días debemos impulsar nuestra esperanza en cuanto a nuestro final y para el presente. Pero la realidad es que la mayoría de las personas están tan atadas a las realidades mundanas, que no se les ocurre mirar hacia el otro lado, donde está la necesidad, donde está quien necesita de una asistencia afectiva que todos nosotros podríamos dar con absoluta perfección. Amor, luz, plena felicidad, gloria, son cosas que muchos de nuestros pares necesitan y que ése debe ser nuestro destino: la realización. Nosotros somos los brazos y las piernas de aquel que nos necesita para llevar a cabo alguna misión. ¡Como quisiera subrayar la importancia de nuestra misión!… Ya no es tiempo para preguntarse de los puestos de poder; ni es tiempo para maravillarse sobre el/los paradero/s de alguno/s. Más bien es tiempo de prepararse para la venida de tiempos de solución. También estemospreparados para todo lo demás. Debemos trabajar aquí; debemos ser testigos de las enseñanzas que nos deja la aparición del Covid-19. Y así sabremos y comprobaremos que la principal enseñanza es el amor. Por eso, aunque pensemos en la ciudad futura, no podemos descuidar el mejoramiento de todo lo relacionado con nuestro planeta. Y por eso debemos buscar el bien del prójimo. El proselitismo no es una posibilidad conveniente. Porque es necesario que las personas crean que lo que se está haciendo es para bien; es decir, que conozcan bien la doctrina del porqué del aislamiento social y vivan la radicalidad, cualidad radical, extremosa, del hacerlo. El proselitismo es también necesario para que el pueblo argentino crezca y todos los hombres de toda ciudad, pueblo y barrio cuiden su salud y sus vidas, como debe ser. Pero es también una exigencia de la vida: si no se llega ahí, al corazón de las personas y se les plantea el sentido profundo de sus vidas, el transcurrir de las mismas será algo superficial, que no compromete del todo a quien lo hace. El gran obstáculo del proselitismo está en uno mismo, y es el miedo a tocar temas comprometidos porque se teme que los demás sabrán que uno tiene debilidades y cómo piensa sobre los grandes temas. Aprendamos de nuestras cobardías y perezas. De ese miedo a quedar expuestos y vulnerables a la enfermedad… No es un triste espectáculo, porque una de las cosas más grandes que podemos hacer en esta vida es acercarnos más a nosotros mismo y conociéndole a quien tenemos cerca.
Desde la ciudad de Campana (Buenos Aires, Argentina), recibe un
abrazo, junto a mi deseo de que dios te Bendiga y prospere en todo lo
que emprendas, y derrame sobre ti Salud, Paz, Amor, y mucha
prosperidad.
Claudio Valerio (Valerius)
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 23, 2020
LAS NOTICIAS MÁS VISTAS ♣ Mayo 22, 2020
☻
Las noticias más leídas en PrisioneroEnArgentina.com. Las más comentadas, las más polémicas. De que está la gente hablando…
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 21, 2020
Pigmalión
♦♦
Lo que más le gustaba de su primera esposa eran sus dotes de imitadora; después de una fiesta, dada por ellos o por otra pareja, ella imitaba para él lo que habían visto, las caras, las voces, torciendo su linda boca en pequeñas contorsiones que evocaban, durante un sorprendente instante, la presencia de un amigo ausente.
—Bueno, si yo reagmente… ¿no es así como habla Gwen? Si yo reagmente me preocupase de la consergvación…
Y él, el marido, se reía a carcajadas, aunque Gwen era, en secreto, su amante y habría de convertirse en su segunda esposa. Lo que le gustaba de ella era su vivacidad en la cama, y lo que le disgustaba de su primera esposa era que le pedía que le frotase la espalda y después, noche tras noche, al contacto de sus manos, se quedaba dormida.
Durante los primeros años de su nuevo matrimonio, cuando él y Gwen volvían de una fiesta, él esperaba inconscientemente que empezasen las imitaciones, la recapitulación. Incluso la incitaba:
—¿Qué te ha parecido el hermano de tu anfitriona?
—¡Oh! —decía simplemente Gwen—. Me pareció muy agradable.
Y percibiendo, con intuición femenina, que él esperaba más, añadió:
—Inofensivo. Tal vez un poco envarado —sus ojos centelleaban al percibir una súplica tácita en su expectante silencio, y con aquel conmovedor e infantil defecto de pronunciación, farfullaba—: ¿Qué quierges reagmente?
—Oh, nada. Nada. Solo es que… Marguerite lo conoció hace unos años, y le chocó lo tonto y pomposo que era. Su manera de chupar su pipa y de terminar todas sus declaraciones con un «¿Me sigues?»
—A mí me pareció muy agradable —dijo fríamente Gwen, volviéndose de espalda para quitarse el plateado y ceñido traje de noche. Mientras lo deslizaba sobre sus caderas, volvió la cabeza y añadió en tono desafiante.
—Tenía mucho que decir sobre la evasión de impuestos.
—No me extraña —se burló débilmente Pigmalión, aturdido por la visión de su esposa que avanzaba desnuda hacia él y su lecho marital—. Es muy tarde —le advirtió.
—¡Oh, vamos! —dijo ella, apagando las luces.
La primera imitación que hizo Gwen fue de Marvin, el segundo marido de Marguerite; se habían conocido inesperadamente en un baile benéfico de Salven las Ballenas, cuyas invitaciones habían sido enviadas indiscriminadamente.
—Oh-jo-jo —vociferó en la intimidad de su dormitorio—. ¡Conque tú eres mi noble predecesor! —Y en un aparte, añadió—: Noble, ¡y un cuerno! ¡Te odia tanto que lo sacaste de quicio!
—¿De veras? —dijo él—. Pensaba que se había mostrado muy agradable en lo que podía haber sido un encuentro violento.
—Sí, cieeertamente —convino ella, imitando al campechano Ed y permitiendo, por un segundo, que la expresión de suave y tranquila benignidad forzada se plasmase en sus propias facciones en general menudas y redondeadas—. No hay nada embarazoso entre nosotros ¡jo-jo! —siguió diciendo, animada por la risa de su marido—. Y dime, viejo amigo, ¿por qué tu cheque para la pensión de tus hijos ya no llega nunca puntualmente?
—Bueno, querida —dijo, iniciando de pronto una parodia con voz aflautada—, si no fuese por Portugal, ¡no quedaría realmente un país soportable en Europa!
—¡Oh, vamos! —protestó él, encantado de ver cómo sus lindas facciones se torcían en un extraño y afectado aire caballuno.
—¿Cómo lo hacía? —preguntó Gwen, con interés profesional—. Creo que moviendo la barbilla de un lado a otro manteniendo los dientes apretados.
—¡Exacto! —dijo, aplaudiendo, él.
—Ya saaabes —prosiguió ella, imitando aquella voz—, antes solía ser Grecia, pero ahora, con todos esos horribles árabes…
—Oh, sí, sí —dijo él, brillándole el semblante de reír tan fuerte, orgullosamente.
En la cama, observó ella:
—Es tardísimo.
—¿Quieres que te frote la espalda?
—¡Jumm! Sería realmente estupendo.
Y mientras su mano izquierda trabajaba en la suave, cálida y flexible piel, su esposa, aquella pequeñez que era exclusivamente de ella, se puso fuera de su alcance. Noche tras noche, se quedaba dormida.
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 22, 2020
CARLOS PONCE DE LEÓN Y EL ORGULLO DE SER UN ASESINO TERRORISTA EN ARGENTINA
♦♦
VERBORRÁGICOS TERRORISTAS
En este perverso territorio llamado Argentina, nada sorprende si hablamos de admiración y respeto por los asesinos terroristas que asolaron el país en los años 60 y 70 del siglo pasado, matando a mansalva hombres, mujeres y niños.
Hoy los sobrevivientes, o sus hijos, por el solo hecho de serlo, ocupan cargos gubernamentales, se destacan en los grandes medios de difusión o son dueños de empresas proveedoras del gobierno de turno, cuyos capitales iniciales en algunos casos son inciertos. Por ello no sería descabellado llegar a inferir que provienen de secuestros extorsivos de esa sangrienta época, cuyo dinero nunca fue recuperado. En reiteradas oportunidades y diferentes medios, periódicamente se puede ver y escuchar, a esos depredadores glorificando su lucha.
[ezcol_1half]En este caso nos referimos a CARLOS PONCE DE LEÓN contando sus “magnas” experiencias como miembro del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), ante la “admiración implícita” del periodista entrevistador.
[/ezcol_1half] [ezcol_1half_end]Entrevista a Carlos Ponce de Leoón
Envío y colaboración: Dra. ANDREA PALOMAS ALARCÓN
Audio PlayerEn el audio que adjuntamos se lo puede escuchar cuando se refirió detalladamente al secuestro y asesinato del director del Grupo FIAT en Argentina, OBERDÁN SALLUSTRO, ocurrido el 10 de abril de 1972.
Destacable es que ese mismo día la organización terrorista a la que pertenecía, asesinó en Rosario al General del Ejército Argentino JUAN CARLOS SÁNCHEZ, a su chofer JUAN BARRENECHE, soldado conscripto y a DORA CUCCO DE AYALA, propietaria de un puesto de diarios próximo al lugar, donde los asesinos dispararon a diestra y siniestra para consumar el atentado. El orgulloso PONCE DE LEÓN, tiempo después dirigió la toma del Comando de Sanidad del Ejército, ocurrido el día 6 de septiembre de 1973, donde fuera asesinado el teniente coronel RAÚL JUAN DUARTE ARDOY segundo jefe del lugar y heridos varios efectivos militares. Entre los atacantes también estaban el ahora exitoso periodista EDUARDO ANGUITA y HERNÁN INVERNIZZI (conscripto entregador) actualmente funcionario del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, como coordinador operativo de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Defensoría del Pueblo. ¿Los conocen? Ahora bien, todos pudimos ver como días pasados por manifestaciones fuera de lugar del Teniente Coronel (R) AQUILINO ORTEGA por una red social con amigos, la cúpula militar accionó meteóricamente y fueron ellos mismos los que lo denunciaron ante la justicia, para que se le aplique todo el peso y rigor de la ley. Pero si de verborrágicos asesinos terroristas se trata los leones de uniforme se trasforman en mimosos y dulces gatitos que no dicen ni “miau”. En general TODOS LOS UNIFORMADOS guardaron cómplice silencio y nadie emitió opinión alguna, ni a favor ni en contra. ¿Acaso estas instituciones de Argentina ya están listas para actuar igual que las de Venezuela, donde apoyan incondicionalmente en lo que sea, al impresentable y déspota NICOLAS MADURO? Señores, por si no lo saben, los terroristas no fueron inocentes jóvenes idealistas.
[ezcol_1third]Claudio Kussman
Comisario Mayor (R)
Policía Pcia. Buenos Aires
Mayo 22, 2020
claudio@PrisioneroEnArgentina.com
www.PrisioneroEnArgentina.com
[/ezcol_1half] [ezcol_1half_end]Edward R. Murrow (1908-1965)
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 22, 2020
HOY, CERDO A LA PARRILLA
♣
La carne de cerdo es una carne versátil y, sin dudas, una de las que menos comemos. Tal el caso del lomo de cerdo, una carne magra que perfectamente se puede hacer a la parrilla. Quizás sea por miedo o por costumbre, pero son muchos los que creen que se precisan técnicas y tiempos particulares para prepararlo; y esto no es así. Asar correctamente el lomo de cerdo no es tarea difícil y ayuda a que pueda conservar sus jugos, cosa importante, ya que la carne se endurece y seca con mucha facilidad. Además, si la aliñamos con una variedad de condimentos, lograremos una carne bien preparada que nos puede servir tanto sea para comer al plato, para preparar unos ricos sándwiches, o bien hacer un lomo de cerdo envuelto en tocino.
Preparar el lomo de cerdo a la parrilla hará feliz a toda nuestra familia; todo es cuestión de saber buscar las recetas adecuadas y tener buena voluntad y tiempo para la cocción. Una cosa sí es cierta, unos deliciosos sándwiches de lomo de cerdo adobado, es una buena entrada, o “previa”, para el asado entre amigos.
Para asar a la carne de cerdo es recomendable cocinarla a medio fuego; así, de esta manera, se podrá cocinar adecuadamente toda la pieza sin que pierda el sabor, jugosa y quede tierna.
Una nota de color referida al punto de cocinado: cuando comienza a aparecer el jugo por la cara superior de la pieza, quiere decir que la carne ya está cocinada en su punto.
Si preparamos un rico adobo se obtendrán unas carnes de cerdo a la parrilla más deliciosas y sabrosas; aunque están aquellos que gustan agregarle a la carne un poco de limón, o de lima, durante la cocción, en lugar de condimentarla.
La siguiente receta resulta de baja dificultad, poco picante, bajo costo y sin necesidad de cocción previa.
Ingredientes:
4 dientes de ajo grandes
1 Jugo de limón (el jugo de un limón)
1 cucharada de vinagre de vino
2 cucharadas de aceite de oliva o pepita de uva
1 Ají verde, como opción
Sal, pimienta y orégano a gusto
Preparación:
Se vierte el jugo de limón al bol de una procesadora de alimentos y se añaden los dientes de ajos ya pelados y quitado el brote central de los mismos. Se agrega la sal y pimienta al gusto (la pimienta puede ser negra en granos o mistura molida). El siguiente paso es añadir el aceite de oliva (como opción aceite de uva). Finalmente agregar el orégano en cantidad al gusto. Se procesar todo junto hasta que se forme un caldo a salsita para distribuir por encima de la carne de cerdo**. Se la deja reposar unas 6 a 8 horas. Y así, transcurrido ese tiempo, la carne bien sazonada está lista para asarla a la parrilla.
** Si queremos agregar el ají a nuestro aderezo, el mismo se debe cortar en trozos pequeños e incorporarlos a la preparación.
Si resultó agradable este adobo para carne cerdo a la parrilla, es posible hacer otros también sabrosos a base de miel y la mostaza que, combinándolas con jugo de naranja y vinagre de manzana, logramos un adobo agridulce que resulta perfecto para pintar a la carne de cerdo.
A modo de cierre podemos decir que la carne de cerdo resulta ideal para asarla a la parrilla y su sabor, combina muy bien con la mostaza, la pimienta verde, el tomillo; o bien con sabores exóticos con toques asiáticos.
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 22, 2020
Animales de Chernobyl
♣
Los efectos de la explosión radiactiva en la central nuclear de Chernobyl el 26 de abril de 1986 devastó el medio ambiente. Alrededor de la planta y en la cercana ciudad de Pripyat en Ucrania, la radiación del desastre de Chernobyl provocó que las hojas de miles de árboles se pusieran de color óxido, dando un nuevo nombre a los bosques circundantes: el Bosque Rojo. Los trabajadores eventualmente arrasaron y enterraron los árboles radiactivos. A los escuadrones de reclutas soviéticos también se les ordenó disparar a cualquier animal callejero dentro de la zona de exclusión de Chernobyl (1000 millas cuadradas). Aunque los expertos de hoy creen que partes de la zona seguirán siendo inseguras para los humanos durante otros 20,000 años, numerosas especies animales y vegetales no solo sobrevivieron, sino que prosperaron.
Los guías turísticos les dicen a los visitantes que no acaricien a los animales de Chernobyl debido a posibles partículas radiactivas en su pelaje, pero algunos biólogos se han sorprendido de que la incidencia de mutaciones físicas parezca menor de lo que hubiera sugerido la explosión de radiación. Se han registrado algunas rarezas dentro del área, como el albinismo parcial entre las golondrinas de granero, pero los investigadores creen que las mutaciones graves ocurrieron principalmente después de la explosión. Los animales salvajes de hoy en día lucen su número normal de extremidades y no brillan.
A diferencia de los grandes carnívoros y otra gran fauna, los insectos y las arañas han visto una gran caída en su número. Un estudio de 2009 en Biology Letters indicó que mientras más radiación haya en ciertos lugares alrededor del área del desastre de Chernobyl, menor será la población de invertebrados. Un fenómeno similar ocurrió después del accidente nuclear de 2011 en la
central nuclear de Fukushima. Las poblaciones de aves, cigarras y mariposas disminuyeron, mientras que otras poblaciones de animales no se vieron afectadas.
Puede que no haya vacas de tres cabezas deambulando, pero los científicos han notado cambios genéticos significativos en los organismos afectados por el desastre. Según un estudio de 2001 en Biological Conservation, las mutaciones genéticas causadas por Chernobyl en plantas y animales aumentaron en un factor de 20. Entre las aves reproductoras de la región, las especies raras sufrieron efectos desproporcionados por la radiación de la explosión en comparación con las especies comunes. Se necesita más investigación para comprender cómo el aumento de las mutaciones afecta las tasas reproductivas de las especies, el tamaño de la población, la diversidad genética y otros factores de supervivencia.
El desastre de Chernobyl presenta un experimento involuntario de cómo sería la Tierra sin humanos. La caza es estrictamente ilegal y no se recomienda vivir dentro de la zona de exclusión de Chernobyl. Cuantos menos humanos haya, más la naturaleza puede restablecerse sin verse afectada por la actividad humana. Una reserva natural oficial creada recientemente en el lado bielorruso de la zona afirma ser “el mayor experimento de reconstrucción de Europa”, donde los animales están perdiendo el miedo a los humanos. De hecho, algunas especies viven mejor dentro de la zona de exclusión de Chernobyl que fuera de ella. Se descubrió que los lobos eran siete veces más abundantes en las instalaciones que en otras áreas no radiactivas. Se descubrió que los alces, corzos, ciervos rojos y jabalíes tenían números similares dentro de la zona en comparación con los de tres reservas
naturales no contaminadas en Bielorrusia.
Los ecologistas británicos Mike Wood y Nick Beresford, que se especializan en estudiar los efectos de la radiación en la vida silvestre de Chernobyl, observaron que el caballo de Przewalski, una especie salvaje en peligro de extinción que se originó en Mongolia, está prosperando dentro de la zona dontaminada. A fines de la década de 1990, unos 30 caballos de Przewalski fueron liberados en el lado ucraniano de la zona. Wood estimó que algunos de los caballos originales (identificados por las marcas de sus marcas) todavía están vivos. Las fotos de caballos y potros juveniles también indicaron que la población se está expandiendo.
Cientos de perros, los descendientes de perros abandonados por sus dueños durante la evacuación del sitio el 27 de abril de 1986, han hecho del área desolada su hogar. Hasta 2018, era ilegal sacar a cualquier animal de la zona debido al riesgo de contaminación por radiación. Pero ahora, los cachorros libres de radiación tienen la oportunidad de encontrar sus hogares para siempre. Encabezado por Clean Futures Fund y SPCA International, el programa de gestión y adopción garantiza que los perros callejeros sean esterilizados, castrados y vacunados para que estén sanos y listos para la adopción.
Fuentes: Wormwood Forest de Mary Mycio . Chernobyl, a story de Hattu Chen
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 22, 2020
Lo Más Visto ♣ Mayo 21, 2020
☻
Las noticias más leídas en PrisioneroEnArgentina.com. Las más comentadas, las más polémicas. De que está la gente hablando…
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 21, 2020
Lula da Silva: “Es bueno que la naturaleza haya creado este monstruo llamado coronavirus”
♠
Parte de la ideología, Luiz Inácio Lula da Silva, conocido popularmente como Lula, el político brasileño y ex líder sindical que se desempeñó como el 35º presidente de Brasil desde el 1 de enero de 2003 hasta el 31 de diciembre de 2010, expresó que “Es bueno que la naturaleza haya creado este monstruo llamado coronavirus”.
[ezcol_3fifth]“Es bueno que la naturaleza, en contra de la voluntad de la humanidad, haya creado este monstruo llamado coronavirus porque este monstruo está permitiendo a los ciegos ver que sólo el Estado es capaz de dar soluciones a ciertas crisis. Esta crisis del coronavirus sólo el Estado puede resolverla”
De todas maneras, el ex presidente de Brasil trató de enmendarse declarando que:
“Usé una frase totalmente desafortunada, una frase que no cabía. Y si alguna persona se sintió ofendida, la palabra ‘lo siento’ fue hecha para que la usáramos con gran humildad. Si alguno de los 200 millones de brasileños se ofendió, me disculpo. Conozco el sufrimiento que causa la pandemia, el dolor de tener familiares enterrados sin poder acompañarlos”
[/ezcol_3fifth] [ezcol_2fifth_end]Media error: Format(s) not supported or source(s) not found
Download File: https://prisioneroenargentina.com/wp-content/uploads/2020/05/corona-VIDEO-2020-05-20-19-24-11.mp4?_=1La nación sudamericana suma 271.628 contagios, con más de 18,000 muertes, según el último balance oficial, solo por detrás de Estados Unidos y Rusia.
Desear la muerte, utilizar la enfermedad para arañar el poder nuevamente, damas y caballeros… Luiz Inácio Lula da Silva.
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 21, 2020
Inventora, actríz, provocadora
♠
Pero lo que pocos sabían en la época era que Lamarr también tenía una mente prodigiosa para los inventos y algunos de sus descubrimientos han terminado siendo piezas clave de tecnologías que hoy usamos a diario como el Bluetooth, el WiFi o el GPS.
Lamarr fue una inventora autodidacta. No tuvo nunca educación formal como ingeniera y desde muy joven decidió que su carrera principal sería el mundo del espectáculo. Asistió a clases en la academia berlinesa del director Max Reinhardt y comenzó a actuar con 16 años bajo su auténtico nombre, Hedy Kiesler.
A los 18 años tuvo su primer papel importante como protagonista de la película checa Ecstasy, un film con alto contenido erótico en el que la actriz aparecía completamente desnuda.
Su primer matrimonio la alejó temporalmente de la pantalla. Se casó con el fabricante de armas austriaco Fritz Mandl, 30 años mayor que ella. Mandl era un proveedor de armas y municiones de los regímenes fascistas de Alemania e Italia.
[ezcol_1half]Lamarr comenzó a sentirse triste y desencantada por el exceso de control que ejercía en su vida -fue su esposo quien le obligó a dejar de actuar- y sus amistades con Hitler y Mussolini, decidió abandonar a Mandl.
Se disfrazó como una de las asistentes domésticas para escapar de su casa y se fue a Londres para conocer en persona al productor norteamericano Louis B. Mayer, a quien convenció para darle un contrato con la MGM. En EE.UU. cambió su apellido por el de Lamarr en honor a la actriz de cine mudo Barbara La Marr.
[/ezcol_1half] [ezcol_1half_end] [/ezcol_1half_end]Su primera película en EE.UU., Algiers fue un gran éxito y convirtió a Lamarr en una de las estrellas más conocidas y demandas de Hollywood. En los años sucesivos participó en varias superproducciones como Boom Town o La Dama de los Trópicos.
El estallido de la segunda guerra mundial, sin embargo, reavivó su interés por la ingeniería. Lamarr tenía un talento innato para las matemáticas y la física y una enorme creatividad para resolver problemas complejos. Fue ella, por ejemplo, la que dio a Howard Hughes -gran amigo y amante- la idea de evolucionar el diseño de las alas de los aviones, añadiendo curvas y una forma más aerodinámica inspirada en el cuerpo de los peces y las aves.
Lamarr trabajó en ideas tan dispares como nuevas señales de tráfico o pastillas para transformar el agua en refrescos, pero su invento más importante fue un sistema de transmisión de radio con saltos de frecuencia, diseñado para evitar que la señal de control de los torpedos pudieran ser interferida.
Se le ocurrió durante una charla con su vecino de Hollywood, el compositor George Antheil, en el verano de 1940. La idea de una comunicación a través de una frecuencia en constante cambio sincronizada entre emisor y receptor había pasado por la cabeza de algunos inventores y científicos en el pasado, como Nikola Tesla, pero ninguno había sido capaz de crear un dispositivo capaz de hacerla realidad. Uniendo la experiencia de Antheil en el uso de pianos sincronizados para sus composiciones y el genio matemático de Lamarr, ambos crearon un mecanismo similar a los rollos de pianista que sincronizaba los cambios de emisor y receptor entre 88 frecuencias. Presentaron su aplicación a la oficina de patentes el 10 de junio de 1941, y la patente fue otorgada el 11 de agosto de 1942.
Lamarr cedió la patente a la armada estadounidense con la esperanza de que se usase para crear torpedos que los alemanes no fueran capaces de detener, pero los responsables del ejército concluyeron que el invento resultaba demasiado voluminoso como
para ser práctico. Lamarr se había adelantado a su época. El descubrimiento de los transistores a finales de la década de los 40 cambió las cosas y el dispositivo actualizado y en un tamaño más compacto se usó finalmente en 1962 durante la Crisis de los Misiles en Cuba.
La idea de Lamarr de usar frecuencias siempre cambiantes para evitar interferencias ha terminado siendo una pieza clave de muchas de las tecnologías de radio que usamos hoy en día, como las conexiones Bluetooth y WiFi, que utilizan esta técnica para evitar interferencias producidas por otros dispositivos cercanos.
El papel y la importancia de la actriz como inventora fue finalmente reconocido en 1997 por la Electronic Frontier Foundation pero el reconocimiento llegó tarde. Aunque Lamarr falleció tres años después, en 1997 vivía recluida en su casa de Florida y rechazó acudir a la entrega del premio, prefiriendo enviar una grabación de agradecimiento.
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 21, 2020
Venezuela intenta obligar al Banco de Inglaterra a entregar mil millones de dólares en oro
♣
El banco central de Venezuela lanzó un reclamo legal en un esfuerzo por obligar al Banco de Inglaterra a entregar £ 830 millones ($ 1.02 mil millones) del oro del país que posee.
Un documento presentado en un tribunal de Londres sigue a una solicitud que Caracas hizo al Banco de Inglaterra en abril para vender parte de sus reservas de oro allí y enviar las ganancias a las Naciones Unidas.
Venezuela dice que quiere usar el oro para recaudar efectivo para financiar su respuesta al coronavirus, en medio de las sanciones de Estados Unidos.
El colapso de los precios mundiales del petróleo y las medidas de cuarentena diseñadas para sofocar el brote de COVID-19 han paralizado aún más la economía del país bajo la presidencia de Nicolás Maduro, cuyo liderazgo no es reconocido por docenas de naciones, incluidos el Reino Unido y los Estados Unidos.
Presentado en un tribunal comercial y fechado el 14 de mayo, el reclamo dice que el banco central venezolano “busca una orden que requiera que el Banco de Inglaterra cumpla con la instrucción propuesta”.
Una vez transferidos al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, los fondos se utilizarían para comprar equipos de salud, medicamentos y alimentos para abordar la “emergencia COVID-19” de Venezuela.
“El arrastre del Banco de Inglaterra está obstaculizando críticamente a Venezuela y los esfuerzos de la ONU para combatir COVID-19 en el país”, dijo en un comunicado Sarosh Zaiwalla, un abogado con sede en Londres que representa al banco central del país.
El banco ofrece servicios de custodia de oro a muchos países en desarrollo.
Venezuela ha registrado un total de 749 casos de coronavirus y 10 muertes, pero los trabajadores de salud dicen que el casi arruinado sistema médico del país podría ser desbordado si el brote empeora allí.
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 21, 2020
EL VACÍO: UN CLÁSICO INFALTABLE EN LAS PARRILLAS DE ARGENTINA
♣
Precisamente y para conocimiento de muchos, el costillar de res fue llamado “asado” por su función; porque era, y es, una parte que terminaba, y termina asada. Era el corte para ser “asado”. En las parrilladas, su compañero indiscutible es el vacío, que se denominó así porque era el corte de carne ”vacío” de hueso. Y cuando de carnes sin hueso hablamos, el vacío entero es el corte más usado para poner sobre la parrilla. Es la parte de la panza del animal, y es una pieza preferida para la parrilla, como también al horno. Es un corte sin hueso del cuarto delantero, que parte de la última costilla hasta el cuarto trasero. Tiene una justa cantidad de grasa y por encima una pequeña capa de cuero. Se lo puede identificar por su forma triangular y, si apelamos a nuestra imaginación, podemos darle similitud a un pico o bien, si se quiere, a una garra.
En Estados Unidos, al vacío se lo conoce como “thin flank”. En México es “aldilla” o “falda”, en Venezuela “cesina” o “falda”, en Chile “tapa barriga”, en Perú “malaya” o “falda”, en Ecuador es “falda vacío”, en Colombia, Panamá, Costa Rica y Uruguay es “falda”.
Cuando compramos vacío, debemos recordar que el tamaño normal de este corte sería entre 1.5 kg y 2.5 kg, lo que alcanzaría en promedio, basándonos en la regla de 1/2 kg por persona, para 3 o 4 comensales. El color de esta pieza debe ser de un rojo digamos tipo cereza, o sea ni muy claro ni muy oscuro; su grasa blanca y no amarillenta. Si tenemos la posibilidad de tocarlo, al tacto la carne se debe sentir húmeda y no pastosa. Prestemos atención a que si nos ofrecen un corte de 2.5kg, se trata de un animal grande y, por lo tanto, llevaría a que posiblemente, luego de cocido, no nos salga tan tierno.
El vacío es un corte clásico de toda parrilla. Si lo debe preparar con paciencia, dedicándole el tiempo necesario, no pasándonos con el fuego y otros puntos. Se lo recomienda ubicar primero del lado de la membrana que protege a la carne.
Cuando llegue el momento de llevarlo a la parrilla, hay algunas cosas que debemos tener en cuenta. Como primera medida debemos asegurarnos que la parrilla ya debería estar caliente, con cantidad de brasas distribuida uniformemente, de modo que no se arrebate y en estas condiciones colocamos la pieza bien estirada del lado del cuero hacia abajo. La cocción se hace a fuego moderado durante unos 30 a 40 minutos. Luego podemos darlo vuelta, tomándolo con una pinza parrillera, evitando pinchar para que no se pierdan los jugos que hace sabroso a este corte; lo dejamos en esta posición más o menos unos 20 minutos, dependiendo este lapso del grosor que tenga el vacío que estamos cocinando.
Al ser carne sin hueso y con un porcentaje medio/alta de grasa, al cocerlo lentamente se logra que se desgrase y así tiernizar su carne.
Se suele sacar a punto para que resulte tierno y jugoso y, cuando esté listo, usemos una tabla de madera, y cortamos en loncha de aproximadamente unos 2 cm de ancho.
Respecto del tema de salar la carne, tema de discusión, algunos la salan antes de colocarla sobre la parrilla, y están los otros que agregan sal una vez cocinada. Sobre la primera opción no se recomienda, pues la sal deshidrata a la carne. O sea, lo ideal sería que, cuando el vacío está en la parrilla y comenzó a cocinarse, en ese momento agregar. En fin, gustos son gustos, y distintos los puntos de vista; lo que sí, cada uno debe buscarle la vuelta a su gusto y probar las diferentes formas.
¿Cómo hacer un vacío entero a la parrilla?
Ingredientes para el vacío a la parrilla
Con esta pieza nos aseguramos unas 8 a 10 porciones con un tiempo de cocedura de aproximadamente una hora aproximadamente. Es ésta la típica receta de carne asada de baja dificultad.
Preparación de un vacío entero
Al vacío entero a la parrilla también se lo puede acompañar con tomates a la provenzal. Eso sí, sea como sea la forma en que se lo coma, el vacío será completamente apetitoso por tratarse de una carne sabrosa.
Vacío al horno con papas
Ingredientes para el vacío al horno (para 4 o 5 porciones)
A continuación los pasos a seguir para la elaboración.
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 21, 2020
Nación Navajo
♣
La Nación Navajo es actualmente el espacio habitado que más casos de coronavirus tiene por cápita en el país.
El número de contagios allí, en comparación con su población, está por encima de Nueva York y Nueva Jersey y es superior, incluso, al número total de contagios de países enteros.
Hasta este lunes unos 4.000 navajos se habían contagiado y más de 170 habían muerto de covid-19.
“Aquí hay gente que ha perdido padre, madre, hermano en solo un par de semanas. Nos está golpeando fuerte, muy fuerte”, lamenta uno miembro de los nativos.
Si la nación navajo fuera un país, tendría tres veces el tamaño de El Salvador. Si fuera una isla, en ella cabrían apretados Haití y República Dominicana.
Es la reserva india que mayor superficie ocupa en Estados Unidos: cubre áreas de tres estados (Arizona, Utah y Nuevo México), aunque es solo una parte de las tierras que un día tuvieron y de las que les despojó el gobierno de EE.UU.
Actualmente solo viven en ella unas 170.000 personas, descendientes de uno de los grandes pueblos originarios del Lejano Oeste.
Aunque viven de la minería o de los hoteles y casinos, como muchas otras reservas indias, los navajos también sufren un elevado índice de pobreza, abuso de sustancias, violencia sexual, bajos niveles de educación, desempleo, servicios de salud deficientes y viviendas precarias. De hecho, según varios estudios, si se consideraran un estado, serían el más pobre de todo EE.UU.
Datos del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano indican que más de un tercio de los hogares Navajo están sobrepoblados o carecen de agua, inodoro, electricidad, calefacción, refrigeradores u otras necesidades básicas.
Es también la reserva india más tóxica: alberga 521 minas de uranio abandonadas, cuatro procesadores inactivos de ese metal y más de 1.100 sitios de desechos radioactivos que han contaminado el agua, de acuerdo con investigaciones de la Agencia de Protección Ambiental.
En cuanto a los contagios por coronavirus, al parecer, todo comenzó con una celebración religiosa.
Los navajos, que tienen sus ritos ancestrales, también se han visto influidos por congregaciones evangélicas que les prometen una mejor vida tras los numerosos sufrimientos en el reino de este mundo. Al parecer, estos evengelistas no solo no cumplen sus promesas, sino que empeoran su nivel de vida. Colón, los resfríos europeos y los espejitos de coloros, de vuelta. Varias personas de diferentes lugares se reunieron a mediados de marzo para un culto en la comunidad de Chilchinbeto, en Arizona.
Alguien enfermo con covid-19 también estuvo allí para cantar alabanzas y desde entonces, la enfermedad se ha esparcido por toda la reserva como una maldición.
“Creo que la forma en la que la enfermedad se ha diseminado tan rápido allí tiene que ver con las propias condiciones en las que viven las comunidades”, expresa la doctora Carolina Batista, que acudió a prestar ayuda a la reserva como parte de un equipo de Médicos Sin Fronteras.
La doctora señala que la falta de acceso al agua potable, el hecho de que muchas generaciones convivan en la misma vivienda y la escasa infraestructura médica dentro de la comunidad son algunos de los factores que explican los terribles números del covid-19 en la reserva.
“En estas comunidades a veces tienen cuatro generaciones en la misma casa, por lo que si uno se enferma, los demás miembros de la familia también lo harán”, señala.
“Los hospitales son escasos y carentes de recursosy de personal, pero además, ¿cómo puedes implementar la básica y elemental medida de lavarte las manos cuando no tienes agua corriente?”, agrega la médica oriunda de Brasil.
Batista, que como parte de su trabajo ha estado en alguna de las naciones más pobres del mundo en medio de crisis humanitarias, asegura que la Nación Navajo tiene muchos de los problemas que Médicos Sin Fronteras ve en muchos de los países en los que colabora.
“Lo que muchos no se esperarían es que circunstancias que son frecuentes en naciones de África o naciones pobres de Asia o América Latina incluso países como Brasil, Colombia y Argentina también puedan encontrarse en el país más desarrollado del mundo”, dice.
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 21, 2020
El ladrón de cadáveres
♠
Todas las noches del año nos sentábamos los cuatro en el pequeño reservado de la posada George en Debenham: el empresario de pompas fúnebres, el dueño, Fettes y yo. A veces había más gente; pero tanto si hacía viento como si no, tanto si llovía como si nevaba o caía una helada, los cuatro, llegado el momento, nos instalábamos en nuestros respectivos sillones. Fettes era un viejo escocés muy dado a la bebida; culto, sin duda, y también acomodado, porque vivía sin hacer nada. Había llegado a Debenham años atrás, todavía joven, y por la simple permanencia se había convertido en hijo adoptivo del pueblo. Su capa azul de camelote era una antigüedad, igual que la torre de la iglesia. Su sitio fijo en el reservado de la posada, su conspicua ausencia de la iglesia y sus vicios vergonzosos eran cosas de todos sabidas en Debenham. Mantenía algunas opiniones vagamente radicales y cierto pasajero escepticismo religioso que sacaba a relucir periódicamente, dando énfasis a sus palabras con imprecisos manotazos sobre la mesa. Bebía ron: cinco vasos todas las veladas; y durante la mayor parte de su diaria visita a la posada permanecía en un estado de melancólico estupor alcohólico, siempre con el vaso de ron en la mano derecha. Le llamábamos el doctor, porque se le atribuían ciertos conocimientos de medicina y en casos de emergencia había sido capaz de entablillar una fractura o reducir una luxación, pero, al margen de estos pocos detalles, carecíamos de información sobre su personalidad y antecedentes.
Una oscura noche de invierno —habían dado las nueve algo antes de que el dueño se reuniera con nosotros— fuimos informados de que un gran terrateniente de los alrededores se había puesto enfermo en la posada, atacado de apoplejía, cuando iba de camino hacia Londres y el Parlamento; y por telégrafo se había solicitado la presencia, a la cabecera del gran hombre, de su médico de la capital, personaje todavía más famoso. Era la primera vez que pasaba una cosa así en Debenham (hacía muy poco tiempo que se había inaugurado el ferrocarril) y todos estábamos convenientemente impresionados.
—Ya ha llegado —dijo el dueño, después de llenar y de encender la pipa.
—¿Quién? —dije yo—. ¿No querrá usted decir el médico?
—Precisamente —contestó nuestro posadero.
—¿Cómo se llama?
—Doctor Macfarlane —dijo el dueño.
—Sí —dijo el dueño— así se llama: doctor Wolfe Macfarlane.
Fettes se serenó inmediatamente; sus ojos se aclararon, su voz se hizo más firme y sus palabras más vigorosas. Todos nos quedamos muy sorprendidos ante aquella transformación, porque era como si un hombre hubiera resucitado de entre los muertos.
—Les ruego que me disculpen —dijo—; mucho me temo que no prestaba atención a sus palabras. ¿Quién es ese tal Wolfe Macfarlane?
Y añadió, después de oír las explicaciones del dueño:
—No puede ser, claro que no; y, sin embargo, me gustaría ver a ese hombre cara a cara.
—¿Le conoce usted, doctor? —preguntó boquiabierto el empresario de pompas fúnebres.
—¡Dios no lo quiera! —fue la respuesta—. Y, sin embargo, el nombre no es nada corriente, sería demasiado imaginar que hubiera dos. Dígame, posadero, ¿se trata de un hombre viejo?
—No es un hombre joven, desde luego, y tiene el pelo blanco; pero sí parece más joven que usted.
—Es mayor que yo, sin embargo; varios años mayor. Pero —dando un manotazo sobre la mesa—, es el ron lo que ve usted en mi cara; el ron y mis pecados. Este hombre quizá tenga una conciencia más fácil de contentar y haga bien las digestiones. ¡Conciencia! ¡De qué cosas me atrevo a hablar! Se imaginarán ustedes que he sido un buen cristiano, ¿no es cierto? Pues no, yo no; nunca me ha dado por la hipocresía. Quizá Voltaire habría cambiado si se hubiera visto en mi caso; pero, aunque mi cerebro —y procedió a darse un manotazo sobre la calva cabeza—, aunque mi cerebro funcionaba perfectamente, no saqué ninguna conclusión de las cosas que vi.
—Si este doctor es la persona que usted conoce —me aventuré a apuntar, después de una pausa bastante penosa—, ¿debemos deducir que no comparte la buena opinión del posadero?
Fettes no me hizo el menor caso.
—Sí —dijo, con repentina firmeza—, tengo que verlo cara a cara.
Se produjo otra pausa; luego una puerta se cerró con cierta violencia en el primer piso y se oyeron pasos en la escalera.
—Es el doctor —exclamó el dueño—. Si se da prisa podrá alcanzarle.
No había más que dos pasos desde el pequeño reservado a la puerta de la vieja posada George; la ancha escalera de roble terminaba casi en la calle; entre el umbral y el último peldaño no había sitio más que para una alfombra turca; pero este espacio tan reducido quedaba brillantemente iluminado todas las noches, no solo gracias a la luz de la escalera y al gran farol debajo del nombre de la posada, sino también debido al cálido resplandor que salía por la ventana de la cantina. La posada llamaba así convenientemente la atención de los que cruzaban por la calle en las frías noches de invierno. Fettes se llegó sin vacilaciones hasta el diminuto vestíbulo y los demás, quedándonos un tanto retrasados, nos dispusimos a presenciar el encuentro entre aquellos dos hombres, encuentro que uno de ellos había definido como «cara a cara». El doctor Macfarlane era un hombre despierto y vigoroso. Sus cabellos blancos servían para resaltar la calma y la palidez de su rostro, nada desprovisto de energía por otra parte. Iba elegantemente vestido con el mejor velarte y la más fina holanda, y lucía una gruesa cadena de oro para el reloj y gemelos y anteojos del mismo metal precioso. La corbata, ancha y con muchos pliegues, era blanca con lunares de color lila, y llevaba al brazo un abrigo de pieles para defenderse del frío durante el viaje. No hay duda de que lograba dar dignidad a sus años envuelto en aquella atmósfera de riqueza y respetabilidad; y no dejaba de ser todo un contraste sorprendente ver a nuestro borrachín —calvo, sucio, lleno de granos y arropado en su vieja capa azul de camelote— enfrentarse con él al pie de la escalera.
—¡Macfarlane! —dijo con voz resonante, más propia de un heraldo que de un amigo.
El gran doctor se detuvo bruscamente en el cuarto escalón, como si la familiaridad de aquel saludo sorprendiera y en cierto modo ofendiera su dignidad.
—¡Toddy Macfarlane! —repitió Fettes.
El londinense casi se tambaleó. Lanzó una mirada rapidísima al hombre que tenía delante, volvió hacia atrás unos ojos atemorizados y luego susurró con voz llena de sorpresa:
—¡Fettes! ¡Tú!
—¡Yo, sí! —dijo el otro—. ¿Creías que también yo estaba muerto? No resulta tan fácil dar por terminada nuestra relación.
—¡Calla, por favor! —exclamó el ilustre médico—. ¡Calla! Este encuentro es tan inesperado… Ya veo que te has ofendido. Confieso que al principio casi no te había conocido; pero me alegro mucho… me alegro mucho de tener esta oportunidad. Hoy solo vamos a poder decirnos hola y hasta la vista; me espera el calesín y tengo que coger el tren; pero debes… veamos, sí… debes darme tu dirección y te aseguro que tendrás muy pronto noticias mías. Hemos de hacer algo por ti, Fettes. Mucho me temo que estás algo apurado; pero ya nos ocuparemos de eso «en recuerdo de los viejos tiempos», como solíamos cantar durante nuestras cenas.
—¡Dinero! —exclamó Fettes—. ¡Dinero tuyo! El dinero que me diste estará todavía donde lo arrojé aquella noche de lluvia.
Hablando, el doctor Macfarlane había conseguido recobrar un cierto grado de superioridad y confianza en sí mismo, pero la desacostumbrada energía de aquella negativa lo sumió de nuevo en su primitiva confusión. Una horrible expresión atravesó por un momento sus facciones casi venerables.
—Mi querido amigo —dijo—, haz como gustes; nada más lejos de mi intención que ofenderte. No quisiera entrometerme. Pero sí que te dejaré mi dirección…
—No me la des… No deseo saber cuál es el techo que te cobija —le interrumpió el otro—. Oí tu nombre; temí que fueras tú; quería saber si, después de todo, existe un Dios; ahora ya sé que no. ¡Sal de aquí!
Pero Fettes seguía en el centro de la alfombra, entre la escalera y la puerta; y para escapar, el gran médico londinense iba a verse obligado a dar un rodeo. Estaban claras sus vacilaciones ante lo que a todas luces consideraba una humillación. A pesar de su palidez, había un brillo amenazador en sus anteojos; pero, mientras seguía sin decidirse, se dio cuenta de que el cochero de su calesín contemplaba con interés desde la calle aquella escena tan poco común y advirtió también cómo le mirábamos nosotros, los del pequeño grupo del reservado, apelotonados en el rincón más próximo a la cantina. La presencia de tantos testigos le decidió a emprender la huida. Pasó pegado a la pared y luego se dirigió hacia la puerta con la velocidad de una serpiente. Pero sus dificultades no habían terminado aún, porque antes de salir Fettes le agarró del brazo y, de sus labios, aunque en un susurro, salieron con toda claridad estas palabras:
—¿Has vuelto a verlo?
El famoso doctor londinense dejó escapar un grito ahogado, dio un empujón al que así le interrogaba y con las manos sobre la cabeza huyó como un ladrón cogido in fraganti. Antes de que a ninguno de nosotros se nos ocurriera hacer el menor movimiento, el calesín traqueteaba ya camino de la estación La escena había terminado como podría hacerlo un sueño; pero aquel sueño había dejado pruebas y rastros de su paso. Al día siguiente la criada encontró los anteojos de oro en el umbral, rotos, y aquella noche todos permanecimos en pie, sin aliento, junto a la ventana de la cantina, con Fettes a nuestro lado, sereno, pálido y con aire decidido.
—¡Que Dios nos tenga de su mano, señor Fettes! —dijo el posadero, al ser el primero en recobrar el normal uso de sus sentidos—. ¿A qué obedece todo esto? Son cosas bien extrañas las que usted ha dicho…
Fettes se volvió hacia nosotros; nos fue mirando a la cara sucesivamente.
—Procuren tener la lengua quieta —dijo—. Es arriesgado enfrentarse con el tal Macfarlane; los que lo han hecho se han arrepentido demasiado tarde.
Después, sin terminarse el tercer vaso, ni mucho menos quedarse para consumir los otros dos, nos dijo adiós y se perdió en la oscuridad de la noche después de pasar bajo la lámpara de la posada.
Nosotros tres regresamos a los sillones del reservado, con un buen fuego y cuatro velas recién empezadas; y, a medida que recapitulábamos lo sucedido, el primer escalofrío de nuestra sorpresa se convirtió muy pronto en hormiguillo de curiosidad. Nos quedamos allí hasta muy tarde; no recuerdo ninguna otra noche en la que se prolongara tanto la tertulia. Antes de separarnos, cada uno tenía una teoría que se había comprometido a probar, y no había para nosotros asunto más urgente en este mundo que rastrear el pasado de nuestro misterioso contertulio y descubrir el secreto que compartía con el famoso doctor londinense. No es un gran motivo de vanagloria, pero creo que me di mejor maña que mis compañeros para desvelar la historia; y quizá no haya en estos momentos otro ser vivo que pueda narrarles a ustedes aquellos monstruosos y abominables sucesos.
Debido a este empleo, el cuidado del anfiteatro y del aula recaía de manera particular sobre los hombros de Fettes. Era responsable de la limpieza de los locales y del comportamiento de los otros estudiantes y también constituía parte de su deber proporcionar, recibir y dividir los diferentes cadáveres. Con vistas a esta última ocupación —en aquella época asunto muy delicado—, el señor K hizo que se alojase primero en el mismo callejón y más adelante en el mismo edificio donde estaban instaladas las salas de disección. Allí, después de una noche de turbulentos placeres, con la mano todavía temblorosa y la vista nublada, tenía que abandonar la cama en la oscuridad de las horas que preceden a los amaneceres invernales, para entenderse con los sucios y desesperados traficantes que abastecían las mesas. Tenía que abrir la puerta a aquellos hombres que después han alcanzado tan terrible reputación en todo el país. Tenía que recoger su trágico cargamento, pagarles el sórdido precio convenido y quedarse solo, al marcharse los otros, con aquellos desagradables despojos de humanidad. Terminada tal escena, Fettes volvía a adormilarse por espacio de una o dos horas para reparar así los abusos de la noche y refrescarse un tanto para los trabajos del día siguiente.
Pocos muchachos podrían haberse mostrado más insensibles a las impresiones de una vida pasada de esta manera bajo los emblemas de la moralidad. Su mente estaba impermeabilizada contra cualquier consideración de carácter general. Era incapaz de sentir interés por el destino y los reveses de fortuna de cualquier otra persona, esclavo total de sus propios deseos y rastreras ambiciones. Frío, superficial y egoísta en última instancia, no carecía de ese mínimo de prudencia, a la que se da equivocadamente el nombre de moralidad, que mantiene a un hombre alejado de borracheras inconvenientes o latrocinios castigables. Como Fettes deseaba además que sus maestros y condiscípulos tuvieran de él una buena opinión, se esforzaba en guardar las apariencias. Decidió también destacar en sus estudios y día tras día servía a su patrón impecablemente en las cosas más visibles y que más podían reforzar su reputación de buen estudiante. Para indemnizarse de sus días de trabajo, se entregaba por las noches a placeres ruidosos y desvergonzados; y cuando los dos platillos se equilibraban, el órgano al que Fettes llamaba su conciencia se declaraba satisfecho.
La obtención de cadáveres era continua causa de dificultades tanto para él como para su patrón. En aquella clase con tantos alumnos y en la que se trabajaba mucho, la materia prima de las disecciones estaba siempre a punto de acabarse; y las transacciones que esta situación hacía necesarias no solo eran desagradables en sí mismas, sino que podían tener consecuencias muy peligrosas para todos los implicados. La norma del señor K era no hacer preguntas en el trato con los de la profesión. «Ellos consiguen el cuerpo y nosotros pagamos el precio», solía decir, recalcando la aliteración; «quid pro quo». Y de nuevo, y con cierto cinismo, les repetía a sus asistentes que «No hicieran preguntas por razones de conciencia.»
No es que se diera por sentado implícitamente que los cadáveres se conseguían mediante el asesinato. Si tal idea se le hubiera formulado mediante palabras, el señor K se habría horrorizado; pero su frívola manera de hablar tratándose de un problema tan serio era, en sí misma, una ofensa contra las normas más elementales de la responsabilidad social y una tentación ofrecida a los hombres con los que negociaba. Fettes, por ejemplo no había dejado de advertir que, con frecuencia, los cuerpos que le llevaban habían perdido la vida muy pocas horas antes. También le sorprendía una y otra vez el aspecto abominable y los movimientos solapados de los rufianes que llamaban a su puerta antes del alba; y, atando cabos para sus adentros, quizá atribuía un significado demasiado inmoral y demasiado categórico a las imprudentes advertencias de su maestro. En resumen: Fettes entendía que su deber constaba de tres apartados: aceptar lo que le traían, pagar el precio y pasar por alto cualquier indicio de un posible crimen.
Una mañana de noviembre esta consigna de silencio se vio duramente puesta a prueba. Fettes, después de pasar la noche en blanco debido a un atroz dolor de muelas —paseándose por su cuarto como una fiera enjaulada o arrojándose desesperado sobre la cama—, y caer ya de madrugada en ese sueño profundo e intranquilo que con tanta frecuencia es la consecuencia de una noche de dolor, se vio despertado por la tercera o cuarta impaciente repetición de la señal convenida. La luna, aunque en cuarto menguante, derramaba abundante luz; hacía mucho frío y la noche estaba ventosa, la ciudad dormía aún, pero una indefinible agitación preludiaba ya el ruido y el tráfago del día. Los profanadores habían llegado más tarde de lo acostumbrado y parecían tener aún más prisa por marcharse que otras veces. Fettes, muerto de sueño, les fue alumbrando escaleras arriba. Oía sus roncas voces, con fuerte acento irlandés, como formando parte de un sueño; y mientras aquellos hombres vaciaban el lúgubre contenido de su saco, él dormitaba, con un hombro apoyado contra la pared; tuvo que hacer luego verdaderos esfuerzos para encontrar el dinero con que pagar a aquellos hombres. Al ponerse en movimiento sus ojos tropezaron con el rostro del cadáver. No pudo disimular su sobresalto; dio dos pasos hacia adelante, con la vela en alto.
—¡Santo cielo! —exclamó—. ¡Si es Jane Galbraith!
Los hombres no respondieron nada pero se movieron imperceptiblemente en dirección a la puerta.
—La conozco, se lo aseguro —continuó Fettes—. Ayer estaba viva y muy contenta. Es imposible que haya muerto; es imposible que hayan conseguido este cuerpo de forma correcta.
—Está usted completamente equivocado, señor—dijo uno de los hombres.
Pero el otro lanzó a Fettes una mirada amenazadora y pidió que se les diera el dinero inmediatamente.
Era imposible malinterpretar su expresión o exagerar el peligro que implicaba. Al muchacho le faltó valor. Tartamudeó una excusa, contó la suma convenida y acompañó a sus odiosos visitantes hasta la puerta. Tan pronto como desaparecieron, Fettes se apresuró a confirmar sus sospechas. Mediante una docena de marcas que no dejaban lugar a dudas identificó a la muchacha con la que había bromeado el día anterior. Vio, con horror, señales sobre aquel cuerpo que podían muy bien ser pruebas de una muerte violenta. Se sintió dominado por el pánico y buscó refugio en su habitación. Una vez allí reflexionó con calma sobre el descubrimiento que había hecho; consideró fríamente la importancia de las instrucciones del señor K y el peligro para su persona que podía derivarse de su intromisión en un asunto de tanta importancia; finalmente, lleno de angustiosas dudas, determinó esperar y pedir consejo a su inmediato superior, el primer asistente.
Era este un médico joven, Tolfe Macfarlane, gran favorito de los estudiantes temerarios, hombre inteligente, disipado y absolutamente falto de escrúpulos. Había viajado y estudiado en el extranjero. Sus modales eran agradables y un poquito atrevidos. Se le consideraba una autoridad en cuestiones teatrales y no había nadie más hábil para patinar sobre el hielo ni que manejara con más destreza los palos de golf; vestía con elegante audacia y, como toque final de distinción, era propietario de un calesín y de un robusto trotón. Su relación con Fettes había llegado a ser muy íntima; de hecho sus cargos respectivos hacían necesaria una cierta comunidad de vida; y cuando escaseaban los cadáveres, los dos se adentraban por las zonas rurales en el calesín de Macfarlane, para visitar y profanar algún cementerio poco frecuentado y, antes del alba, presentarse con su botín en la puerta de la sala de disección.
Aquella mañana Macfarlane apareció un poco antes de lo que solía. Fettes le oyó, salió a recibirle a la escalera, le contó su historia y terminó mostrándole la causa de su alarma. Macfarlane examinó las señales que presentaba el cadáver.
—Sí —dijo con una inclinación de cabeza—; parece sospechoso.
—¿Qué te parece que debo hacer? —preguntó Fettes.
—¿Hacer? —repitió el otro—. ¿Es que quieres hacer algo? Cuanto menos se diga, antes se arreglará, diría yo.
—Quizá la reconozca alguna otra persona —objetó Fettes—. Era tan conocida como el Castle Rock.
—Esperemos que no —dijo Macfarlane—, y si alguien lo hace… bien, tú no la reconociste, ¿comprendes?, y no hay más que hablar. Lo cierto es que esto lleva ya demasiado tiempo sucediendo. Remueve el cieno y colocarás a K en una situación desesperada; tampoco tú saldrías muy bien librado. Ni yo, si vamos a eso. Me gustaría saber cómo quedaríamos, o qué demonios podríamos decir si nos llamaran como testigos ante cualquier tribunal. Porque, para mí, ¿sabes?, hay una cosa cierta: prácticamente hablando, todo nuestro «material» han sido personas asesinadas.
—¡Macfarlane! —exclamó Fettes.
—¡Vamos, vamos! —se burló el otro—. ¡Como si tú no lo hubieras sospechado!
—Sospechar es una cosa…
—Y probar otra. Ya lo sé; y siento tanto como tú que esto haya llegado hasta aquí —dando unos golpes en el cadáver con su bastón—. Pero colocados en esta situación, lo mejor que puedo hacer es no reconocerla; y —añadió con gran frialdad— así es: no la reconozco. Tú puedes, si es ese tu deseo. No voy a decirte lo que tienes que hacer, pero creo que un hombre de mundo haría lo mismo que yo; y me atrevería a añadir que eso es lo que K esperaría de nosotros. La cuestión es ¿por qué nos eligió a nosotros como asistentes? Y yo respondo: porque no quería viejas chismosas.
Aquella manera de hablar era la que más efecto podía tener en la mente de un muchacho como Fettes. Accedió a imitar a Macfarlane. El cuerpo de la desgraciada joven pasó a la mesa de disección como era costumbre y nadie hizo el menor comentario ni pareció reconocerla.
Una tarde, después de haber terminado su trabajo de aquel día, Fettes entró en una taberna muy concurrida y encontró allí a Macfarlane sentado en compañía de un extraño. Era un hombre pequeño, muy pálido y de cabellos muy oscuros, y ojos negros
como carbones. El corte de su cara parecía prometer una inteligencia y un refinamiento que sus modales se encargaban de desmentir, porque nada más empezar a tratarle, se ponía de manifiesto su vulgaridad, su tosquedad y su estupidez. Aquel hombre ejercía, sin embargo, un extraordinario control sobre Macfarlane; le daba órdenes como si fuera el Gran Bajá; se indignaba ante el menor inconveniente o retraso, y hacía groseros comentarios sobre el servilismo con que era obedecido. Esta persona tan desagradable manifestó una inmediata simpatía hacia Fettes, trató de ganárselo invitándolo a beber y le honró con extraordinarias confidencias sobre su pasado. Si una décima parte de lo que confesó era verdad, se trataba de un bribón de lo más odioso; y la vanidad del muchacho se sintió halagada por el interés de un hombre de tanta experiencia.
—Yo no soy precisamente un ángel —hizo notar el desconocido—, pero Macfarlane me da ciento y raya… Toddy Macfarlane le llamo yo. Toddy, pide otra copa para tu amigo.
O bien:
—Toddy, levántate y cierra la puerta.
—Toddy me odia —dijo después—. Sí, Toddy, ¡claro que me odias!
—No me gusta ese maldito nombre, y usted lo sabe —gruñó Macfarlane.
—¡Escúchalo! ¿Has visto a los muchachos tirar al blanco con sus cuchillos? A él le gustaría hacer eso por todo mi cuerpo —explicó el desconocido
—Nosotros, la gente de medicina, tenemos un sistema mejor —dijo Fettes—. Cuando no nos gusta un amigo muerto, lo llevamos a la mesa de disección.
Macfarlane le miró enojado, como si aquella broma fuera muy poco de su agrado.
Fue pasando la tarde. Gray, porque tal era el nombre del desconocido, invitó a Fettes a cenar con ellos, encargando un festín tan suntuoso que la taberna entera tuvo que movilizarse, y cuando terminó le mandó a Macfarlane que pagara la cuenta. Se separaron ya de madrugada; el tal Gray estaba completamente borracho. Macfarlane, sereno sobre todo a causa de la indignación reflexionaba sobre el dinero que se había visto obligado a malgastar y las humillaciones que había tenido que soportar. Fettes, con diferentes licores cantándole dentro de la cabeza, volvió a su casa con pasos inciertos y la mente totalmente en blanco. Al día siguiente Macfarlane faltó a clase y Fettes sonrió para sus adentros al imaginárselo todavía acompañando al insoportable Gray de taberna en taberna. Tan pronto como quedó libre de sus obligaciones, se puso a buscar por todas partes a sus compañeros de la noche anterior. Pero no consiguió encontrarlos en ningún sitio; de manera que volvió pronto a su habitación, se acostó en seguida y durmió el sueño de los justos.
A las cuatro de la mañana le despertó la señal acostumbrada. Al bajar a abrir la puerta, grande fue su asombro cuando descubrió a Macfarlane con su calesín y dentro del vehículo uno de aquellos horrendos bultos alargados que tan bien conocía.
—¡Cómo! —exclamó—. ¿Has salido tú solo? ¿Cómo te las has apañado?
Pero Macfarlane le hizo callar bruscamente, pidiéndole que se ocupara del asunto que tenían entre manos. Después de subir el cuerpo y de depositarlo sobre la mesa, Macfarlane hizo primero un gesto como de marcharse. Después se detuvo y pareció dudar.
—Será mejor que le veas la cara —dijo después lentamente, como si le costara cierto trabajo hablar—. Será mejor —repitió, al ver que Fettes se le quedaba mirando lleno de asombro.
—Pero ¿dónde, cómo y cuándo ha llegado a tus manos? —exclamó el otro.
—Mírale la cara —fue la única respuesta.
Fettes titubeó; le asaltaron extrañas dudas. Contempló al joven médico y después el cuerpo; luego volvió otra vez la vista hacia Macfarlane. Finalmente, dando un respingo, hizo lo que se le pedía. Casi estaba esperando el espectáculo con que se tropezaron sus ojos, pero de todas formas el impacto fue violento. Ver, inmovilizado por la rigidez de la muerte y desnudo sobre el basto tejido de arpillera, al hombre del que se había separado dejándolo bien vestido y con el estómago satisfecho en el umbral de una taberna, despertó, hasta en el atolondrado Fettes, algunos de los terrores de la conciencia. El que dos personas que había conocido hubieran terminado sobre las heladas mesas de disección era un cras tibi que iba repitiéndose por su alma en ecos sucesivos. Con todo, aquellas eran solo preocupaciones secundarias. Lo que más le importaba era Wolfe. Falto de preparación para enfrentarse con un desafío de tanta importancia, Fettes no sabía cómo mirar a la cara a su compañero. No se atrevía a cruzar la vista con él y le faltaban tanto las palabras como la voz con que pronunciarlas.
Fue Macfarlane mismo quien dio el primer paso. Se acercó tranquilamente por detrás y puso una mano, con suavidad pero con firmeza, sobre el hombro del otro.
—Richardson —dijo— puede quedarse con la cabeza.
Richardson era un estudiante que desde tiempo atrás se venía mostrando muy deseoso de disponer de esa porción del cuerpo humano para sus prácticas de disección. No recibió ninguna respuesta, y el asesino continuó:
—Hablando de negocios, debes pagarme; tus cuentas tienen que cuadrar, como es lógico.
Fettes encontró una voz que no era más que una sombra de la suya:
—¡Pagarte! —exclamó—. ¿Pagarte por eso?
—Naturalmente; no tienes más remedio que hacerlo. Desde cualquier punto de vista que lo consideres —insistió el otro—. Yo no me atrevería a darlo gratis; ni tú a aceptarlo sin pagar, nos comprometería a los dos. Este es otro caso como el de Jane Galbraith. Cuantos más cabos sueltos, más razones para actuar como si todo estuviera en perfecto orden. ¿Dónde guarda su dinero el viejo K?
—Allí —contestó Fettes con voz ronca, señalando al armario del rincón.
—Entonces, dame la llave —dijo el otro calmosamente, extendiendo la mano.
Después de un momento de vacilación, la suerte quedó decidida. Macfarlane no pudo suprimir un estremecimiento nervioso, manifestación insignificante de un inmenso alivio, al sentir la llave entre los dedos. Abrió el armario, sacó pluma, tinta y el libro diario que descansaban sobre una de las baldas, y del dinero que había en un cajón tomó la suma adecuada para el caso.
—Ahora, mira —dijo Macfarlane—; ya se ha hecho el pago, primera prueba de tu buena fe, primer escalón a la seguridad. Pero todavía tienes que asegurarlo con un segundo paso. Anota el pago en el diario y estarás ya en condiciones de hacer frente al mismo demonio.
Durante los pocos segundos que siguieron la mente de Fettes fue un torbellino de ideas; pero al contrastar sus terrores, terminó triunfando el más inmediato. Cualquier dificultad le pareció casi insignificante comparada con una confrontación con Macfarlane en aquel momento. Dejó la vela que había sostenido todo aquel tiempo y con mano segura anotó la fecha, la naturaleza y el importe de la transacción.
—Macfarlane —empezó Fettes, con voz todavía un poco ronca—, me he puesto el nudo alrededor del cuello por complacerte.
—¿Por complacerme? —exclamó Wolfe—. ¡Vamos, vamos! Por lo que a mí se me alcanza no has hecho más que lo que estabas obligado a hacer en defensa propia. Supongamos que yo tuviera dificultades, ¿qué sería de ti? Este segundo accidente sin importancia procede sin duda alguna del primero. El señor Gray es la continuación de la señorita Galbraith. No es posible empezar y pararse luego. Si empiezas, tienes que seguir adelante; esa es la verdad. Los malvados nunca encuentran descanso.
Una horrible sensación de oscuridad y una clara conciencia de la perfidia del destino se apoderaron del alma del infeliz estudiante.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Qué es lo que he hecho? y ¿cuándo puede decirse que haya empezado todo esto? ¿Qué hay de malo en que a uno lo nombren asistente? Service quería ese puesto; Service podía haberlo conseguido. ¿Se encontraría él en la situación en la que yo me encuentro ahora?
—Mi querido amigo —dijo Macfarlane—, ¡qué ingenuidad la tuya! ¿Es que acaso te ha pasado algo malo? ¿Es que puede pasarte algo malo si tienes la lengua quieta? ¿Es que todavía no te has enterado de lo que es la vida? Hay dos categorías de personas: los leones y los corderos. Si eres un cordero terminarás sobre una de esas mesas como Gray o Jane Galbraith; si eres un león, seguirás vivo y tendrás un caballo como tengo yo, como lo tiene K; como todas las personas con inteligencia o con valor. Al principio se titubea. Pero ¡mira a K! Mi querido amigo, eres inteligente, tienes valor. Yo te aprecio y K también te aprecia. Has nacido para ir a la cabeza, dirigiendo la cacería; y yo te aseguro, por mi honor y mi experiencia de la vida, que dentro de tres días te reirás de estos espantapájaros tanto como un colegial que presencia una farsa.
Y con esto Macfarlane se despidió y abandonó el callejón con su calesín para ir a recogerse antes del alba. Fettes se quedó solo con los remordimientos. Vio los peligros que le amenazaban. Vio, con indecible horror, el pozo sin fondo de su debilidad, y cómo, de concesión en concesión, había descendido de árbitro del destino de Macfarlane a cómplice indefenso y a sueldo. Hubiera dado el mundo entero por haberse mostrado un poco más valiente en el momento oportuno, pero no se le ocurrió que la valentía estuviera aún a su alcance. El secreto de Jane Galbraith y la maldita entrada en el libro diario habían cerrado su boca definitivamente.
Pasaron las horas; los alumnos empezaron a llegar; se fue haciendo entrega de los miembros del infeliz Gray a unos y otros, y los estudiantes los recibieron sin hacer el menor comentario. Richardson manifestó su satisfacción al dársele la cabeza; y, antes de que sonara la hora de la libertad, Fettes temblaba, exultante, al darse cuenta de lo mucho que había avanzado en el camino hacia la seguridad. Durante dos días siguió observando, con creciente alegría, el terrible proceso de enmascaramiento.
Al tercer día Macfarlane reapareció. Había estado enfermo, dijo; pero compensó el tiempo perdido con la energía que desplegó dirigiendo a los estudiantes. Consagró su ayuda y sus consejos a Richardson de manera especial, y el alumno, animado por los elogios del asistente, trabajó muy deprisa, lleno de esperanzas, viéndose dueño ya de la medalla a la aplicación.
Antes de que terminara la semana se había cumplido la profecía de Macfarlane. Fettes había sobrevivido a sus terrores y olvidado su bajeza. Empezó a adornarse con las plumas de su valor y logró reconstruir la historia de tal manera que podía rememorar aquellos sucesos con malsano orgullo. A su cómplice lo veía poco. Se encontraban en las clases, por supuesto; también recibían juntos las órdenes del señor K. A veces intercambiaban una o dos palabras en privado y Macfarlane se mostraba de principio a fin particularmente amable y jovial. Pero estaba claro que evitaba cualquier referencia a su común secreto; e incluso cuando Fettes susurraba que había decidido unir su suerte a la de los leones y rechazar la de los corderos, se limitaba a indicarle con una sonrisa que guardara silencio.
Finalmente se presentó una ocasión para que los dos trabajaran juntos de nuevo. En la clase del señor K volvían a escasear los cadáveres; los alumnos se mostraban impacientes y una de las aspiraciones del maestro era estar siempre bien provisto. Al mismo tiempo llegó la noticia de que iba a efectuarse un entierro en el rústico cementerio de Glencorse. El paso del tiempo ha modificado muy poco el sitio en cuestión. Estaba situado entonces, como ahora, en un cruce de caminos, lejos de toda humana habitación y escondido bajo el follaje de seis cedros. Los balidos de las ovejas en las colinas de los alrededores; los riachuelos a ambos lados: uno cantando con fuerza entre las piedras y el otro goteando furtivamente entre remanso y remanso; el rumor del viento en los viejos castaños florecidos y, una vez a la semana, la voz de la campana y las viejas melodías del chantre, eran los únicos sonidos que turbaban el silencio de la iglesia rural. El Resurreccionista —por usar un sinónimo de la época—no se sentía coartado por ninguno de los aspectos de la piedad tradicional. Parte integrante de su trabajo era despreciar y profanar los pergaminos y las trompetas de las antiguas tumbas, los caminos trillados por pies devotos y afligidos, y las ofrendas e inscripciones que testimonian el afecto de los que aún siguen vivos. En las zonas rústicas, donde el amor es más tenaz de lo corriente y donde lazos de sangre o camaradería unen a toda la sociedad de una parroquia, el ladrón de cadáveres, en lugar de sentirse repelido por natural respeto agradece la facilidad y ausencia de riesgo con que puede llevar a cabo su tarea. A cuerpos que habían sido entregados a la tierra, en gozosa expectación de un despertar bien diferente, les llegaba esa resurrección apresurada, llena de terrores, a la luz de la linterna, de la pala y el azadón. Forzado el ataúd y rasgada la mortaja, los melancólicos restos, vestidos de arpillera, después de dar tumbos durante horas por caminos apartados, privados incluso de la luz de la luna, eran finalmente expuestos a las mayores indignidades ante una clase de muchachos boquiabiertos. De manera semejante a como dos buitres pueden caer en picado sobre un cordero agonizante, Fettes y Macfarlane iban a abatirse sobre una tumba en aquel tranquilo lugar de descanso, lleno de verdura. La esposa de un granjero, una mujer que había vivido sesenta años y había sido conocida por su excelente mantequilla y bondadosa conversación, había de ser arrancada de su tumba a medianoche y transportada, desnuda y sin vida, a la lejana ciudad que ella siempre había honrado poniéndose, para visitarla, sus mejores galas dominicales; el lugar que le correspondía junto a su familia habría de quedar vacío hasta el día del Juicio Final; sus miembros inocentes y siempre venerables habrían de ser expuestos a la fría curiosidad del disector.
A última hora de la tarde los viajeros se pusieron en camino, bien envueltos en sus capas y provistos con una botella de formidables dimensiones. Llovía sin descanso: una lluvia densa y fría que se desplomaba sobre el suelo con inusitada violencia. De vez en cuando soplaba una ráfaga de viento, pero la cortina de lluvia acababa con ella. A pesar de la botella, el trayecto hasta Panicuik, donde pasarían la velada, resultó triste y silencioso. Se detuvieron antes en un espeso bosquecillo no lejos del cementerio para esconder sus herramientas; y volvieron a pararse en la posada Fisher’s Tryst para brindar delante del fuego e intercalar una jarra de cerveza entre los tragos de whisky. Cuando llegaron al final de su viaje, el calesín fue puesto a cubierto, se dio de comer al caballo y los jóvenes doctores se acomodaron en un reservado para disfrutar de la mejor cena y del mejor vino que la casa podía ofrecerles. Las luces, el fuego, el golpear de la lluvia contra la ventana, el frío y absurdo trabajo que les esperaba, todo contribuía a hacer más placentera la comida. Con cada vaso que bebían su cordialidad aumentaba. Muy pronto Macfarlane entregó a su compañero un montoncito de monedas de oro.
—Un pequeño obsequio —dijo—. Entre amigos estos favores tendrían que hacerse con tanta facilidad como pasa de mano en mano uno de esos fósforos largos para encender la pipa.
Fettes se guardó el dinero y aplaudió con gran vigor el sentir de su colega.
—Eres un verdadero filósofo —exclamó—. Yo no era más que un ignorante hasta que te conocí. Tú y K… ¡Por Belcebú que entre los dos harán de mí un hombre!
—Por supuesto que sí —asintió Macfarlane—. Aunque si he de serte franco, se necesitaba un hombre para respaldarme el otro día. Hay algunos cobardes de cuarenta años, muy corpulentos y pendencieros, que se hubieran puesto enfermos al ver el cadáver; pero tú no…. tú no perdiste la cabeza. Te estuve observando.
—¿Y por qué tenía que haberla perdido? —presumió Fettes—. No era asunto mío. Hablar no me hubiera producido más que molestias, mientras que si callaba podía contar con tu gratitud, ¿no es cierto? —y golpeó el bolsillo con la mano, haciendo sonar las monedas de oro.
Macfarlane sintió una punzada de alarma ante aquellas desagradables palabras. Puede que lamentara la eficacia de sus enseñanzas en el comportamiento de su joven colaborador, pero no tuvo tiempo de intervenir porque el otro continuó en la misma línea jactanciosa.
—Lo importante es no asustarse. Confieso, aquí, entre nosotros, que no quiero que me cuelguen, y eso no es más que sentido práctico; pero la mojigatería, Macfarlane, nací ya despreciándola. El infierno, Dios, el demonio, el bien y el mal, el pecado, el crimen, y toda esa vieja galería de curiosidades… quizá sirvan para asustar a los chiquillos, pero los hombres de mundo como tú y como yo desprecian esas cosas. ¡Brindemos por la memoria de Gray!
Para entonces se estaba haciendo ya algo tarde. Pidieron que les trajeran el calesín delante de la puerta con los dos faroles encendidos y una vez cumplimentada su orden, pagaron la cuenta y emprendieron la marcha. Explicaron que iban camino de Peebles y tomaron aquella dirección hasta perder de vista las últimas casas del pueblo; luego, apagando los faroles, dieron la vuelta y siguieron un atajo que les devolvía a Glencorse. No había otro ruido que el de su carruaje y el incesante y estridente caer de la lluvia. Estaba oscuro como boca de lobo aquí y allí un portillo blanco o una piedra del mismo color en algún muro les guiaba por unos momentos; pero casi siempre tenían que avanzar al paso y casi a tientas mientras atravesaban aquella ruidosa oscuridad en dirección hacia su solemne y aislado punto de destino. En la zona de bosques tupidos que rodea el cementerio la oscuridad se hizo total y no tuvieron más solución que volver a encender uno de los faroles del calesín. De esta manera, bajo los árboles goteantes y rodeados de grandes sombras que se movían continuamente, llegaron al escenario de sus impíos trabajos.
Los dos eran expertos en aquel asunto y muy eficaces con la pala; y cuando apenas llevaban veinte minutos de tarea se vieron recompensados con el sordo retumbar de sus herramientas sobre la tapa del ataúd. Al mismo tiempo, Macfarlane, al hacerse daño en la mano con una piedra, la tiró hacia atrás por encima de su cabeza sin mirar. La tumba, en la que, cavando, habían llegado a hundirse ya casi hasta los hombros, estaba situada muy cerca del borde del camposanto; y para que iluminara mejor sus trabajos habían apoyado el farol del calesín contra un árbol casi en el límite del empinado terraplén que descendía hasta el arroyo. La casualidad dirigió certeramente aquella piedra. Se oyó en el acto un estrépito de vidrios rotos; la oscuridad les envolvió; ruidos alternativamente secos y vibrantes sirvieron para anunciarles la trayectoria del farol terraplén abajo, y las veces que chocaba con árboles encontrados en su camino. Una piedra o dos, desplazadas por el farol en su caída, le siguieron dando tumbos hasta el fondo del vallecillo; y luego el silencio, como la oscuridad, se apoderó de todo; y por mucho que aguzaron el oído no se oía más que la lluvia, que tan pronto llevaba el compás del viento como caía sin altibajos sobre millas y millas de campo abierto.
Como casi estaban terminando ya su aborrecible tarea, juzgaron más prudente acabarla a oscuras. Desenterraron el ataúd y rompieron la tapa; introdujeron el cuerpo en el saco, que estaba completamente mojado, y entre los dos lo transportaron hasta el calesín; uno se montó para sujetar el cadáver y el otro, llevando al caballo por el bocado fue a tientas junto al muro y entre los árboles hasta llegar a un camino más ancho cerca de la posada Fisher’s Tryst. Celebraron el débil y difuso resplandor que allí había como si de la luz del sol se tratara; con su ayuda consiguieron poner el caballo a buen paso y empezaron a traquetear alegremente camino de la ciudad.
Los dos se habían mojado hasta los huesos durante sus operaciones y ahora, al saltar el calesín entre los profundos surcos de la senda, el objeto que sujetaban entre los dos caía con todo su peso primero sobre uno y luego sobre el otro. A cada repetición del horrible contacto ambos rechazaban instintivamente el cadáver con más violencia; y aunque los tumbos del vehículo bastaban para explicar aquellos contactos, su repetición terminó por afectar a los dos compañeros. Macfarlane hizo un chiste de mal gusto sobre la mujer del granjero que brotó ya sin fuerza de sus labios y que Fettes dejó pasar en silencio. Pero su extraña carga seguía chocando a un lado y a otro; tan pronto la cabeza se recostaba confianzudamente sobre un hombro como un trozo de empapada arpillera aleteaba gélidamente delante de sus rostros. Fettes empezó a sentir frío en el alma. Al contemplar el bulto tenía la impresión de que hubiera aumentado de tamaño. Por todas partes, cerca del camino y también a lo lejos, los perros de las granjas acompañaban su paso con trágicos aullidos; y el muchacho se fue convenciendo más y más de que algún inconcebible milagro había tenido lugar; que en aquel cuerpo muerto se había producido algún cambio misterioso y que los perros aullaban debido al miedo que les inspiraba su terrible carga.
—Por el amor de Dios —dijo, haciendo un gran esfuerzo para conseguir hablar—, por el amor de Dios, ¡encendamos una luz!
Macfarlane, al parecer, se veía afectado por los acontecimientos de manera muy similar y, aunque no dio respuesta alguna, detuvo al caballo, entregó las riendas a su compañero, se apeó y procedió a encender el farol que les quedaba. No habían llegado para entonces más allá del cruce de caminos que conduce a Auchenclinny. La lluvia seguía cayendo como si fuera a repetirse el diluvio universal, y no era nada fácil encender fuego en aquel mundo de oscuridad y de agua. Cuando por fin la vacilante llama azul fue traspasada a la mecha y empezó a ensancharse y hacerse más luminosa, creando un amplio círculo de imprecisa claridad alrededor del calesín, los dos jóvenes fueron capaces de verse el uno al otro y también el objeto que acarreaban. La lluvia había ido amoldando la arpillera al contorno del cuerpo que cubría, de manera que la cabeza se distinguía perfectamente del tronco, y los hombros se recortaban con toda claridad; algo a la vez espectral y humano les obligaba a mantener los ojos fijos en aquel horrible compañero de viaje.
Durante algún tiempo Macfarlane permaneció inmóvil, sujetando el farol. Un horror inexpresable envolvía el cuerpo de Fettes como una sábana humedecida, crispando al mismo tiempo sus lívidas facciones, un miedo que no tenía sentido, un horror a lo que no podía ser se iba apoderando de su cerebro. Un segundo más y hubiera hablado. Pero su compañero se le adelantó.
—Esto no es una mujer —dijo Macfarlane con voz que no era más que un susurro.
—Era una mujer cuando la subimos al calesín —respondió Fettes.
—Sostén el farol —dijo el otro—. Tengo que verle la cara.
Y mientras Fettes mantenía en alto el farol, su compañero desató el saco y dejó la cabeza al descubierto. La luz iluminó con toda claridad las bien moldeadas facciones y afeitadas mejillas de un rostro demasiado familiar, que ambos jóvenes habían contemplado con frecuencia en sus sueños. Un violento alarido rasgó la noche; ambos a una saltaron del coche; el farol cayó y se rompió, apagándose; y el caballo, aterrado por toda aquella agitación tan fuera de lo corriente, se encabritó y salió disparado hacia Edimburgo a todo galope, llevando consigo, como único ocupante del calesín, el cuerpo de aquel Gray con el que los estudiantes de anatomía hicieran prácticas de disección meses atrás.
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 21, 2020
ARGENTINA Y LA CORRUPCIÓN NUESTRA DE CADA DÍA
♣
Hace poco más de un año Cristina Fernández tomo la decisión de no candidatearse a las elecciones como Presidenta sino ofrecerle el cargo al actual Jefe de Estado el Dr. Alberto Fernández – estrategia inteligente- para acceder a la impunidad ella y sus hijos con el fin de lograr que el Estado no fuera querellante en las numerosas y comprometedoras causas que tiene pendiente en
la Justicia Federal. Algunas podrían tener un dejo de tiente político pero hay dos que son parte del derecho penal y me refiero a Hotesur y a los contratos con Lázaro Baez proveedor del Estado. Hoy sus hoteles están al borde de la bancarrota y Lázaro Báez preso y bien calladito. ¿Hablara en algún momento? Es una incógnita. Cristina nombro a varios de sus alfiles en puestos claves con el fin de evitar que el Estado actúe como querellante en las causas que hay contra ella y sus hijos, como parte de esa estrategia para lograr la impunidad. Un juez adicto al kirchnerismo está promoviendo levantarle los embargos, todo esto previsible y así estimado por la mayoría de los observadores políticos. La Justicia Federal ha liberado a varios de su sequito de la cárcel. Alberto callado es el precio que tuvo y tiene que pagar por el hecho de haber logrado ser
Presidente de todos y todas los argentinos/as. El diputado Sergio Massa habla de muchas cosas pero nada de lo que debería hablar y es la recuperación de los cuantiosos bienes robados, asaltados por una verdadera mafia que opero durante muchísimos años desde Santa Cruz y luego en el Gobierno Nacional, El premio es el de presidir la Cámara de Diputados de la Nación. Un ex-Ministro clave De Vido con prisión domiciliaria. Todo cuanto digo era previsible y confirmado por decisiones políticas y judiciales que se toman al compás de los tiempos políticos.
Todo cuanto manifiesto es sumamente negativo para la imagen Argentina en el exterior en momentos en que se negocia la deuda externa. No es visible a los ojos de los millones de votantes de las villas miserias en la Provincia de Buenos Aires que solo esperan vivir de las dadivas del Estado Nacional. Si el macrismo ha cometido delitos debe recaer sobre el todo el peso de la ley y los culpables ir a la prisión como corresponda. La Justicia tiene la palabra. El Gobierno actual debe hacer las denuncias que correspondan según los casos. Justicia para todos es JUSTICIA.
Doctor Francisco Benard
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 21, 2020
El Problema de las mascaras
♣
Kelvin Desean Watson, de 27 años, fue arrestado por el Departamento de Policía de Aurora y acusado de intento de asesinato en primer grado después de que los empleados de Aurora Waffle House se negaron a servirlo sin máscara.
Un empleado fue hospitalizado por sus heridas y desde entonces ha sido dado de alta del hospital, según un portavoz de Waffle House. El tiroteo tuvo lugar temprano en la mañana del 15 de mayo en medio de crecientes tensiones en torno a los procedimientos de reapertura y las pautas de seguridad en los EE. UU.
Los empleados le dijeron a la policía en una declaración jurada que Watson fue a Waffle House en las primeras horas del 14 de mayo, pero se le negó el acceso porque no llevaba una máscara. Según el informe, Watson regresó más tarde esa noche con una máscara en la mano (no llevaba puesta) y fue objetado nuevamente. La policía informa que después de ser rechazado por segunda vez, Watson colocó una pequeña pistola en el mostrador y le dijo a un empleado que podía “volarle los sesos”.
Watson regresó justo después de la medianoche de la tarde siguiente, donde nuevamente se le negó el servicio debido que nuevamente no llevaba máscara una vez más. Según la declaración jurada, Watson abofeteó al cocinero antes de perseguirlo fuera de Waffle House y dispararle. Watson fue arrestado el lunes en Aurora, y está representado por la oficina del defensor público del condado de Arapahoe.
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 20, 2020
LO MÁS VISTO ♣ Mayo 20, 2020
☻
Las noticias más leídas en PrisioneroEnArgentina.com. Las más comentadas, las más polémicas. De que está la gente hablando…
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 10, 2020
El Análisis del Profesor Mario Sandoval ◙ Mayo 20, 2020
♣
El profesor Mario Sandoval y sus opiniones con respecto a la utilización de la pandemia por parte del gobierno, la participación de las Naciones Unidas, derechos cívicos y políticos, Cuba, terrorismo y la influencia global de Unidas Podemos.
Habla MARIO SANDOVAL
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 20, 2020
Un Sheriff que se niega a arrestar ciudadanos por violaciones menores por regulaciones sobre el coronavirus
♠
El sheriff del condado de Riverside, Chad Bianco, armado con la autoridad legal para arrestar a quienes no cumplan con la orden del oficial de salud pública del condado de usar máscaras en público, dijo que sus agentes no citarán a los infractores.
De todas maneras Bianco instó firmemente a los residentes del condado a cubrirse la boca y la nariz cuando salgan, entre otros, para evitar la propagación del coronavirus.
Envío y colaboración: Sr. PATRICIO ANDERSON
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 20, 2020
Se toman apuestas: ¿Se cae el juicio por el memorandum con Irán?
☻
La defensa del ex exsecretario de Legal y Técnica del kirchnerismo y hoy Procurador del Tesoro, Alberto Carlos Zannini, solicitó que se anule el procesamiento que le dictó el juez Claudio Bonadio (Fallecido el pasado febrero) y también los pedidos de elevación a juicio que se hicieron en su contra. Si la jugada tiene éxito, inevitablemente beneficiará al resto de los acusados, entre los que está la vicepresidente Cristina Kirchner, quien desde diciembre ya no tiene prisión preventiva en este expediente.
En un escrito entregado al Tribunal Oral Federal 8 que prepara ese debate oral, el abogado Mariano Fragueiro Frías sostuvo que la instrucción del caso está incompleta y eso impide que las partes conozcan “los hechos sobre los que tratará el juicio”.
“De esta forma, se garantiza el derecho a defensa de los imputados, ya que es imposible defenderse de algo que no se conoce”, se agregó entre los fundamentos del escrito entregado al Tribunal Oral.
Se trata de la causa por el fallido Memorándum con Irán en la que está procesado Zannini, junto a otros acusados como la expresidente Cristina Elisabet Fernández de Kirchner.
La defensa sostuvo que para que una causa sea elevada a juicio es necesario que esté completa la instrucción, con el fin de garantizar el derecho de defensa porque es imposible defenderse de algo que no se conoce. Sin embargo, remarcó, en esta se dejó un tramo de la investigación en instrucción: precisamente la que apunta al rol de Interpol. Es la figura del ex titular de Interpol, Ronald Noble, la que -a criterio de la defensa- podría esclarecer la situación de los acusados porque, tal como lo dijo públicamente el ex funcionario, se demostraría que las alertas rojas no estuvieron en peligro con la firma del Memorándum.
“En este proceso se concreta ahora aquello que palpitó siempre en la mente de los perseguidores, nos referimos al eco inconstrastable de que las oficinas de INTERPOL fueron parte de esa desopilante hipótesis criminal, y sin su invalorable auxilio normativo y funcional nada de esto, aún en esta extraña calificación de encubrimiento sui generis, hubiera ocurrido. Aclaro esta es la hipótesis que sostiene la acusación como corolario de su infatigable deseo de que el Secretario General de INTERPOL no declare como testigo en esta causa”, se sostiene en el escrito al que accedió Infobae y que ahora deberá analizar los jueces del TOF María Gabriela López Iñiguez (En marzo del 2018 En marzo de este año liberó también a Carlos Zannini y Luis D’Elía.), José Antonio Michelini (Quién ya sobreseyó a Boudou en una causa y tuvo en sus manos el caso César Enciso) y Daniel Horacio Obligado, magustrado que fuera denunciado por el doctor Guillermo Jesús Fanego por abandono de sus funciones en medio de un juicio)
Todo se aceleró por la causa que está en instrucción. Allí Zannini pidió frenar un pedido de informes sobre Noble, en donde se lo investiga como presunto imputado. El juez Marcelo Martínez De Giorgi rechazó ese planteo teniendo en cuenta que Zannini ya no era ya parte de la instrucción. Ahora, la defensa apeló ante la Cámara Federal, que responderá en los próximos días.
Frente a eso, Zannini se presentó ante el TOF 8 esta mañana. Aseguró que recién ahora comenzaron a investigar a Noble, luego de dos años de que el caso se envió a juicio oral “Esto es inaceptable, porque no es lo mismo defenderse de un hecho en el que el encubrimiento fue en connivencia con miembros de INTERPOL que sin ello”, dijeron desde la defensa. Además, resaltaron que los funcionarios de INTERPOL tienen inmunindad de jurisdicción, lo que significa que no pueden ser investigados por un juez de Instrucción argentino. Solo debería hacerlo la Corte Suprema.
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 20, 2020
El huésped de Drácula
♠
Cuando iniciamos nuestro paseo, el sol brillaba intensamente sobre Múnich y el aire estaba repleto de la alegría propia de comienzos del verano. En el mismo momento en que íbamos a partir, Herr Delbrück (el maitre d’hôtel del Quatre Saisons, donde me alojaba) bajó hasta el carruaje sin detenerse a ponerse el sombrero y, tras desearme un placentero paseo, le dijo al cochero, sin apartar la mano de la manija de la puerta del coche:
-No olvide estar de regreso antes de la puesta del sol. El cielo parece claro, pero se nota un frescor en el viento del norte que me dice que puede haber una tormenta en cualquier momento. Pero estoy seguro de que no se retrasará -sonrió-, pues ya sabe qué noche es.
Johann le contestó con un enfático:
-Ja, mein Herr.
Y, llevándose la mano al sombrero, se dio prisa en partir.
Cuando hubimos salido de la ciudad le dije, tras indicarle que se detuviera:
-Dígame, Johann, ¿qué noche es hoy?
Se persignó al tiempo que contestaba lacónicamente:
-Walpurgis Nacht.
-Bueno, Johann, quiero bajar por ese camino. No le diré que venga si no lo desea, pero cuénteme por qué no quiere hacerlo, eso es todo lo que le pido.
Como respuesta, pareció zambullirse desde el pescante por lo rápidamente que llegó al suelo. Entonces extendió sus manos hacia mí en gesto de súplica y me imploró que no fuera. Mezclaba el suficiente inglés con su alemán como para que yo entendiese el hilo de sus palabras. Parecía estar siempre a punto de decirme algo, cuya sola idea era evidente que le aterrorizaba; pero cada vez se echaba atrás y decía mientras se persignaba:
-Walpurgis Nacht!
Traté de argumentar con él pero era difícil discutir con un hombre cuyo idioma no hablaba. Ciertamente, él tenía todas las ventajas, pues aunque comenzaba hablando en inglés, un inglés muy burdo y entrecortado, siempre se excitaba y acababa por revertir a su idioma natal…. y cada vez que lo hacía miraba su reloj. Entonces los caballos se mostraron inquietos y olisquearon el aire. Ante esto, palideció y, mirando a su alrededor de forma asustada, saltó de pronto hacia adelante, los aferró por las bridas y los hizo avanzar unos diez metros. Yo lo seguí y le pregunté por qué había hecho aquello. Como respuesta, se persignó, señaló al punto que había abandonado y apuntó con su látigo hacia el otro camino, indicando una cruz y diciendo, primero en alemán y luego en inglés:
-Enterrados…, estar enterrados los que matarse ellos mismos.
Recordé la vieja costumbre de enterrar a los suicidas en los cruces de los caminos.
-¡Ah! Ya veo, un suicida. ¡Qué interesante!
Pero a fe mía que no podía saber por qué estaban asustados los caballos.
Mientras hablábamos, escuchamos un sonido que era un cruce entre el aullido de un lobo y el ladrido de un perro. Se oía muy lejos, pero los caballos se mostraron muy inquietos, y le llevó bastante tiempo a Johann calmarlos. Estaba muy pálido y dijo:
-Suena como lobo…, pero no hay lobos aquí, ahora.
-¿No? -pregunté inquisitivamente-. ¿Hace ya mucho tiempo desde que los lobos estuvieron tan cerca de la ciudad?
-Mucho, mucho -contestó-. En primavera y verano, pero con la nieve los lobos no mucho lejos.
Mientras acariciaba los caballos y trataba de calmarlos, oscuras nubes comenzaron a pasar rápidas por el cielo. El sol desapareció, y una bocanada de aire frío sopló sobre nosotros. No obstante, tan sólo fue un soplo, y más parecía un aviso que una realidad, pues el sol volvió a salir brillante. Johann miró hacia el horizonte haciendo visera con su mano, y dijo:
-La tormenta de nieve venir dentro de mucho poco.
Luego miró de nuevo su reloj, y, manteniendo firmemente las riendas, pues los caballos seguían manoteando inquietos y agitando sus cabezas, subió al pescante como si hubiera llegado el momento de proseguir nuestro viaje.
Me sentía un tanto obstinado y no subí inmediatamente al carruaje.
-Hábleme del lugar al que lleva este camino -le dije, y señalé hacia abajo.
Se persignó de nuevo y murmuró una plegaria antes de responderme:
-Es maldito.
-¿Qué es lo que es maldito? -inquirí.
-El pueblo.
-Entonces, ¿hay un pueblo?
-No, no. Nadie vive allá desde cientos de años.
Me devoraba la curiosidad:
-Pero dijo que había un pueblo.
-Había.
-¿Y qué pasa ahora?
Como respuesta, se lanzó a desgranar una larga historia en alemán y en inglés, tan mezclados que casi no podía comprender lo que decía, pero a grandes rasgos logré entender que hacía muchos cientos de años habían muerto allí personas que habían sido enterradas; y se habían oído ruidos bajo la tierra, y cuando se abrieron las fosas se hallaron a los hombres y mujeres con el aspecto de vivos y las bocas rojas de sangre. Y por eso, buscando salvar sus vidas (¡ay, y sus almas!…. y aquí se persignó de nuevo), los que quedaron huyeron a otros lugares donde los vivos vivían y los muertos estaban muertos y no…. no otra cosa. Evidentemente tenía miedo de pronunciar las últimas palabras. Mientras avanzaba en su narración, se iba excitando más y más, parecía como si su imaginación se hubiera desbocado, y terminó en un verdadero paroxismo de terror: blanco el rostro, sudoroso, tembloroso y mirando a su alrededor, como si esperase que alguna horrible presencia se fuera a manifestar allí mismo, en la llanura abierta, bajo la luz del sol. Finalmente, en una agonía de desesperación, gritó: «Walpurgis Nacht!», e hizo una seña hacia el vehículo, indicándome que subiera. Mi sangre inglesa hirvió ante esto y, echándome hacia atrás, dije:
-Tiene usted miedo, Johann… tiene usted miedo. Regrese, yo volveré solo; un paseo a pie me sentará bien. -La puerta del carruaje estaba abierta. Tomé del asiento el bastón de roble que siempre llevo en mis excursiones y cerré la puerta. Señalé el camino de regreso a Múnich y repetí-: Regrese, Johann… La noche de Walpurgis no tiene nada que ver con los ingleses.
Los caballos estaban ahora más inquietos que nunca y Johann intentaba retenerlos mientras me imploraba excitadamente que no cometiera tal locura. Me daba pena el pobre hombre, parecía sincero; no obstante, no pude evitar el echarme a reír. Ya había perdido todo rastro de inglés en sus palabras. En su ansiedad, había olvidado que la única forma que tenía de hacerme comprender era hablar en mi idioma, así que chapurreó su alemán nativo. Comenzaba a ser algo tedioso. Tras señalar la dirección, exclamé: «¡Regrese!», y me di la vuelta para bajar por el camino lateral, hacia el valle.
Con un gesto de desesperación, Johann volvió sus caballos hacia Múnich. Me apoyé sobre mi bastón y lo contemplé alejarse. Marchó lentamente por un momento; luego, sobre la cima de una colina, apareció un hombre alto y delgado. No podía verlo muy bien a aquella distancia. Cuando se acercó a los caballos, éstos comenzaron a encabritarse y a patear, luego relincharon aterrorizados y echaron a correr locamente. Los contemplé perderse de vista y luego busqué al extraño pero me di cuenta de que también él había desaparecido.
Me volví con ánimo tranquilo hacia el camino lateral que bajaba hacia el profundo valle que tanto había preocupado a Johann. Por lo que podía ver, no había ni la más mínima razón para esta preocupación; y diría que caminé durante un par de horas sin pensar en el tiempo ni en la distancia, y ciertamente sin ver ni persona ni casa alguna. En lo que a aquel lugar se refería, era una verdadera desolación. Pero no me di cuenta de esta particularidad hasta que, al dar la vuelta a un recodo del camino, llegué hasta el disperso lindero de un bosque. Entonces me di cuenta de que, inconscientemente, había quedado impresionado por la desolación de los lugares por los que acababa de pasar.
Me senté para descansar y comencé a mirar a mi alrededor. Me fijé en que el aire era mucho más frío que cuando había iniciado mi camino: parecía rodearme un sonido susurrante, en el que se oía de vez en cuando, muy en lo alto, algo así como un rugido apagado. Miré hacia arriba y pude ver que grandes y densas nubes corrían rápidas por el cielo, de norte a sur, a una gran altura. Eran los signos de una tormenta que se aproximaba por algún lejano estrato de aire. Noté un poco de frío y, pensando que era por haberme sentado tras la caminata, reinicié mi paseo.
El terreno que cruzaba ahora era mucho más pintoresco. No había ningún punto especial digno de mención, pero en todo él se notaba cierto encanto y belleza. No pensé más en el tiempo, y fue sólo cuando empezó a hacerse notar el oscurecimiento del sol que comencé a preocuparme acerca de cómo hallar el camino de vuelta. Había desaparecido la brillantez del día. El aire era frío, y el vuelo de las nubes allá en lo alto mucho más evidente. Iban acompañadas por una especie de sonido ululante y lejano, por entre el que parecía escucharse a intervalos el misterioso grito que el cochero había dicho que era de un lobo. Dudé un momento, pero me había prometido ver el pueblo abandonado, así que proseguí, y de pronto llegué a una amplia extensión de terreno llano, cerrado por las colinas que lo rodeaban. Las laderas de éstas estaban cubiertas de árboles que descendían hasta la llanura, formando grupos en las suaves pendientes y depresiones visibles aquí y allá. Seguí con la vista el serpentear del camino y vi que trazaba una curva cerca de uno de los más densos grupos de árboles y luego se perdía tras él.
Mientras miraba noté un hálito helado en el aire, y comenzó a nevar. Pensé en los kilómetros y kilómetros de terreno desguarnecido por los que había pasado, y me apresuré a buscar cobijo en el bosque de enfrente. El cielo se fue volviendo cada vez más oscuro, y a mi alrededor se veía una brillante alfombra blanca cuyos extremos más lejanos se perdían en una nebulosa vaguedad. Aún se podía ver el camino, pero mal, y cuando corría por el llano no quedaban tan marcados sus límites como cuando seguía las hondonadas; y al poco me di cuenta de que debía haberme apartado del mismo, pues dejé de notar bajo mis pies la dura superficie y me hundí en tierra blanda. Entonces el viento se hizo más fuerte y sopló con creciente fuerza, hasta que casi me arrastró. El aire se volvió totalmente helado, y comencé a sufrir los efectos del frío a pesar del ejercicio. La nieve caía ahora tan densa y giraba a mi alrededor en tales remolinos que apenas podía mantener abiertos los ojos. De vez en cuando, el cielo era desgarrado por un centelleante relámpago, y a su luz sólo podía ver frente a mí una gran masa de árboles, principalmente cipreses y tejos completamente cubiertos de nieve.
Pronto me hallé al amparo de los mismos, y allí, en un relativo silencio, pude oír el soplar del viento, en lo alto. En aquel momento, la oscuridad de la tormenta se había fundido con la de la noche. Pero su furia parecía estar abatiéndose: tan solo regresaba en tremendos resoplidos o estallidos. En aquellos momentos el escalofriante aullido del lobo pareció despertar el eco de muchos sonidos similares a mi alrededor.
En ocasiones, a través de la oscura masa de las nubes, se veía un perdido rayo de luna que iluminaba el terreno y que me dejaba ver que estaba al borde de una densa masa de cipreses y tejos. Como había dejado de nevar, salí de mi refugio y comencé a investigar más a fondo los alrededores. Me parecía que entre tantos viejos cimientos como había pasado en mi camino, quizá hallase una casa aún en pie que, aunque estuviese en ruinas, me diese algo de cobijo. Mientras rodeaba el perímetro del bosquecillo, me di cuenta de que una pared baja lo cercaba y, siguiéndola, hallé una abertura. Allí los cipreses formaban un camino que llevaba hasta la cuadrada masa de algún tipo de edificio. No obstante, en el mismo momento en que la divisé, las errantes nubes oscurecieron la luna y atravesé el sendero en tinieblas. El viento debió de hacerse más frío, pues noté que me estremecía mientras caminaba; pero tenía esperanzas de hallar un refugio, así que proseguí mi camino a ciegas.
Me detuve, pues se produjo un repentino silencio. La tormenta había pasado y, quizá en simpatía con el silencio de la naturaleza, mi corazón pareció dejar de latir. Pero eso fue tan sólo momentáneo, pues repentinamente la luz de la luna se abrió paso por entre las nubes, mostrándome que me hallaba en un cementerio, y que el objeto cuadrado situado frente a mí era una enorme tumba de mármol, tan blanca como la nieve que lo cubría todo. Con la luz de la luna llegó un tremendo suspiro de la tormenta, que pareció reanudar su carrera con un largo y grave aullido, como el de muchos perros o lobos. Me sentía anonadado, y noté que el frío me calaba hondo hasta parecer aferrarme el corazón. Entonces mientras la oleada de luz lunar seguía cayendo sobre la tumba de mármol, la tormenta dio muestras de reiniciarse, como si quisiera volver atrás. Impulsado por alguna especie de fascinación, me aproximé a la sepultura para ver de quién era y por qué una construcción así se alzaba solitaria en semejante lugar. La rodeé y leí, sobre la puerta dórica, en alemán:
CONDESA DOLINGEN DE GRATZ
EN ESTIRIA
BUSCÓ Y HALLÓ LA MUERTE
EN 1801
En la parte alta del túmulo, y atravesando aparentemente el mármol, pues la estructura estaba formada por unos pocos bloques macizos, se veía una gran vigueta o estaca de hierro.
Me dirigí hacia la parte de atrás y leí, esculpida con grandes letras cirílicas:
Los muertos viajan de prisa
La noche de Walpurgis en la que, según las creencias de millones de personas, el diablo andaba suelto; en la que se abrían las tumbas y los muertos salían a pasear; en la que todas las cosas maléficas de la tierra, el mar y el aire celebraban su reunión. Y estaba en el preciso lugar que el cochero había rehuido. Aquél era el pueblo abandonado hacía siglos. Allí era donde se encontraba la suicida; ¡y en ese lugar me encontraba yo ahora solo…, sin ayuda, temblando de frío en medio de una nevada y con una fuerte tormenta formándose a mi alrededor! Fue necesaria toda mi filosofía, toda la religión que me habían enseñado, todo mi coraje, para no derrumbarme en un paroxismo de terror.
Y entonces un verdadero tornado estalló a mi alrededor. El suelo se estremeció como si millares de caballos galopasen sobre él, y esta vez la tormenta llevaba en sus gélidas alas no nieve, sino un enorme granizo que cayó con tal violencia que parecía haber sido lanzado por lo míticos honderos baleáricos… Piedras de granizo que aplastaban hojas y ramas y que negaban la protección de los cipreses, como si en lugar de árboles hubieran sido espigas de cereal. Al primer momento corrí hasta el árbol más cercano, pero pronto me vi obligado a abandonarlo y buscar el único punto que parecía ofrecer refugio: la profunda puerta dórica de la tumba de mármol. Allí, acurrucado contra la enorme puerta de bronce, conseguí una cierta protección contra la caída del granizo, pues ahora sólo me golpeaba al rebotar contra el suelo y los costados de mármol.
Al apoyarme contra la puerta, ésta se movió ligeramente y se abrió un poco hacia adentro. Incluso el refugio de una tumba era bienvenido en medio de aquella despiadada tempestad, y estaba a punto de entrar en ella cuando se produjo el destello de un relámpago que iluminó toda la extensión del cielo. En aquel instante, lo juro por mi vida, vi, pues mis ojos estaban vueltos hacia la oscuridad del interior, a una bella mujer, de mejillas sonrosadas y rojos labios, aparentemente dormida sobre un féretro. Mientras el trueno estallaba en lo alto fui atrapado como por la mano de un gigante y lanzado hacia la tormenta. Todo aquello fue tan repentino que antes de que me llegara el impacto, tanto moral como físico, me encontré bajo la lluvia de piedras. Al mismo tiempo tuve la extraña y absorbente sensación de que no estaba solo. Miré hacia el túmulo. Y en aquel mismo momento se produjo otro cegador relámpago, que pareció golpear la estaca de hierro que dominaba el monumento y llegar por ella hasta el suelo, resquebrajando, desmenuzando el mármol como en un estallido de llamas. La mujer muerta se alzó en un momento de agonía, lamida por las llamas, y su amargo alarido de dolor fue ahogado por el trueno. La última cosa que oí fue esa horrible mezcla de sonidos, pues de nuevo fui aferrado por la gigantesca mano y arrastrado, mientras el granizo me golpeaba y el aire parecía reverberar con el aullido de los lobos. La última cosa que recuerdo fue una vaga y blanca masa movediza, como si las tumbas de mi alrededor hubieran dejado salir los amortajados fantasmas de sus muertos, y éstos me estuvieran rodeando en medio de1a oscuridad de la tormenta de granizo.
Gradualmente, volvió a mí una especie de confuso inicio de consciencia; luego una sensación de cansancio aniquilador. Durante un momento no recordé nada; pero poco a poco volvieron mis sentidos. Los pies me dolían espantosamente y no podía moverlos. Parecían estar dormidos. Notaba una sensación gélida en mi nuca y a todo lo largo de mi espina dorsal, y mis orejas, como mis pies, estaban muertas y, sin embargo, me atormentaban; pero sobre mi pecho notaba una sensación de calor que, en comparación, resultaba deliciosa. Era como una pesadilla…, una pesadilla física, si es que uno puede usar tal expresión, pues un enorme peso sobre mi pecho me impedía respirar normalmente.
Ese período de semiletargo pareció durar largo rato, y mientras transcurría debí de dormir o delirar. Luego sentí una sensación de repugnancia, como en los primeros momentos de un mareo, y un imperioso deseo de librarme de algo, aunque no sabía de qué. Me rodeaba un descomunal silencio, como si todo el mundo estuviese dormido o muerto, roto tan sólo por el suave jadeo de algún animal cercano. Noté un cálido lametón en mi cuello, y entonces me llegó la consciencia de la terrible verdad, que me heló hasta los huesos e hizo que se congelara la sangre en mis venas. Había algún animal recostado sobre mí y ahora lamía mi garganta. No me atreví a agitarme, pues algún instinto de prudencia me obligaba a seguir inmóvil, pero la bestia pareció darse cuenta de que se había producido algún cambio en mí, pues levantó la cabeza. Por entre mis pestañas vi sobre mí los dos grandes ojos llameantes de un gigantesco lobo. Sus aguzados caninos brillaban en la abierta boca roja, y pude notar su acre respiración sobre mi boca.
Durante otro período de tiempo lo olvidé todo. Luego escuché un gruñido, seguido por un aullido, y luego por otro y otro. Después, aparentemente muy a lo lejos, escuché un «¡hey, hey!» como de muchas voces gritando al unísono. Alcé cautamente la cabeza y miré en la dirección de la que llegaba el sonido, pero el cementerio bloqueaba mi visión. El lobo seguía aullando de una extraña manera, y un resplandor rojizo comenzó a moverse por entre los cipreses, como siguiendo el sonido. Cuando las voces se acercaron, el lobo aulló más fuerte y más rápidamente. Yo temía hacer cualquier sonido o movimiento. El brillo rojo se acercó más, por encima de la alfombra blanca que se extendía en la oscuridad que me rodeaba. Y de pronto, de detrás de los árboles, surgió al trote una patrulla de jinetes llevando antorchas. El lobo se apartó de encima de mí y escapó por el cementerio. Vi cómo uno de los jinetes (soldados, según parecía por sus gorras y sus largas capas militares) alzaba su carabina y apuntaba. Un compañero golpeó su brazo hacia arriba, y escuché cómo la bala zumbaba sobre mi cabeza. Evidentemente me había tomado por el lobo. Otro divisó al animal mientras se alejaba, y se oyó un disparo. Luego, al galope, la patrulla avanzó, algunos hacia mí y otros siguiendo al lobo mientras éste desaparecía por entre los nevados cipreses.
Mientras se aproximaban, traté de moverme; no lo logré, aunque podía ver y oír todo lo que sucedía a mi alrededor. Dos o tres de los soldados saltaron de su monturas y se arrodillaron a mi lado. Uno de ellos alzó mi cabeza y colocó su mano sobre mi corazón.
-¡Buenas noticias, camaradas! -gritó-. ¡Su corazón todavía late!
Entonces vertieron algo de brandy entre mis labios; me dio vigor, y fui capaz de abrir del todo los ojos y mirar a mi alrededor. Por entre los árboles se movían luces y sombras, y oí cómo los hombres se llamaban los unos a los otros. Se agruparon, lanzando asustadas exclamaciones, y las luces centellearon cuando los otros entraron amontonados en el cementerio, como posesos. Cuando los primeros llegaron hasta nosotros, los que me rodeaban preguntaron ansiosos:
-¿Lo hallaron?
La respuesta fue apresurada:
-¡No! ¡No! ¡Vámonos…. pronto! ¡Éste no es un lugar para quedarse, y menos en esta noche!
-¿Qué era? -preguntaron en varios tonos de voz.
La respuesta llegó variada e indefinida, como si todos los hombres sintiesen un impulso común por hablar y, sin embargo, se vieran refrenados por algún miedo compartido que les impidiese airear sus pensamientos.
-¡Era… era… una cosa! -tartamudeó uno, cuyo ánimo, obviamente, se había derrumbado.
-¡Era un lobo…, sin embargo, no era un lobo! -dijo otro estremeciéndose.
-No vale la pena intentar matarlo sin tener una bala bendecida -indicó un tercero con voz más tranquila.
-¡Nos está bien merecido por salir en esta noche! ¡Desde luego que nos hemos ganado los mil marcos! -espetó un cuarto.
-Había sangre en el mármol derrumbado –dijo otro tras una pausa-. Y desde luego no la puso ahí el rayo. En cuanto a él… ¿está a salvo? ¡Miren su garganta. Vean, camaradas: el lobo estaba echado encima de él, dándole calor.
El oficial miró mi garganta y replicó:
-Está bien; la piel no ha sido perforada. ¿Qué significará todo esto? Nunca lo habríamos hallado de no haber sido por los aullidos del lobo.
-¿Qué es lo que ocurrió con ese lobo? -preguntó el hombre que sujetaba mi cabeza, que parecía ser el menos aterrorizado del grupo, pues sus manos estaban firmes, sin temblar. En su bocamanga se veían los galones de suboficial.
-Volvió a su cubil -contestó el hombre cuyo largo rostro estaba pálido y que temblaba visiblemente aterrorizado mientras miraba a su alrededor-. Aquí hay bastantes tumbas en las que puede haberse escondido. ¡Vámonos, camaradas, vámonos rápido! Abandonemos este lugar maldito.
El oficial me alzó hasta sentarme y lanzó una voz de mando; luego, entre varios hombres me colocaron sobre un caballo. Saltó a la silla tras de mí, me sujetó con los brazos y dio la orden de avanzar; dando la espalda a los cipreses, cabalgamos rápidamente en formación.
-¡Un gran perro! Eso no era ningún perro -interrumpió el hombre que había mostrado tanto miedo-. Sé reconocer un lobo cuando lo veo.
El joven oficial le respondió con calma:
-Dije un perro.
-¡Perro! -reiteró irónicamente el otro. Resultaba evidente que su valor estaba ascendiendo con el sol y, señalándome, dijo-: Mírele la garganta. ¿Es eso obra de un perro, señor?
Instintivamente alcé una mano al cuello y, al tocármelo, grité de dolor. Los hombres se arremolinaron para mirar, algunos bajando de sus sillas, y de nuevo se oyó la calmada voz del joven oficial:
-Un perro, he dicho. Si contamos alguna otra cosa, se reirán de nosotros.
Entonces monté tras uno de los soldados y entramos en los suburbios de Múnich. Allí encontramos un carruaje al que me subieron y que me llevó al Quatre Saisons; el oficial me acompañó en el vehículo, mientras un soldado nos seguía llevando su caballo y los demás regresaban al cuartel.
Cuando llegamos, Herr Delbrück bajó tan rápidamente las escaleras para salir a mi encuentro que se hizo evidente que había estado mirando desde dentro. Me sujetó con ambas manos y me llevó solícito al interior. El oficial hizo un saludo y se dio la vuelta para alejarse, pero al darme cuenta insistí en que me acompañara a mis habitaciones. Mientras tomábamos un vaso de vino, le di las gracias efusivamente, a él y a sus camaradas, por haberme salvado. Él se limitó a responder que se sentía muy satisfecho, y que Herr Delbrück ya había dado los pasos necesarios para gratificar al grupo de rescate; ante esta ambigua explicación el maître d’hôtel sonrió, mientras el oficial se excusaba, alegando tener que cumplir con sus obligaciones, y se retiraba.
-Pero Herr Delbrück -interrogué-, ¿cómo y por qué me buscaron los soldados?
Se encogió de hombros, como no dándole importancia a lo que había hecho, y replicó:
-Tuve la buena suerte de que el comandante del regimiento en el que serví me autorizara a pedir voluntarios.
-Pero ¿cómo supo que estaba perdido? -le pregunté.
-El cochero regresó con los restos de su carruaje, que resultó destrozado cuando los caballos se desbocaron.
-¿Y por eso envió a un grupo de soldados en mi busca?
-¡Oh, no! -me respondió-. Pero, antes de que llegase el cochero, recibí este telegrama del boyardo de que es usted huésped -y sacó del bolsillo un telegrama, que me entregó y leí:
BISTRITZ
«Tenga cuidado con mi huésped: su seguridad me es preciosa. Si algo le ocurriera, o lo echasen a faltar, no ahorre medios para hallarle y garantizar su seguridad. Es inglés, y por consiguiente aventurero. A menudo hay peligro con la nieve y los lobos y la noche. No pierda un momento si teme que le haya ocurrido algo. Respaldaré su celo con mi fortuna. – Drácula.
Mientras sostenía el telegrama en mi mano, la habitación pareció girar a mi alrededor y, si el atento maître d’hôtel no me hubiera sostenido, creo que me hubiera desplomado. Había algo tan extraño en todo aquello, algo tan fuera de lo corriente e imposible de imaginar, que me pareció ser, en alguna manera, el juguete de enormes fuerzas…, y esta sola idea me paralizó. Ciertamente me hallaba bajo alguna clase de misteriosa protección; desde un lejano país había llegado, justo a tiempo, un mensaje que me había arrancado del peligro de la congelación y de las mandíbulas del lobo.
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 20, 2020
SER LOS ÚLTIMOS, PARA ESTAR DE FRENTE
☻
Hay un viejo proverbio que dice: “La verdadera sabiduría consiste en querer ser ignorado y tenido por nada, en poner su gozo en el desprecio de sí mismo”.
Entendamos que todo lo de esta tierra, sean bienes u honores, nada valen en comparación con poseer el amor, que se manifiesta no sólo para nuestra propia felicidad, sino que también en servicio, en hacer el bien, en ayudar eficazmente… No queramos ser los primeros, si no es en el amor.
Desde la ciudad de Campana (Buenos Aires, Argentina), recibe un
abrazo, junto a mi deseo de que dios te Bendiga y prospere en todo lo
que emprendas, y derrame sobre ti Salud, Paz, Amor, y mucha
prosperidad.
Claudio Valerio (Valerius)
PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 20, 2020
El Análisis de Mario Sandoval ♦ Mayo 19, 2020
♣
El profesor Sandoval, directamente desde la Unidad Pentenciaria 34 de Campo de Mayo y su comentario semanal

[/ezcol_1fifth] [ezcol_3fifth]
[/ezcol_1fifth_end]PrisioneroEnArgentina.com
Mayo 20, 2020